No es la mina, es el capital. Acerca del debate sobre la minería a cielo abierto

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Acerca del debate sobre la minería a cielo abierto

Juan Kornblihtt1
OME-CEICS

Si cree que el nacionalismo o el ambientalismo son alternativas a la contaminación, al empeoramiento de las condiciones de vida de los pueblos mineros y a la destrucción del medio ambiente, tiene que leer este artículo. Aquí le explicamos por qué el problema no es la minería, sino su forma capitalista.

Las movilizaciones en contra de la minería reprimidas por el gobierno y sus fuerzas de choque pusieron sobre la mesa el problema sobre qué hacer con esta actividad. Hasta ahora, las consignas se debaten entre una crítica nacionalista (el problema son las empresas extranjeras que exportan y no pagan impuestos) y el ecologismo irracional (hay que mantener impoluto el medio ambiente). Estos argumentos se combinan abstrayéndose del problema de fondo. Lo que debe discutirse no es la nacionalidad del capital ni la técnica de la minería a cielo abierto en abstracto. Consignas como “No a la mina” o “Famatina no se toca” pueden resultar efectivas para una defensa coyuntural de los intereses de quienes habitan la zona, pero al no ir a la raíz del problema, dejan intactas las causas que provocan los males de la minería capitalista. El problema es que la actividad está guiada por la búsqueda de aumentar la tasa de ganancia en países donde el capital condena a gran parte de su población al carácter de sobrante. Es decir, no es un problema técnico o nacional, sino de clase.

El crecimiento de la renta minera

El desarrollo de la minería en la Argentina dio un salto en los últimos 10 años. Hasta principios de siglo XXI, su peso en el PBI no pasaba del 2%. En la actualidad, se encuentra en torno al 4%. El motor de este crecimiento fue el oro, cuya producción se multiplicó 50 veces entre 1993 y 2009. Esta expansión se refleja también en el aumento del peso de la producción nacional en el mercado mundial, donde el oro pasó de representar el 0,04% en 1993 al 1,9% en 2009.

Este movimiento fue estimulado por la fuerte suba del precio internacional de los minerales. Al igual que ocurrió con la soja, el alza responde a la combinación de la expansión de la demanda china y la especulación en torno a los commodities. Se suma a ello, un agotamiento a nivel mundial de las minas donde el mineral se encontraba concentrado, permitiendo que entren en producción tierras donde el metal estaba disperso (como en la Argentina) y donde solo se puede extraer por el método a cielo abierto (que se caracteriza por el uso de cianuro para separar el oro de la roca).
Además de la inflación de los precios de los minerales, la minería pudo expandirse en nuestro país debido a la estabilidad impositiva y a una serie de medidas votadas a fines del gobierno de Menem para promover las inversiones (se reintegra hasta el 200% de las mismas y se establece una amortización rápida de la maquinaria para que se paguen menos impuestos sobre ella). De esta forma, Argentina se convirtió en uno de los países con menor tasa impositiva en la materia. A esto se suman otras ventajas. La principal es el bajo costo de la energía y del transporte2, una muestra de a quién van a parar los subsidios K. Junto a estos beneficios, aparecen otros más difíciles de comprobar, como ser los menores controles sobre el impacto ambiental que permiten un ahorro significativo (por ejemplo, no existe obligación de un fondo de reposición por daños o de construir plantas potabilizadoras de agua). Por último, según una denuncia de dos geólogos, dada la falta de control, en las exportaciones de metal sin procesar, no solo se vende oro, sino también otros metales que no son declarados y que, por lo tanto, no pagan impuestos3.
El resultado es que los costos de producción de la onza de oro son en Argentina de los más bajos del mundo. Por ejemplo, la Anglogold Ashanti, que maneja el cerro Vanguardia en la provincia de Santa Cruz, muestra en sus balances que el costo en la Argentina es el tercero más bajo de sus 22 minas, distribuidas en África, Estados Unidos, Australia y Brasil. Argentina solo es superada por Geita en Tanzania y Mponeng en Sudáfrica.
Todos estos factores se combinan en que la rentabilidad del capital en la rama se encuentre por encima de la media mundial y también por encima de varios países de América Latina. Por eso, en pocos años, la Argentina se convirtió en un paraíso minero.

Problemas falsos

Las grandes ventajas que reciben las empresas extranjeras pueden dar a la apariencia de que el problema es la nacionalidad del capital y la falta de participación del Estado. Sin embargo, aunque baja, la presión impositiva es de un 40%, es decir que la actividad arroja, además de una ganancia normal para los capitalistas, un extra que va a parar al Estado provincial y nacional en su carácter de dueño de las tierras. A esto se suma un pequeño porcentaje destinado a las empresas estatales de minería (como la YMAD de Catamarca) o a las universidades [4]. Aun así, con una rentabilidad superior a la media y bajos impuestos en términos internacionales, una parte de la renta de la tierra no está siendo apropiada por el Estado argentino (sea provincial o nacional). Pero dada su magnitud, se avizoran futuras disputas. La Organización Federal de Estados Mineros se constituyó para garantizar la represión a las movilizaciones, no sería extraño que, en un contexto de crisis, intentasen aumentar su porción de la renta a cambio de ese servicio.

