“Manuel de Falla”, el paradigma de la decadencia burguesa.

 

Ana Clara Moltoni

 

El año 2004 nos recibe en el Conservatorio Superior de Música “Manuel de Falla”, en su nuevo edificio alfombrado, con aire acondicionado, con seguridad en la puerta y en los pasillos. Sin embargo, en la primera clase los alumnos se encuentran, sorprendidos, con perfectos EXAGRAMAS: pizarrones “pentagramados” con una línea de más…  Ni hablar de las Invenciones de Bach en un piano totalmente desafinado, que mas que una apreciación contrapuntística barroca parecía música de Post-Guerra. Entre risas teñidas de indignación se escuchaban frases como: “Por lo menos ahora tenemos edificio”.

Sin recibir ningún tipo de explicaciones, el alumnado del “Manuel de Falla” está acostumbrado burlas de las que las anteriores son botón de muestra. Desde que fue intervenido, los estudiantes encuentran cada vez más trabas burocráticas y más complicaciones legales sacadas de la galera a fin de organizar un conservatorio que, en un acto de “conciencia”, las autoridades admiten un poco caótico. Sin embargo, ese “orden” significa años de atraso para los estudiantes que no pueden seguir puntualmente los planes de estudio: los que trabajan pierden las vacantes, quedándose varados en el medio de la carrera, sin siquiera poder rendir como libres a din de recuperar el terreno perdido. Peor aún, los estudiantes capaces, con facilidad para la interpretación, que a mitad de año cumplen con el programa curricular, tienen prohibido rendir a mitad de año.  De esta manera, la institución limita y elije el nivel de sus estudiantes: si sos una luz y querés explotar al máximo tu capacidad, te vas, porque el conservatorio no te lo permite, te obstaculiza. Y si por lo contrario las cosas no te resultan fáciles, o te atreviste a perturbar el orden curricular, también te vas. A los que se quedan, sólo les resta la paciencia y acostumbrarse a los malos tratos.

La solución a estos problemas es ganar el conservatorio para quienes lo construyen día a día: docentes y estudiantes. No se trata de un problema de negligencia o desorden. Se trata de una política de estado. Una política que busca “ahorrar” en cultura artística para “gastar” en el pago de la deuda externa y el mantenimiento de subsidios y prebendas a capitalistas nacionales y extranjeros. Aunque para ello haya que liquidar una cultura musical histórica patrimonio de la otrora culta clase media argentina e incluso de las capas más educadas del proletariado. Se trata de una nueva vuelta de tuerca en la expropiación social y, consecuentemente, de la elitización de la educación argentina. Resulta imperioso reconstruir el centro de estudiantes y exigir el fin de la intervención y el derecho a participar en el gobierno de nuestro conservatorio.

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