La herencia del lulismo: hegemonía neoliberal y regresión política*

a63_lap_brasil¿Qué dejó Lula en Brasil tras dos gobiernos?¿Cuál es la política que lleva adelante Dilma Roussef? ¿Qué fue el Partido Verde? Si quiere conocer el nuevo escenario político en el país vecino, tras las elecciones de 2010, repase esta nota.

David Maciel
Universidad Federal de Goiás-Colaborador

Las elecciones presidenciales de 2010 transcurrieron en conformidad con la nueva configuración asumida por la hegemonía burguesa durante el gobierno de Lula, pues el proceso de disputa y debate fue plenamente determinado por el horizonte neoliberal. En otros años, el gobierno de Lula fue capaz de reponer y consolidar el neolibreralismo como programa político del bloque de poder; atrayendo para la hegemonía del capital, por medio del “lulismo” y las políticas sociales compensatorias, el apoyo activo de las principales organizaciones obreras y el apoyo pasivo de las masas trabajadoras desorganizadas,. Además de esto, la adhesión del gobierno del PT al liberalismo moderado vació significativamente la perspectiva anti-autocrática y anti-neoliberal, alimentada por el conjunto de la izquierda y por los movimientos sociales durante los últimos 20 años, contribuyendo poderosamente para su aislamiento político e social. Esto permitió que además de la polarización entre las dos variantes del proyecto neoliberal, la moderada, representada por la candidatura de Dilma Roussef (PT), y la extrema, representada por la candidatura de José Serra (Partido de la Socialdemocracia), prevaleciesen los temas caros al conservadurismo político en la campana electoral y emergiese una tercera candidatura de perfil neoliberal, de Marina Silva (Partido Verde).

La candidatura de Marina Silva, fundadora del PT y ex-ministra do Medio Ambiente del gobierno de Lula, atrajo el apoyo de una parte significativa del electorado, particularmente de la pequeño burguesía, descontenta con las denuncias de corrupción y con el “pragmatismo” del gobierno de Lula y/o con el elitismo de poca sensibilidad social demostrado por los gobiernos anteriores del PSDB. Defendiendo un plan de desarrollo “económicamente sustentable”, una mistificación burguesa, y el combate contra la corrupción, la candidatura de Silva emergió como alternativa, colocándose en el campo de la oposición al gobierno y a Serra, pero sin criticar los fundamentos neoliberales de sus adversarios y de la propia orientación política del país. Así, la candidatura del PV asumió un perfil lo suficientemente maleable como para movilizar a sectores conservadores contra la candidata oficialista, para llevar la elección a segunda vuelta. Su orientación evangélica y su posición personal contra el aborto fueron utilizados para atraer a diversas iglesias pentecostales y fustigar las posiciones de Roussef sobre la cuestión, así como a su pasado de militancia en la lucha armada contra la dictadura militar.

Paralelamente, la izquierda socialista fue incapaz de unificarse en una candidatura única, dividiéndose en cuatro. Una vez más, prevalecieron los intereses inmediatos de las respectivas organizaciones y la incapacidad de avanzar en un programa anticapitalista común, que pueda generar fisuras en la hegemonía neoliberal y movilizar a la clase obrera. Si sumamos a los cuatro candidatos, obtuvieron el 1% de los votos, cerca de un millón de electores, en un universo de más de 135, mostrando las enormes dificultad de inserción social y la fragilidad del discurso anti-neoliberal.

El crecimiento de la candidata del PV en las encuestas de intención de voto y los resultados obtenidos en la primera vuelta (19,33%) hicieron que la campana electoral girara más a la derecha, llevaron las elecciones a un segundo turno y dieron un nuevo aliento a la candidatura de José Serra quien, en tanto, ridiculizó el discurso derechista y moralista de Silva para atraer a su electorado. Temiendo no conquistar parte de los votos del PV, Roussef acentuó la pauta conservadora impuesta por la oposición de derecha, llegando a retroceder de posiciones progresistas asumidas anteriormente, como en la cuestión del aborto.

Tal situación colocó al conjunto de la izquierda y a los movimientos sociales todavía más proclives al chantaje del “mal menor” (“mal con Dilma, peor con Serra”), confiriendo un apoyo militante a Roussef, sin que ella se haya visto forzada, como contrapartida, a asumir ningún compromiso en su programa de gobierno. Una especie de “carta blanca” ofrecida por la izquierda a la candidata oficialista fortaleció todavía más el contenido neoliberal de todo el proceso en disputa. Estas condiciones determinaron la victoria de la candidata del PT en el primer turno con el 46,91% y en el segundo con el 56,05%, lo que redundó en un corrimiento del eje político todavía más a la derecha, si comparamos estos comicios con las elecciones de 2002 y 2006; lo que favoreció enormemente la adopción de las medidas de carácter neoliberal extremo por el gobierno en sus primeros días.

