TAMET: crónica de una guerra

en Revista RyR n˚ 10

Concentración y centralización capitalista en la siderurgia argentina, 1870-1935

Por Leonardo José Grande Cobián

1. Introducción

            Uno de los mitos más instalados en la conciencia histórica de nuestro país, consistió en sostener que no hubo producción industrial hasta después de la crisis de importaciones de principios de los años ‘30 del siglo XX, y que lo que existió antes de esa fecha tenía características pre-mo-dernas. Otro de esos mitos quiere que el capital en la Argentina recorrería una trayectoria diferente de la “normal” y que las leyes descubiertas por Marx no se aplicarían aquí. En el marco de nuestra investigación general -que mide el grado de desarrollo capitalista de la metalurgia en esos años- este trabajo busca describir sólo la historia de las fusiones de TAMET (quizás el primer  “pulpo” de la metalurgia nacional) para mostrar tanto su desarrollo previo a la crisis del ’30, como el proceso de centralización y concentración capitalista que protagoniza. Se trata de ver, superficialmente por ahora, cómo la guerra entre capitales construye el proceso de acumulación.

Para 1935, TAMET era una de las sociedades metalúrgicas más importantes, [1] dedicada a la mayoría de los rubros siderúrgicos existentes para esa época. En ese año sólo sus dos establecimientos tomados en conjunto ocupaban al 5,22 % de los trabajadores y utilizaban más de la décima parte de la fuerza motriz de la rama. Si acotamos los ocho rubros de la rama que corresponden a las especialidades de TAMET sus dos plantas ocupaban al 12,73 % de los trabajadores y el 23,04 % de la fuerza motriz.[2]

2.  Imágenes de la guerra: de Vasena a TAMET[3]

            En presentaciones anteriores hemos despejado algunos aspectos centrales de la situación de la metalurgia entre 1870 y 1930. El análisis censal[4] nos mostró cómo desde los años ochenta del siglo XIX los capitales de esta rama tendían a concentrarse en los sectores dedicados a la elaboración final de productos de hierro y sus derivados. Esa concentración se daba en aquellos establecimientos con una mayor división del trabajo y se relacionaba con un desarrollo capitalista profundo. Alrededor de la década de 1890 los principales establecimientos del sector se encontraban bajo la forma transicional de manufactura moderna con la presencia de algunas producciones marginales de tipo gran industria. Allí surgió la hipótesis de una tendencia a la instalación del régimen de gran industria ya para la década de 1910.[5] Otro elemento constitutivo de la rama era la gran heterogeneidad de rubros a los que se dedicaba cada establecimiento.

            Existen tres grupos de unidades productivas posibles en la siderurgia.[6] Los establecimientos integrados son aquellos que “inician el ciclo industrial partiendo de los minerales y combustibles y lo terminan con la producción de aceros fundidos, laminados o forjados”. Las unidades semiintegradas son las que “inician el ciclo industrial partiendo de los minerales y lo terminan con la producción de arrabio o hierro esponja y aquellas otras unidades que, para la elaboración de aceros comunes o especiales, terminan su ciclo con la producción de aceros fundidos, laminados o forjados”. Finalmente, están “las unidades que inician el ciclo partiendo de semiterminados y lo concluyen en laminados o forjados”. La siderurgia argentina hasta fines de los años treinta sólo cuenta con unidades productivas del tercer tipo que se dedican a los más diversos productos finales partiendo de semiterminados (lingotes, barras, planchas, etc.) importados. Y las empresas que confluyen en TAMET son de este grupo.

