Volver socialista al psicoanálisis – Ricardo Maldonado

Portada AlemánVolver socialista al psicoanálisis. Sobre el libro Horizontes neoliberales de la subjetividad1 de Jorge Alemán, y la Izquierda Lacaniana

El apoyo electoral a Bossio, Urtubey, Insfrán o Pichetto (por nombrar algunos de los candidatos que no fueron cuestionados nunca) no obliga a la “izquierda lacaniana” a preguntarse nada sobre sus actos, porque se pueden amparar en la obediencia debida: quien no propone nada no es responsable de nada. Esta pasión por dejar la responsabilidad en otro es propia de todo el peronismo.

Ricardo Maldonado

Psicólogo – Razón y Revolución


“los llamados troskos, anti-intelectuales, simplificadores y que transmiten un marxismo escolar que reduce todo a lo mismo, funcionan en todas partes como funcionales a la derecha, incluso ahora con los propios argumentos de las corporaciones mediáticas.”

FB de Jorge Alemán, 13/1/2017

En 1893 Freud recorta las particularidades de la neurosis histérica sobre el fondo recién descubierto de la neurofisiología. Esa tensión es el fondo necesario para la existencia del psicoanálisis. La condición de surgimiento del psicoanálisis y su condición de desarrollo es la tensión entre el mundo y la subjetividad. La conciencia intenta dar cuenta del mundo y también de esta relación. Si no se pensara de este modo no habría teoría psicoanalítica, expresión consciente de ello. La izquierda lacaniana es un nuevo retoño de la ideología burguesa que surge de las entrañas del psicoanálisis para atacar al socialismo revolucionario y, como daño colateral -por ser refractaria a la verdad-, degradar la práctica psicoanalítica.

Nunca la burguesía detiene su batalla por la conciencia, por desterrar de ella la idea de una sociedad socialista. El miedo es una de las formas de esa batalla. La dictadura trabajó duramente para inscribirlo. El problema del miedo es su solubilidad en la desesperación, como ocurrió en 2001. Por esa razón es que además de la expresión subjetiva de la coerción (el miedo) los explotadores no dejan de trabajar para imponer formas más insidiosas de aceptación de la miseria capitalista. Por atar la imposibilidad de una sociedad socialista en la propia condición humana. Como esas ideas son erosionadas por las luchas se tienen que reformular una y otra vez.

Este artículo intenta delimitar cómo funciona al servicio del capital lo que se ha bautizado a sí mismo “izquierda lacaniana” (IL). No por la incidencia directa de la IL en las masas sino por su refracción en la construcción de una conciencia burguesa a través de las múltiples intervenciones del “campo psi” en la vida social. Aquel, “ni yanquis ni marxistas” del peronismo de los 70, que se traducía en el intento de exterminio de los revolucionarios, retorna en la izquierda lacaniana. Profundamente individualista, expresa un liberalismo chic y glamoroso que no cesa de atacar, vergonzante pero sistemáticamente, al socialismo y la revolución. Veamos.

Goce y plusvalía

En una clase de su seminario del álgido año 68 Lacan trae la referencia (imprevista) de un isomorfismo entre plus de gozar y plusvalía. Cuatro años después impone a su teoría de los 4 discursos –que ubica al sujeto por su decir- un quinto discurso (capitalista o del capitalista). Todo este armado es muy frágil ya que se sostiene en una equiparación insostenible. Lo real lacaniano es el resultado de la constitución subjetiva en una estructura que se llama edípica. En la relación con la madre el sujeto debe rechazar (y perder) ese goce incestuoso de ser el falo materno para constituirse en un ser en falta, lo real es aquello que asume distintos avatares como inaccesible a la completa simbolización, pieza de esta constitución de rechazo del goce incestuoso. Cada sujeto se juega su destino en una forma particular de recuperación de goce, de plus de gozar. No hay una recuperación general (social) de plus-de-gozar, es lo más íntimo y singular que podemos encontrar en la vida humana.

La sociedad es la organización común de los seres humanos para proveer la satisfacción de sus necesidades materiales, se define por relaciones entre los sujetos, cuya determinación fundamental es el tipo de relaciones de propiedad (y producción) vigentes en cada momento histórico. La plusvalía no es el excedente apropiado del trabajo ajeno en general, sino una forma particular de esa apropiación, propia de la sociedad capitalista, que se realiza a través del mercado. Esto implica que no consiste en la expropiación de un explotador sobre sus explotados, sino de la clase capitalista en forma general, sobre los trabajadores e incluso en la expropiación de los excedentes y la acumulación realizada por los capitales más débiles, menos productivos.

