RyR y la tradición revolucionaria – Eduardo Sartelli

50-chicanas-01-2Inauguramos esta sección para resumir las respuestas a un conjunto de acusaciones recurrentes (y falsas, además de tontas) hacia nuestra organización. La crítica es una actividad necesaria. Tanto el hacerla como el recibirla. Lo que resulta inaceptable es la voluntad consciente de desfigurar las posiciones de los adversarios. En ese punto, la crítica se vuelve ideología, en el peor sentido de la palabra. Se nos puede criticar por muchas cosas. Por las que siguen, no. O no, al menos, de la forma vulgar en que se lo hace.


RyR y la tradición revolucionaria

Eduardo Sartelli

Una de las chicanas más recurrentemente repetidas sobre RyR es la que gusta adjudicarnos algún rótulo, normalmente despectivo, proveniente del lado “oscuro” de la tradición revolucionaria. Si la crítica viene por “izquierda”, RyR es “stalinista”, “reformista”, “gramsciana”, “culturalista”, “maoísta”, “castrista”, “bujarinista”, etc., etc. Si viene por “derecha”, por supuesto, siempre es “stalinista”, pero también “trotskista”, “guevarista”, “consejista”, “leninista”, incluso “anarquista”. Obviamente, también se nos cataloga con adjetivos despectivos de otro tipo (“pequebús intelectualoides”, “eruditos al pedo”, “soberbios ignorantes” y cosas peores, de las que nos ocuparemos más adelante). Aquí nos concentraremos en los que hacen uso de la costumbre de utilizar la tradición como modo de reducir a lo conocido y tranquilizante lo que descoloca por su extrañeza.

El catálogo

RyR ha sido siempre respetuosa de las tradiciones revolucionarias, sin por eso ahorrarle críticas. En parte, la razón de un abanico tan amplio de acusaciones contradictorias se encuentra en la libertad con la que nos movemos en relación a la historia que nos precede. De modo que, rápidamente, se puede tomar una frase suelta aquí o allá para sostener cualquiera de esas acusaciones. Se pueden, en las páginas de El Aromo o de cualquiera de nuestras publicaciones, encontrar, por ejemplo, muchas afirmaciones a favor o en contra del castrismo, o simples exposiciones históricas de hechos que no contienen en sí ninguna valoración (como la constatación elemental de que Stalin fue más hábil que Trotski en el manejo de las fuerzas políticas en el interior del Partido Bolchevique), para estampillarnos con comodidad. Resulta gracioso, por estos días, leer en varios de nuestros críticos, con motivo de su muerte, lo mismo que dijimos nosotros sobre Fidel Castro hace años. En su momento, nos apostrofaron de “castristas”. Se ve que la muerte libera…

El problema de las “tradiciones” es que están muertas. Siempre y todas lo están. Y al mismo tiempo viven. Están muertas en un doble sentido: porque son parte del pasado, y el presente siempre, aunque en modo mínimo, es diferente; porque quienes las “actualizan”, siempre e indefectiblemente, lo hacen de un modo “personal”. Es por eso que dijimos más de una vez que no hay lugar donde volver, no hay un pasado puro y virginal donde la verdad fue pronunciada en forma prístina, de modo que retrocediendo en el tiempo recuperaremos su virtud para nuestro presente.

Al mismo tiempo, las tradiciones viven: ninguno de nosotros nació de la nada ni brotó como Atenea, ya completamente formada, de la cabeza de su padre Zeuz; en la medida en que la realidad presente arrastra, en varios sentidos, su pasado, nada de lo dicho y hecho por nuestros antecesores ha perdido actualidad, en algún grado por lo menos. En el primer sentido, su “vida” es propia de aquella de los vampiros o los zombies: no es una vida real, es, como diría Marx, el peso de los muertos sobre nuestras espaldas. Pero para desembarazarnos de esa herencia inútil es necesario asumir una libertad amplia e irreverente con ella, a fin de poder tomar aquello que continúa vivo.

