La hegemonía mediática de la alianza trans-regulacionista como censura y amenaza

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En sendos textos publicados en Página/12 antes de los graves hechos ocurridos en la asamblea preparatoria del 8M del 15 de febrero, las activistas trans Wayar y Sosa Villada llaman a cometer todo tipo de violencias contra quienes caracterizan como “nazis”, a saber las mujeres que no aceptan ser expropiadas de su propio movimiento. Lo que esos textos abiertamente misóginos expusieron antes, se realizó prácticamente después y fue elevado a la categoría de “manifiesto” por un supuesto grupo “anti-fascista” que intenta invertir los hechos y colocar a las víctimas como victimarias. Para culminar la maniobra, Catalina Trebisacce, otra vez en Página/12, no solo justificó la violencia, sino que se jactó del apoyo de toda la izquierda, “con excepción de Razón y Revolución”, cuya representante defendió “bochornosamente” a las feministas radicales atacadas en la mencionada asamblea. En los dos casos, pedimos a Página/12 derecho a réplica. En el primer caso, la directora del suplemento dedicado a “diversidades” nos contestó que podía darnos unos 2.000 caracteres y para hacer una propuesta “por la positiva”, es decir, sin mencionar a las criticadas. En el segundo, en el que se nos mencionaba explícitamente, Marta Dillon, encargada de la sección en la que salió el desinformado y falaz artículo de Trebisacce nos aceptó una respuesta de 3.500 caracteres. Obviamente, nos negamos a la primera propuesta, pero aceptamos la segunda. Una vez enviada en tiempo y forma nuestra respuesta, no recibimos ninguna comunicación por parte de Dillon, a pesar de nuestra insistencia. Está claro: esperaba que, como hicieron Las Rojas, el Partido Obrero y otras agrupaciones de izquierda, nosotros también nos deslindáramos de las compañeras agredidas y declamáramos a voz en cuello nuestro acuerdo con los agresores. Como se verá en el artículo reproducido más abajo, no era lo que esperaba… Por último, intentamos publicar la respuesta a Wayar y Sosa Villada en Infobae, que suele aceptar colaboraciones de nuestros compañeros, también infructuosamente. En este caso, el editor no quería que se lo acusara de “transfóbico” por publicar solo una campana, aunque se comprometió a editar algo nuestro sobre el debate en torno a la naturaleza de la mujer, acompañado de otras posiciones sobre el tema. Veremos. Lo cierto es que estamos frente a un verdadero bloqueo de toda posición que no responda a la política queer. El clima creado por el kirchnerismo y aceptado por el macrismo y la izquierda ha terminado con la expulsión de toda disidencia no solo del 8M sino de muchos otros espacios. No podemos permitirlo. A continuación, las versiones extensas de los textos censurados por la alianza trans-regulacionista.

