¿Qué futuro para la salud? – Ricardo Maldonado

mal-diagnostico¿Qué futuro para la salud? La medicina, entre las ilusiones liberales y la realidad del mercado

En los últimos 25 años ha crecido el movimiento de los profesionales de la salud que cuestionan su funcionamiento y sus efectos. Sin embargo, al igual que en toda intervención sanitaria, un mal diagnóstico no puede llevar a una cura satisfactoria.

Ricardo Maldonado

CEICS


Un diagnóstico muy atractivo…

La degradación del sistema sanitario a nivel mundial, una de cuyas expresiones es la medicalización, preocupa a sectores crecientes de los profesionales del sector. El artículo “Salvaguardas, deriva institucional e industrias farmacéuticas” ensaya un diagnóstico:

“En el análisis de las relaciones entre las IF [industrias farmacéuticas] y todos los demás agentes y organizaciones implicados, se ha utilizado normalmente una aproximación conceptual que podríamos denominar corrupción individual: comportamiento inmoral o conscientemente sesgado de algún agente u organización, que busca su propio beneficio mediante un acto que suele ser puntual, fácilmente identificable cuando se descubre, casi siempre ilegal y que, en general, no afecta de manera sistemática a los objetivos globales de la institución. Nosotros optamos en este trabajo por un nuevo concepto que nos parece más descriptivo y que hemos traducido como deriva institucional (institutional corruption): situación que se produce cuando intereses privados modifican los objetivos de la medicina, a través de una influencia sistemática que altera rutinas y transforma la cultura de la organización y el comportamiento de los agentes, con consecuencias difícilmente identificables, debido a conductas inconscientes, socialmente aceptadas y/o legales.”

Según los autores, la deriva institucional es multifactorial: influyen elementos socioculturales (como el individualismo), políticos (como la desregulación de los mercados), profesionales (como la educación médica centrada en la tecnología) y organizativos (los incentivos por rendimiento o los protocolos asistenciales). Más que una cuestión moral, este enfoque observa el problema sistémico: estas acciones buscan prioritariamente objetivos que no son coincidentes con los fines y valores de la medicina. Este análisis es extensible al conjunto de las “industrias farmacéuticas”, que incluyen a tecnológicas y alimentarias, además de mercado de soluciones “mágicas” (pulseras, productos “naturales”, etc.). Los autores creen que, aunque este sector, el más rentable del mundo, no es necesariamente corrupto, sus prácticas, sobre todo en los últimos años, dejan mucho que desear. Precisamente, la preocupación central del texto es la erosión de las “salvaguardas” con las que las instituciones de la medicina han tradicionalmente puesto límites a la interferencia de los intereses privados sobre los públicos (los filtros legislativos, el conocimiento científico y la ética profesional, entre otros).1 Se trata de un diagnóstico ampliamente compartido y casi de “sentido común”.

… pero erróneo

Lamentablemente, este diagnóstico es abstracto y unilateral en sus determinaciones. Intenta historizar la cuestión aunque elude acontecimientos importantes. Y aunque quita la cuestión del ámbito de las decisiones individuales, no la ubica en la lucha del trabajo contra el capital sino en el mundo de la cultura, la moral y el Estado (burgués).

El centro de la argumentación es que hubo un cambio en la industria farmacéutica (IF) en la década del ‘90: de las necesidades de la población a las del negocio; consecuentemente, de segura a peligrosa. Sin embargo, cada reforma de los presupuestos y legislaciones de la FDA fue motivado por una catástrofe. La más conocida, la de la Talidomida2, provocó la Reforma Kavaufer de 1962. Demostrando que la función del Estado burgués es garantizar la acumulación, la reforma del ‘62 (que aumentaba los requisitos para la aprobación de una droga) fue seguida al poco tiempo de un aumento de la duración de las patentes que garantizara mantener las ganancias en el marco de las nuevas exigencias. En sentido contrario, el descubrimiento de la penicilina en 1929 debió esperar 12 años y una guerra mundial para que el gobierno de los EE.UU. (y no las farmacéuticas por sí mismas) promoviera su producción masiva. Ni hablar del papel de IGFarben durante el gobierno nazi3 o del experimento Tuskegge.4 Por otra parte, no todos los medicamentos eran seguros antes e inseguros ahora. Los psicofármacos, por ejemplo, han tenido su explosión a partir de un salto en la atenuación de sus efectos adversos que está en la base del fenómeno de la medicalización.

Sobre la orientación centrada en la salud de la población, también hay que precisar. La literatura sobre la industria menciona el “fin del ciclo de las infecciosas” en la década del sesenta. Este ciclo culmina no con la derrota de las enfermedades infecto-contagiosas, sino con el cierre del rendimiento económico de las moléculas referidas a esas enfermedades. A pesar que la resistencia a los antibióticos y las infecciosas tropicales hacían visible que no había concluido ningún ciclo, desde el punto de vista de la ganancia sí. La IF, como toda industria capitalista, tiene como lógica inevitable la valorización del capital. Otra cosa es que en ese proceso, la salud poblacional sea un componente del abaratamiento de la mano de obra y por tanto coincida con el sentido general de la acumulación. La industria farmacéutica tiene los mismos condicionamientos para su existencia que cualquier otra rama de capital. Sólo las moléculas novedosas, protegidas por patentes cada vez más extendidas, permiten el sostenimiento de los ciclos de inversión e investigación. Se duda constantemente de las proporciones entre las inversiones que se realizan en investigación y en comercialización. Pero bajo la forma de acumulación competitiva del capital internacional no hay posibilidad de separarlas, porque ambas contribuyen a la tasa de ganancia de la industria. ¿Qué sucede si una rama productiva no tiene tasas de ganancias dentro de la media mundial? Desaparece, porque los capitales van dónde se pueden valorizar. Entonces la tasa de innovación permite las patentes y las patentes protegen la tasa de ganancia y la relanzan. Las “me too”5 son resultado de ese proceso.

