Socialismo o liberación nacional. Una respuesta al PTS sobre el caso Malvinas

a66fabianptsFabián Harari
Laboratorio de Análisis Político

¿Leyó nuestra posición sobre Malvinas? Pues bien, a partir de lo que hemos escrito, se ha desatado toda una serie de polémicas. Aquí, le respondemos a los compañeros del PTS. El nacionalismo, el imperialismo y la Revolución de Mayo son los problemas a debatir.

Nuestra posición sobre la cuestión Malvinas, explicada en varios lugares, ha desatado una serie de críticas que van desde el kirchnerismo al PTS. Todas, sin embargo, tienen una matriz común: la defensa del nacionalismo. Vamos a privilegiar la respuesta al PTS, porque expresa en forma más transparente los vínculos entre el llamado “antiimperialismo” y el programa burgués1. Por razones de espacio, nos concentraremos en el núcleo duro de la posición de los compañeros: la opresión imperialista.

Volver a 1810…

Gran parte de las ideas que sustentan el programa del PTS, y del trotskismo en general, se basan en una determinada evaluación de la revolución burguesa en el país. Según esta corriente, aquella no se habría completado y, por lo tanto, quedan sus tareas aún pendientes. Ante todo, es necesario ponerse de acuerdo a qué nos referimos con  “tareas burguesas”. Los compañeros deciden realizar una distinción entre autodeterminación nacional y revolución burguesa. Para eso citan a Lenin. Pues bien, en ningún momento nosotros reducimos la revolución burguesa a la secesión política. Como ya explicamos más de una vez (y los compañeros harían bien en leer nuestros libros) la revolución es un proceso que no culmina con la independencia, sino que se extiende en el siglo XIX y se cierra hacia 1880, ya que abarca las tareas de unificación nacional, unificación económica, extensión del capital y eliminación de relaciones precapitalistas.
La burguesía, para consolidar su dominio requiere, tal como explicamos, “la constitución de un Estado nacional, la hegemonía burguesa y la unificación económica y mercantil en una economía plenamente capitalista”2. Es decir, el dominio político sobre el resto de las clases y la instauración plena del sistema social que esa clase porta. Para los compañeros, en cambio, la revolución implica “mucho más”. Sin embargo, cuando enumeran los objetivos, reiteran, salvo por un elemento, la misma idea:

“el pleno desarrollo del capitalismo en el campo, la eliminación de los resabios pre-capitalistas, los privilegios, el desarrollo industrial, la plena independencia no sólo formal (como un estado sólo formalmente independiente, como las ex-colonias latinoamericanas) sino real de todos los lazos económicos y políticos que ponían trabas al desarrollo económico independiente de la nación”

En ese último elemento podemos ver la causa de la confusión: los “lazos económicos y políticos” que trabarían el desarrollo capitalista. El PTS cree que antes que el socialismo, la tarea del momento es liberar a la Argentina de las trabas que impiden la acumulación de capital nacional. Es decir, hay que darle un impulso a los patrones argentinos, aunque ellos sean lo suficientemente cobardes para dar el primer paso.
Si se detuvieran a estudiar la historia argentina, antes que recitar el Programa de Transición, podrían apreciar que la Revolución de Mayo barrió al Estado feudal que garantizaba la dominación colonial y la transferencia de valor por la vía extraeconómica. En todo caso, todavía estamos esperando que nos demuestren ese “lazo” en términos empíricos. Dicho en forma prosaica: deben mostrar alguna prueba tangible.
El reclamo de “independencia económica” es una consigna histórica del peronismo. Es la estrategia de los capitales más chicos y expresa una utopía burguesa liberal. ¿Qué significa, en concreto, esa reivindicación? Ningún desarrollo es independiente, por la sencilla razón de que, bajo el capitalismo, las relaciones sociales se desenvuelven dentro de un mercado mundial, donde rige la competencia. En ese contexto, los capitales más chicos (como los argentinos) tienen más dificultades para reproducirse y tienden a ceder plusvalía. Pero también, ese mercado mundial permite a la burguesía argentina hacerse con una masa de renta agraria, que pagan los países centrales (quienes, según el PTS, perderían “independencia”). En realidad, lo que se oculta detrás de esta idea es lisa y llanamente el proteccionismo para la industria nacional, la única forma de que burgueses menos competitivos puedan atenuar, o incluso suspender por un tiempo, los efectos de la competencia. Claro que eso no es gratuito: lo tiene que soportar la clase obrera, ya sea pagando más caros los artículos nacionales, cediendo sus impuestos para subsidios o viendo cómo se usa la renta y/o la plusvalía generada por ella para subvencionar a sus patrones. El programa de “independencia económica” es el que ha sostenido históricamente la Unión Industrial Argentina y, con más vehemencia actualmente, la CGE y la CGRA.
Decimos que es una utopía liberal, porque supone individuos atomizados que se relacionan sólo comercialmente en el marco de la llamada “competencia perfecta”. En esa trama, cada agente económico puede desarrollarse independientemente del otro y sólo parece depender de sí mismo, salvo que alguien interfiera. Ese “alguien” puede ser el Estado (para la derecha) o el “imperialismo” (para el nacionalismo).
Lo que se oculta, detrás de esto, es la hipótesis de que sólo puede señalarse a una revolución burguesa triunfante allí donde el proceso dio lugar a la formación de una gran potencia. Si esto fuese realmente así, la única burguesía realmente revolucionaria habría sido la inglesa y, luego, la yanqui. Incluso, la alemana (tan denostada por Marx) se habría comportado más valientemente que la francesa, visto el tamaño y la incidencia de una y otra economía. Esto es porque confunden la tarea revolucionaria de instaurar un nuevo sistema con el tamaño que tiene una determinada economía. Le atribuyen a la política la capacidad para revertir cualquier determinación material. No dejamos de ser potencia porque Saavedra fue menos arrojado o menos burgués que Washington, sino porque los puntos de partida eran diferentes. Por ejemplo (y ya lo explicamos varias veces), para 1776, en las 13 colonias vivían 3 millones de habitantes comunicados por la vía marítima, mientras, en todo el Virreinato (incluyendo el Alto Perú, Paraguay y la Banda Oriental), en 1778, vivían 220.000 personas desperdigadas en un territorio con pocas vías de comunicación. Lo mismo vale para hoy día: la revolución socialista no va a transformar a la Argentina en ninguna gran potencia. El verdadero salto requiere de la revolución mundial.

