La Herencia. Con orgullo publicamos esta historia de nuestra compañera, la profesora en Letras y escritora Rosana López Rodriguez, como adelanto de su primer libro de cuentos de próxima aparición.

Sentada en el cordón de la vereda, se secó la frente sudorosa con el dorso de la mano. Hacía mucho calor y el sol del mediodía le quemaba como le quemaba la vida misma. Era el rato que tenía para comer, la interrupción del trabajo por una hora. Sin embargo, el hambre había desaparecido corrida por la preocupación. Decidió caminar un poco mirando algunas vidrieras que la distrajeran. ¿Es que no pensaban hacer nada? Si les dijeron que no pagarían los sueldos atrasados. Además, desde hacía una semana que no aportaba ninguno. Desaparecieron casi todos. Ella, en la oficina, parecía una privilegiada. Pero eso no cambiaba nada en su situación, estaba igual que sus compañeros. Ese día, en la improvisada reunión de la mañana, uno de ellos protestó y amenazó con abogados y sindicatos. Otro, con quedarse en la empresa hasta que reconocieran lo que les debían. Podrían seguir trabajando a pesar de todo. No sabían qué hacer. Ella tampoco. Entró en una librería con la esperanza de mitigar el desorden de su mente y el calor agobiante. El aire fresco la invadió apenas por un momento. Hacía tanto que no tenía tiempo para leer que ni siquiera se compraba los libros más baratos. Allí, en la mesa de ofertas, unas tapas blancas y un dibujo perfectamente reconocible la invitaban a visitar esas épocas en las que no tenía preocupaciones. Se recordó niña en el patio de su casa, leyendo la revista que le traía su padre todas las semanas. Esa tarde del recuerdo, cuando él llegó lo notó raro. Conversó con mamá en la cocina hasta la hora de cenar. Serio, triste, así, angustiado por algo difícil de explicar. Antes de que se fuera a dormir la llamó y le dijo que tenía algo para darle. Con manos temblorosas acariciaba un paquetito envuelto a las apuradas. En la mente de la pequeña no cabía la idea de un regalo completo que no tuviera moñito. La nena no entendía por qué un regalo había dejado de ser una alegría, como siempre.
-¡Qué lindo, papi! ¡El principito! La seño dijo el otro día
que…
-Me lo dieron para vos.
Las preguntas infantiles ardieron en los oídos de su padre como ahora las respuestas que ella empezaba a recordar con todo su significado. El plural de la frase no tenía en aquel momento ningún sentido: ¿quiénes se lo habían dado?
“¿Quiénes fueron, papá?” El hombre trabajaba en un quiosco hacía varios años y allí los clientes siempre sabían que podían detenerse a conversar. Algunos, de cuestiones intrascendentes; otros, de libros o de política. Mucha gente estaba preocupada por la situación política; eso lo sabía la pequeña, que vivía frente al televisor. Que veía tres presidentes (¿o uno?), que escuchaba los comunicados numerados ordenando el orden. Por las noches, después de que todos se acostaban rápido y en silencio, escuchaban una radio uruguaya en la que, según su mamá, podía uno enterarse de lo que en realidad estaba pasando.
El hombre del libro hablaba de política. Con papá. Pero no era sólo cuestión de hablar, el hombre del libro peleaba por lo que quería. Era empleado en una librería. Esa tarde había pasado por el quiosco y había dejado el paquetito sobre la bandeja de las golosinas.
-Para tu piba–le dijo. –Le gusta leer, lleváselo; decíle que se lo regalo yo.
La tibia negativa de papá no alcanzó para convencerlo. Parecía agitado. Allí estaba el paquete esperando a su dueña. Papá extendió su mano para tomarlo y el hombre hizo un gesto veloz. Le apretó la mano muy fuerte mientras le decía

