Cómo se fabrica una puta

Amelia Tiganus

¡Buenas tardes! En primer lugar me gustaría agradecer la oportunidad que la organización de este congreso me ha brindado. Es un honor para mí participar, compartir y aprender junto a todas. También quiero agradecer al publico la presencia, la implicación y el gran interés en un tema que nos incumbe a toda la sociedad.

Cómo se fabrica una puta                                          

Vivimos en una sociedad que piensa que las putas son putas porque así han nacido. En una sociedad machista y patriarcal, donde teóricamente las mujeres somos iguales pero en la práctica, nacemos y nos educan para servir a los hombres. La educación sexo-afectiva brilla por su ausencia y el sexo no comercial es un tema tabú que esconde la posición que tenemos las mujeres en la política sexual de roles frente a los hombres, la inferioridad, y eso, claro, nos deja en una situación muy vulnerable.  Así es muy fácil fabricar putas. La sociedad fabrica putas para que los hombres tengan el privilegio de disponer del cuerpo de algunas mujeres.

En Rumanía, primero me topé con los hombres acosadores, después con los violadores y luego con los proxenetas (muchos de ellos son también violadores que escogen a niñas para violarlas, quebrarlas y luego venderlas: la fabricación de putas y la violencia patriarcal son inseparables).

Y todos esos hombres que conocí se movían impunes, arropados por sus familias, su comunidad más cercana y la complicidad del Estado proxeneta.

Las putas no tenemos paz. Lo pude descubrir en mis carnes después de sufrir esa violación múltiple a los 13 años. Me convirtieron en puta sin importarles que yo en realidad quisiera ser médica o profesora. Abandoné los estudios por no soportar toda aquella situación y aquel dolor. Las violaciones y la persecución se volvieron sistemáticas y yo, en la soledad y el abandono más absoluto, encontré la (falsa) solución el día que dejé de resistirme y me resigné.

Me escapaba muchísimo de mi casa porque mis padres me pegaban y me maltrataban psicológicamente acusándome de ser una niña muy mala, que solo les había dado disgustos (a pesar de que era una niña muy tranquila y muy inteligente antes de que me violaran). No recuerdo exactamente dónde estuve durante la semana que escapé, pero sí me acuerdo que era un piso y que por allí pasaron muchísimos hombres, no sé cuantos. Día y noche, sin descanso.

Después de una semana, no sé cómo, volví a casa. Mis padres me pegaron, me acusaron, me echaron en cara lo mala que era por escaparme de casa y por cómo buscaba que los hombres me violaran. Yo no decía nada, no hacía nada, no sentía nada. Estaba totalmente fuera de mí, en estado de shock. Recuerdo, paradójicamente, que no sentía absolutamente nada…nada de nada. Y tampoco hablaba. Me diagnosticaron un cuadro de mutismo y me encerraron en el manicomio. Allí me atiborraban a pastillas. Me dolía todo, estaba muy cansada. No podía ni andar 20 metros del cansancio. Allí había niñas y niños muy enfermos mentalmente. Las noches eran terribles. Éramos muchos en una misma sala o habitación. Los internados gritaban, tenían ataques, las cuidadoras les ataban a la cama, les pegaban, ellos y ellas lloraban desesperadamente hasta que se quedaban dormidos entre lágrimas, sudor y orina. Y yo no sentía nada, no pensaba nada, no articulada palabra. Solo quería y necesitaba un poco de amor y comprensión. Me soltaron al mes porque no tenía ninguna enfermedad mental.

Empecé a hablar poco a poco y solo lo mínimo. Hoy en día sigo hablando lo mínimo con mis padres. A partir de esa experiencia se rompió cualquier relación con ellos. Decían que era una vergüenza para ellos y me repudiaron. Es algo muy común en Rumanía. A los 16 empecé a trabajar en una fábrica y a intentar sacar la vida, mi vida, adelante.

El amor de mi hermana pequeña fue crucial para que no me suicidara.

