Historia argentina. La Masacre de Trelew

Mediados de agosto de 1972. Es el segundo año de la dictadura que encabeza Alejandro Lanusse. En la localidad de Rawson se encuentra el penal que el gobierno eligió para recluir a los cientos de presos políticos, que no paran de crecer desde 1969. En ese momento, estaban recluidos allí importantes dirigentes de las principales organizaciones político militares del momento: Mario Santucho del PRT-ERP, Marcos Osatinsky de las FAR y Fernando Vaca Narvaja de Montoneros. También dirigentes sindicales destacados, como Agustín Tosco.

En principio, parece una fortaleza inquebrantable sin posibilidad de fuga: está alejada de las ciudades y rodeada de bases militares. La realidad, sin embargo, está a punto de mostrar todo lo contrario. En el interior del penal, los militantes llegan a un acuerdo para planificar y ejecutar la huida de más de 100 presos políticos. Se acuerda un plan: copar el penal desde dentro, escapar en coches hacia el aeropuerto, abordar un avión y viajar hacia Chile.

Desde julio los preparativos están en marcha. Los militantes se dedican a confeccionar planos, medir los espacios, estudiar las rutinas de los guardias, fabricar armas caseras y uniformes similares a los de los militares. En poco más de un mes, todo está listo.

El 15 de agosto a las 18.22hs comienza la fuga. Un primer grupo encabezado por un compañero disfrazado de oficial simula una visita similar. Así toma la guardia de entrada y la sala de armas. Un segundo grupo de 19 militantes, va copando los sitios claves del penal: sala de armas, enfermería, cocina, capilla y patio. Solo al momento de tomar la garita de la entrada se origina el único enfrentamiento, que termina con la muerte de un guardia. En 18 minutos, el penal está en manos de los revolucionarios.

Sin embargo, una vez afuera notan que algo salió mal: solo uno de los vehículos que debían trasladarlos esta allí. Siete escapan en el primer auto, otros 19 se demoran y finalmente consiguen remises, el resto mantiene la toma para dar tiempo a que se concrete la fuga.

En el aeropuerto, solo el primer grupo logra abordar el avión. El resto llega tarde y, al verse rodeado por un batallón de infantes de marina, decide tomar las instalaciones para negociar la rendición. Montan una conferencia de prensa, solicitan la presencia de un juez y un médico para que corroboren su buen estado físico y acuerdan el traslado al penal. Sin embargo, una vez en marcha los conducen a la Base Almirante Zar.

Durante tres días reciben un trato correcto. Pero el 22 de agosto todo cambia: a las 3.30hs se les ordena salir de su celda y son ametrallados. Solo tres, por pura casualidad, sobreviven. Testimonios posteriores de marinos indican que la orden de asesinar a los militantes provino directamente del presidente Lanusse y del Ministro del Interior, Arturo Mor Roig.

Estos son los hechos que hoy se recuerdan como la Masacre de Trelew. ¿Qué enseñan? En realidad, muchas cosas. Pero concentrémonos esta vez en una: la intervención de la burguesía en el proceso revolucionario.

Lo que intenta Lanusse, un cuadro muy lúcido de la burguesía, es quebrar la ofensiva de la clase obrera que se inició con el Cordobazo. Para ello actúa por dos vías. Por un lado, abre el juego democrático (la preparación del Gran Acuerdo Nacional), lo que pone un freno a quienes han salido a luchar “contra la dictadura”. Hay que ceder algo, para que nada cambie. Una concesión aparente, que permite defender el Estado en manos de la burguesía.

La otra pata necesaria es la represión, debe lanzarse una ofensiva militar para liquidar a los que combaten el capitalismo. Trelew es parte de eso. No es la primera represión y tampoco será la última. Pero es un momento en que el Gobierno se ve obligado a hacerlo públicamente porque una fuga exitosa de esa magnitud lo dejaría en ridículo y debilitado, frenando el conjunto de la maniobra de la burguesía para pasar a la ofensiva. Es la forma de mantener ordenada la transición. Represión y democracia, como siempre, las dos caras de la misma moneda.

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