Una Odisea Obrera.

Entrevista de Marina Kabat a Feliciana M.

 

 

¿Cómo comienza tu historia?

 

Yo nací en Salta pero mi familia se mudó luego a Jujuy, a San Salvador. De ahí a los 16 años, en el ’91, vine a Buenos Aires. Mi novio, que trabajaba como cocinero con los chinos, me hace el contacto para que empiece a trabajar en otro lugar, también de coreanos. Me habían dicho que era para cuidar chicos, pero una vez adentro me hacen hacer más trabajos, me hacen limpiar, lavar ropa; menos cocinar me hacen hacer de todo. Te controlaban mucho para ver si tenías algo de ellos, era muy feo porque se hablaban atrás tuyo en su idioma y vos no entendías nada. Te controlaban que no fueras demasiado al baño: eran muy exigentes, muy explotadores. Yo dormía debajo de la mesa, era la única que estaba cama adentro; el resto de las chicas salía. Ellas rotaban mucho, no se quedaban mucho tiempo trabajando allí. De comer te daban solamente arroz y poco, como si fueran 100 gramos,  nada más. Ahí estoy un mes y me escapo. Siempre había alguien de ellos vigilando cerca de la puerta pero un día que estaba trabajando cerca de la salida al que estaba cuidando lo llaman por teléfono; yo aprovecho, me acerco de a poco a la puerta, miro para un lado y para otro, veo que no me ven y me escapo. Salgo, tomo un colectivo que pasa, el 101, y voy a parar a Plaza Once, donde me encuentro sola, asustada: provinciana abandonada. Me quedé ahí hasta que me viene a buscar mi novio que había ido donde yo estaba trabajando y las chicas le dijeron que me había escapado. Y como yo no me había movido de ahí, de la terminal. el fue y me encuentra, por suerte.

Así hasta que encontré a una familia judía que vivía cerca, donde empecé a trabajar cuidando a los nenes. Ahí estaba mejor. Trabajé un tiempo hasta que ellos se fueron a España y me dejaron sin trabajo. Otra vez empecé a buscar trabajo, a andar por las agencias. Siempre te engañaban. Empecé a trabajar en fábricas, de planchadora. Planchaba un día, dos días y otra vez me dejaban sin trabajo. Una señora que vive en Monte Grande me dice si vos te animas y querés venir a mi casa yo te puedo dar trabajo para trabajar por hora. Me da la dirección y me voy con mi bebé de 9 meses en brazos, el primero, el que tiene 12 ahora. Empecé a trabajar en otras casas, se va armando una cadena, muchas casas. En esa época estaba bien.

 

¿Cómo llegás al asentamiento?

 

Los fines de semana cuando yo iba a la provincia a trabajar veía este lugar donde estoy ahora. Llegó un momento que empezaron a construir. Ahí me fui de cabeza. Por suerte pude conseguir. Me piden 1500 pesos, me empecé a desesperar porque no sabía de donde sacar los 1500 pesos en ese momento. Comentando entre toda la gente que me conoce me prestaron plata, me ayudaron y pude conseguir adonde vivo ahora. Gracias a las señoras y a la gente que me conoce he conseguido tanto; yo creo que soy muy privilegiada en ese sentido.  Con esos 1500 pesos conseguí un pedacito de tierra, después tuve que comprar los ladrillos, todo para hacer la casa, conseguir las chapas. No me quedaba mucho tiempo para mudarme porque de donde estaba nos querían sacar, así que sí o sí lo tuve que hacer como fuera. Y ahora por suerte ya tengo techo y paredes, le hice la cloaca a la calle. Tengo la luz y el agua momentáneamente gratuita.

 

Es ahí donde empieza el asunto de la ligadura de trompas…

 

Claro. Después de que me mudo, me entero de que estaba embarazada del chiquitito que ahora está con mi mamá, que iba a ser mi quinto hijo, y yo no quería saber nada. No me quería enterar, yo sabía que estaba embarazada, pero no quería nada. Yo estaba rebelde. No quería saber nada porque no quería tener más hijos. Yo había ido a centros de planificación pero mi marido no quería saber nada. Él es muy cerrado: para él cuantos más hijos mejor, como no los cuida él.

