La fiesta de los dueños del lugar – Juan Flores

Imagen9-FloresHistoriaBurguesía y clase obrera frente al Bicentenario de la Independencia

 La Independencia, con sus límites, fue en esencia un paso necesario para la experiencia nacional llamada República Argentina. Dicho de otra forma: parte del proceso por el cual la burguesía se transformó en clase dominante. Esa clase nos dirige hace 200 años. En vista de los resultados, es hora de que el bastón pase de mando.

Juan Flores

CEICS – GIRB

 


Hace unos años, el Bicentenario de la Revolución de Mayo fue motivo de mucha discusión y festejo. En el Bicentenario pasado (2010), el kirchnerismo -entre bombos y platillos- aprovechó la efeméride para proclamarse heredero de los más importantes revolucionarios de 1810 y agitar una cortina de humo tras la que se escondía un número elevado de pobreza (oficial y encubierta), precariedad y desvalorización salarial. Este año, pese a que los festejos prometen ser “austeros”, es seguro que el macrismo no dejará pasar la oportunidad para proclamar la defensa de la República y la Nación, o sea, de la dominación burguesa.1 En su agenda cultural, el plantel de historiadores elegido no difiere demasiado del kirchnerista. En este contexto, se vuelve fundamental entender el proceso histórico, identificar con claridad las ideas burguesas y trazar un plan de intervención cultural.

Relatos

Uno de los mayores mitos del gobierno saliente fue su supuesta filiación revisionista y una pretendida oposición a la “historia oficial”. La creación del Instituto Dorrego en el 2011 invitó a muchos a suponer que el kirchnerismo estaba creando su propio “relato” historiográfico. Con el tiempo, la irrelevancia de sus producciones y su insignificante inserción en el Estado volvieron a este aparato un elemento inútil. Tras veinte días en el poder, el macrismo disolvió el Instituto y ninguno de sus figurones protestó demasiado. Toda una muestra de lo poco que estaba en juego.

En los hechos, el kirchnerismo no combatió la historiografía “académica”. Por el contrario, la puso bajo su órbita y la financió con una enorme cantidad de recursos. Así, los ganadores de esta década en términos de la disciplina histórica terminaron siendo los mismos que han venido ocupando los resortes más importantes del área científico-técnica del Estado, y que desembarcaron en las Universidades e Institutos históricos en 1983, entablando una fuerte cruzada reaccionaria contra el marxismo. Ello se expresó en su poder de veto y censura macartista ejercido desde organismos públicos. También dispusieron del monopolio de los diseños curriculares y contenidos escolares.

El cambio de gobierno no representó viraje alguno. El propio Gabriel Di Meglio –junto con Raúl Fradkin y otros- sigue dominando la agenda histórica desde el Museo del Cabildo de Buenos Aires.2 Incluso sigue al frente del Canal Encuentro. También seguirán a la cabeza de los principales institutos y universidades. Formarán parte de las comisiones evaluadoras de cualquier proyecto de investigación que reclame algún mínimo financiamiento de un organismo público.

Ahora bien, ¿qué sostienen estos historiadores y por qué son compatibles tanto con el kirchnerismo como con el macrismo? Para la Academia, no hubo aquí ninguna Revolución ni fuerzas sociales (ni intereses materiales) en disputa. En su lugar, todo se redujo a un cambio en la “legitimidad” discursiva del poder político, ante un vacío de poder provocado por las invasiones napoleónicas en España. Ni siquiera hubo revolucionarios: nadie sabía qué hacer ni para qué. Los proyectos y partidos políticos fueron degradados al título de “facciones” y los revolucionarios convertidos en carreristas.3 Incluso la Declaración de Independencia fue presentada como espacio de discusión en torno a la “legitimidad” y los significados de conceptos como el de nación.4 La guerra independentista no tenía objetivos claros: se peleaba por sobrevivir en un contexto de barbarización y ante la intransigencia peninsular.

