¿Una causa nacional? Las Malvinas, desde 1810 hasta el siglo XX

a67marianmalvinasMariano Schlez
GIRM-CEICS

En el número anterior de El Aromo planteamos una crítica a la metodología del PO para conocer la Historia Argentina. El PO ha decidido no responder. No importa, el problema sigue siendo grave. Aquí, explicamos por qué las Malvinas nunca constituyeron una cuestión de peso para la Argentina.

El PO, como el conjunto del trotskismo argentino, considera que nuestro país es una “semi-colonia” (yanqui, inglesa o China, no viene al caso). En ese esquema, la posesión británica de las Islas Malvinas es analizada como una de las tareas pendientes que posee la burguesía argentina para librarse del “yugo imperialista”. En su afán por esconder todo lo que vaya en contra de la “legítima” soberanía sobre las Malvinas, quien redacta la posición histórica del PO, Alejandro Guerrero, olvida (o desconoce) uno de los datos fundamentales de toda la cuestión: luego de la Revolución de Mayo, las islas fueron abandonadas por más de una década.
Ya hemos visto que no implicaban una prioridad para los españoles. Estaban habitadas por una pequeña dotación que debía soportar las penurias de vivir en un paraje hostil1. Tan es así que su máxima autoridad solicitó abandonar las Malvinas “para evitar que la gente que allí se hallaba muriese de hambre”2. Teniendo en cuenta la necesidad de reagrupar fuerzas, para enfrentar a la Revolución porteña, el gobernador Vigodet ordenó el desalojo de las islas en 1811. Fue así como regresaron a Montevideo los 46 hombres que componían la dotación, junto con el armamento y la documentación. Antes de partir dejaron una placa, similar a la plantada por los ingleses 26 años antes, que sentenciaba que las islas pertenecían a la “soberanía del Sr. Don Fernando VII, Rey de España y sus Indias”.
Pero no sólo los españoles descuidaron las Malvinas. Luego de este abandono, esos pequeños pedazos de tierra permanecieron desiertos durante más de una década. Recién en 1820, los porteños declararon su intención de soberanía, enviando a un coronel norteamericano (sí, leyó bien) a plantar la bandera del nuevo Estado. Sin embargo, este viaje (literalmente, un saludo a la bandera), partió sin dejar autoridades constituidas. Solo cuando el peligro de la contrarrevolución feudal ya estaba lejos, en 1823, el gobierno de Buenos Aires “tercerizó” la colonización de las islas, otorgándole a un criollo y un hamburgués los derechos de explotación económica y la autoridad política de las islas (Jorge Pacheco y Luis Vernet). Ambos fundaron una colonia, conformada por quince ingleses, veintitrés alemanes y unos pocos peones, todos empleados del proyecto de Vernet.
¿Por qué los revolucionarios tuvieron semejante actitud con un territorio que hoy algunos consideran como clave para el desarrollo nacional? Porque el triunfo de la Revolución y la constitución de un Estado burgués no dependía de la conquista de unas islas perdidas en el Atlántico. Incluso, luego de aniquilar al ejército español en América, la burguesía agraria privilegió aquellas tareas de las que dependía la constitución de una Nación su medida: la conquista del “desierto”, que estuvo férreamente controlada y dirigida por el Estado (Martín Rodríguez, Rosas y Roca) y no fue “tercerizada”, como la colonización malvinense. Todo esto da cuenta de que la conformación de la nación argentina no tuvo relación alguna con lo que ocurría en las Islas.