            El núcleo originario de TAMET lo constituyó la sociedad “Rezzónico, Ottonello & Cía.”, nacida en el año 1902 como resultado de la fusión de una fábrica de bulones, un taller mecánico y la casa financiera “S. A. Ernesto Tornquist & Co. Ltda.” (1830) quien fue la iniciadora de la gestión. Las dos entidades metalúrgicas que se fusionan tenían una trayectoria de veinte años. Una, fundada en 1883 por José Ottonello en sociedad con el Ingeniero Luis Huergo, se dedicaba a la producción de remaches, bulones, tornillos, tuercas y clavos principalmente para ferrocarriles. La clave de su crecimiento, en pugna contra la importación, era “conseguir que el Estado permita que concurra a sus licitaciones y provea las necesidades de sus compras”.[7] Ese crecimiento le permite en 1889 ampliar sus instalaciones, duplicar el personal e incluir en sus dedicaciones las construcciones metálicas estructurales. La otra fue el taller mecánico de Antonio Rezzónico que, fundado en 1882, se dedicaba a la construcción de máquinas fideeras. Duplicó su personal en siete años[8] y en 1898 se vuelve a mudar ampliando sus instalaciones agregando dos prensas para fabricar bulones.

            Ya instalada en Avellaneda, la compañía agrega a su producción original de bulones y remaches la fundición y corralón de hierros. En 1911 posee una fundición de hierro y bronce, que los provee para la fabricación de artículos para ferrocarriles, astilleros, frigoríficos, etc.. En sus talleres fabricaban estructuras de hierro y acero para construcciones edilicias para toda la provincia de Buenos Aires y para Brasil. Trabajan 710 obreros con una fuerza motriz de 600 caballos de fuerza[9] lo que implicaba casi el 11 % de los obreros y el 12 % de la fuerza motriz de toda la provincia en un sólo establecimiento, dos años antes del censo de 1913.[10] Para 1915, el agente especial del Departamento de Comercio Exterior del Gobierno de los Estados Unidos en Buenos Aires,[11] reconocía a la empresa como uno de los únicos tres establecimientos dedicados a la fabricación de acero para trabajos de construcción del país y un destacado fabricante de bulones, clavos, tuercas e implementos agrícolas.

La importancia de la compañía atrae en el año 1922 a una empresa de Luxemburgo a integrar su directorio e invertir en ella. Para 1930 “ARBED-Terres Rouges” ocuparía el segundo lugar en la producción de acero en Europa. Sin duda la participación del grupo europeo en la sociedad implicó una ventaja en cuanto a importación de hierro y acero, maquinarias, personal calificado y productos importados (TAMET importaba camiones “Saurer” y automóviles “Citröen” desde los años treinta). Los datos relevados hasta aquí son insuficientes para determinar el impacto exacto de esta asociación en la capacidad de acumulación de la empresa, en su desarrollo técnico y en su capacidad de competencia. Sin embargo, la fusión  se produjo debido a la atracción del tamaño y calidad de la empresa en el contexto de acumulación local.

En 1925 la sociedad adquiere las existencias de “Talleres San Martín Compañía Mercantil y Rural S. A.” y sus principales marcas: una de las firmas con mayor trayectoria e importancia en la producción de artículos, herramientas y maquinaria para la producción agrícola. Fundada en 1904, ya en 1911 sus talleres y depósitos contaban con 500 obreros, desvío férreo propio y una turbina central con 525 caballos de fuerza. Su tamaño en era, como vimos, en 1911 prácticamente igual al de la “S. A. Talleres Metalúrgicos (antes Rezzónico y Ottonello)” con la que compitió veintiún años.[12]

