Argumentos patronales. Críticas “izquierdistas” a la lucha por las jornadas de seis horas

Por Marina Kabat – Cuando el malestar frente al deterioro de las condiciones de vida crece, la burguesía recurre a uno de sus últimos argumentos: no se debe luchar, no importa cuán crítica sea la situación en que nos encontremos. No debemos recurrir a la huelga o al piquete pues no lograremos nada o, peor aún, nos perjudicaríamos. Esto es precisamente lo que el gobierno responde a las demandas de recomposición salarial: no pidan aumentos salariales porque sólo obtendrán más inflación. Estos son argumentos históricos de la burguesía. Lo que resulta preocupante es que intelectuales de izquierda se hagan eco de ellos.

Cuando se iniciaba un movimiento por la jornada de 6 horas, después de que los trabajadores de subterráneos consiguieran implementarla, Rolando Astarita salió a poner paños fríos, a decir que la experiencia del subte no era generalizable y que no debíamos pelear por extender esta medida.1 Si lo hiciéramos, cientos de males se abatirían sobre nosotros: trabajo precario, inflación, mayor número de horas extras. Por ello decía que la jornada de 6 horas podía ser contraproducente para la clase obrera en su conjunto.

Con astucia suficiente como para no decir que la lucha del subte estuvo mal, Astarita trata de neutralizar su efecto multiplicador al apuntar que se trata de una excepción dada por el carácter insalubre del trabajo. Pero, ¿qué trabajo capitalista no lo es? De hecho, los reclamos que ya se levantaron se fundamentan sobre esta base, tal como sucede con los empleados del Garraham o los telefónicos que apelaron con éxito a la figura del “trabajo agotador”.2 Si el caso del subte estaba justificado, todos los demás lo están.

Rolando Astarita, desmerecía a los partidos que impulsaban estas luchas. Los acusaba de actuar como socialistas utópicos por defender consignas que, según él, no podían obtenerse, y por lanzarse a la acción sin un estudio científico de la realidad. Como veremos, llega a estas conclusiones a partir de un análisis plagado de errores y de una superficial lectura del caso francés. Estos yerros están inducidos por un fuerte prejuicio pesimista. Astarita, que parece tener siempre una buena razón para oponerse a la huelga,3 termina repitiendo con un lenguaje marxistoide los mensajes difundidos por el gobierno.

¿Cómo se establece cuántas horas debemos de trabajar?

Rolando Astarita señala que la jornada laboral es un acuerdo mercantil entre los obreros y los empresarios. Mediante esta estipulación, el empresario adquiere derecho a usar la fuerza de trabajo por un determinado tiempo. Una vez establecido ese tiempo tratará que esas horas le rindan lo más posible. En la lógica de este intercambio aparece inscripto el derecho por parte del patrón a aumentar la productividad del trabajo.

Lo que Astarita parece olvidar es que este mayor rendimiento del trabajo, este aumento de la productividad logrado principalmente mediante la incorporación de tecnología, se constituye a su vez en un elemento determinante de la jornada de trabajo. El aumento de la productividad del trabajo es la base objetiva que brinda las condiciones de factibilidad a la reducción de la jornada. Si hoy podemos discutir la reducción de la jornada es porque el aumento de la productividad permite fabricar los mismos bienes en muchísimo menos tiempo. Esta es también la base para plantear al socialismo como una sociedad del tiempo libre.4

En la actualidad la jornada de seis horas (y de mucho menos también) es posible merced al aumento de la productividad del trabajo de los últimos cincuenta años. Este incremento la vuelve necesaria dado que la mayor productividad acelera el desgaste de la fuerza de trabajo.

Al igual que el aumento de salarios, tal como lo demuestra Marx al discutir con Proudhon5, la reducción de la jornada no tiene por qué repercutir en una suba de precios. El valor de un producto, reflejado en el precio, no se conforma sólo por el valor fuerza de trabajo más el de las materias primas y las condiciones de producción, sino que incluye la ganancia capitalista. Por lo tanto, un aumento del salario puede repercutir en una disminución de la ganancia y no en un aumento de precios.

Astarita reconoce esta posibilidad, pero considera que esto implica una modificación radical del valor de la fuerza de trabajo que la clase obrera argentina hoy no podría conseguir. Parece olvidar cómo la ganancia empresaria se ha triplicado desde la devaluación y que una lucha de este tipo no implicaría situar el valor de la fuerza de trabajo en un nuevo nivel histórico, sino simplemente recuperar lo que teníamos hace unos pocos años. Hay margen entonces para aumentar salarios y reducir la jornada sin generar inflación. Pero las tribulaciones pesimistas no tienen fin: Astarita señala que, si reduce la ganancia, bajará la inversión y habrá más desempleo. Ya queda claro, que no habría motivos reales para que se redujeran las inversiones o aumentaran los precios. Pero Astarita temeroso nos llama a no despertar la ira vengativa de su divinidad, la omnipotente burguesía.

