El triángulo de las bermudas. Obreros, talleristas y fabricantes en Buenos Aires

Por Marina Kabat – Como ya hemos explicado en otras ocasiones, la acumulación, con la centralización de capitales y la incorporación de tecnología genera una sobrepoblación relativa. Se trata de capas obreras que se vuelven innecesarias para la acumulación del capital. Un sector de esta sobrepoblación relativa –que Marx denomina estancada- se mantiene en actividad, pero en ramas no competitivas que deben compensar su baja productividad con jornadas más extensas y salarios menores y muchas veces por debajo del nivel de subsistencia.1 Históricamente, el trabajo a domicilio ha sido la forma que asumió la explotación en ramas como la confección. Las grandes fábricas diseñan los modelos y cortan las telas y las remiten a los talleristas que emplean gente en sus instalaciones o a domicilio. Según el Ministro de Producción porteño habría 1.600 talleres familiares en la Ciudad de Buenos Aires.2 El universo va desde grandes talleres con más de 40 empleados, al tallerista con sólo un par de obreros, como el caso de Luis Quintaya de la asociación “Bolivia de pie”, quien ha sido uno de los referentes de las sentadas y movilización en la Av. Avellaneda y dice tener “sólo 3 maquinitas”. Este grupo, que reclama la flexibilización de las normas para habilitar los talleres, culpabiliza a las fábricas: “si ellos pagaran bien las prendas, podríamos blanquearnos”. Pero al mismo tiempo ataca a los trabajadores que se han organizado en forma autónoma.3

A nivel mundial existe un movimiento que pretende controlar a las grandes cadenas textiles para evitar este tipo de prácticas, pero poco es lo que han podido lograr. En el caso de la Argentina si bien las grandes firmas hacen fabricar sus prendas en este circuito, tienen menor incidencia sobre el conjunto del mercado. Esta segmentación genera una menor eficiencia en la comercialización y aumenta el precio al público sin elevar los salarios. Esto muestra que no se trata sólo de grandes firmas con un comportamiento poco ético, sino de la dinámica del capital tal como opera en las ramas más atrasadas. 4

A mediados del siglo XIX, Marx describía cómo se realizaba en Inglaterra la terminación de puntillas. Allí el trabajo se dividía entre las “casas de patronas” y el empleo a domicilio. La patrona era también pobre y recibía pedidos de fabricantes y de grandes tiendas. El local de trabajo formaba parte de la vivienda. Entre 10 y 60 personas, generalmente niños y mujeres trabajaban hacinados desde las 8 -o más temprano aún- hasta las 11 ó 12. La luz a gas consumía el oxígeno que había en ese reducido espacio. Para que no ensuciaran las puntillas los niños eran obligados a descalzarse, incluso en invierno. El informe que cita Marx señala que la actividad resultaba monótona, dañina para la vista y agotadora por la posición uniforme del cuerpo, en síntesis “un verdadero trabajo de esclavos.”5

La industria de la confección en las primeras décadas del siglo XX en la Argentina reproducía exactamente el panorama que describe Marx para Inglaterra. Así encontramos no sólo la cadena de intermediarios, sino también el trabajo gratuito realizado en “academias del oficio” o en las casas para mujeres y huérfanos.6 Al igual que hoy, la tuberculosis y la anemia eran comunes entre estas trabajadoras, que viven en una verdadera tierra de nadie, donde ninguna ley entra más que la cruda explotación más extrema. La rama de la confección empleaba en el 2002, según la Encuesta Industrial Anual del INDEC, 25.187 personas. El salario bruto promedio era de sólo 481$. Los obreros de la confección resultaban así los peores pagos dentro de 31 ramas. Pero los sueldos en el sector informal son aún peores. El salario de costureras por hora no supera los 2,50 o 3$,7 en el caso de trabajar dentro de talleres. Peor es la situación de quienes trabajan a destajo. Las costureras a domicilio cobran a razón $0,50 por bóxer y $0,40 por pantalones escolares y encima pagan el flete de la mercadería. Por un trabajo de 15 días una obrera entrevistada recibe $100 limpios. Otra costurera dijo cobrar $0,80 por la confección de cada remera, pero queda a su cargo la compra de hilos, agujas, aceite, reparación de máquinas, etc. La mayoría tiene jornadas entre 12 y 16 horas, que pueden intensificarse si se atrasan con la entrega.8 Otras tareas menos calificadas como colocar canutillos son aún peor remuneradas, a razón de veinte centavos por blusa.