RyR ha asumido siempre una actitud “personal” e “irreverente” con la tradición. Porque no hay otra actitud válida. Eso nos ha valido alguna vez el mote de “eclecticismo”, pero no es así. El “eclecticismo” es una mezcla incoherente de elementos cuyo núcleo es una seudo “originalidad”. Se toman elementos sueltos de cada exposición coherente de una idea, que son valorados positivamente por todos, y se los reintegra en una imagen ideal que, como resultado, carece de toda coherencia. El mejor ejemplo son esos ejercicios que consisten en armar la mujer o el hombre “ideal” tomando una parte del cuerpo de uno, otras de otros, sin cuidado de que formen un todo orgánico y armónico. Se queda así bien con todos, construyendo un verdadero adefesio inútil. No falta el “partido”, por ejemplo, que pretende ser pacifista para construir el socialismo, al mismo tiempo que cuando explica la vida social reconoce el carácter sangriento de la lucha de clases… Nuestra posición aquí es sencilla y metodológicamente clara: es el análisis concreto de la situación concreta lo que determina la relación con la “herencia”.

En otras palabras: estamos en el siglo XXI, en un momento determinado del desarrollo del capital mundial, en una correlación de fuerzas sociales dada, también a escala mundial, en una etapa ideológica específica, en un punto particular de la historia de la lucha socialista en el planeta. Por si fuera poco, nuestro puesto de combate está en la Argentina, con todas las peculiaridades que ello agrega. Desde ese mirador debemos observar (y utilizar) la tradición.

¿Qué son? ¿Qué son, eh? Vamos, digan…

Más fácil y tramposo sería empezar por decir lo que no somos. Por eso mismo, vamos a empezar por allí. Como vamos a dejar para Stalin un lugar de privilegio, es decir, un artículo aparte, indicaremos aquí algunas coordenadas para ubicar una voluntad de autenticidad, correcta o incorrecta, pero que al menos no recurre al expediente fácil de comprar llave en mano una lectura de la realidad, una teoría revolucionaria y una estrategia de lucha, sin preocuparse de su utilidad. Esa maniobra suele resultar puramente publicitaria (adquirir una tradición más o menos prestigiosa y libre de los “crímenes” que la conciencia burguesa ha logrado imponer como lectura de la historia) que sirve como cobertura a una política real puramente oportunista: mucho de lo que hoy se llama “trotskismo”, por ejemplo, encubre políticas completamente stalinistas y reformistas, pero libres de esos adjetivos por la cobertura de la autoridad del gran padre elegido como santo patrono.

Vamos entonces, al grano.1 Queda claro, para cualquiera que haya leído con un poco de atención nuestros prólogos a Historia de la Revolución Rusa y a Literatura y revolución, de Trotski, que RyR no es “trotskista”. Hay varias razones para ello, la primera, que no abordaremos aquí, es su concepción del partido revolucionario. Lo que determina básicamente nuestra relación con Trotski no es alguna valoración particular de su figura personal: no nos interesa su evidente agudeza intelectual (no obstante, plagada de arbitrariedades, contradicciones, deformaciones y vacíos de formación) ni rasgos particulares de su carácter (su megalomanía más que evidente). Lo que nos separa es lo que el tiempo separó: el Programa de Transición y la Revolución permanente. Si el primero es un conjunto de recomendaciones más o menos obvias para una situación que comienza a tornarse revolucionaria (y por lo tanto, no hay mucho que discutir), la segunda está irremisiblemente muerta. En el mundo, en general, y en la Argentina en particular. Con un agregado: entre uno y otro no media ninguna estrategia “política” de poder. Lo que transforma al trotskismo en una corriente sindical radicalizada y poco más, que cuando debe aplicarse a la política suele desenvolver un parlamentarismo sorprendentemente reformista.2 Si el Programa de Transición es impotente, en lo que a estrategia de poder refiere, la “permanente” carece de sentido en un país (y en buena parte del mundo) donde la cuestión nacional está resuelta y los campesinos no existieron jamás.

Para todo aquel que entienda lo que acabamos de decir, no será muy difícil entender también por qué no somos maoístas o guevaristas. En un país donde el 90 y pico de la población es urbana, hablar de maoísmo o guevarismo carece de todo sentido, amén de que la guerrilla urbana carece de todas las ventajas de la rural, sin agregarle ninguna. En este punto, el guevarismo (y por ende, el castrismo) confunde el problema del poder con el problema militar de la revolución. Obviamente, no creemos que la Argentina tenga una cuestión nacional que resolver, por lo cual, así como no acordamos con el trotskismo por esto, no podemos hacerlo con maoístas y guevaristas.

