¿Una literatura K?

 

 

 

El discurso del gobierno apunta a la defensa de los pobres, a enfrentar al FMI, a oponerse al imperialismo, mientras se eleva rápidamente el número de militantes populares presos, se paga puntualmente la deuda externa y se envían tropas a Haití. Típico bonapartismo, la cultura K es su expresión fiel, reuniendo en derredor suyo ilusos de izquierda y de derecha. En este caso, dos “jóvenes” escritores muy publicitados por el semanario Ñ: Florencia Abbate y Juan Terranova (ver crítica general en El Aromo nº 14).

 

 

Un “ignorante” de derecha

 

Rosana López Rodriguez

 

“Creo que con Kirchner la cosa puede y va a cambiar. Le tengo mucha fe. Me gusta lo que hace. Lo admiro, lo respeto y lo apoyo. Es el mejor presidente que tuve. Nací en diciembre de 1975, asistí con apenas dos meses de vida al derrumbe del gobierno de Isabelita, pasé por los militares, por Alfonsín, por Menem, por De la Rua. ¿Cómo no me voy a entusiasmar con Kirchner? (…) Sé que va a ser un proceso lento, pero me muero de ganas de ver qué pasa.” (Juan Terranova, El ignorante)

 

El ignorante, de Juan Terranova, (Ediciones Tantalia Crawl, 2004) consta de apenas 61 páginas, 44 dedicadas a una entrevista al autor. El resto es el poema que da título al libro. El autor plantea la existencia de tres generaciones de escritores: la de los revolucionarios de los ’70, la de la restauración democrática y la suya.

La de los ’70: Miguel Bonasso “es un imbécil”; Ricardo Piglia es, “con sus lecturas tan bien hechas, un tipo muy nocivo”; “cuando hoy Pavlovsky habla de política me parece totalmente inútil, inservible y poco inteligente”; “Noé Jitrik, para mí, es un miserable”; David Viñas, “un tipo tan poderoso, tan importante y tan nocivo al mismo tiempo”; Beatriz Sarlo es “lamentable”. En el poema aparecen los “viejos de mierda” que están en él y todavía no mueren: Juan Gelman (“con tu reputación intachable/y tus versos que todos alaban y nadie lee”); Rodolfo Walsh (“con tus odas al basural, / tu prosa inmaculada y tu peronismo oculto,/para venderte en Derechos Humanos.”); Haroldo Conti (“aunque yo no sepa qué mierda escribiste ni quién mierda sos.”) y de nuevo, Viñas, Piglia y Jitrik. Terranova los acusa de un oportunismo miserable: “Yo creo que la generación de los revolucionarios tuvo grandes exilios políticos, muy románticos, intelectuales que escapaban de la muerte, que eran perseguidos por sus ideas políticas. Recalaban en lugares como París y Barcelona, donde podían ser pobres, pero accedían a un capital simbólico impresionante, cuando no a importantes subsidios económicos. Tenían todos una excusa perfecta para vender sus biografías torturadas y sus producciones sobresalientes.” Y en el poema repite la idea: “volvieron del exilio con las manos llenas, / informados, cultivados, / bañados en las aguas del Sena o del Ganges, / socialdemócratas, limpios, inspirados, / y sobre todo, soberbios y sabios.” Pero la acusación es más fuerte aún: “Para la utopía fueron maestros, y pensaron en el mundo. / Para la traición fueron geniales, y marcaron a sus compañeros, / mujeres e hijos / desde los míticos y reales Ford Falcon verdes. / Lo peor del idealismo y lo peor del pragmatismo: / delación y revolución.” Fueron dogmáticos e idealistas y se pagaron a sí mismos con su propia moneda.

Esta generación, dice Terranova, al mostrarles a los jóvenes los resultados de su propia destrucción, los llenaron de miedo, de impotencia. Por eso, la generación intermedia, siempre según Terranova, es una generación fallida, de ineptos, que nunca hizo nada más que acomodarse en los escasos espacios que los viejos le ofrecieron a regañadientes. Va de suyo que la “nueva generación” tiene bloqueado todo desarrollo. La figura que, según Terranova, representa el miedo y la culpa con que intentaron inmovilizar a su generación es la del desaparecido: “muchos jóvenes de los ’90 […] tuvieron que velar cadáveres que no conocieron. […] Yo experimento mucho desprecio por la figura del desaparecido. Me parece que es una figura histórica muy nociva. […] Nos los endilgaron. Y no es justo. Heredamos un país agujereado, con un nivel de desempleo y desmovilización altísimo, y encima, la culpa, el fantasma de los desaparecidos. Las abuelas de plaza de mayo, en ese sentido, me parecen algo fosilizado, inoperante, incluso malsano.” No se trata de un exabrupto pasajero: en su novela anterior, El bailarín de tango, uno de los personajes expresa esta misma idea: “Yo me cago en los desaparecidos”. En suma, la izquierda no es más que un conjunto de traidores.