Misoginia y violencia

Por Rosana López Rodriguez

El feminismo ha ganado las calles y los medios de comunicación, ha ingresado en la vida política como corresponde, sin pedir permiso. Un fenómeno de estas características no podía menos que estar atravesado por las luchas entre diferentes intereses, por sus contradicciones y, fundamentalmente, por la necesidad de volver a centrar dicho fenómeno en su sujeto político. Es por eso que en las asambleas tanto por el 8M como las que organizan el ENM, la disputa por el sujeto político se ha vuelto central. Hace poco más de una semana, en el suplemento Soy, de P/12, Marlene Wayar y Camila Sosa Villada, reconocidas militantes trans, expusieron en sendos artículos una perspectiva misógina y violenta de la relación que pretenden que su colectivo tenga con las mujeres, sobre todo con aquellas que no aceptan la prohibición de reivindicarse tales y que defienden que el sujeto político del feminismo es la mujer. Unos días después, como si hubiera recibido una orden, una militante trans impidió que jóvenes mujeres que adscriben al feminismo radical, pudieran leer sus propuestas ante la asamblea preparatoria del 8M. A las trompadas. Georgina Orellano, secretaria general de AMMAR, y Paula Arraigada, una trans referente del colectivo LGBTTQ+ y miembro del Parlamento de Mujeres de CABA, presentes allí, avalaron el levantamiento de la asamblea tras el ataque, sin promover repudio alguno y convalidando la censura. Mientras tanto, se cantaban consignas apoyando el transactivismo. Por su parte, la dirigente de Furia Trava, Florencia Guimaraes García, Secretaria de Igualdad de género y oportunidades de la CTA de la Matanza, en su página de Facebook, equiparó un supuesto insulto de parte de las chicas (que no se escucha en el video de la agresión) con los golpes que recibió la compañera que quería leer sus propuestas. ¿Era un manifiesto anti-trans? No. Era una propuesta abolicionista de la prostitución. Durante los días siguientes, ninguno de los partidos de izquierda que participan de la asamblea se posicionó tajantemente sobre la agresión (de hecho, tanto el Partido Obrero como el MST, en sus prensas, estimularon durante los días previos la hostilidad hacia el feminismo radical). La superficialidad con la que se refirieron al hecho quienes debieran haber protestado enérgicamente, se extiende más allá de la izquierda y el kirchnerismo (al que pertenecen Arraigada, Orellano y Guimaraes) e incluye a las organizadoras del Ni Una Menos y otras connotadas feministas de la Argentina. Esta complicidad de facto, es la culminación de un ataque preparado y concebido intelectualmente desde los textos de las activistas trans que cuestionamos. Se dirá que exagero, pero el clima de violencia que buena parte del campo LGTTBQ+ viene construyendo hacia las mujeres, puede desembocar, en cualquier momento, en cosas peores. Es preferible curarse en salud. Vale decir que, ni las atacadas en la asamblea, ni quien esto escribe, desconocen o pretenden desconocer la existencia y los derechos del colectivo transexual/travesti. Simplemente, no queremos ser expulsadas de un movimiento que, como mujeres, venimos construyendo, por lo menos desde hace 300 años.

El corazón de la misoginia trans se encuentra claramente en el texto de Wayar, donde señala, intentando “discutir” la idea de que las mujeres son el sujeto político del feminismo, que:

“Esta discusión no se puede tomar como un ejercicio de diálogo donde diferentes posiciones confrontan, ya que esta vuelta atrás de un consenso ya logrado, nos estaría llevando a reorganizar nuestras relaciones sociales en los términos en que se manejan las sociedades genocidas.”

Muchas feministas, radicales o no, incluso quien esto escribe, sostenemos que la mujer es el sujeto político del feminismo. Y que no es lo mismo “sentirse mujer” que serlo. No hay consenso “ya logrado” sobre este punto. La ley de identidad de género no puede ser una mordaza para censurar a las que queremos discutirlo. En toda sociedad democrática, la ley se acata, pero puede discutirse. Lo que es ley hoy puede no serlo mañana. Que tenemos algunos intereses en común y otros divergentes. Otros, abiertamente opuestos. Que la subordinación de la mujer tiene bases materiales en su propia biología. Que no somos privilegiadas ni responsables de la situación del colectivo trans. Que el transactivismo tiene su propio movimiento, el LGBTTQ+. Que pueden ser feministas (en realidad, todo el mundo, debiera serlo) pero que el feminismo es asunto de mujeres. Wayar nos dice que somos genocidas porque las privamos de una categoría, “mujer”, que ella misma repudia como construcción patriarcal. ¿Por qué, entonces, pregunto sin conceder esa caracterización, disputar lugares de mujeres? Culmina su texto de un modo tenebroso, por decirlo suavemente:

“llegará el momento en que seremos ofrendadas con cierta igualdad, soberanía y autonomía. Y entonces las pondremos a juicio, como ocurrió con los genocidas nazis, allí donde estén sus lápidas, las iremos a buscar.”

