Conceptos básicos. Lucha electoral

Recientemente, un par de aliados sindicales de Cristina tenían prevista una movilización contra la política del gobierno. Aunque el interés era apuntalar la candidatura K, la movilización obedecía también a cierto descontento que puede olerse en la clase obrera. ¿Cuál fue el pedido de la ex presidenta? Que levantaran la medida y aguardaran a las elecciones. Ah, y que rezaran por trabajo (a San Cayetano, obvio, que debe ser el santo más ineficiente si se observan los niveles de desempleo).

Como se ve, en la lógica de los partidos de la burguesía, lo más común es llamar a canalizar reclamos e ideas a través de las urnas. De hecho, ya en el número pasado, abordamos el problema de la democracia como un régimen que llevaba el sello de la clase dominante. Así, la democracia escondía la dictadura de clase de la burguesía. Mostramos entonces todos los elementos por medio de los cuales, la burguesía concentraba el poder en espacios más reducidos, mientras invitaba a “participar” del juego de la democracia. Es decir, garantizaba y ampliaba los derechos de ciudadanía (sobre todo, el de “elegir”), pero se quedaba con la llave del sistema. De ese modo, las reglas había que respetarlas. Y así se los recordó Cristina a sus aliados.

En un terreno semejante, una primera lectura concluiría entonces que no hay mucho que hacer ante las reglas del juego democrático. Como la burguesía retiene el poder bajo ese sistema, parece que la clase obrera no tiene más salida que impugnar las elecciones. Puede que en algunas circunstancias eso sea conveniente. Depende del momento específico y la situación concreta. Pero no aplica para la generalidad de los casos.

En realidad, un partido revolucionario no escapa al juego electoral. Las elecciones son un buen momento para poner en juego varias herramientas útiles para la construcción revolucionaria. Eso no significa que el partido se sujete a las normas de funcionamiento de la democracia. Ningún partido revolucionario que se precie espera llegar al poder por los votos ni transformar el sistema “desde adentro”. Más bien, se aprovecha el juego electoral y los canales del sistema para sumar un granito de arena en la búsqueda del objetivo más general: la conciencia de la clase obrera y la revolución socialista.

Las elecciones permiten a la población discutir (no necesariamente decidir) qué sociedad y qué dirección quiere. Es el momento en que millones de personas deben pensar problemas generales y sus soluciones. Llueven ideas por todos lados: en los debates televisivos, en los volantes que nos dan en las calles, en las redes sociales. Se habla del tema en los lugares de trabajo, universidades, profesorados y hasta en las escuelas. No es un asunto menor: son ideas que dicen mucho de cómo se comprende el funcionamiento de la sociedad. Además, el propio Estado pone plata para las campañas.

Como se ve, un partido revolucionario tiene aquí la posibilidad de intervenir en la discusión programática. Es decir, tiene la posibilidad de proclamar sus ideas, de acercarlas abiertamente a la clase obrera, de discutirlas con ella. Es una circunstancia muy particular, pues tiene la posibilidad de hacerlo en una escala mayor a la común. En consecuencia, a través de los resultados, puede medir la llegada de sus ideas. Es decir, puede ser un termómetro (aunque no el único) de su efectividad y su alcance, y por lo tanto, una forma de evaluar el nivel de la conciencia obrera.

En segundo lugar, el acceso a cargos legislativos puede servir para levantar una verdadera tribuna pública para el desarrollo de las ideas revolucionarias. A través del parlamento, puede ponerse en discusión las posiciones burguesas y reformistas, que continuamente llevan a la derrota a los trabajadores. Una intervención adecuada ayuda a desenmascarar, no solo a los políticos de la burguesía, sino a sus instituciones. Puede desnudar aquello que aquí señalamos: que la democracia es un juego burgués. Puede darle fuerza, además, a los diferentes reclamos sindicales. Pensemos en cuántas ventajas puede traer a las luchas de la clase obrera, la presentación de proyectos de ley. Ellos pueden visibilizar conflictos y permitir que los legisladores en cuestión intervengan en medios masivos.

La lucha parlamentaria puede colaborar con la lucha por la conquista de la clase (o perjudicarla, si se somete la segunda a la primera). Por lo tanto, los cargos no son neutros políticamente. Bien aprovechados, pueden facilitar la construcción de una corriente revolucionaria en la clase obrera. Incluso una conquista ejecutiva (una municipalidad o una provincia) puede dar lugar a una experiencia política formidable.

Como se ve, tenemos una oportunidad para agitar ideas que el sistema capitalista repudia. Con inteligencia táctica, un partido puede utilizar este espacio para sus fines últimos. No hay que desaprovecharlo, pero tampoco subordinar a ello toda la construcción política.

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