“Prometéme que se lo vas a dar”. Inmediatamente salió corriendo hacia la librería. Papá que no entendía demasiado, asomó la cabeza por encima de la bandeja. Un auto marcó un surco en la avenida, el chirrido del freno se escuchó a metros del quiosco. Bajaron dos hombres armados que subieron al hombre del libro al auto. Ni siquiera había alcanzado a despedirse.
-¿Y cuándo va a volver ese señor? Quiero agradecerle el regalo…
Papá no respondió, enfrentando mis diez años de ingenuidad, se tocaba la mano como queriendo recuperar la presencia del amigo que sospechaba ya imposible. En su cabeza se hizo presente la promesa hecha en la fugacidad de aquel último contacto. “Decíle que se lo regalo yo”, “Decíle que se lo regalo yo”, un pedido final para la niña. Para ella que lo llevó orgullosa al cole y en los recreos les leía en voz alta a sus compañeras la historia, esas palabras fueron inolvidables. Ahora se daba cuenta, ahora que le había perdonado a su libro de infancia la forma en que aparecen retratadas allí las mujeres y el amor. Nunca había estado muy conforme con que fueran como rosas, queribles a pesar de las espinas, quisquillosas, difíciles de contentar. Ella sabía que la rosa era una mujer, pero no le gustaba ser una rosa que pretendiera todo de la persona amada sin entregar a cambio sino su belleza y su perfume. El jardín de rosas de la tierra le parecía absolutamente inútil. Sin embargo, la amistad entre el protagonista y el zorro era un episodio que la conmovía. Ella no quería ser rosa, quería ser zorro. Quería que por primera vez los lazos verdaderos, los fundamentales, fueran visibles. Que se hicieran visiblemente necesarios. Había llegado el momento del encuentro después de la espera. Se sentía responsable por una relación que recién descubría. Y sabía que se había estado preparando durante mucho tiempo, por eso el momento que llegaba era feliz. ¿Había que ayudar a otros a entender que la espera es dulce porque esos lazos existen?
El rumor del recuerdo y el fragor del presente le hablaron desde el libro; para responderle, buscó las dos monedas que le habían quedado en el bolsillo, sin resignación, con orgullo y pidió en la caja que lo envolvieran para regalo. La cajera insinuó una queja, que por ese precio no podía gastar en papel, pero ella insistió muy seria en que era para regalar. Esa noche, cuando llegó a su casa, la sonrisa de su pequeña la hizo dudar por un momento.
-¡Hola, mami! La abuela se fue hace un ratito.
-¡Qué lindas trencitas te hizo la abu! –sentía un nudo en la garganta, pero no se iba a permitir una sola lágrima. Se acercó y la abrazó muy fuerte. Después, calentó la comida mientras le anticipaba a la pequeña su sorpresa.
-¿Cómo te portaste hoy? –la risa pícara de la niña la interrumpió. -¡Ojo que la abuela me va a contar! ¿Eh? Si no, no hay regalo.
No tuvo tiempo de apagar el fuego. Escuchó la corrida hacia la pieza y cuando llegó allí, una carita pecosa la miraba entre asombrada y agradecida. Tenía en sus manitos el paquetito con el libro. Ya rasgaba ansiosa el envoltorio.
-¡Gracias, mami! ¡Cuánto tiempo hacía que no me traías un cuentito! ¿Es muy caro?
Le dio mucha ternura la pregunta que no quiso responder, porque para ellas todo era caro. Cuando terminaron de cenar, se metió con su hija en la cama chiquita. Le dijo que esta vez le iba a cobrar el regalo.
-¿Cómo? ¿Voy a tener que lavar los platos toda la semana?
-Esta vez, vos me vas a leer a mí. Vaya por todas las veces que yo te leía cuando eras chiquita. Ahora, que sos grande, y ya sabés leer muy bien, te toca a vos. Además, a partir de mañana te vas a quedar con la abuela y seguramente vas a tener que ayudarla.
Le explicó que la única forma de recuperar lo que les pertenecía era quedarse en la fábrica todo el tiempo que fuera necesario; que no les sacarían así nomás lo que era de ellos. Le dijo que no iba a volver hasta que no tuvieran todo para ellos. En la oficina donde trabajaba las cosas no estaban mejor que para los compañeros de las máquinas. Le pidió que la esperara sabiendo que estaba peleando por ella y que algún
día se daría cuenta de que ese tiempo de la espera fue lo suficientemente dulce porque habría valido la pena. La pequeña le acarició la cabeza y le dijo:
-Está bien, mami, yo te voy a esperar y te prometo que no voy a estar triste. Empezó a leer despacio, siguiendo con el dedito las líneas y la madre supo que su hija había heredado el libro.

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