Una lectura “higiénica” Maximilien Rubel y su Marx en clave ética

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Eduardo Sartelli
¿Era Marx un anarquista? Así lo creía uno de sus mejores biógrafos: Maximilien Rubel. Ediciones ryr acaba de publicar la obra de este intelectual. Controvertido y original, el gran aporte de Rubel se destaca por su erudición y conocimiento de la vida y la obra del fundador del materialismo histórico. A continuación, una introducción al problema.

“El verdadero problema no consiste en la disyuntiva Utopía-Marxismo, Marxismo-Reformismo, Marxismo-Revisionismo, sino en la disyuntiva Jacobinismo-Autoemancipación. El problema consiste en averiguar si cuando las clases sociales y los hombres como tales confían a cuerpos escogidos y/o elegidos la representación y defensa de sus intereses, pueden retener la autonomía de su conciencia y sus acciones.”
Maximilien Rubel1

Con la frase del acápite, Maximilien Rubel dividió aguas en el seno de las corrientes revolucionarias, apartando a un lado las que, repitiendo un adjetivo bakuninista, resultan en tendencias “autoritarias”, y las que, apelando a la auto-emancipación de la clase obrera, constituyen lo más genuino de la tradición contestataria. En la primera caen desde el stalinismo hasta los bolcheviques como Lenin y Trotsky. En la segunda, los consejistas, el anarquismo y hasta el sindicalismo revolucionario soreliano.
En este combate contra aquellas tendencias “autoritarias”, Rubel quiere rescatar para su bando a un personaje que sería el último al que Bakunin apelaría para ello, el mismísimo Marx, a quien hay que rescatar de… los marxistas. En particular, de Engels. Con este objetivo en mente, nuestro autor se plantea nada más ni nada menos, que la única reedición independiente de algún partido que se reclama marxista, de toda la obra de Marx, de quien va a decir, finalmente que, no sólo (y como el señalara) no es “marxista”, sino que es anarquista. Así de interesante es, más allá de acuerdos y desacuerdos, la aventura que Maximilien Rubel se lanza a protagonizar en los últimos cincuenta años de su vida. Empecemos, entonces, por el comienzo: el autor y su obra.

La “marxología”

Si algo podría caracterizar a Rubel correctamente es el colocarlo en compañía con aquellos que dedicaron buena parte de su vida intelectual a “producir” la “mercancía” Marx. Al igual que Engels, Kautsky o Riazanov, Maximilien Rubel tipifica al marxólogo, es decir, a aquel que no sólo conoce, comenta y traduce la obra del filósofo alemán, sino que la descubre, ordena y reordena, “produciendo” (en el modo más enérgico posible de esta expresión) una nueva lectura e, incluso, un nuevo texto.
Rubel se consagró a construir un Marx anti-stalinista desde sus bases mismas, es decir, desde la traducción y la reedición de los textos fundamentales, desafiando el monopolio del PCUS y del stalinismo de la RDA. El criticismo de Rubel no alcanza sólo al stalinismo, sino al bolchevismo in toto, a partir del criterio según el cual los hijos han traicionado al padre. Padre que supo precaverse de tal giro de la fortuna negándose a ser considerado “marxista”, fundador de una escuela o algo así. Rubel puede ser definido como un “marxista anti-bolchevique”, a la par de Pannekoek y Paul Mattick. Además, su pretensión de que el impulso de Marx hacia las ideas que adoptó no surgió, precisamente, de algún descubrimiento científico, sino ético, le da a su interpretación un sesgo no anti-científico pero sí anti-cientificista. Hipótesis que Rubel intenta probar negando toda cesura entre el autor de El Capital y el de los Manuscritos de París, enfrentamiento necesario con un Althusser al que, sin embargo, se apoya implícitamente al rechazar la filiación hegeliana de su biografiado. Como colofón de todo el edificio, concluye que Marx era, como ya dijimos, en realidad, anarquista. Podrá decirse cualquier cosa sobre esta lectura del fundador del socialismo científico, menos que no es original…
Veamos con un poco de detalle esa pretensión “ética” fundacional. En las Páginas escogidas de Marx para una ética socialista, Rubel explicita el punto de partida de su lectura, que pretende ser, sin embargo, la lectura:

“A medida que se intensificaban las discusiones sobre la significación real del mensaje de Marx y proliferaban sus intérpretes, nuevas sombras oscurecían la figura del pensador que dio su nombre a una de las ideologías modernas más universalmente difundidas, transformado por último en una especie de oráculo cuyas sibilinas revelaciones era necesario desentrañar. Temido por sus enemigos, desfigurado por quienes lo explotan, el pensamiento de Marx sigue siendo objeto de las interpretaciones más contradictorias: su total fracaso o su completa validez son demostrados con igual fuerza y pasión.”2

El origen de la lectura “rubeliana” es, entonces, una voluntad de “higiene conceptual”, de recuperación de un Marx “auténtico”, escondido detrás de la plétora de interpretaciones interesadas, conjunto abigarrado que dio en llamarse “marxismo”. Es decir, una ideología cuyo fundador no sería otro que el mismo Engels, en el mismísimo acto en el que despedía los restos de su amigo en aquella alocución justamente célebre:

“Cuando pronunció sobre la tumba de Marx el breve y conmovedor elogio fúnebre en que esbozaba el retrato espiritual de su amigo, Engels no sospechaba que sus palabras contenían en germen la nueva ideología social que luego se difundiría, con el nombre de marxismo, en una verdadera Babel de interpretaciones del pensamiento de Marx.”3

