¿El conocimiento es reaccionario? Las Malvinas en la historia argentina, según el Partido Obrero

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Las Malvinas en la historia argentina, según el Partido Obrero

Mariano Schlez
GIRM-CEICS

El Partido Obrero publicó una historia de las Malvinas en sucesivas entregas. Fiel a su tradición, la dirección del partido se dedica a escribir sobre lo que no sabe y no quiere saber. En este primer artículo, le mostramos el resultado de la improvisación. Preste atención, no va a querer perderse esta sucesión de bloopers…

Luego de que marcáramos los gruesos errores en que incurrió un Cristian Rath devenido en historiador, el Partido Obrero decidió cambiar de aficionado y encargó al periodista Alejandro Guerrero una historia de las Malvinas, que apareció en entregas de Prensa Obrera. En este caso, se busca justificar una posición nacionalista. Otra vez, tenemos que llamar la atención no sólo acerca de su mirada burguesa del asunto, sino sobre el poco cuidado y la preocupante ignorancia a la hora de abordar el problema.

El “descubrimiento” y la “colonización”

A diferencia de lo ocurrido con el continente americano, las Islas Malvinas estaban completamente deshabitadas. Lo que resulta llamativo en Guerrero es que sostiene que las islas fueron descubiertas en 1540, por los españoles. Pues bien, parece que ha resuelto una cuestión que nadie había logrado dilucidar. Es una verdadera pena que el breve artículo de la Prensa Obrera no justifique por qué ya no debemos debatir si el hecho fue autoría de españoles (Américo Vespucio en 1501, Magallanes en 1520, Alonso de Camargo en 1540), ingleses (John Davis en 1592, Richard Hawkins en 1594) u holandeses (Sebald de Weert en 1600). Sobre todo, sería interesante saber por qué Guerrero cree que la hipótesis española es más sustentable que la holandesa, dado que sólo Sebald de Weert dejó pruebas que comprueban que avistó las Malvinas (de allí su primer nombre, las “Sebaldes”). Uno sospecha, en realidad, que el periodista no se detuvo en estos debates y que copió lo primero que encontró.
A lo largo del siglo XVII, marinos holandeses, ingleses y franceses dejaron rastros de avistaje y desembarco en las islas. De ellos, provienen los dos nombres que actualmente se encuentran en disputa. Aunque Guerrero omita este pequeño dato (¿para no contradecir su alma españolista?), al “Sebaldes” holandés, le siguió un nombre antipático para nuestro periodista: a principios de 1690, el inglés John Strong llamó al estrecho que separa a las islas “Falkland Sound”. Pero la cosa no iba a terminar ahí. A diferencia de lo que el sentido común pudiese señalar, el nombre que hoy reivindica el Estado argentino no proviene de su tradición, sino que es la castellanización del utilizado los primeros colonizadores: los marinos franceses del puerto de Saint-Maló bautizaron a las islas “Malouinas”. En este sentido, no hay controversia histórica: los primeros en colonizar el territorio no fueron ni argentinos (que en esa época no existían), ni españoles, ni ingleses, sino franceses. Antoine Louis de Bougainville fundó Puerto Luis el 17 de marzo de 1764, tomando posesión en nombre del rey Luis XV.
Pero los galos no estuvieron solos por mucho tiempo. En enero de 1765, el comodoro inglés John Byron tomó posesión, en nombre de otro Rey, Jorge III de Gran Bretaña, de las islas “Falkland”. Lo curioso es que, establecidos en otro sector de su territorio (Puerto Egmont), ambas colonias desconocieron la existencia de sus vecinos hasta 1766.
Recién entonces, cuando otras potencias ocuparon un territorio deshabitado, y a pesar de no haber mostrado el mínimo interés de colonización, fue cuando los españoles pusieron el grito en el cielo (o en Francia, mejor dicho). El reclamo fue un trámite sencillo (España y Francia eran aliadas en aquel entonces) y todo se resolvió en términos amigables. En abril de 1766, Bougainville aceptó el pago de una indemnización y, el 1 de abril de 1767, España se hizo cargo de Puerto Luis, al que rebautizó como Puerto de Nuestra Señora de la Soledad. Otro Rey (el tercero en la lista), asumía la soberanía de las islas.
Los españoles lograron la posesión total de las islas en 1770, cuando atacaron Puerto Egmont y, en una fácil victoria, expulsaron a los ingleses. Semejante hecho no podía ser obviado por nuestro compañero Guerrero, ansioso de hazañas “antiimperialistas”. Pero lo que no dice (tal vez porque le quita brillo a nuestra Madre Patria) es que, un año después, Carlos III devolvió a los ingleses su base. El 22 de enero de 1771, el Rey Sol se comprometía “a dar órdenes inmediatas, a fin de que las cosas sean restablecidas en la Gran Malvina en el Puerto denominado Egmont exactamente al mismo estado en que se encontraban antes del 10 de junio de 1770”, aclarando que esto no ponía en cuestión la soberanía española en las islas. Por su parte, el rey inglés aceptaba la Declaración “como una satisfacción por la injuria hecha a la Corona de Gran Bretaña”. Aunque es muy probable que en el acuerdo haya existido una cláusula secreta que garantizaba que los ingleses abandonarían las islas, Gran Bretaña utilizó este pacto como argumento de su reclamo soberano durante mucho tiempo.
Lo cierto es que los ingleses se retiraron en mayo de 1774, concluyendo que se trataba de “una isla postergada para uso humano, tormentosa en invierno, y árida en verano; una isla que por no habitarla ni los salvajes del sur han dignificado…”, no sin antes dejar una placa que rezaba que las islas pertenecían a “Jorge III, Rey de Gran Bretaña”. Por lo que vemos, no hay razones para suponer que las Malvinas correspondían “originariamente” a España.