Es decir, en la minería no hay un problema de extranjerización ni de saqueo al país en abstracto, sino de una actividad destinada a ofrecer ganancias tanto para los capitales nacionales como para los extranjeros, como en el resto de las actividades. El destino de esas ganancias será decidido en función de las ventajas para el capitalista en cuestión y no de su mayor o menor patriotismo. Al igual que en el conflicto del campo, la tarea de la clase obrera es dejar de ser un convidado de piedra y luchar por apropiarse de esa renta. Una paritaria nacional permitiría poner en discusión qué se hace con esa masa de riqueza que ahora queda en mano de las empresas mineras o, a través del Estado, subsidia a otros capitales.

Límites del ambientalismo

La lucha, sin embargo, no está planteada en estos términos, sino en contra la minería en general. En efecto, al tratarse de una actividad capitalista, la ganancia se coloca por encima de la vida. Esto se potencia porque la población en la cual se radica es en su mayor parte sobrante para el capital. Por ello, no hay intereses capitalistas en evitar la destrucción social y ambiental. En Europa, aunque la población sobrante crece a pazos agigantados, el capital tiene intereses en que una parte de su población y los negocios aledaños a las minas se sigan reproduciendo. Por eso, la política burguesa puede ponerse de acuerdo en prohibir el uso del cianuro sin demasiados conflictos (aunque los capitalistas mineros se opongan).

En este contexto, la lucha por preservar las condiciones de vida y denunciar la contaminación que realizan diferentes organizaciones es provisoriamente válida. Es necesario frenar toda nueva mina hasta que comisiones técnicas independientes del Estado y las empresas evalúen y controlen el impacto ambiental de los proyectos y establezcan las inversiones imprescindibles para que no haya contaminación. Esto debe comprender a las minas ya existentes. Por supuesto, sin asumir como propio un planteo imposible e irracional: el de dejar “sin modificaciones” el medio ambiente.
La cuestión no se debe acotarse al problema de la mina en cuestión. El capital de conjunto realiza actividades generadoras de contaminación que empeoran las condiciones de vida de los obreros. La ganancia de los capitalistas no se obtiene solo de la plusvalía que se extrae a los obreros que explotan en forma directa: el conjunto del capital se reparte el conjunto de la plusvalía. Es decir que se trata de una clase que se aprovecha de la destrucción del medio ambiente y la mayor tasa de explotación. Planteos como los que sostiene Pino Solanas o las compilaciones de textos donde se destacan intelectuales de la binnerista “Plataforma 2012” como Maristella Svampa5 que reivindican la pequeña producción o el mercado-internismo, llevan a desviar la lucha hacia las condiciones técnicas o a las empresas más grandes, dejando intactas las condiciones de contaminación. Más grave aún es que algunos partidos de izquierda, por simple oportunismo, retomen sin crítica estos mismos argumentos. Incluso las consignas más irracionales basadas en una mirada religiosa del medio ambiente, como “Famatina no se toca” requerirían retirar toda actividad del lugar, ya la que cualquier apropiación humana requiere de “tocar” la región. Sin la modificación del medio ambiente, es imposible obtener un desarrollo de las fuerzas productivas como condición para la superación de la sociedad de clases. El problema no es transformar la naturaleza sino si se lo hace guiado o no por la ganancia capitalista.
En definitiva, detrás del ambientalismo aunque existen intereses genuinos, se esconde la estrategia de un capitalismo basado en empresas nacionales y pequeñas (y no tan pequeñas). La perspectiva socialista en cambio sí presenta una alternativa al planteo imposible e irracional de dejar intacto el medio ambiente y a la apología de la pequeña producción. La minería no puede quedar en manos de los capitalistas y sus Estados, que seguirán priorizando su ganancia a nuestra vida.
Notas
1 Informe de Damián Bil
2 Otto et al: Global Mining Taxation Comparative Study (2nd edition), Colorado School of Mines, Golden: 2000
3 Véase http://cyt-ar.com.ar/cyt-ar/index.php/Bajo_de_la_Alumbrera.
4 “Ingresos fiscales que seducen a los gobiernos” en La Nación online, 19 de febrero de 2012: http://www.lanacion.com.ar/1449989-ingresos-fiscales-que-seducen-a-los-gobiernos.
5 Svampa, Maristella y Antonelli, Mirta (comp..): Minería transnacional, narrativas del desarrollo y resistencias sociales; Editorial Biblos, Ciudad de Buenos Aires, 2009.

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