¿Por qué perdimos? Un debate abierto

 

Romina Urones

 

 

 

En carreras como las de Historia o Sociología no es común encontrar profesores o espacios que nos permitan debatir abiertamente. Más bien observamos una actitud que tiende a mostrarnos que la realidad puede interpretarse de diferentes formas, pero la versión de la historiografía socialdemócrata (Hilda Sabato, Luis Alberto Romero, Beatriz Sarlo) es la más aceptada y defendida en el ámbito académico. Y esta versión parece ser “la verdad” digna de ser reproducida. Con lo cual, cualquier enfoque que cuestione esta matriz de pensamiento (por excelencia el marxismo), se verá restringido y censurado.

En este sentido, Razón y Revolución reivindica el debate de ideas en todos los ámbitos posibles y denuncia la ausencia sistemática de crítica tanto en las carreras, como en las jornadas y congresos supuestamente convocados al efecto. Un ejemplo de esto último, lo presenciamos hace apenas unos días en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, en las II º Jornadas de Trabajo sobre “Historia Reciente”, organizadas por el Departamento de Historia, el CeHO y el CEDINCI (Villarruel, Pozzi y Tarcus, respectivamente) donde los coordinadores obstaculizaron y rehuyeron el debate en forma permanente y hasta grosera, llegándose a la falta de respeto de levantarse mesas sin que el público pudiera preguntar.

Frente a esto no podemos hacer más que comenzar saludando el debate que se generó a partir de nuestro artículo “¿Por qué perdimos?”, publicado en RyR nº 12, el cual, abre una serie de discusiones con la socióloga Inés Izaguirre y su equipo de trabajo, en torno al contenido de nuestra investigación.

 

¿Qué estamos investigando?

 

En el Grupo de Investigación de la Lucha de Clases en los ´70, buscamos encontrar una respuesta al problema ¿Por qué perdimos? desde el análisis de la composición de clase que tenían las fuerzas que se enfrentaron en los ´70. Actualmente sólo tomamos la composición de la fuerza revolucionaria, dejando para una etapa posterior el análisis de la composición de clase de la fuerza contrarrevolucionaria.

Ahora bien, cuando decimos “análisis de la composición de clase de la fuerza revolucionaria” nos estamos refiriendo a dos aspectos. En primer lugar la calidad de la fuerza, es decir qué clases componen la alianza social revolucionaria. En tanto entendemos que no es igual una fuerza compuesta mayoritariamente por pequeña burguesía, que una compuesta mayoritariamente por clase obrera. Y el  segundo aspecto es la cantidad, el alcance de la fuerza, las dimensiones proporcionales que tuvo dicha fuerza social.

 

¿Cómo estamos investigando?

 

Para observar los aspectos mencionados anteriormente acerca de la composición de clase de la fuerza derrotada, necesitamos recurrir a las listas de desaparecidos denunciados, las cuales nos permitirán ver esta composición social, aunque más no sea en la forma de “desaparición física” y teniendo en cuenta que no es esta la única forma de destruir a una fuerza social. Por lo tanto entendemos que el análisis de las listas no representa el análisis de la totalidad de la fuerza, sino el de “una” de las formas de baja en las que se manifiesta la derrota.

En cuanto al traslado de categorías ocupacionales de los desaparecidos a categorías de clase, nosotros tomamos como base, al comienzo de nuestra investigación, el trabajo de Inés Izaguirre[1]. Izaguirre elabora un cuadro en el cual convierte en categorías de clase social a los grupos ocupacionales que aparecen en la PEA; de la misma forma muestra cómo los datos proporcionales de la Población Económicamente Activa, en 1970, coinciden con los datos proporcionales de desaparecidos denunciados. Así llega a la conclusión de que en la sociedad existía, aproximadamente, un 67% de población perteneciente a la clase obrera y el resto de las fracciones burguesas contaban con un 22%. Las bajas de desaparecidos parecen tener la misma representación. Mirando en detalle, sin embargo, saltan a la luz una serie de problemas que cuestionan sus conclusiones. En efecto, Izaguirre llega a esa conclusión sumando a todos los asalariados. Así, la “fracción asalariada con condición de vida obrera” y la “fracción asalariada con condición de vida pequeño burguesa” pasan a ser directamente obreros, aunque es obvio que en la segunda categoría no todos lo son, por la sencilla razón de que no todos los “asalariados” son “obreros” y más si se especifica que tienen condiciones de vida de pequeña burguesía.