En 1925 pasó a llamarse “Sociedad Anónima Talleres Metalúrgicos San Martín”. La adquisición más importante de la firma se registró en 1926: la de las fábricas y negocios de la “Compañía Argentina de Hierros y Aceros Pedro Vasena e Hijos Ltda.”. Se cerraba un ciclo de casi veinticinco años de feroz competencia entre ambas compañías, las más importantes en su rubro. El hecho fue festejado en todas las efemérides oficiales de TAMET como el hito que la convirtió en “la empresa metalúrgica más importante de la América del Sud y en uno de los colosos industriales del país”.[13] De la importancia de la compañía Vasena ya hemos hablado en un trabajo anterior.[14]  Sin embargo debemos agregar que la compra de Vasena iba a ser clave para el futuro de TAMET en varios aspectos. En primer lugar porque eliminaba a su principal competidor en el mercado nacional. En segundo, porque Vasena había sido la primer compañía  en instalar un complejo capaz de autoabastecerla de acero en lingotes, evitando la importación de la materia prima fundamental de su producción, entre 1918 y 1919. Al parecer, tamaña inversión había sido justificada no sólo por el volumen del mercado para el que producía sino sobre todo por la experiencia crítica que habría producido la Primera Guerra Mundial. Siendo su principal fuente de hierro y acero empresas inglesas, Vasena habría sufrido el impacto del desabastecimiento desde 1914. Sin embargo las fuentes parecen indicar que el emprendimiento habría fracasado antes de 1924 y que ésta sería una de las causas de la quiebra de la empresa.[15] A tal punto que TAMET mantiene funcionando la planta donde se había instalado la acería en 1918 pero aparentemente no la pone en funcionamiento hasta 1941. La decisión podría haber estado basada en el menor costo de importación del lingote de acero comparado con el costo de los insumos necesarios para su fabricación local.[16] 

            La última adquisición de TAMET en el período fue la de la ex firma Reta y Chiaramonte en 1930.[17] Su tamaño no ameritó que la transacción fuese mencionada en las posteriores reseñas históricas de la empresa.[18]

3. Secuelas de guerra

            “Otro de los nombres que acuden a mi memoria, es el de Don Alfredo Vasena, gerente de la Sociedad Pedro Vasena y Cía., con la que sostuvimos por muchos años una encarnizada lucha. Fue una guerra a muerte que, como todos sabéis, no terminó con la rendición de ninguno de los adversarios … sino con un abrazo, y la unión de las dos empresas rivales.”[19] 

            Estas palabras pertenecen al discurso de Carlos Tornquist de 1944 festejando sus treinta años como presidente del directorio de TAMET. Notablemente, entre las referencias a los hitos de la historia de la empresa, Tornquist se detiene en dos oportunidades a mencionar a Vasena. La importancia de su compra y los factores que la provocaron dan el tono exacto para la caracterización de la descripción que ofrecimos en el acápite anterior. En toda la historia de la empresa su crecimiento y consolidación se basan en el éxito en la competencia con otros capitalistas, incluso del mismo o mayor porte. Y la caracterización de este proceso es de encarnizada lucha, de guerra a muerte en los veinticuatro años que duró. Guerra que contra Noé & Cía. primero, contra Vasena luego y, finalmente, contra Reta y Chiaramonte, culminó con la derrota de los adversarios y la centralización de sus capitales en TAMET, por más que el protocolo del ejecutivo lo obligue a presentarla como la fraternal “unión” entre iguales. Cosa que se comprende en un protocolo pero no en interpretaciones historiográficas posteriores sobre cómo se dio el desarrollo industrial argentino. Si quisiéramos analizar superficialmente los efectos de esta centralización en el desarrollo de la empresa entre 1911 y 1944 veríamos que ella se volcó en un aumento relativamente mayor del capital fijo (maquinarias sobre todo) que de la fuerza de trabajo empleada.

Cuadro 1: Crecimiento de TAMET 1911-1944

            Este análisis arroja que, considerando el crecimiento promedio por año, la fuerza de trabajo creció más en los nueve años posteriores al censo de 1935 que en el período de las fusiones, y que con la fuerza motriz ocurrió precisamente lo contrario. Esto significaría que el crecimiento de TAMET en los veintitrés años anteriores a 1935 consistió en un mayor aumento relativo de la inversión en maquinaria que en fuerza de trabajo. Este aumento de la maquinización está acompañado por el impulso consciente y constante de la “racionalización científica del traba-jo”, que la empresa consideraba vital para triunfar en esa competencia. Si bien este tema merece un tratamiento más extenso, podemos adelantar algunos aspectos de esta concepción.

