¿Y el Rosariazo? Reseña de Días de Mayo, de Gustavo Postiglione – Stella Grenat

ddm Acaba de estrenarse Días de Mayo, la última película de Gustavo  Postiglione, en la cual, a través de una historia de amor, se propone  contar el Rosariazo. Su afán es aportar a la “reflexión sobre el hoy”  volviendo la mirada hacia la década del ‘60.1 El film fue bien recibido por  la crítica que, en general, destaca el viraje que el director habría mostrado  en esta realización. El mismo Postiglione considera que, lejos de su  trilogía El asadito (1999), El cumple (2002) y La Peli (2007), Días de  Mayo sería una película clásica “más accesible y digerible” para el  publico.2 La novedad no sólo se apreciaría en una fuerte apelación al  realismo, sino también en la elección de retratar a una joven generación convencida de que era posible cambiar el mundo y no la vida fracasada, decadente y miserable de una parte de la clase media de los ‘90. Sin embargo, después de ver la película, volvemos a encontrarnos con el mismo Postiglione de siempre.

¿Qué onda estos pibes?

Postiglione nos va a contar el Rosariazo a través de la historia de cinco personajes. Laura (Agustina Guirado), hija de un ingeniero vinculado a la policía, estudia filosofía, es actriz y peronista de izquierda, según nos enteramos por una foto de Evita con la que forra una carpeta. Aunque no la veremos participar en ninguna actividad política concreta (una asamblea, una pintada, una volanteada, un debate entre compañeros de agrupación), sería la más comprometida. Su aparición en las escenas que remiten a la insurrección tampoco reflejan la imagen de una militante: no aparece marchando encuadrada en alguna columna o bandera universitaria o sindical sino corriendo sola, en desbandada, escondiéndose con un desconocido que le dice que no debe avisar a nadie en dónde se encuentra. Su rebeldía sólo aparece cristalizada en sus fantasías: imagina que enfrenta a su familia, que se abre a nuevas relaciones sexuales y que su padre explota en su auto.
Laura se enamora de Pablo (Santiago Dejesús) un fotógrafo y camarógrafo que hace documentales para la televisión. Él es un escéptico que a lo sumo cree en una revolución adentro de su casa: “usá lo que quieras, aca funciona el comunismo”, le dice con sorna a Laura, refugiada en su departamento. A pesar de ello, la pasión por su trabajo lo lleva a filmar las manifestaciones, los enfrentamientos y un hecho represivo que lo pondrá en la mira del jefe de policía.
Pablo vive con Dante (Antonio Birabent), un músico “ultra-vanguardista” que “llega demasiado antes, como si nunca hubiera llegado” y toca “canciones que otros compondrán en el futuro”. Si bien desde el primer encuentro los dos critican a Laura, Dante es el más incisivo: “las certezas no existen” y “si la revolución llega, no va a ir para un solo lado va a ser ambigua”. Encerrado en la casa, desalineado, siempre con anteojos negros y su guitarra, desconfía de la racionalidad y de que las rebeliones del momento promuevan cambios sustanciales.
Irina, (Caren Hulten), es una periodista cuyo personaje gira en torno a un drama personal: el amor no correspondido de Pablo. Su momento de mayor felicidad es el instante en el que recibe una carta en la que le otorgan, junto a Pablo, un trabajo de corresponsal en el extranjero. Finalmente, Miguel (Juan Nemirovsky), un joven obrero frigorífico, que se encuentra desocupado, con el que Laura y Pablo se cruzan mientras huyen de la policía. Miguel es el diferente del grupo, un joven que no comparte sus códigos. Mientras Pablo, Dante y Laura rápidamente se identifican hablando de música, teatro o filosofía, Miguel no interviene en sus largas conversaciones porque no entiende, ni sabe de lo que hablan. La noche que el azar los reúne en casa de Pablo, interrumpe el diálogo del resto, pide permiso para comer un sándwich que el dueño de casa ha puesto sobre la mesa, se termina durmiendo y Laura, con un gesto maternal, lo cubre con una frazada. Pasado el peligro, Miguel vuelve a pedir permiso a Pablo ahora, para quedarse a dormir unos días porque no tiene a donde ir. En otra escena lo vemos esperando a Laura a la salida de una de sus clases de teatro, para pedirle plata. Hacia el final de la película, vuelve a pedir ayuda a Pablo que, a pesar de lo poco que tiene en común, le brinda su amistad. Esta vez Miguel “se mandó una cagada”: tiró unas molotov con sus compañeros del sindicato, lo identificaron y tiene que escaparse, por lo que recurre a Pablo. Parado en el andén de la estación, solo y asustado, Miguel da pena. La última escena en la que lo veremos será junto a la policía delatando a su amigo.
La única preocupación común de estos personajes es la llegada del hombre a la luna. Ante el escepticismo de Dante, el resto se sienta en torno al televisor que han conseguido especialmente para no perderse la emisión. Estos son los estereotipos de la época con los que Postiglione buscó retratar, lo más “genuinamente” posible, el Rosariazo.

