La cura

Ricardo José Besteiro

Médico y colaborador de El Aromo

Es una pregunta difícil de contestar si uno intenta encontrar la respuesta en el día a día. Porque la realidad se mueve a velocidad de zaping y funciona con la excitación de un flipper, en donde la bola no tiene salida. Soy médico en un servicio de urgencias, donde mi trabajo consiste en asistir a las personas que lo requieren, por distintos motivos de salud. Las consultas son variadas y van desde mareos, vómitos, dolores abdominales, hipertensión arterial, etc. Podría nombrar innumerables causas. Hace 15 años, comencé a notar un declive en el ánimo del agente, es decir, un deterioro psíquico con una pendiente decreciente, al comienzo no muy abrupta, pero que en los dos últimos años se ha transformado en una caída al vacío. Un médico puede realizar su tarea en forma técnicamente correcta, sin involucrarse personalmente. Sin embargo, no podrá captar el fondo del problema. ¿Por qué digo esto? Lo digo desde la observación como médico y sobre todo como individuo que intenta, luego de muchos años de experiencia, ver a la gente con cierto grado de sensibilidad, para tratar de captar lo que a simple vista no se ve, pero se intuye. Esta intuición, que nace en forma holística, desde los sentidos, fue incorporando durante años diferentes situaciones en forma determinista, o sea, como causa y efecto, y así se acumularon en la memoria convirtiéndose en experiencia. Dentro de las tareas que desempeño, me atribuí el derecho (como inquietud), de intentar un acercamiento al paciente, no solamente desde el enfoque técnico-científico sino también desde el afecto. Esta actitud ha tenido hasta ahora dos consecuencias que juzgo importantes:

1) el beneficio que el paciente adquiere, no solamente al conocer el diagnóstico, sino también, disminuyendo la angustia que le produce la incertidumbre de no saber qué le pasa, sin sentirse contenido afectivamente.

