Yo no soy marxista. Reseña del libro “Un estudio sobre la crisis en un país periférico”, de Mariano Féliz – Emiliano Mussi

yonosoymarxista¿Usted creía que todo marxista lucha por el Socialismo? Vea el marxismo devaluado que maneja uno de los intelectuales del Frente Popular Darío Santillán, y a la derrota que conduce.

Emiliano Mussi
OME-CEICS

La frase del título de este artículo fue pronunciada por el mismo Marx tras escuchar una conferencia donde se explicaban las bases del marxismo. La misma actitud hubiese tomado si hubiese leído el libro Un estudio sobre la crisis en un país periférico [1] de uno de los intelectuales del Frente Popular Darío Santillán, el “marxista” Mariano Féliz. Con la idea estudiar la crisis del 2001, convierte a El Capital en un modelo de cómo funciona la realidad para, luego, contrastarlo con la economía del país. Reducido a una ideología, el marxismo pierde todo su potencial revolucionario. Desde un análisis del capital en general, no comprende que la crisis orgánica que vive la Argentina está dada por la incapacidad de los pequeños capitales de compensar su menor escala con renta agraria o deuda. De ahí que los problemas se solucionan con la construcción del socialismo, eliminando la propiedad privada y centralizando el capital en manos de la clase obrera. Por más paradójico que suene, el “marxista” no llama a desarrollar las potencias que deja el capital por medio de su superación, sino a promover una alternativa de carácter autogestivo “que escape a la lógica del capital”. De esta forma, el planteo ya no sólo es de un marxista vulgar, sino que defiende aquello contra lo que Marx tanto batalló en el Manifiesto: el socialismo utópico.

El idealismo hecho marxista…

El propósito inmediato del libro que mencionamos es explicar la crisis del 2001. Intenta no centrarse en la esfera de la circulación, donde se detienen la mayoría de los trabajos, para avanzar en el ámbito de la producción. De esta forma estaría delante del fundamento mismo de esta crisis capitalista de 2001. Féliz estudia la acumulación de capital en Argentina durante los ´90, planteando que la incorporación de tecnología generó un aumento de la composición orgánica de capital y un aumento de la productividad del trabajo. Este aumento llevó a una caída relativa del capital variable, que tomó forma en los altos índices de desocupación. Con esta desocupación el sistema estaba expulsando al único generador de plusvalía. Los insuficientes niveles de plusvalor para valorizar a todo el capital de manera normal, sumado a la organización política de la clase obrera que le pone un freno a la explotación del trabajo, redundaron en una caída de la tasa de ganancia. Como resultado, se logró una producción de capital y población sobrante, y una desvalorización general de todas las mercancías, que desembocaría en la devaluación del 2002. En este punto, ya están dadas las condiciones para relanzar un nuevo ciclo, mediante una nueva concentración y centralización de capital, como ocurre a partir del 2002. Este planteo no es nuevo. Marx en el Tomo III de El Capital ya describía este movimiento como la dinámica general del funcionamiento del capital. Lo novedoso es aplicar este esquema para explicar el fundamento mismo de la crisis del 2001 en nuestro país. Al hacerlo, Féliz transforma a El Capital en un modelo que tiene que encajar en la realidad argentina. Todo lo opuesto al método de Marx. Su profundo idealismo le impide analizar el concreto que tiene delante.
Al intentar superar las supuestas explicaciones parciales que se dieron de la crisis, pierde de vista que en la Argentina la acumulación de capital no se realiza de forma inmediata en la forma desarrollada por Marx. La particularidad de las empresas argentinas es que siguen sobreviviendo, a pesar de no tener las condiciones necesarias para hacerlo. En nuestro país, la generalidad del capital manufacturero no tiene una escala de producción acorde a los parámetros normales de producción de cada momento histórico. Nunca la tuvo. Ni durante la llamada ISI, ni durante la “valorización financiera”. Sus altos costos laborales y su productividad del trabajo rezagada impidieron llegar a precios competitivos a nivel internacional. La pregunta que se desprende es por qué estos capitales no se funden. Féliz no se hace esta pregunta porque no ve la especificificidad de la pequeña escala.
Aún así, las empresas en Argentina logran sobrevivir porque encuentran una riqueza que les permite compensar sus altos costos. Producto de condiciones naturales excepcionales, la Argentina se apropia de una ganancia extraordinaria bajo la forma de renta diferencial de la tierra [2]. Esa renta fue históricamente disputable porque no afecta a la reproducción normal del capital agrario. La tasa de interés negativa, la sobrevaluación de la moneda, los sobreprecios que pagó YPF a SIDERCA y la chapa barata que vendió SOMISA son sólo algunos ejemplos de estos instrumentos. A partir de los ´70, como la magnitud del capital a compensar fue cada vez más grande, el capital industrial necesitó otro “respirador artificial” para existir. La deuda externa se transformó en un ingreso neto de riqueza, que vino a ayudar a que el capital industrial siga sobreviviendo. Producto de una deformación “marxista”, Féliz no entiende la centralidad que tienen estas transferencias para sostener la acumulación de capital en Argentina. La “Idea- Capital” se vuelve a imponer, transformando al marxismo en ideología, abandonando la reproducción de lo concreto por medio del pensamiento.

…sin potencialidad de acción política

Según Féliz, entre el ´98 y el ´01 la tasa de ganancia cae cuatro puntos porcentuales. Atribuye esta caída, por un lado, al aumento de la composición orgánica y, por otro, al freno a la explotación del trabajo que le impone la clase obrera al capital a partir de 1998. Sin negar estos elementos, las crisis no se pueden explicar sin la renta agraria y, desde el ´70, la deuda externa. En promedio entre 95-04, según Iñigo Carrera, la renta de la tierra aporta un promedio del 9% de la plusvalía de la economía nacional y la deuda externa en los ´90 contaba con un ingreso acumulado positivo, llegando en ´99 a alrededor de 20.000 millones de dólares constantes [3]. Es decir, los dólares que entraron al país por deuda externa fueron más de los que salieron. Un traspié en estas dos fuentes impactaron de lleno. En el 2001, los precios de las mercancías agrarias cayeron y el influjo de la deuda externa se cortó. Ambos elementos sumados al movimiento piquetero y la alianza devaluadora de la burguesía, sellaron la suerte del gobierno aliancista. No es nuevo. De hecho en los últimos 40 años existe un correlato histórico entre la caída del precio de materias primas y su repercusión en Argentina. Cada una de estas crisis (1975, 1982, 1989, 2001) es más profunda que la anterior y genera una creciente población obrera abiertamente sobrante. Al pequeño capital se le vuelve cada vez más difícil compensar su escala y eso hace que sea más vulnerable [4]. El idealismo de Féliz no permite entender la descomposición que tenemos delante, porque para él cada crisis del capital engendra su superación. La descomposición social que se agudiza con cada crisis marca la urgencia de la intervención política. Al creer que el capital sale de su crisis por su propia dinámica, Féliz plantea la necesidad de generar una nueva “alternativa al capital”. Una alternativa de cooperación, autogestiva, que defienda los espacios públicos [5]. La lucha por las cooperativas y la autogestión sin más horizonte político significa reproducir la misma empresa que había fundido pero con una autoexplotación mayor. Eso se ve en los propios testimonios de los cooperativistas de los talleres textiles del Frente Popular Darío Santillán. Por un lado, sólo existen con subsidios o siendo proveedoras del Estado. Por otro lado, los talleres “no cumplen con las condiciones más favorables” y “es un desafío mantener la producción en niveles que les permitan sostener una vida digna” [6].  La defensa del espacio público, por otra parte, no se puede plantear en abstracción de las relaciones sociales que la sustentan. Bajo relaciones capitalistas, lo público, si bien permite la disputa política de la clase obrera, es al mismo tiempo una ayuda o rescate para el capital. El rescate a Aerolíneas Argentinas, los precios subsidiados de YPF y SOMISA, etc. son ejemplos de esta cuestión. Por último, el horizontalismo que acompaña a la autogestión es el germen que destruye toda posibilidad de construcción de partido, única herramienta capaz de enfrentarse al Estado capitalista. En definitiva, la construcción de un partido revolucionario que centralice el capital en manos de la clase obrera es la tarea urgente del momento. El socialismo es la conclusión lógica de los últimos 40 años de la historia argentina. Cualquier otro planteo es una utopía. El modelo idealista con el que Féliz estudia la realidad se refleja en su acción política, y lo hace pasar por marxismo. Si es eso de lo que se trata, entonces, al igual que Marx, no somos marxistas.

NOTAS:
1 Ed. El Colectivo, Buenos Aires., 2011.
2 Iñigo Carrera, Juan: La formación económica de la sociedad argentina, Imago Mundi, Buenos Aires., 2007.
3 Iñigo Carrera, Juan: La formación…, op. cit., pp. 45, 84.
4 Sartelli, Eduardo: “Génesis, desarrollo y descomposición de un sistema social” en Razón y Revolución, Nº 14, Buenos Aires, 2005.
5 Féliz, Mariano; López, Emiliano: Proyecto…, op. cit., pp. 120-123.
6 Trabajadoras/es de la Cooperativa de Trabajo en Lucha Juana Azurduy: “Talleres textiles del Frente Popular Darío Santillán” enPensamiento crítico, organización y cambio social, Féliz, Mariano et. al, Buenos Aires, 2010, pp. 294-297.

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