Por eso, porque estaba negada con la idea de tener otro hijo, no fui a los controles hasta que lo vi necesario. Yo trabajaba mucho, andaba con la panza de aquí para alla. Tenía miedo que la gente me echara. Al estar embarazada, tenía miedo de quedarme sin trabajo. Entonces fui al hospital y mientras esperaba, pasan invitando a las mujeres que estábamos ahí a una charla de planificación familiar. Yo me engancho, me animo y voy. Hago preguntas y me explican. Pido un método para cuidarme y no me daban ni uno seguro, me han ofrecido preservativos para mi marido, pero el es muy cerrado; me han ofrecido pastillas, pero ¿y si me olvido, qué pasa? Además son caras y si no tengo un día para comprarlas… Sólo me daban el DIU y yo no sentía que me diera seguridad. Decía me va servir capaz que uno, dos años pero y después… yo quería algo definitivo, nada más, que no tuviera más hijos, que no tenga  más nada.

Con la explicación ese día me dan un folleto. Con ese folleto yo anduve dando vueltas y vueltas. No me animaba a llamar. Además este tema yo no tenía con quien hablarlo. No quería decirle a otra persona, solamente lo sabía yo. Al no poder hablarlo con otra persona tampoco yo me animaba. Hasta que un día me animé. Como en el folleto había un número que decía “Anónimo”, me decidí a hablar por teléfono y le cuento mi problema. Me mandan a hablar con un doctor y voy al Hospital Alvarez, que según me dicen es el único lugar donde se realiza la ligadura de trompas.

Así llegué al Alvarez ya con el sexto mes, donde empecé a hacer los trámites para poder hacerme las ligaduras de trompas. Me ponen todas las trabas, por todos los lados me ponen trabas. Hablo con este doctor quien me dice que no puede hacer nada, más que yo no tengo ninguna cesárea. Según él, para hacerme esto yo tenía que tener cinco cesáreas mínimas y me dice vuélvase el viernes que voy a hablarlo con la junta médica. Yo no podía esperar y fui el jueves pero me dice que todavía no había hablado con nadie y me manda con una doctora. Voy a hablar con esa doctora y me dice no, pero usted tiene que hablar con el juez, no podemos hacer nada. Sobre todo usted no tiene ninguna operación, no tiene nada. Yo le pregunto a dónde me dirijo y me dan la dirección.

En el juzgado no me atienden y me hacen volver la siguiente semana. Cuando voy me atiende una señora y me dice que no tenía que ir ahí, que los doctores tienen que tomar la decisión porque está legalizado, que el juzgado no tiene nada que ver, que el hospital se haga cargo. Y allí es donde yo les pido a ellos que por favor me den un papel, algo donde diga que en el juzgado no pueden resolver nada y que el hospital haga algo. No me dan nada y me dicen que vaya al hospital y cualquier cosa vuelva.

Vuelvo a hablar con el mismo doctor que me vuelve a decir lo mismo, me manda a hablar con la otra doctora  y me dice que  vaya a la psicóloga y me da una orden para ella y otra para la asistente social. La asistente social me dice usted no puede señora, tiene sólo 5 hijos, no esta operada, no puede, no puede. Yo igual no perdía las esperanzas y me fui a la psicóloga y ella me atiende, me pregunta cuántos hijos tengo, con quién vivo, en qué condiciones están mis hijos. Yo le digo que los mantenía sola, que aunque ya tenía seis meses de embarazo seguía trabajando. Ella me dice que lo veía bien, pero que tenía que tener  una junta con la asistente social. Voy además de vuelta a la doctora y me hacen ir a las dos semanas, que hay junta médica. Me llevan a un lugar a donde están todos los médicos, me sientan ahí y me preguntan con quién vivo, qué edad tengo, cuántos hijos tengo, si mis padres viven. Les digo todo y viene otra doctora me mira me pregunta y  todos los médicos se sientan alrededor mío, me pregunta uno, me pregunta el otro, como para asustarme. Sentí que querían asustarme, que ellos de todos lados no me querían hacer la operación de ninguna forma.

Me preguntaron si era católica. Y me dijeron que yo no podía hacerme la ligadura porque la iglesia no lo autorizaba. Y yo le digo qué tiene que ver la iglesia si yo estoy en el hospital. Yo necesito que me hagan esto. A mí la iglesia no me da nada. No me da de comer. No me cuida mis hijos. Aunque yo tuviera 800 hijos la iglesia no va a hacer nada por mí. Yo soy una persona joven, de 30 años,  ya tengo cinco no voy a tener 80 hijos, no quiero tener más hijos, por favor necesito que hagan algo por mí.