Por si con esto no alcanzara, los exabruptos en TW de Sosa Villada son mucho más explícitos todavía: “Las conchas son un veneno, una mierda, la mismísima mierda en carne.” O cuando refiere en otro tweet a “la mierda que chorrea de sus vaginas podridas”

Educando a sus bases con estas ideas, ¿es de extrañar que suceda lo que relatamos más arriba? Hago responsables a las dirigentes del colectivo transexual/travesti que no repudien estas ideas, de todas las violencias que se anuncian.

La nueva Palestina

Por Rosana López Rodriguez

En la asamblea preparatoria del 8M del viernes 15 se produjeron una serie de hechos que movilizaron las redes y los sentimientos feministas. Una representante de un grupo de radfem que tenía dispuesto su turno para hablar, no pudo hacerlo porque una trans/no binarie se abalanzó sobre ella y le pegó. La mayoría de las allí presentes coreaba “Acá está la resistencia trans”, mientras la asamblea se daba por terminada en medio de un escándalo de proporciones considerables. Las versiones del incidente que corren por cuenta de las agresoras van desde la negación a la tergiversación, pasando por la justificación y la homologación entre un supuesto exabrupto y el golpe. En suma, los hechos objetivos, bien gracias. Allí hubo violencia física contra una mujer que estaba a punto de hacer uso del espacio que se le había concedido para hablar en una asamblea feminista. No hubo mea culpa ni demarcaciones. La operación se completó esta semana con la declaración de nazi de toda mujer que pretenda considerarse tal, y la exclusión de las radfem de las asambleas por el 8M, amén de amenazas de nuevas golpizas si se hicieran presente en la marcha.

Esta violencia no es nueva, se viene gestando desde hace tiempo y tiene raíces políticas (el dominio del kirchnerismo del movimiento de mujeres a través del Ni una menos), filosófico-teóricas (el avance de la teoría queer durante la década K), y de intereses concretos (el creciente peso del regulacionismo en el movimiento feminista). Esa violencia arranca con la pretensión de expulsar a las mujeres del movimiento que ellas mismas crearon hace más de 200 años. La expresión más clara de esta pretensión es la consigna del transactivismo o, si se quiere, del campo del autodenominado “feminismo interseccional”, que reza “sin trans no hay feminismo”. Y tras esta afirmación, se cuelan, en el espacio por excelencia de las mujeres, todas las “identidades” habidas y por haber, que incluyen hasta los “varones anti-patriarcales”, pasando por toda letra que pueda adicionarse al LTTGBIQ+. Esta afirmación es falsa desde todo punto de vista y, como veremos, no hace sino invertir los términos de la realidad y del proceso histórico. El feminismo existe desde mucho antes de la aparición del activismo trans. Ese camino que construyó el feminismo fue el que posibilitó la existencia de otros sujetos políticos, de otros colectivos que se incorporaron a la lucha. La diversidad existe, sin dudas, y existe como sujeto gracias al camino abierto por el feminismo. Incluso, nobleza obliga para quien esto escribe, que se define como socialista y no como radfem, vale la pena señalar que el camino para esa inclusión lo abrió, precisamente, el feminismo radical, que hoy está en el banquillo de los acusados. Cuando el feminismo radical de los 70 dijo que “lo personal es político” habilitó otras luchas; cuando caracterizó el patriarcado como un régimen político de subordinación genérica, habilitó otras luchas y circunscribió al enemigo; cuando señaló que la heterosexualidad también era un sistema de dominación, habilitó otras luchas. No podemos creer que todo comienza cuando un colectivo se incorpora al campo de batalla, no podemos invertir la historia, no podemos negarla. Un sujeto político que construyó semejante recorrido no puede ser eliminado como tal; solo desaparecerá el día en que su lucha esté finalizada, mucho menos cuando ese colectivo reúne, en Argentina, a más de veinte millones de personas, mientras todo lo que hoy se dice conditio sine qua non, es apenas el 0,016%. Desde esa historia y este presente es que el transactivismo se ha empeñado en eliminar a la protagonista del movimiento feminista, la mujer, y en constituirse a sí mismo en tal sujeto.