Por otra parte, las frecuentes demandas que obligan a la IF a acuerdos extrajudiciales, aunque millonarios desde la mirada del consumidor, no son determinantes en la orientación general de la IF. No son parte de una ofensiva contra las farmacéuticas liderada por grupos de opinión científicos, sino por las propia competencia capitalista, la tensión de éstas con seguros, organismos estatales y servicios de salud (los pagadores). Bajo los colores del cristal del liberalismo político y su perspectiva individualista, se exagera la incidencia de los grupos de opinión, incluso cuando se sabe que los grupos de opinión exitosos son financiados por empresas rivales.

Además, la IF se apoya cada vez más en un concepto inespecífico de salud, bajo el que se ponen en juego un conjunto de satisfacciones humanas. Cada vez es más amplia la proporción de ganancias provenientes de anticonceptivos, psicofármacos autoadministrados, drogas de estilo de vida, etc., consumos que no se relacionan con la morbimortalidad sino con elecciones de modos de vivir satisfactoriamente. Esto se contrapone al proceso que afecta al conjunto de la población trabajadora mundial, dominado por lo que dio en llamarse “ley de cuidados inversos”, formulada por el médico galés Julian Hart en 1971: la atención médica varía en proporción inversa a la necesidad de la población asistida.

Por último, la proletarización de la profesión médica genera profesionales menos independientes, precisamente como resultado de su transformación en asalariados. Ese proceso señala un límite (el de la autonomía recortada), pero también un horizonte (el de la asociación con el resto de las fracciones trabajadoras). Nos coloca, a los trabajadores de la salud, en posición de elegir entre la nostalgia de un paraíso perdido (el del profesional liberal y la industria “humanizada”) que no fue y un futuro posible, el de la sociedad organizada en función de la vida y no de la ganancia, el futuro socialista.

Combatir al capital

La perspectiva que criticamos suele hacerse pasar por “anti-sistema” o incluso “socialista”. Sin embargo, no lo es. Combatir las prácticas de algunas empresas de alguna rama de la producción capitalista no equivale a combatir las relaciones capitalistas en sí. Combatir el “exceso” mercantil no equivale a luchar contra una sociedad en la que la vida es una mercancía. Lo mismo que se ha dicho aquí sobre la IF se podría decir de cualquier otra rama de la producción. Dada su vinculación inmediata con la suerte de la vida de las personas, lo que es normal en el conjunto de la economía suena más grave y perverso en la IF. Pero la sociedad capitalista es así. Y porque es así, no es reformable. Incluso con una IF sometida a los controles más estrictos, incluso con su estatización completa, la salud de las masas, que depende de la evolución del conjunto de la economía, pendería de un hilo. En la Argentina actual, por ejemplo, los remedios no serían tan caros si la capacidad adquisitiva de la masa de la población no hubiera descendido a la mitad, entre los años ’70 y ahora. Ello no depende de las características actuales de la IF sino de la evolución de la acumulación. En algunos períodos históricos, cuando el capital necesitó expandir la producción incorporando masas a la explotación, desarrolló la vida en cantidad y calidad. Cuando esta relación se invierte, el capital declara una guerra sin cuartel ni retorno contra esas mismas masas.

Hoy estamos en una etapa de ese tipo: la profesión médica se ha proletarizado, al capital le sobra gran parte de la población mundial y la industria farmacéutica se concentró aun más. Más control sobre el proceso de trabajo y menor rentabilidad entre las masas, lleva a la IF a expandir la noción de “salud”, a fin de ampliar el mercado entre los compradores solventes que quedan. El resultado: la degradación de la medicina. El problema es, entonces, el capitalismo y su funcionamiento sistémico en este momento histórico. Antes que revivir falsas ilusiones, los nuevos profesionales médicos, es decir, las nuevas capas de la clase obrera que ejercen la medicina, deben explicarle al resto de sus compañeros que la única salida “saludable” a la enfermedad llamada capitalismo es el socialismo.

Notas

1Novoa Jurado, Abel Jaime, Juan Gérvas Camacho y Carlos Ponte Mittelbrunn: “Salvaguardas, deriva institucional e industrias farmacéuticas”, en http://equipocesca.org/wp-content/uploads/2014/10/AMF-salvaguardas-NoGracias.pdf

2La Talidomida fue comercializada entre 1957 y 1963 como sedante y calmante para las náuseas durante los primeros meses de embarazo. Tragicamente, se descubrió que provocaba anomalía congénita en los bebés llamada focomelia: carencia o excesiva cortedad de las extremidades.

3IG Farben surgió en 1925 como una fusión de BASF, Bayer, Hoechst, Agfa y otras. Durante el régimen nazi produjeron la tinta de los tatuajes y el gas de las cámaras de los campos de concentración (Zyklón B) además de la utilización de trabajo esclavo. Tras la guerra, por estos hechos se disolvió el conglomerado en sus empresas originales que aún hoy son destacadas corporaciones de la IF.

4El experimento, realizado por el Servicio Público de Salud y catalogado como “posiblemente la más infame investigación biomédica de la historia de Estados Unidos”, consistió en NO tratar entre 1932 y 1972 a un grupo de personas pobres que padecían sífilis, para estudiar su evolución. http://exhibits.hsl.virginia.edu/badblood/

5Medicamentos muy parecidos a moléculas antiguas en los que el riesgo y la inversión en investigación resultan mínimos.

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