Con el reformismo nos separan tantas cosas como con los anteriores, aunque no las mismas: el sistema, lo hemos dicho infinidad de veces, no se puede reformar. Por otra parte, las vías típicas de la reforma, el sindicalismo y el parlamentarismo son más bien nuestras críticas a la izquierda trotskista antes que estrategias que reivindiquemos como propias. El peso que le otorgamos a la intervención del partido y la necesidad de su construcción nos aleja de cualquier anarquismo, pero a ello se suma la perspectiva de la dictadura del proletariado y, por ende, de la importancia del Estado proletario en el proceso de destrucción de la vieja sociedad y la construcción de la nueva.

En suma, todas las tradiciones reseñadas o se han vuelto inútiles para las tareas presentes (trotskismo, maoísmo, bujarinismo), o carecen de toda capacidad de acción seria (guevarismo, anarquismo). Nadie nos ha acusado de autonomistas, de modo que no nos defenderemos de una acusación que, a todas luces, no nos merecemos (aunque lo dicho para el anarquismo anticipa cualquier cuestión).

Héroes olvidados, batallas actuales

RyR ha rescatado a muchos revolucionarios que, por una u otra razón han quedado relegados a un segundo plano en la tradición revolucionaria: Graco Babeuf, Paul Lafargue, Christopher Caudwell, Alexander Bogdánov, Antonio Gramsci, Georgy Lukacs, Rosa Luxemburgo. En todos los casos, se ha tomado algo en particular o se ha reivindicado en ellos alguna idea “nuestra”, es decir, a la que llegamos en forma independiente o a priori del conocimiento de sus obras: la importancia de la acción revolucionaria aún en condiciones de derrota (Babeuf); el objetivo real de la lucha socialista (Lafargue); el papel central de la crítica de las ideas dominantes (Caudwell); el lugar de la conciencia en el proceso revolucionario (Bogdánov); la importancia del estudio de la historia nacional para un correcto análisis de las relaciones de fuerza (Gramsci); la centralidad de la acción directa (Rosa); la necesidad del partido (Lukacs). Podríamos enumerar muchas influencias más y llenaríamos páginas. Pero RyR ni es lafarguiano, ni gramsciano, lukacsiano, luxemburguista o bogdanoviano.

RyR tiene la convicción científicamente desarrollada de que la realidad argentina y mundial actual exige la eliminación del capitalismo y su reemplazo por una sociedad sin explotación ni propiedad privada (el socialismo). Que la revolución solo puede ser nacional por su forma y su contenido, pero internacional por el contenido y la forma. Que la única fuerza que puede llevar adelante esa tarea es la clase obrera. Que la revolución no es un hecho pacífico, por lo cual, no somos pacifistas, ni antes ni después de la revolución. Que la estructura de clases actual demuestra que la Argentina y América Latina toda están listas para la revolución socialista, sin ningún paso intermedio. Que la insurrección proletaria es la vía estratégica adecuada para estas sociedades y que el proletariado no necesita de ninguna alianza para llegar al poder. Que el desarrollo de las fuerzas productivas indica que la economía revolucionaria debe privilegiar la eficiencia, la escala y la productividad, o sea, nada de pymes ni de mercado interno. Que la dictadura del proletariado es el único instrumento capaz de destruir el antiguo orden. Que las ideas son armas de combate, antes, durante y después de la revolución, dicho de otro modo, no somos liberales.

Las “tradiciones” son simples resultados coagulados de la lucha de clases. Nacen, se desarrollan y mueren. No nos interesa cargar con ese bulto. ¿Quién dice esto? Nosotros. Si alguien más lo ha dicho, no nos importa. Lo que importa es que hemos derivado estas ideas de nuestro propio trabajo intelectual. Es decir, que hemos hecho, mal o bien, el análisis concreto de la situación concreta. Por eso no necesitamos más rótulo que el de revolucionarios socialistas, gente adulta que cree que puede mirar a la realidad directamente, entenderla y cambiarla sin andar apelando a padres, fantasmas y muletas. Desde que se inventó la ciencia, no se precisa otra cosa.

NOTAS

1En otros textos contestaremos a expresiones tales como “RyR no es marxista” (es decir, cuál es la variante del marxismo a la que nos afiliamos, si es que lo hacemos a alguna), “RyR no es un partido” (o sea, cuál es la naturaleza de la organización que construimos) o “RyR no lucha” (por lo tanto, cuál es la forma en que creemos necesario que hay que luchar).

2Dada la naturaleza de esta sección, rogamos al lector no se nos pida pruebas de nuestros dichos. Con razón o sin ella, estas son las causas de nuestro rechazo a las tradiciones mencionadas.