La estrategia que utiliza es la de invisibilizar y deshumanizar a la que se considera oponente. Veamos cómo funciona esta operación. La ley de identidad de género sancionó que la autopercepción es la forma por la cual cada persona tiene el derecho a autodefinirse a partir de su identidad. Es evidente que el legislador, por pereza mental o por ignorancia, prefirió no plantearse un problema más que obvio, a saber, la posible existencia de un conflicto de identidades. Concebida como si la vida social fuera una simple adición atómica de individuos aislados, no se le ocurrió la posibilidad de que la constitución de una “identidad” supusiera la supresión de otras. Por ejemplo, que la adopción de la “identidad” trans llevara a la negación de la mujer. Sobre esta base, las identidades diversas han adquirido el monopolio de la autopercepción, eso significa que, a la vez que ellas se nombran, existen, se constituyen como sujetos políticos, expropian a la realidad ajena de su calidad de sujeto. Ellas se autoperciben trans, travas o cualquier otra identidad, así se nombran y las nombramos tal como ellas quieren. Pero nosotras no somos mujeres: somos mujeres cis o cismujeres. No tenemos vulva, no podemos aludir a nuestras vaginas y “concha” ha pasado a ser una pertenencia denigrante. Por esta operación, las mujeres perdemos nuestra condición no solo biológica, sino también histórica.

Este borramiento de la mujer no solo es la negación de la base biológica de la existencia humana sino la negación de la historia misma: del rol que tuvo la capacidad reproductiva de las mujeres en esa historia y cómo se sigue reproduciendo ese sistema en las violencias actuales. Por esta vía se nos niega nuestra realidad. Y la historia del patriarcado se repite. Otro nos nombra. Ese otro se incorpora al movimiento y se presenta con una fórmula que, va de suyo, es una fractura: cis vs. trans. Las mujeres no somos cis. Somos mujeres. Si esto es así o si lo queremos así, poco le interesa al transactivismo. No podemos nombrarnos, no podemos luchar en un movimiento que hemos construido, nos demonizan y nos expulsan. Cuando se califica a alguien de nazi, de fascista, se está sindicando a un enemigo de la sociedad, alguien que debe ser exterminado. Aquí están las bases del genocidio. No en pedir un movimiento de mujeres para las mujeres, que puede ser aliado en las luchas que acordemos con todas las diversidades que ya tienen su movimiento propio.

La deshumanización: “vos no sos”, “vos no hables”, eso se nos dice cuando Wayar escribe que “ser mujer es ser patriarcal”. Se nos ofende doblemente porque se nos dice que somos mujeres porque queremos, haciendo caso omiso de todo parámetro de la realidad, y porque se nos acusa de traidoras, de cómodas, de cómplices. Eso tiene un nombre: misoginia. Misoginia patriarcal. El feminismo se abrió, sumó luchas porque las alianzas estratégicas contra enemigos comunes, aunque no haya coincidencia absoluta, siempre son bienvenidas. Pero ahora resulta que aquellas que supieron crear las condiciones tanto teóricas como prácticas de dicha alianza, somos expulsadas de la misma o nos convertimos en apéndice del movimiento que construimos durante siglos.

El núcleo del asunto, sin embargo, es otro. Lo que censuró el/la no binarie/trans que interrumpió la lectura no fue ni siquiera el tema que acabamos de exponer. Para nosotras, el problema no son las trans, el problema es el regulacionismo. El documento que iban a leer las compañeras del bloque abolicionista tenía como eje la abolición de la prostitución, sin ninguna mención a la cuestión trans. Fue en ese momento que se hizo evidente la alianza entre la actual dirección trans y el regulacionismo, pese que buena parte del activismo trans/travesti milita en las filas del abolicionismo. En otras palabras, las compañeras trans resultaron ser la masa de maniobra de AMMAR. En la Asamblea del 22 de febrero, esas voces que no pudieron expresarse el viernes 15 ya ni siquiera estuvieron presentes. En su reemplazo, se leyó al comienzo un documento que revela esa alianza preparada para expulsar a las mujeres y, en especial a las abolicionistas. El Ni Una Menos es el paraguas bajo el cual la “resistencia trans” se alía al regulacionismo y para ello construye un enemigo repudiable socialmente, cuya existencia puede, con total legitimidad, ponerse físicamente en duda.