Ellos me convirtieron en una puta y cuando lo consiguieron, los acosadores, los violadores y los que manejaban el lado oscuro de la ciudad cambiaron totalmente su actitud hacía mi: ¿por qué? Porque luego vendría mi entrada en el sistema prostitucional y lo que conocemos como “trata de mujeres con fines de explotación sexual”. Ya me habían doblegado con sus torturas y sus violaciones repetidas… después se dedicaron a repetirme las bondades que tenía la prostitución. Me convencieron de que mi mejor destino era empezar a ejercer la prostitución en España, me convencieron de que si era lista, en un par de años tendría la vida solucionada, poniéndome como ejemplo algunas pocas mujeres que había en la ciudad, que tenían casas, conducían coches lujosos, vestían ropa de marca y usaban perfumes caros.

Eso no ocurría de manera desinteresada ya que esas pocas “privilegiadas” les servían a los proxenetas como gancho para captar y convencer sin mucho esfuerzo a las demás. El privilegio de unas pocas era y es el yugo de todas las demás. Esa es una jugada maestra de los proxenetas. De esta forma se convierten también en salvadores y supremos protectores.

En España la demanda de prostitución es muy elevada y la prostitución es vista con total normalidad o en algunos casos como un mal necesario y como no se puede cubrir con las mujeres que están “encantadas” de prostituirse, se recurre a la fabricación de las putas:  a través de pactos entre hombres, el patriarcado de las instituciones y del comercio y las redes de proxenetas, se convierten así en una gran multinacional que traspasa todas las fronteras. Ese gran negocio y disfrute de los hombres que es la trata se consuma con mujeres violadas en su niñez, quebradas y obligadas a agachar la cabeza, mujeres a la que se las deshumaniza para que puedan venderse, como me vendieron a mí a los 17 años por 300 euros unos proxenetas rumanos a un proxeneta español.

El prostíbulo, mi campo de concentración

¿Cómo fueron los cinco años dentro de los más de 40 prostíbulos en los que viví? Lo transmito con una imagen, un reloj sin agujas. La esclavitud es una vida sin sentido del tiempo. Sin voluntad para reconocerte a ti misma como persona. Cuando el proceso de deshumanización es constante, la disociación y el olvido son necesarios, es más, son un mecanismo muy poderoso de supervivencia dentro del campo. Describo los prostíbulos como campos de concentración de mujeres, porque tenía todos los sentidos puestos en sobrevivir. Recuerdo lo difícil que se me hacía pensar allí, cuando me recuerdo a mí misma teniendo que tomar decisiones, el miedo me invade y me paraliza igual que lo hacía entonces. Me estremece el recuerdo de nosotras en fila esperando nuestro turno para cobrar el dinero que nos tocaba después de 12 horas de lo que la industria del sexo llama “trabajo”. Nosotras en fila esperando el cambio de sábanas, nosotras en fila dirigiéndonos a la sala del bar, nosotras en fila hablándoles a los puteros, en fila esperando el turno para comer, nosotras en fila haciendo cola para entrar a un cuarto con un putero. Aún recuerdo el olor a ambientador, el humo de nuestros cigarros, el alcohol, la cocaína, la música alta y esas canciones de amor que nos poníamos con monedas, las películas porno que ellos ponían con monedas, las luces rojas de neón… Recuerdo nuestras risas, llantos, peleas, nuestras pequeñas conversaciones y planes de futuro. Todas, absolutamente todas, soñábamos con salir de esa vida cuanto antes.

Todo formaba parte de la experiencia concentracionaria: estar las 24 horas del día obligadas a ver películas porno, a no dormir cuando quieres, a no comer cuando quieres, a ser y a actuar en relación a lo que los puteros exigen, a vestir como ellos lo desean, a tener otro nombre, a dormir en la misma cama en la que durante horas los puteros han hecho posible que la repetición del acto sexual se transforme en una de las formas de torturas más brutales. Además, el dinero que ganamos en supuesta libertad es usurpado por los proxenetas y que ese dinero beneficia a ayuntamientos, a Hacienda, al Estado proxeneta.