Entre traición y traición

Esta tríada: fabricantes-talleristas-trabajadores, dio lugar, a lo largo de su existencia en Argentina, a distintas alianzas y enfrentamientos, tanto en la confección de ropa como en el aparado de calzado, cuya actividad central es también la costura. El período de la Primera Guerra había sido muy favorable para la industria del calzado y los talleristas esperaban ascender socialmente.9 Cuando empezaron a encontrar dificultades culparon a los obreros de su mala suerte. En 1919, los talleristas consideraban a los trabajadores sus peores enemigos. Declaraban que, a diferencia de las fábricas, ellos no podían otorgar las mejoras que les pedían. Sobre todo, veían peligroso el reclamo de los obreros de concentrar el trabajo en las fábricas eliminando así talleristas e intermediarios, como de hecho consiguieron en 1919 en algunas fábricas, entre ellas Grimoldi. Los obreros mantuvieron inicialmente una línea clara y consideraron a los talleristas un grupo patronal. Lo mismo ocurría en la confección. En ambos sectores aparecen frecuentes quejas contra la competencia entre talleristas y fabricantes que consideran la causa del deterioro de las condiciones de trabajo.

Durante la década del ‘30, en cambio, tanto en la rama del calzado como en la confección, los trabajadores se aliaron con los talleristas.10 Por ejemplo, en 1932 talleristas y aparadores se declararon en huelga y 15.000 obreros paralizaron la producción. Sin embargo, al prolongarse el conflicto los talleristas y los intermediarios intentaron reanudar el trabajo por lo que fueron acusados de traición por los obreros.

Finalmente, hacia inicios de la década del ‘40 las fábricas, que deseaban desembarazarse de la competencia de los pequeños talleres, decidieron buscar el apoyo del Estado y los sindicatos. Aceptaron respetar la ley de trabajo a domicilio y es más, reclamaron su estricto cumplimiento, a sabiendas de que los pequeños talleres no podrían pasar las inspecciones. El presidente de la Cámara de la Industria del Calzado decía entonces: “El Estado pudo hacerlo [cerrar los ojos ante las infracciones a las leyes de trabajo] para beneficiar al país con una nueva industria, […] aún a costa de otros sacrificios… Pero la situación cambia fundamentalmente al tratarse de industrias saturadas, en las que los negocios se realizan con las mayores dificultades y sinsabores. Ya no es posible cerrar los ojos. Es necesario exigir el cumplimiento estricto de la legislación a fin de evitar la competencia desleal basada siempre en infracciones y en bajos salarios.”11

En busca de una salida

Hoy las grandes fábricas podrían aprovechar la coyuntura y el clima generado tras el incendio de Caballito para desplazar a las pequeñas. Del mismo modo que tras Cromañón sólo los grandes establecimientos pudieron mantener las habilitaciones, algunas grandes empresas textiles podrían salir beneficiadas del proceso actual. No resulta casual que la Cámara haya salido a pedir una reforma de la ley de trabajo a domicilio.12 Actualmente las fábricas no emplean directamente trabajadores a domicilio porque eso las obligaría a cumplir con una ley que otorga beneficios laborales relativamente importantes.13 Prefieren, en cambio, recurrir a intermediarios o a talleristas. Si la ley de trabajo a domicilio se “flexibilizara”, ellos podrían contratar directamente a los trabajadores domiciliarios en condiciones que no distarían demasiado de las actuales.

