Home front (la retaguardia)-Por Fabián Harari

Fabián Harari (Coyuntura internacional-CEICS)

Un análisis sobre la guerra entre Israel y el Hezbollah

Los analistas internacionales y los defensores, de uno y otro bando, analizan la guerra desatada el 12 de julio entre el ejército israelí y el Hezbollah, de acuerdo a parámetros ideológicos y humanitarios. Para los sionistas, se trata de defender su (peculiar) democracia de la barbarie musulmana. Según sus argumentos, los civiles israelíes debieron sufrir las katiushas durante años y, en algún momento, su Estado debía defenderlos. El arco progresista, por su parte, se aferró a la teoría de los dos demonios: los terroristas son un flagelo fundamentalista, pero Israel, en su soberbia occidental, se habría excedido masacrando a civiles inocentes. Esta costumbre de no tomar partido recibe el nombre de “postura crítica”. Su estandarte son las barbaridades que cometió el ejército sionista. Efectivamente, sobran los argumentos capaces de conmover a la opinión pública. Podríamos señalar algunos: Israel se queja del secuestro de dos soldados, mientras mantiene más de 10.000 presos políticos en sus cárceles, sometidos a tortura por autorización de la Corte suprema; su ejército ha utilizado uranio empobrecido y bombas racimo1, según lo admitió el propio Departamento de Estado norteamericano; la armada israelí sometió a bloqueo a todo el territorio enemigo por lo que prohibió la llegada de ayuda humanitaria a la población damnificada; los bombardeos se centraron en hospitales, centrales eléctricas, carreteras y centros de distribución de agua; mientras Israel evacuó a 300.000 personas, en el Líbano, un millón de personas dejaron sus casas sin tener a dónde ir, porque los caminos se hallaban amenazados. No faltaron intelectuales que condenaron las masacres pero, curiosamente, muy pocos aventuraron una explicación al fenómeno. Sin embargo, la discusión no es cuán cruento pueda llegar a ser el Estado sionista o las milicias de la resistencia, sino cuáles son los intereses que defienden uno y otro campo.

Por quién corre la sangre

A esta altura, a nadie se le ocurre pensar en el secuestro de dos soldados en la frontera como causa de una guerra de tan vastas proporciones. Tampoco parece sagaz señalar el estrecho vínculo político que une al Estado de Israel con los designios de la Casa Blanca. No obstante, debemos explicar por qué se sucede una guerra sobre el Líbano en este momento.
Como anticipábamos en anteriores ediciones de El Aromo, Estados Unidos están al borde de una crisis económica. Una de las formas que podrían darle oxígeno a la economía yanqui es el control de los recursos energéticos. Eso requiere el dominio político de la región de Asia Menor, donde se encuentran el petróleo y el gas, entre otros recursos. La principal oposición a las pretensiones norteamericanas la constituyen la burguesía iraní y la siria. La primera es presentada como la cabeza del “eje del mal”. Sin
embargo, menos visible, es la segunda la que ostenta un mayor presupuesto militar y quien ocupa un lugar estratégico en las alianzas políticas de la región. Efectivamente, no fue Irán sino Siria quien dominó durante los últimos 20 años el norte del Líbano y avanzó sobre el sur. Fue éste país quien armó al Hezbollah y quien mantiene estrecho vínculos con el Hamas.
La invasión al Líbano tuvo, entonces, como objetivo general, aislar a Siria y forzarla a una negociación que permita avanzar sobre Irán. Para ello, Israel debía cumplir ciertos objetivos político-militares. En primer lugar, expulsar los intereses sirios del Líbano, vía el exilio del Hezbollah como fuerza política, tal como se hizo en 1982 con la OLP. En segundo lugar, arrasar con todo el país, para luego someterlo a una “reconstrucción”, que dependa enteramente del mandato norteamericano. En tercero, derrocar al gobierno libanés para reestructurar el sistema político libanés con ayuda de la minoría cristiana. Luego, Israel debería haberse retirado (su presencia es un factor de levantamiento de las masas), para que el imperialismo opere reconstruyendo el Estado libanés. Las referencias al dominio de Siria sobre el Líbano y la necesidad de reconstruir la “democracia” en ese país son una constante en las declaraciones de los funcionarios de la Casa Blanca. Pero fue en junio de este año cuando, en una reunión secreta, Dick Cheney, Benjamín Natanyahu y Natan Sharansky (miembro muy influyente del parlamento) acordaron poner en marcha medidas concretas para llevar a cabo estas pretensiones.2 Entonces, los sionistas no defienden “su derecho a existir”, sino el del capital norteamericano y e israelí, que no es lo mismo. La gravedad de los ataques israelíes no reside en su salvajismo ni en cuántas personas mató, sino en los objetivos que persigue.