En el prostíbulo pierdes tu identidad y te conviertes en una mujer en serie: intercambiable y utilizable sin medida. El campo te aliena, te despersonaliza. Muchas mujeres prostituidas mueren por enfermar gravemente a causa de las adicciones, los abusos y la tortura; las que son asesinadas, las víctimas de feminicidio por prostitución son las grandes olvidadas de la violencia machista. Mujeres desechables, hermanas nuestras atravesadas por múltiples violencias durante su -por lo general- corta vida, son asesinadas con brutalidad y saña, sus cuerpos destrozados son encontrados con frecuencia en descampados, o en contenedores, o en bolsas de basura. A pesar de que se trata de crímenes machistas por antonomasia, no son reconocidos como tales, ni por las leyes, ni por la gente. En la base de datos de Feminicidio.net hemos documentado 42 feminicidios en el sistema prostitucional, cometidos entre los años 2010 y 2018. Sin contar con las desaparecidas por trata. Si apenas importan las prostitutas asesinadas: ¿A quién le importa las putas desaparecidas? El campo de concentración nos abduce, nos explota, nos extermina, nos desaparece o nos aniquila poco a poco.

La alianza putero-proxeneta es de las más fuertes y leales en el patriarcado, entre estos dos roles de machos no hay fisuras, protegen la masculinidad hegemónica y por eso necesitan resguardarse en lugares físicos donde las únicas mujeres que estén allí sean cosificadas, sumisas y estén dispuestas a ser humilladas, usadas y torturadas por ellos, bajo la “legalidad” que le concede el Estado proxeneta. El prostíbulo es el símbolo más contundente y claro de que el patriarcado no está dispuesto a que las mujeres alcancemos la igualdad. Mientras haya prostíbulos, no solo se garantizará que siempre hay un lugar en el que la masculinidad hegemónica está a salvo sino que los hombres como ciudadanos, con la ayuda del Estado, las leyes, los jueces, la policía, los partidos políticos, las religiones y la indiferencia social, pueden disponer de mujeres desechables y explotables.

Conocí tres tipos de puteros

Algunos iban de buenos y me hacían preguntas, me contaban cosas, yo tenía que ser muy amable con ellos y sonreírles, escucharles y aprobarlos con cariño y admiración. Para mí esa situación era una de las más enloquecedoras. Ellos me obligaban a estar allí presente, no sólo en cuerpo sino también en mente. Aquello era una tortura para mí y sé que también para la gran mayoría de mujeres prostituidas. Mientras estaba con ese tipo de putero no podía contar el dinero que había ganado ese día y cuánto me quedaría a mí. Tampoco podía contar cuánto me faltaba para comprar esa casita con jardín. Tenía que estar allí, verle la cara, sentir sus sucias caricias y su aliento. Y abrazarle y acariciarle. Eso y sonreír. ¡Muy importante! La impotencia y la rabia que me producía eso no puedo describirlo en palabras. Babosos que querían mi cuerpo, mi alma, mi mente y todo mi ser por un miserable billete. Además, pareciera que debía estarles agradecida porque ellos supuestamente me trataban bien. Solía acabar desquiciada diciéndoles que follaran de una vez y se largaran. Se ofendían muchísimo y pasaban de ser los novios más amorosos a llamarme puta asquerosa, mentirosa y estafadora de la manera más violenta. Eso me traía siempre mala fama y tuve que dejar de hacerlo así y tragar en silencio esos ataques de locura que me daban cada vez que estaba con un putero “majo”.

Luego estaban los que iban al grano. Ellos pagaban, penetraban y se iban. Por lo menos así podía evadirme y estar mentalmente allí donde quería estar. Para ese tipo de puteros las putas somos solo un cuerpo con orificios para penetrar. No hay deseo y poco les importa en lo que estamos pensando. Debemos hacer una performance igual que en las películas que vemos en esos televisores las 24 horas del día. Gemir, sonreír y hacer como que estamos participando. Con eso ya les parece satisfactorio. Después se van y nos quedamos con nuestro cuerpo violentado y dolorido. ¡Pero ya falta menos para cumplir el sueño!