En definitiva, el “relato” socialdemócrata, devenido en posmoderno o liberal, trabaja con la negación de los antagonismos de clase, de la conciencia revolucionaria, de la organización política para tomar el poder y, sobre todo, la continuidad, durante 200 años, de la burguesía nacional como responsable de los destinos del país.

Esperando al Mesías

Para este tipo de eventos, el trotskismo demostró no estar a la altura de las circunstancias, interviniendo tardía, religiosa e improvisadamente. Aunque con un análisis más riguroso en el caso del PCR, la izquierda se mueve en una misma franja programática: ya sea para llamar a una alianza con la burguesía nacional (PCR), como para justificar la vigencia de la revolución permanente (PO-PTS), la conclusión general es que la Argentina adolece de tareas burguesas incompletas.

En el caso del PO, su método ajeno a la ciencia lo llevó a reproducir total o parcialmente las hipótesis del nacionalismo (revisionismo, peronismo, maoísmo), con la gravedad de haber incurrido en numerosos y groseros errores fácticos.5 Los autores en cuestión caracterizaban (mal) una revolución abortada por una alianza antidemocrática y centralista que ahogaría las experiencias más “radicales” de Mayo (artiguismo, morenismo). En ese contexto, el 9 de Julio de 1816 marcaba la “clausura” del proceso iniciado en 1810, retomando –sin citar- las ideas de Rodolfo Puigróss. El Congreso no implicaba ningún elemento progresivo: tan sólo fue una farsa que, en sesiones secretas y con “diputruchos” porteños, declaraba la independencia, mientras la diplomacia ofrecía el trono al mejor postor europeo y la política del Directorio entregaba la Banda Oriental a Portugal. De ese modo, difícilmente pudieran explicar el esfuerzo financiero en crear los ejércitos “libertadores”, lo cual constituyó un punto clave en la resolución del problema contrarrevolucionario. Asimismo, no había una comprensión real de las estrategias diplomáticas ni de los problemas a resolver en el período.

Dentro de la izquierda, la Academia supo cosechar un aliado inesperado: el PTS que, no conforme con la cita religiosa a Milcíades Peña, adoptó acríticamente al propio Halperin para machacar con la idea de que no hubo aquí ninguna revolución en juego.6 Apenas se trataría de una “revolución política”, es decir, una búsqueda de mayor autonomía de los criollos ante el “vacío de poder” y la ruptura de un “pacto colonial”. Así, la Independencia se “retrasaba” de 1810 a 1816 por la intransigencia española en conceder la “autonomía” que reclamaban los criollos, más que por la existencia de un proyecto independentista.

El PCR brindó algunas obras más documentadas sobre el proceso, pero adolecen de un obstáculo epistemológico: el nacionalismo. La caracterización de una “revolución anticolonial” que reemplazaba una clase feudal colonialista por una de terratenientes aristócratas “feudales” criollos no logra sostenerse.7 Al igual que el trotskismo, el maoísmo cree que es necesario reeditar las tareas de la revolución burguesa.

¿Qué ocurrió el 9 de julio de 1816?

El Congreso de Tucumán (que, en realidad, solo sesionó allí un año) no fue un espacio llamado para debatir ideas abstractas en torno al concepto de “nación” o al establecimiento de un poder “legítimo”. Tampoco fue una “farsa” que acabó con la Revolución. Fue la reunión de dirigentes para debatir cómo continuar desplegando las tareas revolucionarias en varios frentes, y en un contexto adverso. Dicho de otro modo: estaba en juego el curso de una revolución burguesa. Si esa revolución cumplió sus tareas, se debe, en parte, a los objetivos tarea que se trazaron allí. Ese congreso fue, además, un elemento de referencia para los constructores del siglo XIX. No obstante, esa asamblea constituyente dejó varios asuntos pendientes, producto de sus propias limitaciones, que sólo pudieron cerrarse más adelante. Pero vayamos por partes.