Ahora si nuestra interpretación es correcta las proporciones de desaparecidos cambian pues aproximadamente tendríamos un 50% de clase obrera y casi un 45% de pequeña burguesía. Frente a esto planteamos la hipótesis de que la pequeña burguesía se encuentra sobre-representada en los registros de desaparecidos denunciados. Y de aquí surgen tres hipótesis más, a saber: 1. La pequeña burguesía está sobre-representada en las listas pero no en la fuerza social, con lo cual existe gran cantidad de miembros de la clase obrera que no están contabilizados; 2. La pequeña burguesía está sobre-representada en las listas y en la fuerza social revolucionaria, la cual es mayoritariamente pequeño burguesa; 3. Las bajas en forma de “desaparición” recaen principalmente en los cuadros de la pequeña burguesía y las bajas entre la clase obrera no se manifiestan en forma de “desaparecidos” sino en forma de “detenidos”, “desmoralizados”, etc…

Por otro lado nos encontramos con que existe un porcentaje considerable de desaparecidos, que Izaguirre no contabiliza por ser “no activos”. Es decir, no reproducen su existencia a través del trabajo. De aquí que sectores como amas de casa, jubilados y estudiantes no pertenecen a ninguna clase social por la sencilla razón de que no trabajan, lo que hace aún más endebles sus conclusiones. Problema que se reproduce en otro trabajo de Pablo Bonavena, investigador del equipo de Izaguirre, que comprueba que casi la mitad de los estudiantes desaparecidos no trabajan al momento del secuestro y por esta razón no los incluye en ninguna clase social. Si los incluimos en la cuenta, dada su más que probable extracción pequeño-burguesa, el peso de la pequeña burguesía en la fuerza social revolucionaria se incrementa aún más.

 

¿Qué queremos demostrar?

 

Hasta aquí entonces, la hipótesis que sostiene que la clase obrera no habría estado presente en forma dominante en la fuerza revolucionaria, demuestra que merece ser explorada. La pregunta aquí es ¿por qué la clase obrera de la década del ´70 no se apropió de una estrategia verdaderamente revolucionaria? Y este es un problema que Razón y Revolución aborda desde otros de grupos de investigación, dado que entendemos que la explicación a la derrota proviene del análisis de distintos niveles de la vida social. Pero en esta explicación también encontramos un punto de conflicto con Izaguirre y su equipo de investigación, quienes creen que la respuesta a la pregunta por la derrota ya fue dada por Juan Carlos Marín. Marín señala, en los Los hechos armados, que “la” debilidad estratégica de la fuerza revolucionaria fue su “inferioridad subjetiva””. Pero, en realidad, decir que faltó el partido (esto es, en última instancia, lo que se está diciendo) no hace más que trasladar la pregunta: ¿por qué faltó el partido? O lo que es lo mismo, ¿por qué los partidos revolucionarios no lograron encarnar en la clase obrera? A nuestro juicio, aún queda mucho por decir y por esta razón no podemos hacer más que celebrar el debate abierto en torno a esta cuestión.

Resta mencionar que este artículo es un breve adelanto del que publicamos en RyR nº 13 como respuesta a la crítica de Izaguirre y equipo, también incluido en el mismo número de la revista. Y la idea es continuar con este debate en nuestras IV Jornadas de Investigación Histórico-social de Razón y Revolución, las cuales se llevarán a cabo el 24 y 25 de septiembre en la Facultad de Filosofía y Letras. En esta ocasión tendremos la oportunidad de debatir abiertamente sobre este tema con Inés Izaguirre, Pablo Bonavena, Beba Balvé y Hernán Invernizzi, quienes han comprometido su participación en esta mesa.

1Izaguirre, Inés: Los desaparecidos: recuperación de una identidad expropiada, CEAL, Bs. As., 1994.

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