La elección de Roussef significó una victoria de la perspectiva de continuidad y de la orientación neoliberal moderada del gobierno federal, alimentando las ilusiones de que en el tercer mandato el PT se abocaría en dirección a un proyecto “social-desarrollista” (para muchos, ya en aplicación, dígase al pasar). Sin embargo, ya en sus primeras medidas el gobierno mostró que estas expectativas son ilusorias. En realidad, ante la intensificación de la crisis económica mundial y las diversas señales de saturación de la estrategia del fortalecimiento del mercado interno, el gobierno recurre a los métodos más típicos del neoliberalismo extremo.

Frente a las dificultades económicas manifiestas del empeoramiento de las cuentas nacionales, al aumento de la inflación, la reducción del ritmo de crecimiento del PBI y la persistencia de niveles de desempleo, el gobierno reaccionó cortando gastos y subiendo los intereses. Ya en febrero, anunció un corte de 50 billones de reales en gastos para 2011, con incidencia no sólo en las inversiones, sino en el gasto público (empleados, dependencias provisionales, seguro al desempleo y adicionales salariales). Alegando urgencia en las obras de ampliación y modernización de los principales aeropuertos, en mayo el gobierno decidió privatizar parte de ellos, abriendo líneas de crédito junto al Banco Nacional de Desenvolvimento Econômico e Social (BNDES) para viabilizarlas. En agosto, comunicó un corte de los gastos, aumentando la meta del superávit primario para 2011 de 117,8 billones de reales a 127,8. Paralelamente a esto, de enero a julio la tasa de interés subió de 10,75% a 12,5% anual, descendiendo moderadamente al 11,5%. Fue la mayor alza desde marzo de 2009. Pero ante la mayor amenaza de la crisis, el gobierno recurrió al clásico recetario neoliberal, evidenciando su compromiso orgánico con los intereses del gran capital, en detrimento de la clase obrera, pues los recortes en los gastos, la mayoría sociales, fue seguido con el aumento automático de la deuda pública, motivado por el alza de las tasas. En esta misma orientación, se inserta la “nueva política industrial” anunciada por el gobierno en agosto, que se limita a reducir los costos del capital por medio de los recortes fiscales y el acceso a los recursos del BNDES y otras formas de financiamiento público. Esta política es complementada por la tendencia a la desvalorización cambiaria y por la reciente elevación en un 30% del impuesto sobre los automóviles importados o que tengan más del 65% de sus componentes que lo sean, en una tentativa de contener los gastos hacia el exterior y estimular las exportaciones. Para completar, se intenta realizar una reforma provisional, esta vez imponiendo a los trabajadores públicos el mismo techo que tienen los privados, direccionando la mayor parte de la contribución de los empleados públicos en un megafondo de pensión, que actuará en el mercado financiero como cualquier otro fondo privado.

En el plano político, las sucesivas denuncias de corrupción llevarán, seguramente, a la renuncia a los diversos ministros y funcionarios ligados a los partidos de derecha que componen la coalición gobernante (como el Partido del Movimiento Democrático Brasilero y el Partido de la República) y hasta del propio PT. Asimismo, el gobierno refuerza todavía más su opción por alianzas de derecha, lea loteando los cargos vacantes de a los mismos partidos denunciados, sea atrayendo hacia sí a las fuerzas políticas que formaron parte de la candidatura de Serra. La propuesta de una reforma política, hecha por el gobierno y por el PT, está destinada a privilegiar y fortalecer el monolitismo neoliberal.

Estas iniciativas no lograrán apartarse de la amenaza de la crisis y tampoco de sus consecuencias en términos de recrudecimiento del conflicto social y político. En realidad, la transición del neoliberalismo moderado a uno extremo es una posibilidad inscripta en el propio horizonte de la hegemonía burguesa vigente en Brasil. Esto indica que el compromiso de los gobiernos petistas incluso con el neoliberalismo moderado parece ser mucho más circunstancial que orgánico y coloca de modo permanente para los trabajadores la necesidad de romper esta especie de “círculo vicioso” que tiene pautado la política brasilera.

* Traducción del portugués: Fabián Harari

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