Uno (el sujeto) surge del conflicto edípico, otra (la sociedad) de la lucha de clases y sus revoluciones. Que la sociedad funcione igual al funcionamiento de los individuos, haría posible pensar que el ser humano funciona igual a sus células. Estos “saltos” (simplificadores y anti-intelectuales) no son otra cosa que la propia ideología burguesa velando la posición real de los explotadores en la sociedad.

Nada expone mejor estas ideas que el último libro del exponente máximo de la IL (por el reconocimiento que -a través de sus medios y sus cargos- le ha dispensado el capital) se despliega un ataque en toda la línea con aquello que constituye las bases del socialismo revolucionario, eso enhebra el conjunto de sus nociones. Bajo una cáscara de críticas al neoliberalismo se encuentra una sistemática batalla contra el marxismo. Y se supone a Marx un tipo con buenas intenciones, pero cuya obra es una serie de errores sistemáticos a la espera de los “correctores” lacanianos.

Un funcionario (burgués) desmiente a Marx

Sería bueno no olvidar, antes de cualquier otra consideración, que el autor del trabajo que comentamos, detrás de sus embestidas contra el “trotskismo”, en realidad llora la pérdida de su condición de funcionario burgués.2 Desde allí tenemos que entender el sentido de sus críticas, muy extensas, por cierto. La ley del valor trabajo, la sociedad como sociedad de clases antagónicas, la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, el carácter de clase del estado, la definición de clases sociales por las relaciones de producción y la dialéctica son cuestionadas. El ataque no es sistemático sino repetitivo, no constituye un todo coherente sino insistente. Parece buscar, al estilo de los mantras, efecto por repetición, obviando cualquier esfuerzo por demostrar o probar empíricamente sus afirmaciones.

Frente a la producción de riqueza en la sociedad y el fundamento del valor que se expresa en la teoría marxista del valor trabajo. El trabajo que se incorpora a las mercancías, ese valor que no es pagado y es apropiado a través del mercado, esa es la explotación: la plusvalía es la porción de trabajo que la clase capitalista no paga y luego se apropia mediada por el mercado. Bien, ya no es así: “Al haberse roto la relación establecida por Marx entre el Capital y el trabajo, ya no se explota al trabajador para producir plusvalía sino que, más bien, se lo condena a producir plus de goce” (p. 112). Entonces, “el secreto del Capital es la subjetividad, y el verdadero botín de guerra del capitalismo contemporáneo es el sujeto” (p. 36). O sea, el capital no quiere el trabajo de los trabajadores sino apropiarse de su subjetividad para hacerlos gozar. Ya no apropiarse de una porción del esfuerzo productor de riqueza sin retribuirlo, sino empujar al trabajador al goce. ¿Pruebas, demostraciones, datos? Niente.

Esta explotación del trabajador realizada en el mercado por la vía de la competencia genera un problema en el sistema capitalista: la ley de tendencia decreciente de la tasa de ganancia. La propia acumulación del capital, al incrementar la productividad del trabajo, ataca la tasa de ganancia. Para Marx las crisis capitalistas son fruto, entonces, de su misma lógica y afectan a la sociedad de conjunto, al destruir no sólo las condiciones de vida del trabajo sino también a sectores completos del mismo capital que se han vuelto obsoletos. Pero para Alemán Marx también se equivocó en esto. No es la tasa de ganancia lo que guía al capital y produce sus crisis sino que estas no existen porque: “El discurso capitalista se caracteriza fundamentalmente por autopropulsarse desde el interior de forma ilimitada, de manera tal que no conoce crisis por más que haya catástrofes sociales, ni conoce ningún límite que pueda verdaderamente interrumpir lo que Lacan considera el movimiento circular del capitalismo” (p. 33). La IL insiste en que no hay crisis ni problemas de acumulación y ganancias sino maldad: los capitalistas son gente muy mala. La maldad porque sí, la maldad al punto de no importarle si se perjudica a sí mismo. Hasta los malos guionistas de Hollywood deben incluir en sus tramas algún contacto de los villanos con la realidad material. No así la IL.: “Hoy se extiende un odio que no consiste en lo que creyó Marx, ‘las aguas heladas del cálculo egoísta’. Porque el egoísmo al final está aún interesado en sí mismo. El problema es el que está interesado en el mal de los otros. Y que lo está de tal modo que es capaz de hacerse un daño que lo extinga con tal de que los otros se perjudiquen para siempre, con tal de que los otros pierdan finalmente lo que deben perder” (p. 113). Por ejemplo, la caída del avión que llevaba al Chapecoense no se debió al afán de lucro, a la falta de competitividad de los pequeños capitales compensada con superexplotación y riesgos, sino que el presidente del club y el dueño de la empresa de charters, llevados por su odio, prefirieron morir en su maldad radical y su vocación por hacer desaparecer al otro.