En primer lugar, ¿por qué se llamó a un Congreso Constituyente? En 1814, el escenario europeo era sacudido por la derrota napoleónica y la configuración de la Santa Alianza. Fernando VII retornaba al poder, mientras Gran Bretaña y España firmaban un Tratado de Amistad y Alianza. El monarca repuesto comenzó a preparar la contrarrevolución: a fines de 1814, envió una partida a cargo de Pablo Morillo a Cartagena, con resultados sumamente exitosos. Chile y Venezuela fueron retomados por los realistas. En noviembre de 1815, el Ejército del Norte era derrotado en Sipe-Sipe. Buenos Aires resistía tambaleante. Para 1816, seguía especulándose con otra expedición al Río de la Plata, el único bastión rebelde en medio del avance de la contrarrevolución.

Es en este contexto que debemos comprender el intrincado juego diplomático. En enero de 1815, poco antes de dimitir, Posadas enviaría una delegación, compuesta por Belgrano y Rivadavia, a todas las Cortes posibles, (previo paso por Río de Janeiro, para negociar con Lord Strangford). Era preciso obtener la mediación de alguna nación poderosa, preferentemente Gran Bretaña. Aquella podía expresarse en forma de protección o envío de armas. Sin embargo, la alianza anglohispana implicaba un complejo problema: Gran Bretaña oscilaba entre respetarla (era un pilar de su hegemonía en Europa sobre Francia) y apoyar solapadamente a la Revolución (para cosechar los frutos comerciales de un eventual triunfo revolucionario). El resultado: numerosos comerciantes ingleses compraban materiales de guerra y los reenviaban a Buenos Aires, mientras Reino Unido prescindía de actuar “oficialmente” a favor o en contra.8

Otro importante objetivo diplomático era expresado en las Instrucciones del 19 de febrero de 1816 a Rivadavia: “neutralizar cualquier proyecto de expedición de la península con dirección a estas playas”.9 La receta sería la aplicación de maniobras distractivas, proponiendo a las Cortes todo aquello que fuera difícil de cumplir. Desde negociar con Carlos IV y su hijo, hasta garantizarle la Corona a Fernando VII, bajo una forma constitucional autónoma de las Provincias. Esto que los crédulos e ingenuos autores de izquierda llaman “inconsecuencia”, era en realidad, un auténtico subterfugio, producto del juego de mentiras que hacen a la naturaleza de la actividad diplomática burguesa. La respuesta peninsular, de hecho, fue lógica e inmediata: Rivadavia fue expulsado de Madrid.

Por otra parte, numerosos problemas internos resquebrajaban el poder de los Directorios. Entre ellos se hallaba el del artiguismo. Dos burguesías revolucionarias (la oriental y la de Buenos Aires) competían por la dirección del proceso, procurando erigir y dirigir alianzas estables a nivel regional. Para 1816, la situación continuaba siendo compleja: Artigas dirigía el Sistema de Los Pueblos Libres. En abril de 1816, Díaz Vélez (oficial del Ejército de Observación) que debía enfrentar al artiguismo en Santa Fe, terminó pactando con los dirigentes insurgentes, desmoronándose el directorio de Álvarez Thomas y creándose una verdadera crisis política en Buenos Aires. El asunto se complejizaba por la presencia portuguesa al otro lado de la Banda Oriental. Un potencial rival o aliado para cualquiera de las partes. El propio Artigas iniciaría el 4 de noviembre de 1814 gestiones con Souza, pidiendo auxilio para combatir a los porteños.10 También lo haría Buenos Aires, naturalmente. En definitiva, la competencia en el Río de la Plata expresaba los límites y alcances de los poderes revolucionarios. Su resolución se hallaba subordinada a la guerra y a la diplomacia.