El desempleo

Astarita plantea que la reducción de la jornada no disminuirá el desempleo porque éste depende del desarrollo tecnológico. Astarita parece incapaz de reconocer junto a esta determinación principal, otras secundarias, de comprender que el número de desempleados tiene a la tecnología como determinante principal, pero no exclusivo. El número de la población y la duración de la jornada laboral van a incidir también en el resultado. Esto lo sabe bien la burguesía, que cuando necesitó en los sesenta aumentar el desempleo para bajar los salarios, descartó las explicaciones monocausales y decidió enfrentar el problema por todos los flancos. En primer lugar, por supuesto, incrementó la mecanización. Pero no descartó otras estrategias como estimular el crecimiento poblacional impulsando un alza de los nacimientos conocida luego como baby boom y, más práctico a corto plazo, abrió el mercado de trabajo a las mujeres y las fronteras a los inmigrantes.

No sólo Astarita brinda explicaciones equivocadas por su estrechez monocausal, sino que no observa la realidad que podría ayudarlo a salir de su error. El caso de Metrovías podría haberlo ayudado a comprender que la burguesía no es invencible. Ya antes de la reducción de la jornada y frente a la combatividad que mostraban los trabajadores, la empresa buscó reducir los costos laborales prescindiendo de personal mediante la incorporación de máquinas expendedoras. Los trabajadores frenaron esta tentativa. Lo que dice Rolando Astarita tiene una parte de verdad, si aumentan salarios la burguesía procurará subir los precios; si aumentasen salarios o se redujera la jornada, probará emplear menos obreros mecanizando la producción o terciarizándola. Astarita desde su derrotismo -y contra toda evidencia- supone que los empresarios siempre van a ganar.

En virtud de ello nos recomienda no luchar por ninguna mejora porque sólo lograremos enfurecerla. Sin embargo, es mentira que la burguesía obtenga siempre todo lo que se propone. Metrovías intentó todas las estrategias recién mencionadas sin lograr imponer ninguna.

Es desde ese mismo derrotismo que Rolando Astarita se detiene abatido frente a cada obstáculo que la realidad plantea. Así señala que si queremos reducir la jornada habría que oponerse a que los obreros hagan horas extras. Lógico. Otra dificultad que señala es la necesidad de aumentar los salarios para que las personas puedan vivir de un sólo trabajo sin hacer horas extras. Por supuesto, ¿o acaso él mismo no se dio cuenta que los gremios que encabezan el reclamo de las 6 horas dirigen también la lucha por la recomposición salarial? ¿No notó tampoco que esos mismos sindicatos son los que combaten la terciarización? ¿Ignora acaso que estas políticas son impulsadas por los mismos partidos que él acusa de utópicos por no considerar ninguno de estos problemas? Sucede que los partidos de izquierda han decidido encararlos no en la forma abstracta en que lo hace Astarita, que busca soluciones en su cabeza, sino solucionándolos en la realidad.

El caso francés

Astarita considera que el caso francés es una prueba de que la reducción de la jornada resulta contraproducente. Señala que esta medida se transformó en un caballo de Troya, que permitió el avance de la flexibilidad. Subraya, además, que esto ocurrió en Francia, donde la tradición de izquierda sería más fuerte, dejando entender que si a ellos les fue así en Argentina podría ser peor. Cuando alude a “una mayor tradición de izquierda” se refiere al peso de distintas corrientes socialdemócratas. Es decir, se trata de partidos que no buscan destruir el capitalismo, sino reformarlo. Al aceptar el capitalismo y proteger su buen funcionamiento terminan por defender al capital y plantear la necesidad de un nivel “razonable” de ganancias, de evitar un alza “excesiva” de los salarios. Claramente defienden los intereses de la burguesía como se ve en la oleada de gobiernos socialdemócratas que aplicaron el ajuste en sus respectivos países.6 Fue una coalición de estos partidos, bajo el gobierno de Jospin, la que impulsó la ley de 35 horas que generó más flexibilidad. Pero lo hizo no por un efecto no buscado, por una consecuencia no medida de los obreros que inconscientemente se lanzaron a la lucha. Todo lo contrario, trajo más flexibilidad porque ése era el verdadero objetivo que se había propuesto el gobierno de “socialismo amplio”.