Para seguir atacando al socialismo y la revolución, la IL debe cuestionar la existencia de las clases sociales y el mundo en que estas actúan. Y siguiendo la misma lógica aquí aparece otro revolucionario que no sabía bien lo que hacía y necesitó de Jorge Alemán para que pusiera las cosas en su lugar: “Gramsci había considerado de una manera muy determinante la importancia de los bloques culturales, había perfectamente entrevisto la emergencia de nuevos actores sociales que no venían de entrada constituidos, sino que había que articularlos: intelectuales, burócratas, etc. pero no había dado este paso radical que es concebir la realidad desde el lenguaje (…) Ese lenguaje que estructura la realidad”. No entendió Gramsci que los sectores de clases son “figuras de la subjetividad” (p. 35): el “inempleado estructural”, “el deudor crónico”, “el empresario de sí mismo”, “el experto”. No son relaciones sociales sino figuras de la subjetividad. Y entonces, disuelto el mundo real del trabajo y las clases, las únicas figuras colectivas de la sociedad son la masa y el pueblo. La masa tonta e identificada al líder. Y el pueblo “construcción impredecible de la expresión equivalencial de las distintas demandas” (p. 20). Esta teoría explica en parte el triunfo de Macri. Cambiemos fue el significante equivalencial que expresó múltiples demandas, o sea que “constituyó un pueblo macrista” y explica casi cualquier éxito electoral pensado en el plano del discurso, luego será la realidad de la vida material el fundamento de las demandas y la relación de esas demandas con los intereses de las clases las que le otorguen su sentido, su dirección al montaje discursivo.

Tanto trabajo de destrucción del pensamiento materialista llevó a la crisis “depresiva” de los simpatizantes del FPV que sólo podían atinar a explicar su derrota por unas masas de estúpidos que son llevados como corderos por los medios. Mucho más dramática es la situación actual en la que ven cómo la expresión de la bronca por el deterioro de las condiciones de vida supera y derrota al conjunto de los medios del establishment en Inglaterra con el Brexit, en EEUU con Trump, en Colombia e Italia con el NO. Al abominar de la dialéctica y el materialismo no le es posible captar que un rechazo legítimo puede tener una expresión coyuntural retrógrada.

En este alineamiento con la burguesía no podía faltar la defensa del Estado que garantiza la explotación, el estado burgués. Por un lado es necesario elogiar la revolución (“Nada de lo que ocurrió en mi generación se explica sin la Revolución Cubana. […] Pasarán siglos y seguirá siendo una sorpresa, la vocación emancipatoria e internacional de esa pequeña isla anudada a los últimos nombres propios de la Revolución”3) para, acto seguido, cuestionar este ejemplo, inconsistente con la defensa cerrada del capitalismo. Entonces JA propone lo opuesto a Cuba: “el horizonte democrático lo veo irrebasable” (p. 68). Y es irrebasable porque siempre estamos amenazados por el golpismo: “El capitalismo cada vez necesita menos de la democracia” porque “funciona como un estado de excepción sin golpe militar” (p. 79). Nótese que esta concepción es en sí totalitaria: todo el que quiere ocupar nuestro lugar (eso y no otra cosa es la lucha política), es “golpista”. No es el único “izquierdista” que acepta la tesis del golpismo fundado en la teoría de los dos demonios (la democracia es quebrada por la provocación de los demonios izquierdistas, y no porque el estado burgués consiste en sí mismo en dosis variables de coerción y consenso, según convenga). Su empatía con Ernesto Sábato culmina en esta frase tan republicana “No creo que haya que olvidar que los proyectos revolucionarios fueron trágicos e implicaron millones de muertos” (p. 75). Retoma aquí la clásica argumentación burguesa de atribuirle a la lucha la causa y el fundamento de la represión.