Fuera de foco

Según la crítica y Postiglione, estaríamos frente a una película realista, filmada en blanco y negro y en cinemascope (pantalla completa), en la cual se extremaron los detalles en el vestuario y en la escenografia:

“Todo parecía muy real, las molotov cayendo sobre el pavimento […] los manifestantes escapando de los caballos […] los zapatos golpeando en el asfalto y los gritos […] daban una sensación de verdad en la que más de uno se vio sorprendido por su propia emoción. La realidad y el cine una vez más se cruzan en la frontera de lo verosímil.”3

Estas palabras resumen el enfoque Postiglione, para quien el Rosariazo fue una sucesión de corridas en las calles. No sorprende que cite La Voluntad y Los condenados de la tierra, de Franz Fanon, como los textos que leyó para inspirarse.4 Porque de manera similar a estos libros, en Días de Mayo la gran ausente es la clase obrera organizada y  politizada, el sujeto sin el cual no se puede entender las insurrecciones de fines de la década de 1960.
Sin duda habrán existido en esa época, al igual que hoy, personajes como los que aparecen en esta película. Pero si algo no reflejan sus vidas es la de aquellos que participaron del hecho que se pretende retratar. Los militantes universitarios que participaron del Rosariazo o del Cordobazo, eran lo contrario de Laura. Eran jóvenes de acción en un sentido que no se reducía a tirar una molotov en una manifestación, eran oradores y organizadores. Su vida no transcurría puertas adentro de un departamento o en los almuerzos con sus padres, fantaseando con arrancar el mantel de la mesa como lo hace Laura. Tampoco resulta creíble que una militante comprometida, como la define el director, se enamore tan fácil de un hombre escéptico y descreído como Pablo. En este mismo sentido, tampoco Dante es una elección feliz. Para reflejar con mayor fidelidad uno de los momentos más álgidos de la lucha de clases, antes que un músico falopero y fuera de la realidad, Postiglione podría haberse inspirado en alguien como Benjamín Cruz, “Benjo”, aquel músico que terminó sumándose al proyecto del Che. ¿Qué decir de Irina, la periodista? ¿Postiglione nunca habrá oído hablar de Emilio Jáuregui, aquel periodista y militante asesinado por la represión el 27 de junio de 1969? ¿No sabrá nada acerca de la combatitividad de este gremio, el primero intervenido por Onganía? ¿Y de Walsh? ¿Habrá escuchado algo alguna vez?
Ni hablar de Miguel. De ningún modo la imagen típica de un obrero rosarino que haya participado de las insurrecciones remite a Miguel: ignorante, hambriento y delator. Menos creíble aún es la enorme soledad que lo rodea. Lo que en realidad demuestra este personaje es la ignorancia de Postiglione. ¿Puede Miguel representar el estereotipo de un sujeto que, no sólo en mayo del ’69 sino también en septiembre, volverá con furia a las calles de Rosario? Dado que en 1969 las masas inician una etapa ofensiva hasta 1973, es un error presentar a los trabajadores y a sus aliados pequeños burgueses, asustados y huyendo como lo hacen Miguel y Pablo, que finalmente se va con Irina del país. El miedo y el exilio no eran las características que definían la etapa.
De esta manera la película no muestra nada sustancial del Rosariazo, expresión de la alianza ofensiva obrero-estudiantil que prefigura la insurrección de Córdoba. Un hecho político colectivo, resultado de una larga tradición de lucha y organización, que abre una etapa insurreccional de masas a nivel nacional y que terminará en la caída del Onganiato. Lo que sí muestra son los prejuicios y el desconocimiento de su director. Para él, tirar una molotov “es mandarse una cagada”. Es él quien está asustado y nos advierte que “Laura es el personaje que más riesgos asume […] parece que su vida no corre peligro, pero unos años más tarde puede estar en un grupo armado y un tiempo después entre los desaparecidos.”5 Es Postiglione el que piensa que en esos años “estaba todo por hacerse y después no se hizo nada. Es como el comienzo del final de las utopías.”6
La verdad es otra, una que no se alcanza a ver sólo con retratar la superficie de una época en blanco y negro. Como en sus anteriores producciones, Postiglione elige no retratar lo mejor de las mujeres y los hombres de los ‘60. Aquellas personas racionales, convencidas y seguras de sí mismas, no fantaseaban con la rebelión, ni cerraban sus ventanas como Dante en la última escena del film, sino que salían a la calle a hacer la revolución.

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1“El cine no retrató aún las revueltas de los ‘60”, Crítica, 14/5/09.
2Para una crítica de esta trilogía ver: Pascucci, Silvina: “El placer del fracaso”, en El Aromo, n° 39, noviembre-diciembre de 2007.
3Ver www.vision-interior.com.ar/diasdemayo/blog/?cat=3.
4“El cine no…”, op. cit.
5Ñ, 30/5/09.
6Ver www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/5-13951-2009-05-21.html.

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