3 Respuestas

  1. manuel dice:

    “El problema de las “tradiciones” es que están muertas. Siempre y todas lo están. Y al mismo tiempo viven. Están muertas en un doble sentido: porque son parte del pasado, y el presente siempre, aunque en modo mínimo, es diferente; porque quienes las “actualizan”, siempre e indefectiblemente, lo hacen de un modo “personal”. Es por eso que dijimos más de una vez que no hay lugar donde volver, no hay un pasado puro y virginal donde la verdad fue pronunciada en forma prístina, de modo que retrocediendo en el tiempo recuperaremos su virtud para nuestro presente”

    No es por poner una “etiqueta” (¡no vaya a ser que quien escribe pueda ser adjetivado de alguna forma para mejor describirlo!), pero este párrafo está peleado (por decir lo menos) con la noción de ciencia y de objetividad. Es Gadamer puro. Si buscaban ser caracterizados de alguna forma objetiva que no puede ser desestimada mediante los más innumerables epítetos, entonces lo han hecho. Solo corrigiendo este disparate epistemológico/metodológico fundamental , podrán entrar de nuevo en la discusión. No se puede discutir con quien no afirma nada, sino que solo “reconstrucciones personales” de lo pasado.

    En segundo lugar, si efectivamente parten de un error epistemológico/metodológico fundamental, éste informa un marco de pensamiento cuya primera delimitación (la que para ustedes es crucial, porque actúan en una realidad nacional donde la política de izquierda con la que vale la pena discutir es trotskysta), está basada en la ignorancia. Afirmar que la revolución permanente está muerta porque el problema nacional ya esta “solucionado” es operar con una versión caricaturizada de la revolución permanente, tomada de su propia militancia en el partido obrero argentino. Las bases argumentales y teóricas de la revolución permanente están en “Balance y perspectivas” (Trotsky, 1906) y las mismas no incorporan la dimensión nacional de manera estructurante o central. Que además la revolución permanente requiera la existencia de “campesinos” es nuevamente una deformación más.. Nuevamente, dense la tarea de realmente leer a Trotsky completamente, antes de afirmar tamaño error. Por otra parte, sostener que el “programa de transición” es “evidente” no es más que una pedantería intelectualoide. Por lo demás, es tan poco evidente que se lo ha aplicado poco, y en realidad las organizaciones trotskystas no trabajan con él en general (fundamentalmente porque confunden pueblo con clase -confusión que ustedes también hacen a menudo-). En este sentido, debieran saber que el Trotsky de 1906 no hace más que desarrollar lo que Engels desarrollara desde 1870 en cartas, prefacios y posfacios, que, por lo demás, no está sino basado en la noción de “desarrollo desigual y combinado”, dimensión estructural del primer tomo de El Capital, que también es desarrollada en los Grundrisse y en Teorías sobre la plusvalía (todo esto es así, si no se separa “historia” de “teoría”, si no se opera mediante lecturas neokantianas de El Capital que entronizan tipos ideales, lectura propia del marxismo político, el unoismo y la “sociología” marxista que prima en la academia.

    Lo último, si quieren dejar de motejados de gadamerianos, entonces también tendrían que dejar el culturalismo burdo al que llegó Harari en una de sus últimas editoriales. Desestimar las reivindicaciones obreras de salario y condiciones de trabajo como pertinentes “solo” a un proletariado propio de la segunda posguerra, solo lo puede hacer quien entroniza el “campo cultural de la ideas” (del cual por lo demás cree que maneja al dedillo, pero en el que en realidad comete estos errores burdos que cito en el párrafo de arriba) y tiene una noción marcusiana de la realidad. Porque, por lo demás, las etiquetas sí significan algo: autodenominarse “razón y revolución” solo puede hacerse referencia al texto de Marcuse. Si no es así,entonces estamos en presencia de unos intelectuales ignorantes o que apelan al confusionismo (cualquiera de los dos obviamente muy criticable). De ahí que la base para una auto-clarificación sería definirse en relación con este texto en particular -¿marx y hegel son más platónicos que aristotelianos? y respecto de Marcuse en general en un segundo momento .

    saludocomunistaclasista

  2. Fabian dice:

    Manuel, tambien podrian estar apelando al texto Razon y Revolución de Ted Grant y Alan Woods, uno de los mejores libros que problematiza marxismo y ciencia. Abrazo

  3. Cacho dice:

    Aparte de diferencias políticas que haya con los compañeros, por fin personas más o menos normales. No pido más.

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