No es suficiente con atribuir a la perspectiva revolucionaria la responsabilidad por las masacres, también hay que atribuirle a las masas la responsabilidad por la imposibilidad de combatir al capital (lo que justifica las alianzas burguesas). El argumento es muy viejo, consiste en señalar que las masas oprimidas no viven de acuerdo a una racionalidad perfectamente consistente con su situación social. La IL se queja porque al comienzo de la batalla por la conciencia, esta batalla no esté resuelta victoriosamente. La sofisticación es introducir el goce de los pobres (del goce de los que poseen medios no hay una sola palabra en los textos de IL, sectores que, dicho sea de paso, son los que dan de comer a los psicoanalistas):

 

“Una verificación política que para mí tiene este problema es la siguiente: cuando uno era militante en los 70 iba a las villas y podía aceptar la definición de Marx de que la pobreza era la no satisfacción de las necesidades materiales. En cambio ahora lo que se ve es una inflación de goce. Esto es: el eclipse de lo simbólico. En otras palabras no hay tramas simbólicas que permitan articular ese goce. Pero hay armas fabricadas, marcas falsas, drogas de todo tipo, plasmas” (p. 72).

 

Este es el punto más canallesco y coincide perfectamente con la opinión de la derecha más rancia.

Un problema que aqueja a cada corriente que niega el mundo real es la de intervenir, precisamente, en el mundo real. Para la IL este problema se resuelve de tres maneras, todas impotentes: obedecer, abstenerse, postergar. Cuando las desmoralizadas huestes K se proponían (desconociendo su extrema debilidad) afiliarse y copar el PJ a principios del 2016, la sugerencia de Jorge Alemán fue esperar al diario de lunes. Si va a suceder esto habría que actuar así, y si va a suceder otra cosa habría que actuar de otra manera:

 

“La afiliación al PJ sin estas premisas innegociables es volver a la vieja política. […]. Si estas dos cuestiones se realizan del modo conveniente y es el PJ, el peronismo, el que las puede asumir, bienvenido sea una vez más el peronismo del siglo XXI. Si no las asume será un proyecto débil de entrada y entonces más que entusiasmarnos en ganar unas elecciones a cualquier precio sería mucho más importante construir una organización política preparada para radicalizar la transformación política que el kirchnerismo comenzó”.

 

¿En qué quedamos? ¿Afiliamos o no? Siguiendo a Borges, para Alemán la inacción es la cordura.

Si la situación no admite quedarse al margen, se obedece al que manda. Lisa y llanamente se obedece. El apoyo electoral a Bossio, Urtubey, Insfrán o Pichetto (por nombrar algunos de los candidatos que no fueron cuestionados nunca) no obliga a la IL a preguntarse nada sobre sus actos, porque se pueden amparar en la obediencia debida: quien no propone nada no es responsable de nada. Esta pasión por dejar la responsabilidad en otro es propia de todo el peronismo, que por esa razón tiene su día de la lealtad: para neutralizar la omnipresencia del traidor.

Por último, se propone una militancia del orden abstinente: “trato de indagar en una figura de desconexión de la maquinaria capitalista que Lacan formuló y que llamó ‘santo’. Considero que puede pensarse como un nuevo tipo de militancia aunque todo esto de modo conjetural” (p. 73). Uno tiene derecho a preguntarse qué es esto. Ahí va: “entiendo que mi planteo quizá sea más difícil de llevarlo a las prácticas políticas, pero lo que define para mí verdaderamente un evento o un acontecimiento colectivo es la Soledad: Común” (p. 70). El acontecimiento es lo que une en la imposibilidad. A más de un siglo del ¿Qué hacer?, la IL responde con un sonoro: “No tenemos puta idea de qué hacer, pero nos encolumnamos detrás del peronismo”. El peronismo es la Soledad: Común, y José López encarna la figura del Santo laico. Daría risa si no causara repulsión.

Nada de este despliegue tiene una referencia al mundo real, a la economía, las clases o al menos a la realidad institucional. Los textos oscilan desde lo que se “cree” o “piensa” a lo que es “evidente”, es “un hecho” o está “demostrado”, sin que se nos señale dónde, cómo o por quién. Alemán aclara que no coincide plenamente con ninguna fuerza política porque “no creo que haya realidad que vaya a coincidir con lo que estoy pensando” (p. 75). Es una declaración, de principios y metodológica, que casi nos eximiría de comentarios, salvo porque personas que presumen de inteligencia proceden de la misma forma. Es extraño suponer que la realidad deba coincidir con lo que pienso, en lugar de realizar un esfuerzo por pensar (y actuar en) la realidad tal como es. Pero para un pensamiento que está fundado en la negación de todo conocimiento de la realidad, cambiar algo de ésta última es imposible.