Y ahí me dicen que está bien, vaya a la psicóloga nuevamente y la psicóloga me manda a llamar a la asistente social que viene y se juntan las dos. La psicóloga dice: la señora está en sus cabales, yo por mi parte la autorizo. La asistente social con la psicóloga cruzan miradas. Porque para la asistente era todo no. No tenía una solución. Al final se ponen de acuerdo las dos y me dicen que sí, que vaya a verla a la doctora para ver qué puede hacer ella, pero que de parte de ellas ya estaban todos los papeles hechos. Otra vez la doctora me hace ir a la otra semana. Ahí vuelvo y me dicen que ellos también me autorizan, pero que falta una cosa: que tengo que ir a ver el quirófano, me hacen sacar un turno con el jefe de quirófano. Cuando voy me desvisten, me ponen ropa de quirófano, me entran al quirófano  me hacen mostrar todo y me cuentan cómo va a ser todo. Yo creo que fue para intimidarme, para asustarme. Yo sentí eso. Cuando los médicos me decían te van a poner el óxigeno por la boca, vas a estar dormida y la forma en que me lo contaban era para asustarme. En ese momento sentí miedo, pero yo no bajé los brazos. No bajé los brazos en ese momento y dije que sí a todo. Yo ya tenía la idea fija. Nada me iba a hacer cambiar de opinión, nada que me hicieran, ya estaba decidida. Era mi decisión y seguía así.

 

¿Ahí terminó todo?

 

No. Después me hacen ver a la doctora nuevamente con los papeles de control de embarazo, yo ya iba por los 7 meses. Después de esa última vez, la doctora me dice que está todo bien, todo listo. Me dan la seguridad de que me iban a hacer las ligaduras después del parto, que el segundo día después del parto me operaban. Yo todavía no estaba tan segura pero ya tenía esperanzas. Como estaba inquieta antes del parto, fui a verla nuevamente a la doctora para asegurarme. Me dijeron de nuevo que sí, que me quedara tranquila.

Cuando yo tuve a mi bebé me ve la doctora. Ella entra me dice tuviste un varón, me felicita. Como fue un sábado a la noche pensé que el lunes me hacían la operación. El lunes pasó todo el día, se van los médicos, no apareció nadie, vienen a revisarme pero nada que ver. El martes vienen dos médicos a la mañana, pero no sabían nada, me levanté, fui a preguntar y me dicen que no tienen los papeles ni las órdenes, que la doctora no les había dado nada, que ella se los tenía que llevar. Fui entonces a buscarla donde estaba ella y ahí me dicen finalmente que al día siguiente, miércoles, me lo hacen.

Encima yo todavía no tenía la firma, porque tenía que llevar la firma de mi marido. En realidad no estamos casados pero igualmente él tenía que dar el consentimiento en el hospital. Si no tenía la firma de él, su consentimiento, no me hacían la operación. Yo siempre había dicho que estaba todo bien, que él lo aprobaba. Cuando vino mi marido a visitarme al mediodía lo hago firmar, no lo dejo leer los papeles ni nada, le digo que es para otra cosa. Entonces los firma y el otro día a las ocho de la mañana me llevan. Cuando fui al quirófano lo último que me acuerdo es que sentí mucho frío, mucho miedo, me sentía sola y estaba sola, sentí mucho frío, mucho miedo.

Pero ahora estoy segura. Ya está, ya logré lo que quería. Yo creo que esto tendría que ser para todos, para todas las mujeres que decidan hacerse esto que se lo hagan. Que se lo autoricen y se lo hagan. Tantas mamás que no quieren tener más hijos. Que no le hagan tantas vueltas, para mi es importante, muy importante, para la planificación familiar. No pueden dejar que las mujeres tengan doce hijos como mi mamá. Yo no quería repetir su historia. Que no haya mujeres sometidas, como hay tantas, como a mí me pasó también. Ahora estoy entusiasmada con el estudio. Este año termino séptimo grado. Yo empecé en parte por mis hijos, porque ellos me preguntaban y yo no sabía. Ahora sí sé. En la escuela además me dieron ganas de escribir mi biografía, un libro con mi historia, porque fueron muchas cosas las que me pasaron.

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