El enemigo principal

El PTS ha confesado su programa: “El principal obstáculo a la revolución socialista en Argentina es el imperialismo en general”. En cambio, la burguesía nacional es una clase “semi-oprimida”. Más allá de que no se comprende qué significa “semi” (si hay opresión, más allá del grado, es una clase oprimida), la conclusión es clara: el enfrentamiento central no debe ser con la burguesía nacional, ni siquiera con la burguesía de Brasil o Chile, sino con los capitales de los países centrales. Si el enemigo no es la burguesía en general, sino el “imperialismo” en particular, el PTS debiera abstenerse de apoyar las huelgas a empresarios nacionales, ya que esas acciones los debilitan frente a la competencia “imperialista” y, por lo tanto, desarrolla contradicciones secundarias (de clase) en detrimento de las principales (nacionales). Con ese criterio, tampoco tendría que apoyar acciones sindicales contra empresas brasileñas o chilenas.
¿Cómo describe la “opresión imperialista” el PTS? Mediante tres mecanismos: la remisión de ganancias al exterior de las empresas extranjeras, la deuda externa y las reglas comerciales. Sobre el primero, no hay mucho para decir: se trata de un mecanismo por el cual los capitales fluyen hacia destinos más rentables. Pero esa “fuga” no es un comportamiento exclusivo del capital “imperialista”, sino de cualquier capital local, incluso la pequeño burguesía suele utilizar el mecanismo de colocar sus ahorros en bancos extranjeros. No hay opresión, son las leyes del capital.
Con respecto a la deuda externa, ya lo explicamos: se trata de un mecanismo de compensación ante la menor productividad con la que se opera en la Argentina. Es decir, lejos de ser un mecanismo de opresión, es una forma por la cual la burguesía nacional logra sobrevivir (a costa de la clase obrera argentina y extranjera). Con respecto a las reglas comerciales, cada Estado tiene el peso mundial que su economía le permite y no al revés. No hay ninguna regla comercial que pueda explicar el poco desarrollo del capital nacional en la mayoría de las ramas, así como la preponderancia argentina en el agro o en tubos sin costura no se explica por la voluntad política.
El punto máximo de concesiones al programa burgués aparece en su defensa del parlamentarismo. El PTS nos pregunta: “¿Para RyR es ‘normal’ que, desde un punto de vista puramente burgués, el presupuesto argentino se discuta verdaderamente no en el Congreso, sino en el FMI o el Club de París?”. Sí, es normal que en un Estado burgués, los problemas fundamentales se discutan en los organismos de la burguesía. Lo contrario es creer que el Congreso representa a “todos los argentinos” y, por lo tanto, debieran escuchar a todas las clases por igual.
Ahora bien, si con ello el PTS se refiere a que el Congreso es un simple despacho del “imperialismo” en el cual la burguesía nacional nada tiene para decir, también se equivocan. En primer lugar, las decisiones del Congreso se dan en el marco de una serie de disputas entre las diferentes capas y fracciones de la burguesía. Estas divisiones son más importantes, a la hora de negociar beneficios, que la nacionalidad. La burguesía agraria (nacional y extranjera) pide la baja de las retenciones. La burguesía industrial (nacional y extranjera) pide subsidios. A su vez, las empresas más grandes enfrentan a las chicas.
Cuando una burguesía se encuentra debilitada y necesita créditos, es lógico que el FMI comience su intromisión. Con ese criterio, Italia y España serían países semicoloniales, porque su política está dictada por el Banco Central Europeo. Sólo EE.UU. y Alemania escaparían de esta caracterización. Inversamente, desde el 2002 hasta el 2005, la Argentina se encontraba en default y, por lo tanto, el FMI no auditó las cuentas. Hasta 2010, el FMI no pudo enviar funcionarios a evaluar el curso de la economía local. Ese año, se permitió que una delegación ingresara para fiscalizar los índices de precios. Como sabemos, la adulteración de estos datos permite al país pagar menos deuda. A pesar de las críticas, hasta ahora nada cambió. Por lo tanto, puede decirse que el kirchnerismo cumplió con los anhelos nacionales de los compañeros.
En definitiva, el PTS reproduce, en forma más cruda (y por ello más sincera), los problemas del trotskismo argentino para delimitarse del programa de liberación nacional, levantado por FORJA, Montoneros y, en la actualidad, por Pino Solanas o Patria Libre. Se trata, en última instancia, de la defensa de capitales más ineficientes, que pugnan (ellos sí) por privilegios políticos que tenemos que pagar todos. Y es tan o más preocupante que todo esto se sostenga sin ninguna evidencia que lo respalde.

Notas:

1 Las críticas del PTS pueden consultarse en http://www.ips.org.ar/?p=4999 y http://www.ips.org.ar/?p=4905.
2 En nuestro prólogo a La izquierda y Malvinas, Ediciones ryr, Buenos Aires, 2012, p.  18.

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