Al revés

El lector convendrá conmigo en que resulta difícil entender quien se traga toda esta tontería. Es decir, ¿para quienes escriben los “intelectuales” de la IL? Primero que nada, para psicólogos. De los 80.000 psicólogos que hay en el país, una parte se encuentra ubicada en el primer decil de ingresos. Ese sector y los que aspiran a él pueden ver con simpatía una ideología que los exime buscar la unidad con otros colegas y el resto de la clase trabajadora. Ese privilegio relativo los aleja del conjunto de los psicólogos y psicoanalistas que viven una situación de precarización absoluta, trabajos ad honorem, exigencias en aumento, chocando con la degradación social en cada paciente, cada día. Parafraseando a Freud, se da un clasismo de las pequeñas diferencias.

Las numerosas citas evidencian la condescendencia con el capital real (al módico precio de demonizar una versión parcial y pueril del mismo), que contrasta con la oposición absoluta al socialismo en todos los aspectos. Si, como declara abiertamente JA, su “intención es volver lacaniana a la izquierda” (p. 66), lo que significa volverla un apéndice de la burguesía y su ideología, los psicoanalistas no debemos retroceder en la tarea opuesta: volver socialista al psicoanálisis.

Notas

1Alemán, Jorge: Horizontes neoliberales de la subjetividad, Editorial Grama, Buenos Aires, 2016. Todas las referencias en el texto corresponden a este libro, salvo aclaración.

2Alemán ha sido funcionario del Estado (agregado cultural de la embajada argentina en España), asiduo disertante en cuanto foro o encuentro ha organizado el gobierno kirchnerista y publicado con frecuencia en Página 12 y otros medios de la burguesía. También ha sido frecuente expositor y ha publicado en el principal agrupamiento lacanaiano en Argentina, la EOL (Escuela de Orientación Lacaniana) aunque ahora encuentre resistencias –por derecha- a su presencia.

3Texto publicado por Alemán en Página 12 ante la muerte de Fidel Castro


No me defiendas, por favor. Sobre la respuesta de Eduardo Grüner a Jorge Alemán

En enero Alemán escribió en Página 12, un ataque al FIT. Eduardo Grüner le respondió desde la revista Topía. Lamentablemente, Grüner responde desde la perspectiva más favorable a la burguesía. En principio porque lo hace desde el individualismo: “Lo hago en mi propio nombre, como hombre –o individuo, si se quiere decirlo así- de izquierda que, sin pertenencia orgánica a ningún partido, ha apoyado al FIT.  A esto sigue un tono tan amable que no escandaliza cuando llega a decir que “grosso modo estamos del mismo lado.

Esto no es extraño ya que el mismo Grüner remarca su “genuino aprecio personaly agradece las invitaciones recibidas para concurrir a España, mientras Alemán era agregado cultural de la embajada junto a otros intelectuales kirchneristas. Relaciones que no son más que la continuidad de la presencia de Grüner en la Carta Abierta fundacional del grupo kirchnerista que se hizo famoso con ese nombre.

Aún desde una perspectiva tan dubitativa (la organización es necesaria pero actúo a título individual, hay una frontera anticapitalista pero estamos del mismo lado con el peronismo, me sitúo en la ortodoxia anticapitalista pero también en “los modos contemporáneos de emancipación”, como reza la primera Carta abierta en la que estampó su firma), Grüner no puede dejar de mencionar “la sorprendente arrogancia, (con que Alemán) nos indica a los “izquierdistas”, en pocos renglones, lo que debemos leer, pensar y hacer para interpretar y transformar el mundo.”

Frente a la arrogancia ofensiva del intelectual burgués, Grüner responde explicándose en lugar de reclamar explicaciones. Leyendo la respuesta parece que el principal problema fuera la arrogancia y no el papel objetivamente (sin comillas) pro-burgués de la actividad política de Alemán. Leyendo la respuesta parecerá que realmente existe algo como los “modos contemporáneos de emancipación”.

Las complicidades y lazos de familia entre intelectuales suelen ser el caldo de cultivo de estas polémicas amables, defensivas, a medias. Hay muchas formas sutiles de resignar la independencia de clase. Una de ellas es aceptar una supuesta obligación de los explotados de dar cuenta de todo, de demostrar su superioridad moral, intelectual, a sus verdugos, quienes se creen con derecho a actuar como juez de las pretensiones de los dominados. Cuando en realidad es a quienes conducen este mundo de penurias y horrores a quienes siempre y cada vez hay que pedirles explicaciones, con el sólo objetivo de desnudar que no tienen ninguna explicación, ni solución posible. Claro, difícilmente pueda hacerlo quien se considera del mismo lado que gente como Jorge Alemán.

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