Frente a estos problemas, el Congreso debía declarar la Independencia y sancionar una Constitución, sobre la base de la consolidación de alianzas regionales. Aunque se procuró abarcar todo el territorio, el Congreso no integró a todo lo que hoy es Argentina. A la ausencia de diputados de la Banda Oriental, debe agregarse la del Litoral (Entre Ríos, Santa Fe, Corrientes), que conformaban el Sistema de los Pueblos Libres. Por otra parte, se hallaba fuera del control criollo todo el sur de Buenos Aires, la Patagonia, Formosa y el Chaco, aunque sí concurrieron diputados de Charcas (hoy Sucre), Cochabamba y Mizque. El fuerte del congreso estaba en su alianza con las provincias de “arriba” (hoy Interior más el Alto Perú) frente a la oposición de las ganaderas del Litoral (ver mapa).

Ahora bien, ¿quién y por qué quería “independizarse”? Ello podemos responderlo si observamos quiénes componían el Congreso: hacendados, comerciantes y eclesiásticos –estos asociados a los dos primeros-. En efecto, el criterio fundamental para votar no era otro que el de detentar propiedad. Todos los congresales debían cumplir con este requisito, que no es otro que ser burgués. La independencia expresaba así un interés esencialmente de clase: poder ejercer la hegemonía en un espacio de acumulación capitalista. Para eso, había que evitar la intervención de burguesías extranjeras y combatir los intentos de las anteriores clases dominantes de recuperar su territorio. La Independencia implicaba así proclamar ante el mundo la existencia de un proyecto revolucionario con voluntad nacional. Ello, en los hechos, permitió hacer al descubierto lo mismo que realizaba hacía ya seis años bajo “el nombre de Fernando”: expropiar españoles y a la Iglesia, y combatir contra ejércitos realistas, esta vez bajo nuevas tácticas militares.

De todos modos, ese congreso tuvo sus límites: ninguna potencia lo reconoció formalmente, así como tampoco lo hizo el Litoral. Incluso, muchos diputados –tal es el caso de Pueyrredón, diputado por San Luis- eran elementos porteños que asumían como tales en nombre de las provincias, lo cual expresaba la debilidad del vínculo que Buenos Aires trazaba con ellas. La realidad es que la independencia de las Provincias Unidas se hallaba supeditada al orden posterior de los hechos. El curso mismo de la Revolución debía refrendar, de facto, lo que se firmaba en el papel.

Así también lo entendieron los congresales y el Directorio. Por eso la mayoría de las discusiones se resumieron en cómo obtener fondos y apoyos para continuar la guerra. Y no es casualidad. Incluso la mínima suma de 2.500 pesos necesaria para realizar el Congreso debió ser librada contra la Caja de Buenos Aires, por falta de fondos. El Estado debía sacar agua de las piedras. Era urgente resolver quién podía aportar y cuánto, cómo destinar los recursos existentes, y cómo financiar los Ejércitos. La Revolución dependía de ello.

Proyectos políticos

Otro de los problemas abordados en el Congreso fue la sanción de una Constitución y la forma política que adoptaría el Estado. La Constitución tomó forma en 1819, cuando el Congreso ya sesionaba en Buenos Aires. Sin embargo, recibió el rechazo de varias provincias, resultando en la caída del Directorio. En efecto, Buenos Aires demostraba así las dificultades con las que contaba para establecer una alianza que conformara la base de una nación centralizada.

En el camino de este intento, varios fueron los puntos de discusión. En particular, la forma de la cabeza política del Estado. A la vuelta de su viaje diplomático, Belgrano concluía la necesidad de “monarquizar” el proceso, considerando la postura antirrepublicana asumida en Europa como un peligro para la Revolución. Es en este contexto que fue discutido su proyecto de coronar un “monarca inca” enlazado con la Casa de Braganza (Portugal). No se trataba de un guiño “indigenista” (como sostiene Pigna), sino otra táctica de trazar alianzas en territorio altoperuano, donde el problema indígena era una variable de apoyo para continuar la guerra. Del mismo modo, Buenos Aires se aseguraba una alianza con Portugal contra el artiguismo, en la medida que Portugal no invadiera Entre Ríos. Esto fue reforzado con otros enviados diplomáticos del Congreso a Río de Janeiro, en septiembre de 1816.