Las manos y los pies

A pocos días de la declaración del cese del fuego por parte de la ONU, muchos dudaban sobre el ganador. Efectivamente, los números le dan la ventaja a Israel. Mientras éste tuvo 157 bajas, los libaneses sufrieron 1.500. Esta última cifra sólo expresa el número de cadáveres identificados, pero excluye los que se encuentran aun bajo los escombros y aquellos que no han sido reconocidos. El ejército israelí bombardeó 350 ciudades, la mayoría de las cuales quedó desvastada. En cambio, del otro lado sólo recibieron misiles unas 50. La población libanesa ha quedado sin los servicios de agua potable, luz, teléfono ni gas. No puede recibir ningún tipo de ayuda alimentaria o sanitaria de ningún organismo internacional porque su puerto está bloqueado. Por último, Israel mantiene preso a parte del gabinete libanés.
Hoy día ya no queda ninguna duda sobre la relación de fuerzas. El semanario británico The Economist escribió en su tapa: “Nasralah wins the war” (“Nasralah ganó la guerra”).3 Las variables que permiten aseverar esta hipótesis se basan en que Israel no consiguió desarmar al Hezbollah ni logró volver a ocupar la franja de seguridad que había anexado en 1982. Asimis-
mo, lejos de expulsar a la milicia chiíta, como lo había hecho con los palestinos veinticuatro años antes, la transformó en la organización política más importante del país. Por último, por primera vez en la historia, Israel, luego de desacatar cada una de sus resoluciones, debe pedir ayuda a la ONU y recurrir a una fuerza internacional para custodiar su territorio.
Las consecuencias políticas en uno y otro bando constituyen, asimismo, otra evidencia del resultado político y militar. En el Líbano, Hezbollah se perfila para tomar las riendas del Estado. En Israel, el 65% de sus habitantes pide la renuncia de Olmert. Luego del cese del fuego, se abrieron dos comisiones para investigar el manejo del conflicto. La primera juzgará el desempeño militar y la segunda, la conducción política. La pregunta es, entonces, por qué uno de los ejércitos mejor pertrechados del mundo, con un presupuesto militar cuyo porcentaje del PBI triplica al de EE.UU., es derrotado luego de destruir más de 200 ciudades y de bloquear al país enemigo. La respuesta no está en los medios técnico-militares sino en los cimientos políticos de cada uno de los contendientes. Es decir, de la relación de los ejércitos con su sociedad.
Para comprender esa afirmación, hace falta retrotraerse a la anterior guerra en el Líbano, en 1982. Superficialmente, el conflicto es similar: se enfrentaban milicias (en ese momento palestinas) contra un ejército regular. Pero, en aquel entonces, el ejército israelí logró llegar por tierra hasta Beirut y masacró a 18.000 libaneses. Como resultado, las organizaciones palestinas tuvieron que abandonar el sur del Líbano e Israel ocupó una franja de seguridad de 200km. al norte de su frontera. No obstante que la destrucción del territorio fue menor a la actual.
¿Cómo explicar, entonces, la derrota? Ehud Olmert parece haber comprendido parte del problema cuando manifiesta:

“El acierto de Hezbollah fue probar su enmarañada teoría, herir al home front (frente doméstico), matar atemorizar, con la intención de crear pánico y una protesta pública que paralice la autoridad del Ejército de Defensa de Israel”.4

La diferencia fundamental entre esta guerra y la de 1982 estuvo en la población de uno y otro lado, lo que Olmert llamó el Home front, el frente doméstico. Todo ejército tiene dos elementos esenciales. En primer lugar, una vanguardia, que encabeza las acciones y protagoniza las maniobras en la línea de fuego. En segundo, una retaguardia, quien cuida las espaldas de los combatientes y los proveen de recursos materiales y morales. En concreto, la población que soporta la guerra y que está dispuesta a colaborar en ella. Este factor constituye los cimientos, los pies del cuerpo de choque. Por eso la dirección de una guerra no sólo debe ser técnico militar, sino político militar.
En el Líbano, la población se dispuso a la resistencia y apoyó a la única organización que llevó adelante el combate contra el invasor. Nadie denunció a los militantes, por el contrario, fueron apoyados en cada pueblo. Cuando los voceros del sionismo acusan al Hezbollah de mezclarse entre los civiles, en realidad están ocultando el hecho de que no puede separarse ambos términos, ya que la organización islámica defendió los intereses de toda la población y ejerció la dirección política. En consecuencia, fracasó la táctica sionista de aislar a su adversario.
En cambio, en Israel, la retaguardia se quebró. Olmert tuvo que soportar más de diez marchas opositoras, el pronunciamiento público de casi todo el espectro intelectual, el escándalo de los objetores de conciencia y el descontento de los reservistas. Las demostraciones de rechazo a la guerra fueron variadas. Más de cien artistas plásticos se reunieron para pintar obras por la paz. En las principales ciudades, se realizaron campañas de posters denunciando la guerra como una masacre contra una población indefensa. Tel Aviv fue escenario de cuatro movilizaciones antibélicas en un mes. La primera sólo convocó 200 personas, pero la última llevó 3.000. Hace unos pocos días, el ejército baleó a Lymor Goldstein, ciudadano judío e israelí, en una protesta judeo-árabe que denunciaba la expropiación, por parte del Estado sionista, de granjas palestinas en la ciudad cisjordana de Bilin. A esto hay que sumarle cientos de manifestaciones contra Israel a lo largo del mundo que golpearon la moral sionista. Para este análisis, no importa que varios grupos que participaron de las acciones lo hicieran con un programa pacifista. En cualquier caso, estaban destruyendo el espíritu de combate. En estas condiciones, el ejército israelí no podía sostener una acción terrestre prolongada en el tiempo, mucho menos una ocupación del territorio.
Una última diferencia para tener en cuenta. Generalmente, suele presentarse este tipo de victorias sobre los grandes ejércitos como el triunfo de la espontaneidad sobre la disciplina y el orden. En este caso, vale el ejemplo contrario. El ejército israelí tuvo serios problemas de mando. Un reservista que formaba parte de la protesta explicaba: “Más allá del tema del aprovisionamiento, o del agua que no había, el problema fue que no había liderazgo”.5 En cambio, del otro lado, un liderazgo indiscutido impuso una férrea disciplina en pos de un objetivo al que todos aspiraba: triunfar, por primera vez en su historia, sobre el ejército invencible. Les iba la vida en ello.

Notas
1Se trata de misiles que contienen explosivos “dormidos” que se esparcen por la zona y que pueden ser activados al contacto. Estas armas están prohibidas por la Convención de Ginebra y por los tratados de la ONU. EE.UU. admite haber vendido este material, pero asegura que la operación se realizó bajo el expreso acuerdo de su no utilización. Es por eso que lanzó una acusación formal al Estado de Israel.
2Esta información fue extraída del sitio www.indymedia.org.
3Véase en www.economist.com.
4Entrevista concedida al diario The Times, 2 de agosto de 2006, traducción propia (las cursivas y los paréntesis son nuestros).
5Declaración de Roni Zwiegenboim al diario The York Times, 22 de agosto de 2006, traducción
propia.

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