Y de pobres también… – Por Nicolás Grimaldi

marcha_venezuela_BYNUna crítica a la mirada chavista de la crisis política en Venezuela

Muchos intelectuales restringen las movilizaciones en Venezuela a un grupo de “acomodados”. Ese es el caso de Una revuelta de ricos, el reciente libro de Modesto Guerrero. En realidad, los propios datos aportados por el autor prueban que bajo la dirección derechista están los obreros que en su momento apoyaron al chavismo.

Por Nicolás Grimaldi (LAP-CEICS)

Las movilizaciones de principio de año en Venezuela generaron una gran conmoción en América Latina. Muchos intelectuales, ante la dirección derechista de las marchas, salieron a defender al chavismo y, sobre todo, a restringir el problema a un grupo de “acomodados”. Uno de los intelectuales que ha reflexionado sobre esta cuestión es Modesto Guerrero, fundador del PSUV en Buenos Aires. Su posición al respecto de las movilizaciones quedó plasmada en el libro llamado Una revuelta de ricos. Crisis y destino del chavismo, donde además esboza una crítica sobre el chavismo.1 Veamos a continuación, cuáles son sus aciertos y deficiencias.

Crisis del chavismo…

Como el título del libro indica, las movilizaciones son, a su consideración, una serie de manifestaciones similares a una guerra civil prolongada por parte de los sectores más pudientes de Venezuela. Las manifestaciones, según el autor, tendrían no solo un programa, sino una composición meramente burguesa. Específicamente, de sus capas más altas y, por lo tanto, minoritarias. Como reza su título: “una revuelta de ricos”. La novedad del fenómeno es la aparición de un nuevo elemento político, al cual llama “sujeto fascista”. Por lo tanto, llama a apoyar al Gobierno frente a los opositores.

Guerrero comienza realizando una descripción de la situación actual del Gobierno venezolano, en la cual señala una serie de deficiencias. En primer lugar, enmarca correctamente estas movilizaciones dentro un proceso general de retroceso del chavismo. Señala la pérdida de votos y la salida de militantes del PSUV. También reconoce (luego de haberlo negado cuando asistió a nuestras jornadas de debate2) que, en los últimos tres años, ha habido más ataques del Gobierno a derechos sindicales y sociales que a derechos de la propiedad, al mismo tiempo que ha disminuido la cantidad de nacionalizaciones y expropiaciones. Sobre el final del libro, añade que el Gobierno bolivariano cuestiona al capitalismo, pero no llega a destruirlo y tiene un polo de corrupción muy fuerte en su interior. Esto habría producido un alejamiento de las clases populares y un acercamiento del chavismo a la boliburguesía y a las FF.AA. Es decir, que el problema no es su naturaleza de clase, sino sus atributos éticos (un diagnóstico propio de Carrió), que llevan a la falta de impulso al “poder popular”. Ahora bien, más allá de este diagnóstico, no se entiende por qué Guerrero desliga este retroceso de político de las movilizaciones contra Maduro.

A pesar del acierto en señalar deficiencias en el chavismo con respecto al proletariado, el autor sostiene que las movilizaciones han sido dirigidas por jóvenes ricos y “sectores medios”, aunque con una base social compuesta por jóvenes en condición de “lumpenaje” y de “paramilitares colombianos”. Estos serían los elementos que constituirían el mentado “sujeto fascista”.3

Guerrero cae en una explicación liberal y derechista: los que se movilizan son “marginales” o, en todo caso, el problema viene de afuera (Colombia). No hay contradicciones sociales que justifiquen un descontento obrero. Por otro lado, cuesta entender al movimiento como “fascista”, ya que no estamos en presencia de una guerra abierta contra la clase obrera, ni ante una masiva base de masas pequeñoburguesa, que sustente esa dirección.

El autor sostiene que la clase obrera no participa ni apoya las manifestaciones, pero su propio trabajo da pruebas de lo contrario. En un significativo pasaje, hace hincapié en el aporte que tuvieron los habitantes del barrio Petare a las movilizaciones opositoras. Petare es un barrio proletario, situado en el Gran Caracas, donde predomina la sobrepoblación relativa. Es considerado uno de los tres barrios obreros más grandes de América Latina, de donde han salido históricamente cientos de miles de votos hacia el chavismo.4 De allí se disparó la gran movilización que puso fin al golpe empresarial de 2002. A pesar de reconocer la incidencia de este barrio en las protestas, Guerrero advierte que “muchos de estos jóvenes, tan pobres como otros en filas del chavismo, pero descompuestos moralmente, sin perspectivas creíbles desde el campo bolivariano, nutrieron las guarimbas”.5 Es decir, cuando el barrio defendía al chavismo, era parte de una manifestación del “apoyo popular”. Ahora que se moviliza en contra, son “lúmpenes”.

Guerrero intuye que su idea es difícil de constatar en la realidad. Por eso, establece una salvedad: al detallar los elementos novedosos del nuevo “sujeto fascista”, señala que este se apoya en un descontento generalizado, que permite arrastrar a sectores de la clase trabajadora, en su reclamo “demagógico”. Claro que no mide la envergadura de ese “descontento” y coloca a la alianza con la derecha simplemente como un potencial.

Ahora bien, si vamos a los datos, entre los meses de febrero y abril, se produjeron más de 30 conflictos obreros, entre marchas, tomas de fábricas o cortes (por reclamos salariales, pérdida de puestos de trabajo o por libertad sindical), y casi 50 movilizaciones opositoras, llevadas a cabo por los estudiantes, donde en algunas pueden ubicarse participación de trabajadores del sector salud, docentes o empleados universitarios.6

A la hora de analizar las movilizaciones, el autor confunde la dirección del proceso con la base social del mismo. Que la movilización sea dirigida por dirigentes burgueses, sumamente reaccionarios, no quita que no haya participación obrera. Esta constituye la base elemental de cualquier movimiento masivo. La derecha ha tomado nota, porque en las principales reivindicaciones, se hace mención al nivel de vida de los trabajadores. Guerrero no puede hacer valer en su análisis el alejamiento de los obreros del régimen y, por sobre todo, la posibilidad que elijan otras direcciones burguesas. Incluso, más reaccionarias.

Los estudiantes

Las movilizaciones universitarias jugaron un papel importante en la revuelta opositora. En general, el chavismo ha utilizado este dato para señalar el carácter “pudiente” de la misma. Guerrero, obviamente, enfatiza esta idea. No obstante, un análisis más detallado del fenómeno arroja otro resultado.

Guerrero limita las movilizaciones a la UCV de Caracas y a las universidades privadas. Sin embargo, encontramos diez universidades donde se han producido movilizaciones opositoras.7 Entre ellas, se destacan la Universidad de Carabobo, con más de 65 mil y la ULA con sedes en Táchira y Mérida, con más de 40 mil estudiantes, además de la mencionada UCV, que cuenta con más de 50 mil estudiantes. Son todas universidades públicas, laicas y gratuitas. Incluso, hay que señalar que el informe de la UNESCO, al cual también se refiere Guerrero, indica que entre 1999 y 2009 se produjo un crecimiento del 193% de ingresantes a la vida universitaria, llevando la población universitaria a  2.620.013 alumnos, con una tasa de matriculación 2,5 veces más alta que en el resto de América Latina y el Caribe. Este fenómeno no puede ser explicado si no es por una gran inserción de la clase obrera, salvo que uno considere que la burguesía ocupa un gran porcentaje en términos poblacionales. Hay que reconocer, sin embargo, que la dirección de ese estudiantado se ha mantenido en manos de los sectores opositores de derecha. En la UCV, el dirigente más importante es Juan Requesens, militante de Acción Democrática. Daniel Martínez, dirigente del movimiento estudiantil de la Universidad Simón Bolívar, es militante de Vente Venezuela de Corina Machado. Gabriela Arellano, de la ULA, es militante de Voluntad Popular. Sobre esto, otra vez: no debe confundirse la dirección su base social.

