RyR y el Stalinismo – Eduardo Sartelli

50-chicanas-01-2Una crítica común y corriente entre nuestros críticos es una imbecilidad llamada “stalinismo”. Digo “imbecilidad”, no solo porque carece de todo asidero, sino porque es lo único que se les ocurre a la mayoría de nuestros críticos. Se trata de una leyenda que tiene por lo menos dos fuentes: los fundidos de RyR; nuestra posición sobre el arte y los artistas. En el primer caso, vale la pena explicar un par de cosas. RyR se estructuró como una organización de cuadros cuasi profesionales, para producir un aparato de investigación que permitiera dar una base programática sólida a un partido revolucionario futuro. En esa etapa, que acaba de concluir no porque se haya terminado sino porque viene a solaparse con otras tareas en un proceso evolutivo previsto y necesario, pertenecer a la organización equivalía a desarrollar una tarea intelectual. Para eso se reclutó gente con o sin la formación necesaria. La que no la tuviera, que resultó ser la mayoría, la recibiría. En una década de intensa actividad se conformó un amplio espacio de conocimiento que incluye resultados de investigación, publicaciones, una editorial y, finalmente, un programa.

Muchos de los participantes de esa experiencia la abandonaron en algún momento de su desarrollo: jóvenes idealistas al principio que, cuando consiguieron una beca de CONICET gracias a la tarea colectiva desplegada en nuestra organización (o cuando defendieron “su” tesis de doctorado, la mayor parte de las veces escrita gracias a la “ayuda” de aquellos a quienes luego se dedicaron a insultar), entendieron que Marx tenía razón cuando decía aquello de que “la vida determina la conciencia”. En ese momento, “descubrieron” que RyR era “stalinista” porque pretendía “controlar” los resultados de investigación (resultados que, en su mayoría, no eran producto de la actividad “libre” de los “fundidos”, a los que por lo general no se les caía una idea, ni antes ni ahora). En ese momento se transformaban en intelectuales “libres” o se incorporaban a las filas de algún partido de izquierda, normalmente el PO, donde se los “respetaba”, es decir, podían escribir lo que quisieran, incluso cosas reaccionarias o contrarias al programa que se suponía abrazaban ahora, sin que se les dijera nada. ¿El precio? El mismo que esos partidos les pide a cualquier “intelectual”: que haga lo que quiera donde no joda al partido, que vote donde tenga que votar, que sirva de “figurón” para alguna actividad y… que insulte a RyR. A cambio, el fulano o la fulana podría obtener “libertad” para hacer carrera académica como el más perfecto burgués, entrar en todas las componendas y genuflexiones teóricas y políticas necesarias para asegurarse un lugar en las instituciones burguesas, mientras se cubre con un manto “izquierdista” donde conviene, haciendo “como que milita” simplemente con firmar alguna solicitada, una adhesión a tal o cual lucha o participar de tal o cual panel. Su trabajo intelectual no tiene ningún papel para el partido, que ya sabe lo que quiere saber y el conocimiento le interesa un pepino, pero eso no es problema para el “fundido”, porque el verdadero trabajo intelectual ha dejado de interesarle a él mismo. Ahora es ya un perfecto intelectual burgués. Es así como se recluta esa caterva de inútiles que actúan como “trolles” de tal o cual partido contra RyR en las “redes sociales” y a los que nunca contestamos simplemente porque no vale la pena perder el tiempo en tonterías y rebajarnos a la miseria de tales personajes.

Como sobre el problema de la “libertad al arte” ya hemos hablado mucho1, cerremos este punto señalando que todo partido que se precie debe tener un aparato de investigación, so pena de estar todo el tiempo interviniendo sobre temas sobre los que no conoce. Y todo grupo de investigación tiene propiedad, como grupo, de lo que producen sus miembros, sobre todo cuando esos miembros no producen como individuos sino como parte de esos grupos. Y todo grupo de investigación tiene derecho a decidir, como grupo, cuál es la línea de investigación que le interesa y cuál no, qué ideas defiende y cuáles no y qué posiciones sostiene y cuáles no. Y, por último, tiene derecho a exigir a sus miembros que, si los resultados no son los que le gustan, que los acepte hasta que los entienda o que se vaya. Tratándose de una organización puramente voluntaria, nadie está obligado a quedarse. Por la misma razón, esa organización no puede vivir al arbitrio del capricho de tal o cual individuo. Así funciona, no solo un partido, sino cualquier organización. Llamar a eso “stalinismo” es la mejor forma de contribuir a la idea anarco-liberal de que toda organización es un aparato autoritario. Decir eso es lo mismo que decir que el socialismo es imposible, además de que se trata de una verdadera estupidez posmoderna.

