El misterioso ejército T

Eduardo Sartelli

 

Mes importante en la evolución de la política argentina, julio trajo consigo una serie de novedades. El alejamiento de Beliz y la entrega del manejo de la seguridad a hombres provenientes de la derecha peronista, tanto como las peleas con Brasil, son sólo un síntoma de un problema mayor. Dijimos, en ediciones anteriores de El Aromo, que la sociedad argentina va tensando sus cuerdas a medida que el gobierno Kirchner avanza en su derechización progresiva. La lenta reorganización del partido del orden es un hecho inexorable y el Señor K no quiere quedarse afuera. Habiendo logrado con cierto éxito expropiar las demandas del Argentinazo, el patagónico se encuentra ahora en la obligación de dar marcha atrás con mucho de lo conseguido por las masas en el convulsivo año siguiente a la caída de De la Rúa. Es un problema, para él y para el sistema. Para él, porque su suerte política depende de la medida en que pueda diferenciarse de los gobiernos anteriores. Esa es la base se sus exiguos respaldos políticos en el seno de la clase obrera, la CTA y Patria Libre, entre los empresarios más débiles y la fracción de la pequeña burguesía que supo blandir cacerolas en su momento, pero que se asustó de las consecuencias de su propia acción. Para el sistema, en que de no contenerse la presión de las masas, el estallido puede volver a repetirse a una escala mayor. Para tener éxito ante las masas y lograr salvar políticamente al sistema, Kirchner debe ejecutar políticas que lo desarman material y moralmente: destruir el aparato duhaldista, la policía de gatillo fácil, la SIDE, avanzar con los juicios por los derechos humanos, liquidar la Corte Suprema, expropiar a las privatizadas, liquidar a los bancos salvando a los ahorristas, contener las tarifas, en especial, las que dependen del petróleo, aumentar los subsidios por desempleo en calidad y cantidad, mantener un dólar sobrevaluado a los efectos de proteger a buena parte de la burguesía nacional, no pagar la deuda, etc., etc.. El problema es que, para salvar al sistema económicamente, todas esas medidas provocan el efecto contrario al buscado. La reactivación económica sostenida, de ser posible, requiere el sinceramiento de tarifas y eliminación de gastos improductivos y de las retenciones, el salvataje de los bancos y arreglar con los acreedores asegurando un mayor flujo de dólares por pago de la deuda. Resolver el problema político es una condición para encarrilar el problema económico. Resolver el problema económico es la mejor forma de magnificar el problema político. Este dilema se ha mantenido irresuelto hasta ahora gracias a la reactivación provocada a fuerza de devaluación y sostenida con las retenciones a la soja y al petróleo. Su límite, sin embargo, salta a la vista de cualquiera, poniendo en peligro el experimento bonapartista del santacruceño.

La “derecha”, un vasto conglomerado de intereses cuya soldadura no es sencilla, porque va desde los imperialismos yanqui y europeo al capital local más concentrado, pasando por los acreedores externos, los medios de comunicación, los bancos, la iglesia, una fracción de la clase obrera ocupada representada por Moyano, Daer y compañía, y una fracción de la pequeña burguesía aterrorizada por los problemas de seguridad cuyo mayor referente es todavía Blumberg, busca una resolución enérgica del intríngulis. Resolución que, sin embargo, provocaría, primero que nada una severa crisis en su propio interior, en la medida en que colocaría a las fracciones obreras y pequeño-burguesas que militan en sus filas, en la obligación de cambiar de bando, con o sin sus direcciones, reproduciendo un aislamiento similar al de los últimos meses del gobierno De la Rúa.

Si el partido del orden se reorganiza, presionando por derecha al Señor K, por izquierda, el partido del caos vive un fenómeno parecido. Golpeado por el éxito inicial del bonapartismo, comienza a recibir en su seno a varios de los miembros perdidos en el largo proceso que va, desde la primera asamblea en La Matanza, hasta la defección de Barrios de Pie. La ruptura entre la CCC y la FTV, el giro pro ANT de la masa de los MTD, las fracturas en el seno de las agrupaciones antipiqueteras, el MST y el PTS, han arrimado a las filas del “ala dura” piquetera nuevas fuerzas. Pero más que nada, lo que ha revitalizado al partido del caos es la tendencia creciente de capas y sectores sociales que vuelven a comportarse como lo hicieron en el 2001. Varios episodios lo ejemplifican, desde las tomas y quemas de comisarías, hasta la ocupación de Tribunales por los ahorristas estafados. No puede dejar de mencionarse el acercamiento al ala dura del movimiento piquetero de APEMIA, la más combativa de las asociaciones surgidas para luchar por el juicio y castigo a los responsables y el esclarecimiento de la masacre de la AMIA. Sin embargo, el más sonado de todos ellos fue, sin dudas, el ataque a la legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, que logró frenar la sanción en particular del nuevo código de “convivencia”. Sonado porque fue un indudable acto de provocación montado por los servicios para justificar el giro represivo del Señor K (fracasado, porque quisieron endilgárselo a la izquierda y no pudieron). Pero, por sobre todas las cosas, por la intervención del misterioso ejército T, al decir del genio de la manipulación televisiva, Chiche Gelblung.