¿Cuál es la llave de esa caja de Pandora que abre Engels? La confesión de una dualidad en el corazón del pensamiento marxista, dualidad que expresa por un lado el determinismo de la ciencia, y por el otro, la libertad que exige necesariamente todo aquel que pretende posible y deseable una revolución. Rubel en modo alguno quiere negar la existencia de ese dualismo, todo lo contrario. Sucede que el método elegido hasta ahora, dice, deja un problema

“insoluble, mientras nos limitemos a una mera interpretación de los textos de carácter teórico, pues entonces se puede ‘probar’ todo sin que nada resulte esclarecido. Es innegable la necesidad de apoyarse en textos, incluso para desentrañar los resortes íntimos de la personalidad de Marx. Pero entonces no se trata ya de interpretar tesis teóricas, con una labor especulativa, sino de aproximarse a un tipo de hombre.”4

Esta verdad, que yace más allá de los textos, es una demanda ética. Marx, antes que nada, es revolucionario por convicciones morales, no por resultados científicos. Esta conclusión está ya presente, según su peculiar biógrafo, en su tesis doctoral sobre la filosofía de Demócrito y Epicuro. Citando a Cornu, Rubel destaca que la física de Epicuro “no constituye un fin en sí misma, como en Demócrito, sino el fundamento de una ética respecto de la cual sirve como medio de corroboración.”5 Esta relectura gigantesca del conjunto de la obra marxiana estará presidida por esta premisa, la clave del libro que el lector tiene entre manos.
Como su título lo indica, el libro de Rubel que publicamos en nuestra Biblioteca Militante intenta ser algo más y algo menos que una biografía. Algo menos: no se encontrará aquí un relato pormenorizado de cuanto le sucede al biografiado, segundo a segundo, al estilo del monumental texto de Cornu, aunque no le faltarán datos sobre los eventos más importantes (en ese sentido, se puede complementar este trabajo con la Crónica de Marx, del mismo Rubel). Algo más, porque se trata de una perspectiva global sobre la vida intelectual de Marx, que se despliega etapa por etapa, dejándonos un conocimiento cabal de lo principal de su producción.
Quizá lo más sustantivo de esta propuesta rubeliana se juegue en la primera parte del libro, donde se despliega con audacia su tesis central: antes de El Manifiesto, Marx ya ha madurado sus ideas básicas, en particular, porque ha arribado a la conclusión lógica de su apuesta ética, el socialismo. Esta primera parte, con un análisis muy rico de las obras tempranas, aquellas que el althusserismo considera “pre-marxistas”, pero que son para Rubel, las esencialmente marxianas, expone con rigor textual esa trayectoria veloz, afiebrada, del adolescente liberal al hombre socialista.
La segunda parte nos lleva al corazón de la voluntad rubeliana de crear al Marx anarquista. En efecto, aquí asistiremos al análisis marxiano del Estado, puesto el énfasis en la crítica a la estadolatría que Rubel observa en el corazón del bolchevismo y, por supuesto, en su continuidad staliniana. Si la primera parte busca fundar la trayectoria marxiana en una apuesta ética, la segunda parte intenta demostrar que esa apuesta guía toda la trayectoria posterior: una ética de la libertad que, finalmente, se resuelve como una ética sin Estado, es decir, sin opresión.
La tercera parte revela la erudición propia del editor más eminente de El Capital después de Engels. Aunque no está exenta de problemas, el lector disfrutará, en esta sección, de una exposición clara y sencilla de temas intrincados. Es también, la invitación a una lectura abierta de la obra máxima del biografiado, presentada como un edificio en construcción, más presto al cuestionamiento que a la afirmación dogmática. No se nos escapa que su lectura “politicista” dota a Rubel de indudables virtudes a la hora de comprender El Capital como el sustrato realista de aquella apuesta “ética” del comienzo. Pero también cercena una pintura más profunda de su dinámica, que se manifiesta en su apoyo a la variante campesinista rusa que se defendería del leninismo con la famosa carta de Marx a Vera Zasulicht. Allí, al igual que autores como Shanin, so capa de criticar un evolucionismo determinista (todos los países del mundo deben seguir la trayectoria inglesa), se hace decir a Marx que tal cosa no tiene por qué suceder en Rusia. Lo cual es obvio (si se produce la revolución en Alemania antes, por ejemplo), pero no menos erróneo si algún trastorno similar no viene cambiar los carriles por los que iba desarrollándose la comuna rural rusa. De este equívoco, que Rubel no resuelve, se han tomado todas las variantes de “izquierda nacional” del mundo, desde los populistas rusos hasta los filo-montoneros Aricó y Portantiero en la Argentina de los ’70.
El final del texto nos devuelve al comienzo: la apuesta ética se refrenda, finalmente, en la Comuna de París, la unidad del científico y del revolucionario que Engels, inconscientemente quiere creer Rubel, separara en aquel famoso discurso ante la tumba de su camarada. El libro cierra, entonces, con una notable coherencia de ideas, coherencia que se extiende a toda la obra de Rubel, coherencia que hace posible apreciar, detrás de una interpretación particular, pletórica de los inconvenientes que hemos mencionado y de otros que, por razones de espacio no marcamos, un Marx original. Nos acerca una perspectiva fresca que, en confrontación con el autor, permite limpiarnos de tanto dogma adocenado. Más allá de su valor intrínseco, es para nosotros una lectura que nos confronta y nos obliga a una tarea conceptualmente higiénica. Una urgencia propia de tiempos en que la confusión ambiente exige volver a pensar viejos y nuevos problemas.

Notas:

1 “Reflexiones sobre utopía y revolución”, en Fromm, Humanismo socialista, p. 238. