Una razón para vivir: vencer* – Víctor Serge (Clásico piquetero)

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Víctor Serge (1901-1947)

El Comité Obrero no se planteaba las preguntas de fondo. Emprendía la batalla sin saber hasta dónde llegaría, sin medir sus consecuencias, y sin duda no podía actuar de otro modo. Expresaba una fuerza creciente, que no podía permanecer inactiva, ni tampoco podía, incluso peleando mal, ser vencida del todo. La idea de tomar Barcelona era precisa, se la estudiaba en detalle. ¿Pero Madrid? ¿Las otras regiones? El enlace con el resto de España era débil. ¿Sería el derribamiento de la monarquía? Algunos republicanos, con Lerroux todavía popular aunque ya desacreditado en la izquierda, lo esperaban y les parecía bien lanzar por delante a la Barcelona libertaria, a reserva de replegarse si Barcelona fracasaba. Los republicanos catalanes, con Marcelino Domingo, contaban con la fuerza obrera para arrancar a la monarquía cierta autonomía y suspendían sobre el régimen una amenaza de perturbaciones. Con Seguí, yo seguía las negociaciones entre la burguesía catalana avanzada y el Comité Obrero. Alianza dudosa en la que los aliados tenían miedo unos de otros, desconfiaban con razón, jugaban a cuál sería más astuto. Seguí decía en sustancia: “Quisieran utilizarnos y engañarnos. Por el momento, les servimos para su chantaje político. Sin nosotros no pueden nada; nosotros somos la calle, la tropa de choque, el león popular. Lo sabemos, pero los necesitamos. Ellos son el dinero, el comercio, la legalidad posible -al principio, ¿no es cierto?-, la prensa, la opinión media, etcétera”. “Pero -le contestaba yo-, excepto en caso de victoria deslumbrante, en la que yo no creo, están dispuestos a abandonarnos a la primera dificultad. Estamos traicionados de antemano”. Seguí veía los peligros: optimista sin embargo. “Si somos derrotados, serán derrotados con nosotros; demasiado tarde para traicionarnos. Si somos vencedores, seremos los dueños de la situación, nosotros y no ellos.”

Salvador Seguí me inspiró, en El nacimiento de nuestra fuerza, el personaje de Darío. Obrero, casi siempre vestido de obrero que sale del trabajo, con la gorra apretada sobre el cráneo, el cuello de la camisa desabotonado bajo la corbata barata; […] Aportaba al movimiento obrero español un nuevo carácter de gran organizador. No anarquista, aunque libertario, amigo de burlarse de las frases sobre “la vida armoniosa al sol de la libertad, “el florecimiento del yo”, “la sociedad futura”, de plantear los problemas inmediatos de los salarios, de la organización de los alquileres, del poder revolucionario. Y éste era su drama: ese problema capital, el del poder, no podía permitirse plantearlo en voz alta; creo incluso que fuimos los únicos que lo tocamos, él y yo, en privado. Puesto que él afirmaba que “podemos tomar la ciudad”, yo preguntaba: “¿Cómo gobernarla?” No teníamos aún otro ejemplo ante los ojos que el de la Comuna de París y, si se lo miraba de cerca, no era alentador: vacilación, división, parloteos, competencia de hombres sin envergadura…

La Comuna, como más tarde la Revolución española, dio héroes por millares, mártires admirables por centenares, pero no tuvo cabeza. Yo pensaba mucho en eso, pues me parecía claro que íbamos a una Comuna barcelonesa. Masas magníficas, rebosantes de energía, arrastradas por un gran idealismo confuso, muchos buenos militantes medios y ninguna cabeza, “salvo la tuya”, Salvador, y “es muy frágil una sola cabeza”, que por lo demás no estaba muy segura de sí misma ni tenía muchos seguidores. Los anarquistas no querían oír hablar de una toma del poder; se negaban a ver que el Comité Obrero, victorioso, sería en Cataluña el gobierno de mañana. Seguí lo veía, pero para no abrir un conflicto de ideas que lo habría dejado aislado, no se atrevía a decirlo. Íbamos así a la batalla en una especie de oscuridad.

El entusiasmo y la fuerza crecían a la luz del día, los preparativos se hacían casi a la luz del día. A mediados de julio, equipos de militantes patrullaban la ciudad, en overol azul, con la mano sobre la pistola. Yo participaba en esas patrullas. Nos cruzábamos con la Guardia Civil montada, con sus tricornios negros, sus cabezas barbudas. Sabían que éramos insurgentes de mañana, pero tenían orden de no iniciar el combate. Las autoridades perdían la cabeza o adivinaban lo que iba a suceder: el desfallecimiento de los parlamentarios catalanes. La casa de la calle de las Egipciacas, donde me encontraba un día con Seguí, había sido cercada por los tricornios negros y ayudamos a Seguí a huir por las terrazas de los techos. Fui detenido, pasé tres horas detestables en una minúscula celda de policía pintada de ocre rojo. Oía rugir el motín en la rambla vecina, y rugía tanto que un oficial amable me soltó con excusas. Los agentes “vestidos de burgueses”, tan lamentablemente civiles, que nos seguían, nos aseguraban su simpatía, excusándose de dedicarse a un oficio tan triste por el pan de sus hijos.

Yo dudaba de la victoria, pero me hubiese gustado pelear por el porvenir. Escribí más tarde, en una meditación sobre la conquista:

“Es muy posible, Darío, que seamos fusilados al terminar toda esta historia. Dudo del hoy y de nosotros. Tú, ayer, cargabas bultos en el puerto. Doblado bajo tu fardo, seguías con paso elástico las tablas botadoras entre el muelle y el entrepuente de un carguero. Yo llevaba cadenas. Expresión literaria, Darío, pues lo único que uno lleva es una matrícula, pero es igualmente pesada. Nuestro viejo Ribas, del Comité, vendía cuellos postizos en Valencia. Portez dedicaba sus días a triturar pedruscos en muelas mecánicas o a abrir agujeros en ruedas dentadas de aceros. ¿Qué hacía Miró con su elasticidad y su musculatura felina? Engrasaba máquinas en una bodega de Gracia. En verdad, somos esclavos. ¿Tomaremos esta ciudad, pero mírala, esta ciudad espléndida, mira esas luces, estos fuegos, escucha esos ruidos magníficos -autos, tranvías, músicas, voces, cantos de pájaros, y pasos, pasos y el indiscernible murmullo de las telas, de las sedas-, tomar esta ciudad con estas manos, nuestras manos, es posible? Seguro que te reirías, Darío, si te hablara así en voz alta…Dirías, abriendo tus gruesas manos peludas, fraternales y sólidas: ‘Yo me siento capaz de tomarlo todo, Todo’. Así nos sentimos inmortales hasta el momento en que ya no sentimos nada. Y la vida sigue cuando nuestra gotita ha regresado al océano. Mi confianza se une en esto con la tuya. El mañana es grande. No habremos madurado en vano esta conquista. Esta ciudad será tomada, si no por nuestras manos, por lo menos por unas manos parecidas a las nuestras, pero más fuertes. Más fuertes acaso por haberse endurecido gracias a nuestra misma debilidad. Si somos vencidos, otros hombres, infinitamente diferentes de nosotros, infinitamente semejantes a nosotros, bajarán por esta rambla, en una tarde semejante, dentro de diez años, dentro de veinte años, no tiene verdaderamente ninguna importancia, meditando la misma conquista: pensarán tal vez en nuestra sangre. Creo verlos ya y pienso que su sangre correrá también. Pero tomarán la ciudad”.

Tenía yo razón. Aquellos otros tomaron la ciudad el 19 de julio de 1936. Se llamaban Ascaso, Durruti, Germinal Vidal, la CNT, la FAI, el POUM…

Nota:
* Sobre los levantamientos en Barcelona, entre junio y agosto de 1917. Extraído de Memoria de mundos desaparecidos, Siglo XXI, 2002, pp. 58-60.

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