De este modo, el panorama es justamente el opuesto del que nos plantea Astarita. No hay en Francia una izquierda fuerte que impulse realmente la reducción de la jornada y que a despecho de sus propias expectativas se encuentre luego con un resultado que no esperaba, con un caballo de Troya. En Francia hay una fuerte corriente socialdemócrata que, precisamente, por su carácter reformista defiende los intereses del capital y promueve activamente, mediante la ley de 35 horas, la flexibilización laboral. Que la flexibilización es uno de los objetivos de la reforma queda demostrado en el modo en que se computa la jornada, en forma anualizada y no por su duración efectiva en el día a día. El empresario no necesitaba respetar el límite de las 35 horas en cada jornada, sólo debía hacerlo en el promedio anual. Esto permite, por supuesto flexibilizar horarios, extender el trabajo cuando lo necesitara. Al mismo tiempo la nueva ley permitía 130 horas extras anuales cuyo costo reducía. A partir de la reforma el plus por horas extras baja de un 25% a tan sólo un 10%. Es decir, abarata el costo de las horas extras y promueve así su empleo.

Las grandes empresas logran compensar fácilmente la reducción horaria –además de por los subsidios que recibieron del Estado- por un aumento de la productividad. Las más chicas, las que empleaban a menos de 20 obreros tuvieron un plazo de dos años a partir de la sanción de la ley en el 2000 para adecuarse a ella. No es extraño que, sobre el final de este plazo, las presiones para modificarla aumentasen. Efectivamente, en el 2002, y a pesar de gigantescas manifestaciones en contra, la fuerte presión patronal hace votar una reforma. Ésta mantiene nominalmente la jornada de 35 horas, pero aumenta las horas extras permitidas sin franco compensatorio de 180 a 220, reestableciendo de hecho las 39 horas semanales.

La fuerte oposición patronal refleja, no lo avanzado del proyecto, sino el estancamiento del capitalismo galo que no logra aumentar la productividad y beneficiarse de una ley que estaba hecha a su medida. Esto es particularmente cierto en el caso de las pymes. El caso francés también muestra que los trabajadores están dispuestos a luchar por reducir la jornada, en vez de aceptar la alternativa individualista de trabajar más y resolver así sus problemas salariales. Quienes querían reformar la ley hicieron campaña con la consigna “dejar que el que quiera pueda trabajar más para ganar más” a lo que 500.000 obreros que salieron a la calle respondieron “aumentar los salarios, no los horarios”. Esto debería hacer tambalear el pesimismo de Astarita que parece detenerse apesadumbrado ante el hecho de que muchos trabajadores realicen horas suplementarias.

La solidaridad obrera y la conciencia de clase y la propia experiencia de los días perdidos en el trabajo, restados al ocio, la familia, la cultura vuelcan la simpatía de la clase obrera a favor de reducción de la jornada. El problema es quién orienta esa simpatía y hacia dónde. Hay una escena del film Recursos Humanos donde el gerente participa del diseño de una encuesta que piensa realizar a sus obreros. Sugiere la pregunta “¿35 horas para qué?” Y como primera opción coloca “para combatir el desempleo”, tras lo cual comenta satisfecho: “eso les va a gustar”. En el film resulta claro cómo es la empresa quien intenta dirigir esa simpatía hacia sus propios fines. La socialdemocracia francesa hizo lo mismo: intentó ganar apoyo con una medida que en realidad terminaría beneficiando a las grandes empresas. La lección que el caso francés deja es la importancia de dirigir la campaña por la reducción de la jornada por los intereses independientes de la clase obrera y por organizaciones consecuentes a ellos.


Notas

1 Ver el documento de trabajo de Rolando Astarita: “La consigna de las seis horas y la desocupación” en http://ar.geocities.com/rolandoastarita/pagina_nueva_8.htm

2 Se ha pactado la reducción a 7 horas de la jornada de operadores telefónicos. La misma tiene lugar en forma escalonada media hora menos este año, para pasar a una hora menos desde el 2007. Antes de firmarse este acuerdo había trascendido la preocupación del gobierno que no deseaba sentar antecedentes sobre reducción de la jornada con aumento salarial.

3 Por ejemplo, se opuso en varias ocasiones a la huelga de docentes universitarios

4 Recomendamos al lector dos libros sobre este tema, La cajita infeliz y Contra la cultura del trabajo, ambos de Eduardo Sartelli.

5 Karl Marx: Miseria de la filosofía, ediciones varias.

6 A nuestro juicio la socialdemocracia no puede, seriamente, considerarse una corriente de izquierda revolucionaria. Ver “Qué es la izquierda”, en Razón y Revolución n° 5, que puede leerse en www.razonyrevolucion.org.ar.

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