El proceso revolucionario rioplatense (1806-1810)

Los ingleses, como todos sabemos, intentaron convertir al Río de la Plata en colonia británica en dos oportunidades, 1806 y 1807. Pese a que el marxismo ya dio unos cuantos pasos en el análisis del tema, Guerrero prefiere convertir a la Prensa Obrera en una sección de La Nación o Página/12, retomando el análisis de liberales y kirchneristas.
Empecemos por lo más básico, pero no menos grosero: la caracterización de la economía. Es preocupante que un partido que necesita conocer la naturaleza del sistema capitalista que dice querer eliminar, se permita una afirmación del estilo “En 1806, cuando William Carr Beresford ocupó Buenos Aires, acá no se producía nada”.1 En esto el PO ha sido realmente original: no existe corriente historiográfica medianamente seria que afirme semejante barbaridad. Los debates sobre ganadería y agricultura, sobre los diezmos, sobre el carácter de la mano de obra y sobre la producción urbana quedan abolidos de un plumazo. Recomendamos a Guerrero consultar algunas lecturas. Modestamente, podría leer nuestros trabajos.
Cuando el periodista intenta explicar la “aristocracia criolla”, se envalentona y sentencia que Santiago de Liniers se casó con “la hija de Miguel de Sarratea, un comerciante porteño próspero; es decir, negrero y contrabandista, que eso eran los comerciantes locales”. El primer detalle a tener en cuenta es que Miguel de Sarratea no existe. Si Guerrero se hubiera informado, sabría que el suegro de Liniers fue Martín de Sarratea, uno de los apoderados del comercio porteño2. Pero el problema no es un nombre mal copiado, sino la concepción que defiende, según la cual todos los comerciantes son iguales (contrabandistas y negreros). Pero hagamos un poco de historia real: Martín de Sarratea no fue ningún “negrero contrabandista”. Por el contrario, dedicó todos sus esfuerzos a defender el monopolio gaditano y a combatir, en alianza con otros notables monopolistas, el contrabando (que acicateaba su hegemonía social). Tampoco se especializó en el tráfico de esclavos, más bien lo combatió, dado que era el preferido de sus enemigos, los comerciantes de cuero3. En cambio su hijo, Manuel (que tampoco es Miguel), a diferencia de su padre, sí se preocupó por sortear el monopolio gaditano para exportar cueros y unir los Estados Unidos con Buenos Aires, convirtiéndose en uno de los principales dirigentes revolucionarios de 18104.
En vez de investigar un poco, Guerrero le creyó al primer libro que cayó en sus manos. Así, repite que el proceso de Mayo fue impulsado por “la aristocracia porteña”, es decir, por un “bloque integrado por negreros, contrabandistas, hacendados, modernistas y curas”. Si esto es así, parece que todos están del lado de la revolución. Algún compañero militante podría preguntarse quiénes se oponen y dónde están las clases y fuerzas sociales en pugna. Nada sabemos, dado que comerciantes, terratenientes, hacendados y hasta burócratas y curas pueden ser esclavistas, feudales o capitalistas. Su utilización indiscriminada sólo sirve a la defensa de una hipótesis descabellada: el triunfo sobre las Invasiones Inglesas (que unió a todos en un frente) constituyó una revolución. Se confunde así el inicio de un proceso con su desenlace5. En su interpretación, furiosos contrarrevolucionarios (como Álzaga y Fernández de Agüero), por el solo hecho de combatir a los ingleses habrían sido, en realidad, revolucionarios.

El desprecio a la ciencia

Las sentencias de Guerrero son las de Alejandro Horowicz. Quien escribe en Prensa Obrera se deja llevar de las narices por un kirchnerista que también tiene el método de “cortar y pegar”. No sólo Guerrero lo cita textualmente, sino que hace suyas las hipótesis y categorías de este discípulo de Jorge Abelardo Ramos (el historiador preferido de Cristina). La pregunta es, entonces, por qué un aficionado que no puede delimitarse del oficialismo es el responsable de explicar la historia argentina.
Una dirección debe estar por delante de sus militantes. En este caso, los artículos de Guerrero no resisten el análisis de cualquier estudiante de la carrera de Historia o de un docente de escuela media. Por una razón muy sencilla: no puede reconstruir el proceso en sus datos más simples. Pero eso no es lo peor: más grave es que muchos compañeros en diferentes frentes no tienen los recursos para recomponer estos errores. A ellos se les da, concientemente, una herramienta de mala calidad. Es decir: se los desprecia. Una dirección que no sólo es incapaz de explicar ciertos problemas elementales, sino que incluso se jacta de hacerlo improvisada y desinteresadamente, está confesando su propio agotamiento.

Notas:

1 Prensa Obrera, n° 1213.
2 La biografía que realizó Paul Groussac sobre Liniers en 1897 es, aún hoy, de lectura recomendada.
3 Véase Schlez, Mariano: Dios, rey y monopolio, Ediciones ryr, Buenos Aires, 2010.
4 Heredia, Edmundo: Cuándo Sarratea se hizo revolucionario, Plus Ultra, Buenos Aires, 1986.
5 Véase, en esta misma edición, el artículo de Juan Flores sobre el tema.

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