La “invasión” inglesa

Las cosas no cambiaron mucho luego de la “invasión” inglesa a las islas. En resumidas cuentas, Vernet quiso defender su negocio frente al avance de sus competidores norteamericanos. Para hacerlo, no tuvo mejor idea que apresar tres buques y partir a Buenos Aires para realizar el proceso debido. A partir de ese hecho, los norteamericanos se pusieron en contacto con los ingleses para denunciar la situación y atacaron las islas, declarándolas libres de todo gobierno. El gobierno porteño, enterado de los sucesos en febrero de 1832, elevó una protesta a Estados Unidos, exigiendo una reparación que nunca llegó.
Lo que vino después no fue más auspicioso. Vernet fue reemplazado como gobernador por el Mayor Esteban Francisco Mestivier. Su gobierno duró poco: fue asesinado en las islas por un motín de su propia tropa. Mientras se intentaba contener el estado de insubordinación reinante, en enero de 1833 llegó a las islas la corbeta inglesa “Clío”, bajo las órdenes del Capitán J. J. Onslow. Al entablar contacto, los ingleses intimaron a los porteños a arriar el pabellón argentino y evacuar las islas. El oficial a cargo probablemente no haya intentado resistir, no sólo por la situación particular que atravesaba la colonia, sino también porque buena parte de su tropa era, en su mayoría, inglesa. Para colmo de los nacionalistas, su segundo de a bordo era el teniente norteamericano Elliot.
Como resultado, los ingleses desembarcaron el 3 de enero de 1833 y, sin ningún tipo de resistencia, izaron el pabellón británico y arriaron el de Buenos Aires, devolviéndolo pulcramente doblado. El 5 de enero, junto a unos pocos habitantes, los “argentinos” abandonaron las islas para no volver.
Básicamente, la población que quedó fue la misma que acompañó la experiencia de Luis Vernet. Antes de partir, el jefe porteño depositó en un hombre cercano a Vernet, el francés Juan Simón, el cargo de Comandante político y militar. Aunque fue un nombramiento puramente nominal, los ingleses tampoco impusieron un gobierno externo, dejando a cargo a otro hombre cercano a Vernet, el escocés Guillermo Dickson.
Una vez más, las islas quedaron sin defensa durante todo 1833, dado que la “Clío” regresó a Inglaterra el 14 de enero, y su reemplazante, la (mucho más pequeña) “Tyne” hizo lo propio unos días después. En ese interregno, el gobierno de Buenos Aires nada hizo por recuperar el control de las Malvinas. De hecho, la ausencia de una hegemonía política clara provocó nuevos enfrentamientos internos en las islas: dos gauchos y cinco indios charrúas, comandados por Antonio Rivero, asesinaron a algunos de los hombres cercanos a Vernet, incluidos los dos “gobernadores” (el porteño y el inglés), Simón y Dickson. La mayoría de los colonos se trasladó a un islote cercano para refugiarse, desde donde pidieron auxilio. Quien acudió para resolver la situación fue un buque inglés que logró rendir a Rivero y su grupo.

Me importa mucho… poquito… nada

Lo único que hizo el gobierno de Buenos Aires fue protestar, por medio de su representante en Londres, Manuel Moreno, en cuatro oportunidades (1833, 1834, 1841 y 1842). Luego de esto, los reclamos argentinos por la cuestión de las islas son escasos e irregulares. Recién a mediados del siglo XX el tema volverá, lentamente, a convertirse parte de la agenda política nacional. Y sólo la dictadura de 1976 y el kirchnerismo elevarán a las Malvinas a cuestión de primer orden para la Nación.
El “desinterés” se expresa en que hasta el máximo héroe del  panteón nacionalista, Juan Manuel de Rosas, le quiso vender las Malvinas a los ingleses: Manuel Moreno había sido enviado a Londres y, entre sus instrucciones, figuraba la orden de explorar la posibilidad de ceder los derechos argentinos sobre las Malvinas, a cambio de la cancelación de la deuda remanente del préstamo de 1824 (Baring Brothers)3.
Salvo un breve incidente durante la presidencia de Mitre (en relación a la llegada de colonos galeses a la Patagonia), la Argentina no volvió a protestar por las Malvinas hasta que su hegemonía estuvo completada. Entre 1884 y 1888, durante la presidencia de Roca, la burguesía argentina intentó resolver la cuestión a través de un arbitraje internacional, lo que Inglaterra no aceptó. Luego se presentaron cruces esporádicos, hacia 1910. Pero aunque la cuestión merece un estudio más pormenorizado, no parece errada una conclusión ya esbozada por la historiografía: las protestas argentinas por Malvinas crecieron a medida que la presencia económica británica en el país descendía.
Contrariamente a sus deseos, como ya hemos señalado, las islas no representaron ni representan un obstáculo para la existencia y el desarrollo de la Argentina capitalista. Sin embargo, el grueso de la izquierda argentina en todas sus variantes (trotskistas, estalinistas, maoístas y guevaristas) confunde una excusa burguesa para manipular a los obreros con una cuestión nacional. En el caso del PO, la debilidad teórica de su dirección y el profundo desprecio que tiene por el trabajo intelectual, redunda en un empirismo que, en forma recurrente, lo pone al borde de una política nacionalista. Aún en lo que, fenoménicamente, aparece como la más palmaria prueba del “subdesarrollo nacional”, la cuestión Malvinas, un análisis algo más serio prueba que estamos frente a una nueva maniobra ideológica de la burguesía por encolumnar detrás de sí al proletariado.

NOTAS

1 Schlez, Mariano: “¿Es el conocimiento reaccionario? Las Malvinas en la historia argentina, según el Partido Obrero”, en El Aromo, N° 66, Mayo-Junio de 2012.
2 De Marco, Miguel Ángel: La historia contemplada desde el río. Presencia naval española en el Plata, 1776-1900, Librería Histórica, Bs. As., 2007, p. 128.
3 Lynch, John: Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986.
4 Goodwin, Paul B. Jr.: “Stamps and Sovereignty in the South Atlantic”, en The American Philatelist, enero de 1988, pp. 40-46.

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