El stalinismo, lo que es y lo que no es

En la cultura de la izquierda revolucionaria argentina (creo que en la mundial también pero no estoy seguro) “stalinismo” ha pasado a ser, más que una experiencia histórica concreta, una forma de clausurar el debate apostrofando al adversario. Se trata también de un verdadero obstáculo epistemológico, un horizonte límite más allá del cual el pensamiento no se anima a avanzar. Como tal, se vuelve imposible pensar problemas que la revolución necesariamente va a encontrar en su camino, simplemente porque fueron estigmatizados por Trotski, Rosa Luxemburgo o la izquierda consejista. Por ejemplo, el lugar de la censura en el proceso revolucionario. Por ejemplo, el papel de la violencia en ese mismo proceso. Por ejemplo, la importancia de la disciplina partidaria. Como todo eso es asociado a Stalin, cuando en realidad se trata de problemas propios de la vida revolucionaria, que suele ofrecer pocas opciones y casi nunca las que uno quisiera, de eso no se puede hablar porque es “stalinismo”. Poco importa que las opciones elegidas ante esos problemas durante la Revolución rusa fueron decididas mucho antes de que surgiera el “stalinismo” y que éste, simplemente las usara en su favor. La conclusión es que se educa a la vanguardia en el liberalismo, el pacifismo y el individualismo.

Por otra parte, como para los “anti-stalinistas” el stalinismo no es un proceso histórico concreto sino un “modo de ser” o de “pensar”, se extiende la absurda idea de que puede evitarse semejante resultado histórico diseñando un partido que repudie tales “modos”. Así, la idea de que si evitamos levantar el tono, si nos tratamos con caballerosidad y privilegiamos la “duda” antes que la afirmación, si aceptamos convivir con “puntos de vista opuestos”, es decir, si reducimos la vida partidaria a un diálogo insípido entre Borges y Bioy Casares, salpicado de fino humor inglés aquí y allá, habremos eliminado del futuro calamidades como aquellas de las que trata este texto. Alcanza con decir que esta perspectiva idealista reduce a la sicología de individuos lo que es propio de fuerzas sociales enfrentadas.

El stalinismo es, antes que nada, un proceso histórico concreto, uno de los resultados posibles del ciclo revolucionario iniciado en 1917. Sus características principales (la extrema centralización del poder, la burocratización generalizada de la vida social, la represión de toda oposición, la militarización de las relaciones sociales, la censura estricta de toda expresión intelectual disidente, la codificación minuciosa de la ideología oficial, la subordinación de la política exterior a las necesidades del Estado soviético, la transformación de los partidos comunistas en la simple extensión de la burocracia soviética, etc.) no nacen con Stalin. Son respuestas elaboradas por toda la dirección bolchevique, Lenin y Trotski incluidos, ante las gigantescas presiones de la situación en la que operaban: la crisis económica, el ataque sistemático del imperialismo, la existencia de una burguesía masiva frente a un proletariado chico y extenuado, el atraso cultural, técnico y científico, las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, etc. Se podrá decir que la diferencia con Stalin es que éste convirtió en sistema lo que fue en su momento una concesión momentánea a una realidad compleja, lo que no deja de ser verdad. Pero lo que esta perspectiva se olvida es que muchos de los que después deploraron esa consecuencia no deseada, nunca hicieron nada serio para dar marcha atrás con el proceso. Entre otras cosas, porque estas “consecuencias” brotaban de la misma realidad y tenían su lógica en ella, quedando pocas opciones, cuyo número se reducía a medida que el proceso avanzaba. De modo que pretender ponerle límite ex ante a una situación que brota de circunstancias que no se pueden prever, carece de toda lógica y es puro y simple idealismo pequeñoburgués.

Otra discusión importante en torno al stalinismo es su lugar en la revolución. Stalin no solo es un revolucionario por su propia historia previa en el Partido Bolchevique, sino que lo es por su tarea durante el proceso revolucionario mismo. A fines de los ’20, cuando la marea kulak amenazaba terminar con la revolución, Stalin concentró en torno a sí todo lo que quedaba vivo del partido (lo que incluía a buena parte de la fracción “trotskista”) y obtuvo una victoria definitiva. Es decir, completó la tarea pendiente más importante de la revolución. Una década después, guió a la URSS a la victoria contra el nazismo, constituyéndola en la segunda potencia mundial. Se podrá decir mucho acerca de cómo consiguió tales resultados, pero son resultados que consolidaron las conquistas materiales de la revolución y modificaron definitivamente la historia. Pueden no gustarnos esos métodos, pueden parecernos repudiables, pero no pueden ser evaluados en abstracción de contextos, procesos y situaciones. Seguramente otros podrían haberlo hecho mejor, pero de directores técnicos que ganan partidos el día después con el diario en la mano está lleno el mundo…

Ser un revolucionario no equivale a ser una buena persona, ni un ideal moral ni nada que se le parezca. Significa, simplemente, ser capaz de dirigir un proceso que cambia radicalmente la realidad. Eso es todo. Stalin congeló la superestructura mediante métodos sangrientos, a fin de consolidar su poder. Pero ese poder formaba parte de la revolución de la base social, tarea que se llevó adelante con métodos no menos sangrientos. Esa historia también es parte de la revolución rusa. Difícilmente ese proceso tuviera un final feliz. Para eso hubiera sido necesario mucho más que buenos modales. Hubiera sido necesario el triunfo de la revolución en los países centrales, por ejemplo (de hecho, cada nueva revolución relativamente autónoma de la URSS oxigenaba al movimiento revolucionario mundial, como pasó con China, Cuba y Vietnam). Hubiera sido necesaria incluso una revolución contra la propia burocracia. Dicho de otra manera: con toda su grandeza, la Revolución Rusa llegó hasta allí, hasta la revolución de la base a costa de la esclerosis de la superestructura. Stalin no representó “termidor”, si se entiende como tal la contrarrevolución. En todo caso, si recordamos que Termidor es, en última instancia, el punto de llegada de todo lo que podía dar de sí la revolución burguesa (infinitas promesas y una cruda realidad), en algún sentido, el stalinismo es el Termidor de la Revolución Rusa: la modesta realización que pudo dar un proceso a mitad de camino a partir de una promesa de alcance universal.

¿Por qué no somos stalinistas?

Resulta curioso que sean los trotskistas los que nos apostrofen de stalinistas con más frecuencia, cuando nosotros acusamos al trotskismo (y al resto de la dirección bolchevique) de ser parte del problema más que de la solución. Se nos podrá acusar, sin mucho fundamento, de consejistas, de ultra-izquierdistas, pero jamás de stalinistas. Nuestra perspectiva de la Revolución Rusa no es muy lejana de gente como Isaac Deutscher o Víctor Serge. No es lo mismo entender los resultados de un proceso que estar de acuerdo con ellos o con los métodos con los que se consiguieron. Pero no tiene sentido, no ayuda a entender las tareas propias y los límites que la realidad impone a nuestras ilusiones, aceptar una mirada ingenua e infantil sobre hechos de tal importancia.

Por otra parte, nuestra crítica a la dirección bolchevique, si es que tamaño atrevimiento no nubla la sesera de nuestro lector, es una crítica del stalinismo mucho más amplia que la de la mayoría de los anti-stalinistas, sobre todo, de los trotskistas. No estamos de acuerdo con la prohibición de las fracciones internas cuando el partido se transforma en organización de masas y, sobre todo, cuando se hace internacional, con la persecución de los opositores no burgueses, con la prohibición de los partidos opositores no burgueses, con la centralización del poder, con la militarización de la vida social, con el abandono de la función revolucionaria del Estado Obrero, es decir, con el Frente Popular, con la estatización de los sindicatos. Pero todo esto tiene poca importancia hoy. Porque puestos en aquel lugar y aquel tiempo, las opciones eran limitadas y todas contenían peligros graves. Pero sobre todo, porque las circunstancias que dieron lugar al stalinismo no existen hoy.

En efecto, el problema no es si somos o no stalinistas. El problema es si alguien puede hoy serlo. Y no porque tenga tal o cual configuración sicológica u otra pavada por el estilo. Sino porque los principales problemas que la Revolución Rusa enfrentó, el del atraso cultural del proletariado y el de la masividad de la burguesía (el campesinado) no existen o pueden encararse con mejores perspectivas hoy que ayer. Esto conecta, otra vez, dos problemas del partido hoy: un análisis concreto de la situación concreta, por un lado; el lugar de la lucha cultural en el proceso revolucionario. Por sus deficiencias en ambos asuntos, nuestros críticos están más cercanos a Stalin de lo que creen. Por su falta de estudio de la realidad, caen fuera del socialismo científico y dentro del mundo de la ideología y la religión propiamente stalinistas. Por su materialismo vulgar y su ignorancia del problema, terminan en un stalinismo hipócrita. Es el resultado de educar a la vanguardia en las ilusiones pequeñoburguesas que el oportunismo parlamentarista coloca en primer plano. Nosotros no somos stalinistas, pero ese no es un problema importante hoy. El problema está en otro lado. Ya lo dijimos, pero lo repetimos: nosotros no somos ni liberales, ni pacifistas ni individualistas. Somos revolucionarios.

NOTAS

1Véase nuestro prólogo a Literatura y revolución.

2 Respuestas

  1. Horacio Alberto Nicolella dice:

    Y, brillante, que voy a decir?. La propuesta nomás, la perspectiva hacia el futuro, no coyuntural me parece de lo mas creíble. Formar gente, cuadros, es noble en lo que tiene de intención. Los materiales que producen.etc. Creo que si ladran es porque estan cabalgando…Vivimos en un pais donde se confunde limite, delimitación, programa, con autoritarismo (ergo stalinismo)…No soy un gran lector, ni especialista en estos temas, pero sé distinguir cuanto una organizacion o una persona tiene luz propia. Y cuando se trata de copias, y repeticiones. Deseo que sigan trabajando. Y al Profe lo mejor de lo mejor. Abrazos.

  2. Aj Hernán dice:

    ¡Excelente!

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