Trece Rosas, la agrupación feminista de Razón y Revolución, en la que milito, se define por un feminismo socialista. Para nuestra sorpresa, salvo nuestro partido, el resto de la izquierda se ha unido para defenestrar a la víctima y excusar al/la victimario/a. La explicación es sencilla: en el clima ambiente actual, una izquierda que llegó tarde y sin mucha convicción al feminismo que hasta ayer negaba, se desvive hoy por parecer más papista que el Papa. Obviamente, la sombra de octubre flota detrás de este oportunismo lamentable que, no solo los ha transformado inesperadamente en queers de último minuto, sino también en regulacionistas. Nosotras, nosotros, tenemos un programa feminista y no de ayer. Creemos que el feminismo es una creación de las mujeres que debe ser dirigido por mujeres, lo que no impide que todo el mundo debe ser feminista. Para nosotras, parece increíble tener que decirlo, la realidad existe, no es un discurso y mucho menos una percepción subjetiva. Solo cree en el carácter performativo de la palabra aquella que profesa algún credo religioso. Nosotras somos ateas. Ni católicas ni posmodernas. Las mujeres somos mujeres. Las trans, trans. No somos iguales, se autodefinan como se autodefinan, incluso si creemos, como creemos nosotros, que hay que respetar esa autodefinición. Y tenemos tanto derecho a “autodefinirnos” como cualquiera, si es que en ese terreno vamos a discutir. Y a que esa “autodefinición” también sea respetada. No puede ser que ante cualquier diferencia se nos diga “nazis” o transfóbicas. Trece Rosas se enfrentó a buena parte de las radfem, algunas de cuyas “referentes” nos hicieron la vida imposible en un ansia de exclusividad y narcisismo inaceptable, cuando el año pasado organizó el Primer Congreso Abolicionista Internacional. Tres organizaciones formaron parte final de la convocatoria, pero solo una puso los 150.000 $ que costó el evento e hizo TODAS las tareas necesarias. Furia Trava compartió cartel, mesa de apertura y cierre y tuvo todo el espacio que quiso, sin hacer absolutamente NADA y sin poner un solo peso. No nos van a hablar a nosotras de transfobia. La destrucción del género, objetivo que compartimos con las radfem, no puede llevarse a cabo si no reconocemos que tal materialidad existe y que constituye una necesidad social. Además de que las realidades sociales vinculadas a ello también existen: violaciones, femicidios, ablaciones, entre muchas otras. ¿Cómo podremos luchar contra ellas si esas acciones se producen sobre un sujeto concreto que está silenciado y expulsado? La eliminación de las diferencias lleva a ignorar las contradicciones que existen entre mujeres y trans, como si la simple afirmación de la igualdad pudiera borrarlas. Tenemos derecho a espacios seguros cuya seguridad no se funde exclusivamente en la confianza de la palabra de un/una desconocida/o, simplemente por dar un ejemplo. No coincidimos con el separatismo radfem, pero no se gana un debate a las trompadas, mucho menos desde una disparidad física evidente. Hemos marchado muchas veces por los transfemicidios y la violencia contra las trans, no tenemos por qué aceptar un bill de indemnidad para que nos golpeen, censuren y expulsen. Eso es traición. Los textos de Wayar y Sosa Villada publicados por Página/12 son una incitación a la violencia sorprendente en un medio que se supone tiene una trayectoria caracterizada por lo contrario. Catalina Trebisacce, en lugar de aclarar, oscurece; antes que apaciguar los ánimos, exalta las pasiones. Cuando una base militante es educada de tal manera, ¿sorprenderá el día en que el golpe se transforme en asesinato? ¿Qué van a decir ese día? Tal vez, para ese entonces, la violencia contra las mujeres ya se haya naturalizado de nuevo. Tal vez, para entonces, hayamos sido arrinconadas a sobrevivir en una nueva Palestina.