Por último, Guerrero no cree que pueda aplicarse el concepto de bonapartismo al régimen de chavista. El autor entiende por bonapartismo como un régimen de paz social sostenido por un rol policíaco por parte del Estado. En otro libro suyo, Chavismo sin Chávez, ubica al bonapartismo como el cierre de procesos políticos “nacionalistas” o “antiimperialistas”. O sea, no los ubica como un régimen de excepción resultante del empate entre las clases sociales, sino que lo ubica como elemento mediando entre contradicciones nacionales, y solamente lo reconoce en su etapa “derechista”. Esta (mala) utilización del concepto es lo que le impide ver que el mismo régimen que se está cerrando por derecha, es el que abrió por izquierda. Es decir, que el mismo chavismo puede volverse contra la clase obrera.

Con los ojos abiertos

El libro de Guerrero da cuenta de un fenómeno que trasciende las movilizaciones y tiene una importancia sustancial: la pérdida de votos, la salida de militantes del PSUV, el aumento de las movilizaciones, la falta de defensa masiva del Gobierno por parte de los trabajadores. Son todas expresiones que demuestran la fractura y el desencanto de una parte de la clase obrera con el chavismo. Esta fractura se da por los propios límites del régimen, que para Guerrero es el equivalente a “lo que falta” (término utilizado aquí por el kirchnerismo para justificar las peores atrocidades). Guerrero sostiene que al chavismo le faltó una estrategia de clase, ya que “no se puede romper la hegemonía de la clase dominante sin imponer la hegemonía de la dominada”. Es que es precisamente este último aspecto la esencia del chavismo: obstaculizar la hegemonía de la clase obrera ante la crisis de hegemonía burguesa.

Por último, no puede equipararse la situación actual con aquella del golpe del 2002. En aquél momento, la oposición tuvo una estrategia golpista, en un momento en que la clase obrera poseía cierta influencia sobre el Gobierno, que le permitía alcanzar tangibles conquistas materiales. En las movilizaciones actuales, la derecha no posee, al menos por el momento, la intención de hacer caer al Gobierno. Además, se da en un marco de debacle del chavismo y de la propia vida material de la clase obrera. Esto es lo que provoca, como dijimos, el apoyo obrero a las movilizaciones. Para poder proponer una salida viable, primero hay que tener una mirada clara de lo que sucede. No se puede negar o descalificar a quienes se movilizan. No se trata de defender a la dirección burguesa “escuálida”. Detrás de sus promesas, está el ajuste liso y llano. Pero tampoco se puede llamar a defender un gobierno que va hacia eso. La clase obrera se encuentra dividida en ambas trincheras. Hay que llamarla a un Frente Único. Solo los trabajadores organizados podrán poner un freno al ajuste chavista y “escuálido”.

Notas

1 Guerrero, Modesto: Una revuelta de ricos. Crisis y destino del chavismo, Herramienta, Buenos Aires, 2014.

2 Puede verse la mesa sobre América Latina, en la que debatió con Fabián Harari: http://goo.gl/RUXgOF.

3 Concepto tomado de Roland Denis. Ver Denis, Roland: “Desactivar el fascismo”, Aporrea, 19/02/2014

4 Guerrero, Modesto: Una revuelta de ricos. Crisis y destino del chavismo, Herramienta, Buenos Aires, 2014, p 128.

5 Idem.

6 Grimaldi, Nicolás: “El ocaso de (otro) Bonaparte. Las perspectivas del ‘diálogo de paz’” en El Aromo n° 78, 2014.

7 UCV, UNEG, UCLA, Universidad de Carabobo, ULA Táchira, ULA Mérida, UNET, Universidad Simón Bolívar, UNESUR, UNELLEZ.

 

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