También están los sádicos y misóginos. Las prácticas de tortura física y psíquica que llevan a cabo para sentir satisfacción son difíciles de narrar. Ser mordida, pellizcada, golpeada, insultada, vejada y reducida a nada. En cuanto más dolor, humillación y miedo te hacen pasar, más disfrutan.

Al principio pensaba que podía identificarles antes de entrar al cuarto pero la experiencia me demostró lo contrario. Daba igual si el putero era político, juez, policía, fiscal, periodista, sindicalista, obrero, empresario, deportista, casado, soltero, joven o mayor. Nunca sabía con cuál de esos tres tipos de puteros me iba a encontrar una vez que se cerraba la puerta de la habitación.

Todos eran repulsivos.

En cualquiera de los casos, debía “ser lista y sacar el máximo dinero posible en el menor tiempo posible”. Me lo recordaba una y otra vez mi proxeneta. Añadiendo que yo era libre de hacer lo que quisiera pero mejor ser lista y actuar de forma inteligente. Manejar a los hombres, sacarles la pasta, tener el poder sobre ellos. Es curioso cómo este mismo discurso lo tienen los y las que dicen estar en contra de la trata pero defienden la prostitución en nombre de la transgresión y la liberación de las mujeres. Los mismos argumentos que han utilizado y utilizan los proxenetas y los tratantes para explotar sexualmente a miles, millones de mujeres en todo el mundo son los que utilizan algunas activistas que defienden la prostitución como un trabajo que empodera y libera.

Me escapé del proxeneta español que me compró porque pronto descubrí que se estaba aprovechando de mí y siempre me quitaba casi todo el dinero. Mis cálculos no salían después de pagar la deuda, la habitación, la manutención, el alcohol, la cocaína, la ropa, los cosméticos, las multas… todo estaba montado para quitarnos casi todo el dinero y lo poquito que nos quedada debíamos invertirlo en seguir siendo putas y cumplir con los mandatos que los puteros exigían.

Me escapé y decidí seguir persiguiendo mi sueño. Me quedé atrapada en el sistema prostitucional durante cinco años. La verdad es que en todos los sitios la situación era exactamente la misma. No tenía un proxeneta oficial pero seguía siendo explotada sexualmente por cada uno de los proxenetas dueños de prostíbulos, legalmente llamados “empresarios de ocio” y que integran una gran red mafiosa a lo largo y ancho del Estado español.

En ningún momento llegué a identificarme como víctima de trata. Primero, porque no sabía qué era la trata. Y segundo, porque tenía una idea equivocada de la trata que no iba conmigo. Hasta a mí me daban pena las mujeres engañadas, obligadas, encadenadas.

Cada año que pasaba me era más difícil salir de allí. Me producía mucho dolor salir sin nada después de todo aquel sufrimiento así que me prometía a mí misma que iba a estar solo un año más. Y luego otro y otro. Fui capaz de decir “¡Basta!” y de no alargar más la agonía cuando asumí que me habían engañado y que jamás iba a conseguir mi sueño. Que iba a ser pobre y que no me llevaría nada material de esos cinco años de experiencia concentracionaria.

Salí (y muchas otras salen) cuando ya no son lo bastante “nuevas” o lo bastante “disponibles las 24 horas”. La gente se suele extrañar cuando digo que nos dejan marchar en el momento en el que ya no aguantamos esa vida y cuando ya dejamos de creer que algo bueno va a pasar allí dentro. No debería extrañar que por una mujer que se retira en silencio absoluto y sin el menor apoyo y reparación, en su lugar hay tres nuevas disponibles. Las putas se fabrican a escala industrial porque la industria del sexo las necesita y esta invierte muchísimo dinero en hacer ver a las jóvenes mujeres que su mejor destino es ser putas. La historia se repite una y otra vez, sin parar.

En la actualidad, me siento privilegiada por muchas razones, pero principalmente por poder pensar. Pensar me parece un acto de rebeldía.

¡El feminismo y la sororidad me salvó la vida!

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