En la década del ‘40, las fábricas ofertaban ciertas mejoras en las condiciones de trabajo. Por el contrario, hoy buscan intervenir en el conflicto, pero sin ofrecer nada a los obreros. Tanto talleristas como fabricantes piden una flexibilización de las reglamentaciones que legalice las actuales condiciones de trabajo.

Los talleristas hasta ahora han logrado movilizar a los trabajadores tras la defensa de la fuente laboral y la búsqueda de un aumento por la vía de presionar a las fábricas para que paguen mejores tarifas. Sin embargo, el margen para brindar aumentos salariales es escaso, más si se mantiene la estructura de subcontratación actual. Por eso es posible que los trabajadores que se movilizan con sus patrones se radicalicen en un futuro cercano.

En este sentido creemos que un reclamo histórico de trabajadores a domicilio y empleados de pequeños talleres de la confección y del calzado, como la contratación directa por las fábricas en talleres internos, construidos a tal fin, podría ser una alternativa válida y permitiría abrir una perspectiva clara a la lucha. Creemos que este reclamo, pondría a los trabajadores de la confección en el mismo camino que ya transitan hoy los terciarizados en otras ramas y que se muestra como un arma efectiva contra la precariedad laboral. Los sacaría, además, de ese verdadero triángulo de las Bermudas que es el Bajo Flores, donde los trabajadores desaparecen bajo otras personificaciones.


Notas

1 Esta caracterización la hemos desarrollado en Sartelli et al: “La estructura social de Bajo Flores. El comienzo de una investigación”, en Razón y Revolución n° 9, otoño de 2002. Allí discutimos con otras formas de presentar el problema desde los medios periodísticos y en los ámbitos académicos. Las capas de la sobrepoblación relativa son analizadas también en nuestro artículo “La reserva. Mapeo de las capas obreras desocupadas”, en El Aromo, n° 9, mayo de 2004.

2 Clarín, 9/4/06.

3 Clarín, 6/4/06. El tallerista Quintaya acusa a Gustavo Vera de la Asociación de Costureros de “manipular” a los trabajadores. Pareciera así que cuando los trabajadores se organizan en forma independiente son manipulados, no así cuando se movilizan siguiendo los reclamos de sus patrones, los talleristas.

4 La inutilidad de los movimientos que atacan sólo a las grandes firmas puede comprenderse en Eduardo Sartelli: La cajita infeliz, Bs. As., Ediciones ryr, 2005, especialmente en el capítulo X (véase la crítica a Naomi Klein) y en la introducción, aunque toda la obra defiende la necesidad de combatir el capital como un todo y no a sus partes aisladas.

5 Marx, Karl: El capital, Siglo XXI, TI, vol.2, p. 569.

6 Pascucci, Silvina: “Caridad o explotación. el trabajo en los institutos de beneficencia”, en Razón y Revolución n° 10, primavera de 2002.

7 La cifra de 2,50 a 3$ la hora es la que brinda el estudio “El sector Textil y de Indumentaria desde la perspectiva de género” de la Fundación “El otro”. Hemos comprobado esas cifras en un diario virtual de la comunidad boliviana 2,50 y 3$ era el pago máximo. En los clasificados de Clarín hemos encontrado referencias a 4$ la hora e incluso (¡qué magnaminidad!) a 4,40$, aunque este aviso también aclaraba que la jornada era de 11 horas. Clarín, 17/03/06. El salario por convenio, en cambio, es de 3,40 la hora.

8 “El sector Textil y de Indumentaria desde la perspectiva de género”, op. cit.

9 Los ejemplos de enfrentamientos entre talleristas, fabricantes y obreros están tomados de mi libro Del taller a la fábrica, proceso de trabajo industria y clase obrera en la rama del calzado 1880-1940, Ediciones ryr, 2005.

10 Para la alianza entre trabajadores y talleristas y sus huelgas en la rama de la confección ver La Vanguardia, junio de 1937 y abril de 1938.

11 La Industria Argentina del Calzado, n° 266, abril de 1939, p. 22.

12 Clarín, 9/4/06.

13 La ley incluye pago de cargas patronales, jubilación aguinaldo y vacaciones.

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