            En el citado discurso, Tornquist menciona el trabajo del Ingeniero Bergeron quien se encargó de la reorganización técnica de la empresa con las incorporaciones de los Talleres San Martín en 1925 y Vasena en 1926. Reformas que habrían sido verdaderos saltos de cantidad en calidad para TAMET. Esa evidencia se puede constatar en la aparición periódica en la publicación de la empresa de ensayos sobre la organización científica del trabajo de Taylor y su utilización en el mejoramiento de los procesos productivos de la empresa:

“Nuestra Compañía (…) ha llegado a un grado de desarrollo que pocos sospechábamos cuando, cinco años atrás [1925], comenzábamos nuestra labor bajo la sola bandera de “Talleres Metalúrgicos San Martín”. (…) Todos, sin excepción, podemos estar satisfechos con lo que se ha alcanzado. Pero ello no basta. Al contrario, es menester cuidar que mantengamos las posiciones conquistadas y que vayamos adelante. Nubarrones aparecen en el horizonte de nuestras actividades. Nuestro país, como casi todas las naciones, pasa por una época de estancamiento general. El valor de los productos de nuestro suelo ha disminuido, el dinero escasea, el comerciante restringe sus adquisiciones al mínimo indispensable, la competencia arrecia por todas partes y las dificultades para vencer son cada vez mayores. (…) Además, no podemos olvidar que existen en otros países empresas poderosas que no omiten esfuerzo alguno para mejorar la calidad de su producción, disminuyendo al mismo tiempo su costo, habiendo elevado, algunas, al nivel de una verdadera ciencia, el problema de reducir a la mínima expresión imaginada el costo de su producción. Estas empresas no son hoy grandes competidoras nuestras, pero bien pueden serlo el día de mañana, y cuando esto ocurra, “tienen” que encontrarnos preparados y bien preparados, para la lucha. ¿En qué consiste esta preparación? (…) En la Racionalización de nuestra empresa. He aquí el camino: Esmerándonos en cuidar nuestra producción. Debemos ir abaratándola cada vez más, no sin mejorar al mismo tiempo su calidad. Debemos profundizar cada vez más el estudio de los gastos, de los métodos de trabajo, del rendimiento de los hombres y de las máquinas, así como de todos aquellos factores que influyen directa o indirectamente en ese algo tan complejo como son los costos. Debemos, en suma, aplicar a nuestra organización, en la medida que las circunstancias lo permitan, los principios y métodos científicos que caracteriza la moderna racionalización.”[20] 

Otro rasgo importante de la evolución de TAMET, común al resto de la rama, pero que esta empresa lleva a un desarrollo mayor, es la continua expansión de los rubros que produce. En este proceso se avanza en la integración vertical de las distintas fases del proceso productivo side-rúrgico. A partir de fines de los treinta y en la década del cuarenta comenzarían a desarrollarse en Argentina fábricas semiintegradas, en algunos casos sobre la base de empresas del tercer tipo que instalaban acerías para producir acero semielaborado. Recién a partir de los años sesenta cuenta la siderurgia nacional con establecimientos totalmente integrados. Los primeros surgen de iniciativas estatales mixtas y puras mientras que recién en los años setenta se instalan unidades integradas de capitales no estatales. Habrá que constatar a lo largo del siglo si existió una búsqueda de los capitales más importantes de la rama para integrar los diferentes momentos del proceso siderúrgico, presionados por la necesidad del autoabastecimiento de la materia prima semielaborada y/o acicateados por los rendimientos de tal operación y las necesidades del mercado interno en expansión. Lo que parece  suceder con TAMET desde los años cuarenta, veinte años después del primer antecedente serio de semiintegración de la industria en los talleres Vasena.

4. Conclusión

            La breve historia de TAMET muestra que la constitución de un referente de la siderurgia argentina se forjó sobre la base de la victoria sobre sus rivales en el marco de una feroz competencia de treinta años. Que esa victoria se habría logrado, entre otros factores, sobre el aumento constante de la mecanización y racionalización de los procesos de trabajo. Que ese crecimiento empujaba hacia la integración vertical de los diferentes rubros y procesos laborales de la rama.