Los nacionalistas observan allí un acto de traición nacional, sumidos en su sobrevaloración del artiguismo como una dirección más “progresiva” que la porteña. No sólo pierden de vista que el carácter de clase de ambos era el mismo; también esconden que el artiguismo buscaba tejer este tipo de alianzas, con tal de impedir la invasión y combatir a Buenos Aires.

La izquierda suele medir los procesos con una vara anacrónica y ciertamente voluntarista. En toda cuestión nacional abierta, se barajan este tipo de alianzas alternativas, según las circunstancias y la posibilidad de ejercer hegemonía sobre un territorio y su población. La burguesía porteña no desestima la Banda Oriental por “inconsecuente”, sino por la inviabilidad de declarar tres guerras al mismo tiempo (al Rey, Artigas y Portugal). Si apenas podía sostenerse una campaña a Chile (lo cual ya era un costo) y mantener una frontera con cuerpos milicianos (Salta), ¿con qué recursos podría combatir las Provincias también a Portugal? Que la burguesía porteña mantuvo sus pretensiones lo demuestra su nuevo intento de recuperarla en 1825.

De nuevo, por un Bicentenario Rojo

Este 9 de Julio la Academia y el gobierno de turno volvieron a presentar una defensa de la hegemonía burguesa por la vía de eliminar todo conflicto social de la historia y todo interés de clase. Un relato superficial, abstracto y escasamente explicativo de lo que realmente fue el Congreso de Tucumán. La lucha y la violencia organizada de una clase revolucionaria serán reemplazadas por la ideología de adocenados congresales. La nación será la construcción de un interés colectivo, en lugar de una unidad política hegemonizada por y para una clase particular.

La Independencia, con sus límites, fue en esencia un paso necesario para la experiencia nacional llamada República Argentina. Dicho de otra forma: parte del proceso por el cual la burguesía se transformó en clase dominante. Esa clase nos dirige hace 200 años. Un ciclo que ya cumplió con todas sus tareas. Es hora ya de que el bastón pase de mando.

 

NOTAS

1La Nación, 27/06/2016.

2https://cabildonacional.cultura.gob.ar/search/?q=di+meglio

3Halperin Donghi, Tulio, Revolución y Guerra. Formación de una elite dirigente criolla, Siglo XXI, 1972. Romero, Luis Alberto, “Una brecha que debe ser cerrada”, en Clarín, 24/05/2002.

4Chiaramonte, José Carlos, Ciudades, provincias, Estados, Ariel Historia, Buenos Aires, 1997; Goldman, Noemí, Lenguaje y revolución. Conceptos políticos clave en el Río de la Plata, 1780-1850, Buenos Aires, Prometeo, 2008.

5Flores, Juan, “Mito, plagio y desprecio. Acerca del libro La revolución clausurada”, en El Aromo nº73.

6Rossi Delaney, Santiago, “Academicismo y pereza. Un debate fallido con el PTS”, en El Aromo nº 61.

7Harari, Fabián, “¿Qué fueron los hacendados? Una repuesta a la reseña de Eugenio Gastiazoro al libro Hacendados en armas”, en El Aromo nº 55. Azcuy Ameghino, Historia de Artigas y la Independencia argentina, Imago Mundi, Buenos Aires, 2015. Gastiazoro, Eugenio, Historia argentina, Introducción al análisis económico-social, Tomo I, Editorial Ágora, Buenos Aires, 1986.

8Ferns, H.S., Gran Bretaña y Argentina en el Siglo XIX, Solar Hachette, Buenos Aires, 1979.

9Citado en Muiño, Oscar: Buenos Aires, la Colonia de nadie, Eudeba, Buenos Aires, 2011, p. 265.

10 Archivo Artigas, Tomo XVIII, pp.64-73.

1 Response

  1. Pero Limpito dice:

    Sugiero “Es hora de que el bastón de mano pase de mano”.

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