Atacado por derecha y por izquierda, el gobierno centrea cada vez con más dificultad. La oposición burguesa se reorganiza incluso en su propio terreno, por centroizquierda, como lo muestra el retorno de Elisa Carrió. En este contexto, una tendencia más hacia la derecha sin abandonar del todo una fachada de izquierda y evitando caer en manos del duhaldismo, obliga a Kirchner a pensar seriamente en una fujimorización: cerrar el Congreso, la Corte Suprema y gobernar por decreto en el marco del estado de sitio. Ocuparía, por izquierda, el lugar que desean, por derecha, López Murphy y Duhalde. En ese terreno, que hoy parece de ciencia ficción, la fujimorización desembocaría rápidamente en una bordaberrización, una dictadura militar apenas encubierta con la máscara de un presidente títere. Una tendencia más a la izquierda, un giro “chavista”, no haría más que alentar un fuego para el cual, paradójicamente, Argentina ofrece más combustible que Venezuela. Sea como sea, los días del bonapartismo parecen agotarse.

Si el partido del orden busca su hombre (o su mujer), el del caos parece hacer lo mismo. La intervención, muy publicitada, de Castells en varios puntos de la república actuando como una especie de bandolero social, un Robin Hood piquetero, fue de la mano de su aparición en la tapa de Noticias con banda presidencial y bastón, eclipsada sólo por la de su esposa, Nina, en la misma revista, posando (sin ninguna ingenuidad) al mejor estilo María Julia, reclamando ser una “Evita” piquetera. Si bien esta presencia demuestra una sana y necesaria voluntad de poder, el personalismo y la falta de organicidad en relación a la ANT, muestran las aristas más peligrosas de la construcción política del líder del MIJD. Astuto, se prepara para encabezar una posible debacle electoral del gobierno en un tiempo no muy lejano. Su acción es, sin embargo, peligrosa para el propio partido del caos, del que bien puede terminar siendo un “ordenador”, una función que Zamora cumplió en el seno de la pequeña burguesía asamblearia.

Esta tensión acrecida que notamos en la vida política, tiene su correlato en el lenguaje, en los gestos, en las asociaciones no del todo fortuitas que la ideología burguesa construye desde los medios de televisión. Hacíamos alusión más arriba al misterioso ejército T, cuyo debut en los campos de batalla se produjo frente a la Legislatura de la ciudad. Piedra del escándalo, los medios, en especial Canal 9, se complacieron en mostrar travestis aguerridos, que a fuerza de palos, caños y piedras, destruyeron las puertas de la Legislatura e intentaron quemarla. La asociación puto/negro/judío/comunista, típica de la Dictadura militar y la derecha de los ´70, parece trocarse hoy en trava/puto/negro/judío/piquetero. Curiosamente, fue el mismo Chiche Gelblung el que, en el reportaje a uno de los travestis orgullosos del combate librado, permitió que se colara una explicación más seria a la que la derecha suele dar de esa asociación no del todo incorrecta: la violencia de los travestis evidenciada ese día, no puede despegarse de la violencia que cotidianamente ejerce contra ellos, en las calles de Buenos Aires, el estado burgués. Como todos los explotados y oprimidos, su bronca no hizo más que devolver el odio profundo, de clase en última instancia, que el capitalismo tiene contra todo lo que no puede controlar. No todo travesti es revolucionario, pero aquel que reivindica de hecho y de palabra al Che, como lo hizo el reporteado por Chiche, está en nuestro campo y es de los nuestros. Como todo aquel que, luchando por su interés particular, encuentra en el combate de clase la llave para abrir la puerta del futuro. El que comprende que no habrá libre elección ni de género ni de ningún tipo, que no habrá ninguna supresión permanente del racismo y el sexismo, hasta que el sistema que les da vida no sea eliminado, es de los nuestros. Pertenece, lo quiera o no, lo sepa o no, a las filas de ese ejército misterioso, el ejército transversal que con eje en la clase obrera comienza a asumir como propias las demandas del conjunto de los oprimidos y explotados. En ese camino, se postula como caudillo nacional, capaz de reordenar la vida en su conjunto. Sin ningún misterio.

 

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