Entrevista a Juan Kornblihtt sobre la estructura empresarial de Argentina. En Revista Veintitrés (27/08/2009).

 “Los monopolios ganaron con todos los gobiernos”

Entrevista realizada a Juan Kornblihtt por Franco Mizrahi, publicada en Revista Veintitrés.

El historiador marxista analiza la estructura empresarial del país. El autor del libro “Competencia y monopolio en el capitalismo argentino” sostiene que la mayoría de los grupos locales son ineficientes. Cómo impacta la concentración en la economía.

La estatización de las transmisiones de los partidos de fútbol de primera división y el inminente envío al Congreso del proyecto de Ley de Medios Audiovisuales que, entre otros fines, podría terminar con el monopolio del Grupo Clarín, abrieron el debate sobre el papel que desempeñan los grandes grupos concentrados de la economía argentina. En la lógica monopólica, el historiador marxista Juan Kornblihtt (29), autor del libro Competencia y monopolio en el capitalismo argentino, defiende una mirada polémica sobre el rol del empresariado local y su influencia en el destino político y económico. “Las leyes de regulación de la concentración económica pueden jugar algún tipo de rol para evitarla. Pero si la dinámica del capital es cada vez mayor, una ley podrá retrasar el proceso pero no revertirlo”, asegura este docente de Historia Argentina de la UBA y miembro del Centro de Estudios e Investigación en Ciencias Sociales (Ceics).

–¿Cuáles son los monopolios en el país?

–Está Techint en la siderurgia, algunas aceiteras, cerealeras, las telefónicas. Otro caso tiene que ver los terratenientes: romper ese monopolio implicaría estatizar la tierra y cuestionar la propiedad privada. O el caso cementero. Hubo un acuerdo entre Loma Negra, Minetti y otras empresas para fijar precios por encima de su valor. Cuando uno mira la competencia, percibe que esas empresas eran ineficientes y se aliaron para defenderse de la competencia brasileña. El peso de los monopolios nacionales puede ser importante pero cuando se los compara con los internacionales uno percibe que no pueden sostener a un país.

–Más allá de la comparación, ¿cuál es el poder de influencia política de los conglomerados a nivel local?

–Tienen mucho peso y con el tiempo obtuvieron más privilegios políticos. Esos grupos que no son eficientes a escala mundial –pueden ser los más grandes de la Argentina pero chicos internacionalmente– se beneficiaron con la dictadura, el menemismo, la devaluación y los subsidios del gobierno de Néstor Kirchner. Por caso, el Grupo Techint apoyó a todos los gobiernos desde Héctor Cámpora hasta la actualidad. En mi teoría, en realidad, no es un monopolio porque compite a nivel mundial.

–Pero su postura local es monopólica…

–Efectivamente. Esa es su base de acumulación. Pero el problema no se soluciona con otra fábrica de tubos.

–¿Cómo es la lógica de la concentración?

–El capitalista siempre busca ganar plata, sino desaparece. Si no crece a costa de su rival, el otro crece a costa suyo. Eso genera una dinámica de competencia que lleva a que cada vez haya menos capitales.

–¿Cómo se resuelve el problema en el país?

–Cuando un gobierno decide avanzar sobre los monopolios lo primero que hay que preguntarse es quién se beneficiará del cambio. En nuestro caso, no creo que el gobierno tenga interés en avanzar sobre los grupos concentrados. Con el Grupo Clarín sucede algo particular. La nueva ley de medios que propone el gobierno toma reclamos generales pero, en el fondo, permite a nuevos grupos económicos participar de un negocio. Pero para mejorar las condiciones sociales hay otras prioridades, como aumentar salarios. Si quieren avanzar hacia una mejora para todos, habría que nacionalizar el sistema de salud, por ejemplo. Si analizamos el problema de los monopolios, insisto, considero que la cuestión no se puede resolver favoreciendo con una nueva estructura legal a una empresa u otra sino priorizando el interés general de la clase obrera.

–O sea que no encuentra solución…

–En el capitalismo no hay solución. Cuando uno ve sus leyes y la tendencia histórica, percibe que el Estado no puede lograr una desconcentración por la vía política. En la Argentina, por ejemplo, los capitales más concentrados no pueden competir a nivel mundial y son ineficientes. Por eso atravesamos una decadencia histórica y estamos cada vez peor. Los capitalistas argentinos no pueden sostener al país. Querer reeditar a esos capitalistas a la salida de cada crisis es absurdo. Las crisis son cada vez más profundas y la tendencia indica un enfrentamiento cada vez más fuerte entre clases sociales.

–¿Incide en esa cuestión la capacidad empresarial dominante para determinar los precios?

–Hay una discusión respecto de la relación entre los monopolios y la inflación. Se trata de una mirada muy conspirativa de la economía. La inflación no es resultado de los capitales concentrados sino más bien de la devaluación.

–¿Y cuál es la influencia económica de los monopolios?

–Lo que caracteriza a la economía no es el monopolio sino la competencia y ahí el sistema se vuelve injusto. El buen funcionamiento del capital es malo para la sociedad. De todos modos, los monopolios argentinos y ciertas empresas extranjeras asentadas en el país ganaron con todos los gobiernos. Como nuestra economía cada vez da para menos, los grupos se van achicando: cada crisis dio lugar a fusiones o transnacionalizaciones. Pérez Companc, por ejemplo, apoyó y ganó en la dictadura pero en los noventa tuvo que vender su compañía porque no podía competir. A Loma Negra y a Molinos Río de la Plata les pasó lo mismo. En concreto, la economía argentina se está achicando.

–¿Las leyes de regulación de la competencia son obsoletas?

–Todas las leyes que limitan la concentración económica juegan un rol determinado. Pero si la dinámica del capital es cada vez mayor, una ley puede hacer que ese camino se transite más lentamente pero no revertirlo. La economía está regulada por grandes empresas. Estamos presos de una lucha entre capitalistas que va hacia una nueva etapa de concentración y, seguramente, esos cambios no se presenten pacíficamente.

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