Una tragedia nacional – Por Rosana López Rodriguez

rosana lopez rodriguez image 79Hernanito, de Alejandro Acobino

Una obra que relata las peripecias de la burguesía nacional. Una tragedia grotesca de Alejandro Acobino. Hernanito, representada en el Teatro del Abasto, es objeto de análisis de Rosana López Rodríguez en un debate con el autor: ¿destino trágico del país o de su clase dominante?

Por Rosana López Rodriguez (Grupo de Investigación de la Literatura argentina-CEICS)

 

Enciendansé, las nuevas luces del viejo va­rieté / kuede volver el bailarín que initaba a Jred Astaire. / Hoy cono ayer, necesitanos del olvido y del klacer, / de ver a los artis­tas, esos ilusionistas… / que hacen al nundo desakareceeeeer…1

 

Las obras de Alejandro Acobino han sido con­sideradas grotescos por los escasos comentarios críticos que se han ocupado de ellas. Sin em­bargo, nada se ha dicho con relación a un eje de interpretación más importante: que el teatro acobiniano se construye sobre preceptos trági­cos. Sin dudas, la discusión acerca de los gé­neros y de sus límites es un problema teórico muy difícil de resolver. Las taxonomías artís­ticas tienen siempre una utilidad y aplicación limitadas y flexibles, en función de sus desarro­llos históricos y de las particularidades propias de la innovación en el arte. Es en este sentido que propondremos una categoría híbrida para la dramaturgia de Acobino, en la que enfati­zaremos el componente trágico: sus obras son tragedias grotescas.

Una tragedia dada puede incluir entre sus re­cursos el grotesco, aunque ello no resulta in­dispensable. En el mismo sentido, el grotesco, como género, no necesariamente resulta en una tragedia. Es decir, la combinación de ambos no es el resultado necesario de la estructura carac­terística de ambos géneros. Es menester que el autor haya decidido, consciente o inconscien­temente esa mezcla: que a lo propio del destino y los dioses, se contraponga el humor produci­do por la mezcla de lo deforme y lo sublime. El grotesco es una variante de la tragedia, aquella que añade crueldad y realismo. Crueldad por la vía del humor; realismo por la naturaleza de sus personajes.

Empecemos por estos últimos. Comparados con la tragedia clásica, los protagonistas del grotesco violan la norma aristotélica según la cual debe tratarse de individuos superiores al espectador: Edipo, Electra, Antígona. No cabe reírse de ellos. La risa, dirá Aristóteles, solo co­rresponde en relación a los inferiores. De allí que el grotesco no parezca encajar en esta pre­ceptiva. Sin embargo, si se mira bien, Stefano, Mateo y, por supuesto, el J.J. de Hernanito, tampoco son individuos normales: inmigrantes que se juegan el futuro a todo o nada, industriales que empeñan sus ahorros por un sueño, no son el común de los mortales. Su factura indudablemente humana habilita el recurso hu­morístico que da la nota común de crueldad propia del grotesco. Nos reímos de esos hom­bres, pero sólo hasta el final. En ese