Esta “crónica de guerra” deja planteados sólo algunos elementos para abordar una comprensión más adecuada del desarrollo del capitalismo argentino. Sin embargo, es suficiente para cuestionar las imágenes que hablaban de comportamientos arcaicos, “atrasados” o no correspondientes al desarrollo “normal” del capitalismo. Algo importante teniendo en cuenta que hablamos de las bases que explicarían el desarrollo posterior de la siderurgia (y del conjunto de la estructura industrial) en la Argentina.


Notas

[1] Veáse Garimaldi, Eduardo: Industria Siderúrgica Argentina, Bs. As., Círculo Militar, Biblioteca del Oficial, v. 352a, 1947; “Origen, evolución y perspectivas de la industria metalúrgica argentina” en Boletín de la Unión Industrial Argentina, Bs. As., enero-febrero de 1960; “Acero: aún en pos del autoabastecimiento”, en La Ingeniería nº 1.039, Bs. As., 1976.

[2] TAMET nº 64, octubre 1935 y República Argentina: Censo Nacional de Industrias, 1935

[3] Salvo excepciones, la información de este acápite en: Revista TAMET nº1, Bs. As., julio 1930; nº64 (op. cit.) y nº 164, Bs. As., abril-mayo de 1944.

[4] Grande Cobián, Leonardo J.: “De la Herrería al Taller Metalúrgico. Concentración y procesos de trabajo en la industria metalúrgica argentina entre 1870 y 1920”, ponencia, VIII Jornadas de Historia Interescuelas y Departamentos, Salta, septiembre de 2001.

[5] Grande Cobián, Leonardo J.: “El eslabón perdido de la industria metalúrgica argentina”, en Razón y Revolución nº 9, Bs. As., otoño de 2002.

[6] Las citas son de La Ingeniería, op. cit., p.

[7] Revista TAMET nº 28, Bs. As., octubre de 1932.

[8] En García Costa, Víctor O.: Adrián Patroni y “Los Trabajadores en la Argentina”, Bs. As., CEAL, 1984, v. 1, pp. 114 a 120. En 1896, Patroni señala que sus talleres ocupan como mínimo a 93 obreros.

[9] En el Álbum argentino. Libro de estudio de la Provincia de Buenos Aires, t. II, 1911.

[10] En 1913 los 869 establecimientos metalúrgicos de la provincia de Buenos Aires empleaban 5.996 obreros y 4.932 caballos de fuerza. República Argentina: Censo Nacional de Industrias, 1914.

[11] Massel, J. A.: Markets for Machinery and Machine Tools in Argentina, S. A. S. nº 116, Department of Commerce, Bureau of Foreign and Domestic Commerce, Washington, Goverment Printing Office, 1916.

[12] En el Álbum argentino, op. cit..

[13] Revista TAMET nº 64, op. cit., p. 5 y nº 164, op. cit., p. 8.

[14] Grande Cobián, Leonardo J.: “El eslabón perdido de la industria metalúrgica argentina”, op. cit..

[15] Garimaldi, op. cit., p. 13; La Ingeniería, op. cit., p. 12; Álbum de la Industria Argentina, op. cit., p. 362.

[16] “El problema de la prohibición de la exportación del hierro viejo y de su utilización para la fundición de acero en la República Argentina” en Revista TAMET, Bs. As., nº 5, noviembre 1930, p. 8.

[17] Ibídem, p. 3.

[18] Dedicaba desde 1900 a carpintería mecánica, alambres, herrería, taller mecánico, obras de construcción, calderería y maquinarias. En 1911 contaba con 500 HP de fuerza motriz. Álbum argentino, op. cit..

[19] Revista TAMET nº 164, op. cit., p. 6.

[20] Moesle, Werner: “Nuestro Problema de Hoy”, en Revista TAMET nº1, op. Cit, p. 20.

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