El ignorante es un panfleto que, como tal, más allá de su calidad textual, deriva su valor del programa político que defienda. ¿Y cuál es su programa? El del arribismo académico por derecha al amparo de la renovación K. Veamos los dos primeros elementos, dando por testimoniada la filiación kirchnerista con la cita que encabeza este artículo.

El autor no distingue las diferentes filiaciones políticas de sus criticados padres intelectuales, caen todos dentro de la misma bolsa: un militante del PRT (Conti), un maoísta (Piglia), un contornista (Viñas) o un montonero (Walsh). Éste es un efecto de la ideología de la “generación”: diluir programas diferentes en una culpa colectiva. Todos son iguales, todos merecen el mismo desprecio. Se reivindica así la ignorancia deliberada como instrumento de disputas mezquinas. Es así porque Terranova cree, junto con otros narradores “jóvenes”, que el mundo ha nacido con ellos. Revela no sólo desprecio por la historia real, sino también un subjetivismo individualista políticamente reaccionario, el mundo como discurso: “Todo se construye con palabras, / porque no existen ni los hechos, ni los cuerpos ni las cosas”. Si todo es virtual, entonces, todo es posible, cualquier cosa puede ser dicha impunemente y nada tendrá consecuencias. Nada puede hacerse tampoco. Idealismo posmoderno, en su variante más derechista: la supuesta crítica a la izquierda “por izquierda”. Una crítica que no duda en caer bajo: Terranova acusa a los “setentistas” de usar la figura del desaparecido para generar temor e inmovilidad (como si ellos la hubieran creado, como si no la hubieran sufrido en carne propia), además de utilizar el exilio para consagrarse como intelectuales (como si se hubieran ido por su voluntad y no corridos por militares y Triple A). Los setentistas, no fueron, entonces, combatientes por un mundo distinto, sino simples aprovechados que medraron a costa de los miedos que ellos mismos supieron sembrar y que triunfaron gracias a la delación y el colaboracionismo. O el autor de estos versos es un ignorante, sin ironía alguna, o es un fascista.

Por si algo le faltara, El ignorante rebosa de homofobia y misoginia: las mujeres son simples arribistas sexuales y los varones degenerados u homosexuales. El ambiente aburrido y sucio (“la mugre de los pisos”) de la Facultad de Filosofía y Letras tiene los “baños llenos de inscripciones que invitan al coito homosexual”. Los baños y sus inscripciones: sinécdoque del ambiente pervertido. La “generación” frustrada está poblada “de viejos libidinosos” y “troskistas putos de mierda”.

¿Qué motiva semejante ataque? ¿Algún problema internacional? ¿Nacional, al menos? ¿Del conjunto de la educación universitaria argentina, siquiera? No, todo el problema radica en que la “nueva” generación no tiene lugar en la academia porque los viejos “se quedaron con los diarios y las cátedras, / con los suplementos culturales y las revistas”. Como hay varios miembros de su “generación” que sí lo han encontrado, todo se reduce a que el propio Terranova no tiene el lugar que cree merecer. Lo que significa que toda esta cruzada macartista no tiene otra función que “ubicar” al joven K. Como un niño que cree que su ombligo es el centro del mundo, descarga su rabieta apelando a temas que merecen un tratamiento adulto. Un fascismo infantil que se coloca a la derecha de FAMUS, porque por lo menos la organización de “muertos por la subversión” tiene una lucha nacional que reivindicar, aunque sea contrarrevolucionaria.

El caso Terranova muestra el grado de descomposición política al que han llegado importantes sectores de la pequeña burguesía, que pasaron del “¡Que se vayan todos!” a Kirchner y Blumberg. Algunas de las críticas de El ignorante al mundo académico pueden ser compartidas. El problema es qué programa es el que critica: el de la derecha oportunista y fascistoide o el de la revolución proletaria. Este último busca rescatar y aprender de los errores y las virtudes de los compañeros que tuvieron el valor de luchar por la vida. Aunque se hayan equivocado, aunque muchos hayan negociado su situación y hoy prefieran olvidar esa lucha. Lo lamentable es que “literaturas” como la de Terranova sean levantadas como “promesas” de renovación artística. Esa es la literatura K, un espejo fiel de su política.

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