6 Comentarios

  1. Muy necesarias tus palabras Rosana. Gracias. La primer alianza del transfeminismo es contra las mujeres, y efectivamente lo queer es queer y el feminismo tiene otra genealogía política, materialista, anclada en una historia de opresiones que desde hace varios siglos se viene esforzando por explicitar y nombrar. No es justa esta misoginia certera en el corazón mismo de un movimiento abierto a codazos por nuestras ancestras. El dinero y el discurso proxeneta nos ha golpeado fuerte. Es tiempo de para esta locura y Martha Dillón, las Ni una Menos, Marlene Wayar y Paula Arriaga son las referentes que, con nombre y apellido deben reflexionar y dar una señal para bajar los decibeles y evitar este clima de linchamiento misogino. Saludos. Miriam Djeordjian.

  2. La verdad que leer esto me avergüenza, no tienen ni idea lo que tiene que padecer el colectivo trans/travesti, ser mujer no esta determinado por la anatomía sino por una construcción psicosocial que en extraña que siendo socióloga por lo que entendí lo desconozca, por lo que entiendo el colectivotravesti /trans entre otros nunca negaron la violencia sufrida por las mujeres cis sino que es real que el sufrido por ellas es mucho peor…
    Este artículo suena a manotazo de ahogado porque la mayoría de las feministas no las apoyan en su discurso excluyente. Es triste que sean tan retrógradas después de haberse ganado derechos como uds dicen. Digo «uds » porque no me representan para nada…

  3. Parece que los comentarios en contra no son bien recibidos por uds..
    Será la necesidad de seguir generando odio hacia el colectivo travesti – trans?
    Tristisimo como último recurso que sigan justificando su discriminación hacia el resto….como mujer cisgenero no me siento representada por este grupo de feministas

  4. Preocupa atestiguar este tipo de debates donde las argumentaciones coquetean peligrosamente con lo biológico. Buena cosa es reconocer que se vive en la realidad, y la realidad, en efecto, es que los procesos históricos subjetivos de cada cuerpo van a determinar la ocupación del espacio público y de los discursos a esgrimir. Una pregunta, ¿qué pasa con las mujeres que no han aprendido esas aproximaciones? Trans o no trans, ¿qué pasa con las mujeres cuyos cuerpos, identidades y deseos han sido forzados y normados a punta de electrochoques, escalpelos y violaciones? ¿Son anomalías? ¿No caben ni deben ser representadas por los feminismos porque no son parte de los veinte millones? Vale, denunciad la violencia y el arrebato del espacio público, lo que ha pasado y que narráis no es admisible, pero tampoco os estanquéis en reificar algo común entre las mujeres «que son mujeres», porque el poder del mazo conservador que se cierne, ese que no tiene problema para articularse, también sabe (y lo hace) escindir feminismos basándose en «la realidad».

  5. Pfffff cuantas palabras para solo hablar de odio y tergiversacion. La unica manera de defender su discurso excluyente es tergiversando q se las quiere excluir x ser mujeres o mujeres cis. Nadie quiere excluirlas solo q no ataquen. Biologicismo rancio en 10mil palabras y filosofia machista disfrazada de feminismo. Me arrepiento d leerlo. Podria haber aprovechado el tiempo para algo util

  6. Al biologicismo no volvemos nunca más. Es el fundamento de las iglesias, de los celestes, de la derecha. Es intentar un paralelismo con la biología para comprender las ciencias sociales. Es la negación de la construcción social de las relaciones humanas, del contexto y de la historicidad. Es pretender una simplificación forzada de la compleja realidad social .

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