2) no frustrarme profesionalmente, realizando actos mecánicos y limitados que se repetirían sin cesar en cada domicilio, monótonos y poco gratificantes, sin agregar mayor contenido a lo ya conocido, transformando esta relación uni en bidireccional desde el afecto. Esto, que parece un aporte simplemente emotivo y pre-científico, produce, en realidad, un aumento del conocimiento sobre el comportamiento emocional y orgánico de la persona que uno tiene enfrente. Se puede observar, de esa manera, el crecimiento de patologías no orgánicas. Ejemplo: una persona que consulta por disfonía; al ser revisada no se encuentra ningún signo que demuestre alteración orgánica; la garganta no está roja, no tiene fiebre, secreciones, ni tos. Si sólo me limitara a un examen físico, encontraría que el paciente no tiene alteración orgánica, pero si continúo con el interrogatorio, no apuntando al problema físico, sino al emocional, el asunto aparece claro, preguntando al paciente simplemente “¿cómo está?”. No desde lo sintomatológico, sino como persona preocupada por lo “personal”. Esto normalmente produce una conmoción, que es lo que me permite ingresar en el universo emotivo del individuo. Los mecanismos de control del paciente se desmoronan, a tal punto que, en un gran porcentaje, la respuesta es un llanto incontrolable. Aparecen allí otras cuestiones, que tienen su origen en el entorno social y las presiones económicas y sus consecuencias, que se ciernen sobre el individuo y que tienen consecuencias físicas y síquicas profundas. A pesar de ser tan evidente la relación entre causa y efecto, el paciente no consigue asociarlo, debido a la negación de cualquier problema que pueda desestabilizarlo emocionalmente, derrumbando las barreras construidas para soportar la situación en la que se encuentra. Barreras síquicas sostenidas también con asistencia externa. Según mis estadísticas, los pacientes mayores de 35 años en la ciudad de La Plata, de clase media en su mayoría, consumen psicofármacos en un 90% a 95%. Esta conducta se encuentra totalmente incorporada a su vida, a tal punto que cuando se le pregunta si toma alguna medicación contestan negativamente. Al insistir con la pregunta, pero ya en forma más específica (¿toma usted medicación para dormir?), la respuesta incluye, de corrido, los nombres de él o los medicamentos que utiliza. Esto no significa que hayan sido indicados según prescripción médica. Normalmente se los recomendó un vecino, familiar, amigo o medio informativo (televisión, radio, etc.). Lo que refleja un alto grado de inconciencia en la gente respecto de su propio estado psíquico. De 10 personas del sexo femenino, 6 lloran espontáneamente cuando recurro a la pregunta afectuosa del tipo “¿usted cómo está?” o “¿cómo se siente?” Digo del sexo femenino y no del masculino no porque a los hombres no les pase lo mismo, sino porque simplemente no se animan a hacerlo, pero la angustia se les nota. La fragilidad emocional, en este circuito de clase media, es directamente proporcional a la edad del paciente, o sea, a mayor edad mayor fragilidad. Lo que se refuerza por la desaparición de elementos de contención. Por ejemplo, la ruptura del núcleo familiar. Los abuelos normalmente se encuentran en geriátricos. El matrimonio, con conflictos de separación, problemas laborales, consumo descontrolado de artículos caros con respecto los ingresos familiares. Los niños frente a la televisión o videojuegos, estando a cargo de una empleada en el 70% del día, se crían solos. Señala Christopher Caudwell que “la causa de esta degradación, de esta agonía de la cultura burguesa, manifiesta ya en su tiempo, radica en el hecho de que quienes determinan el clima espiritual de nuestra época creen que el ser humano más libre es el que vive más aislado. Esto es, en la exaltación del individuo y de lo privado por encima de lo social y lo público. Esto conduce a que, en la sociedad actual, la única conciencia clara que tienen los seres humanos es su relación con el mercado, con las cosas que compran y venden, entre ellas a sí mismos. Esta relación con los objetos oculta la verdadera relación social de dominio y sumisión, de falta de libertad. Por consiguiente, el primer paso analítico del liberador moderno estriba en hacer que se tome conciencia de esa relación oculta y dominante, contribuir a que los seres humanos tomen conciencia de que vivimos en una sociedad cada vez más integrada, aunque se nos presente fragmentada y pretendan aislar al individuo, mutilarlo de sus relaciones sociales.”1 Nada nos pasa en forma individual, sino en forma colectiva. Cada uno de nosotros forma parte de un todo llamado sociedad, del cual dependemos psicológicamente. Dicho de otra manera, la enfermedad que encuentro en los pacientes físicamente asintomáticos es el capitalismo mismo. Su alimento es sin duda, la gente; no sólo desde el punto de vista de su carne, sino de su interior emotivo. Como un “alien”, nace adentro de cada individuo, y a partir de allí comienza a crecer. La persona comienza a sentirse rara, no entendiendo lo que le pasa, no relacionando lo que hace con lo que piensa, lo que quiere con lo que desea. Busca, entonces, la curación por medio de la negación de lo que le sucede. Esto desemboca en un conflicto interno, que trae aparejado una sensación de desconcierto. Cuando estos síntomas perduran en el tiempo, se va involucrando mayor cantidad de territorio emocional, desencadenando en repercusiones orgánicas, que en la mayoría de las veces se manifiestan en alteraciones de su comportamiento o del carácter. La falta de conocimiento sobre su realidad personal más allá de sí como individuo, lleva a ignorar al desconocido que habita en uno mismo y que controla nuestro comportamiento. Por lo tanto, no reconocemos lo que hacemos como propio y el resultado o las consecuencias de nuestras acciones no pueden entrar en nuestra autocrítica (lo que hemos hecho no es culpa nuestra) ni en la memoria (por lo tanto, no lo recordamos). Esto nos da una idea de lo que hemos retrocedido en la escala evolutiva ya que el primate carece de autocrítica, pero posee memoria. Ante esta pérdida de amplitud de conciencia, de conocimiento de la realidad, ¿cómo podemos cambiarla? Lo que podemos hacer es apaciguarla, ponerla en pausa. Como no lo logramos en forma natural, pensando, comprendiendo la totalidad de nuestra situación, porque esto nos asusta, lo hacemos en forma artificial, con la ingesta de un psicofármaco o más. El resultado es pasar de la angustia de no poder enfrentar la realidad tal cual es, individual y social, a una vida anestesiada y virtual. Parte de la cura, por lo tanto, debería consistir en enfrentarnos a esa realidad incorporando herramientas y recursos que nos permitan comprenderla y modificarla.

Notas

1 La agonía de la cultura burguesa, Ediciones ryr, Bs. As., 2007

 

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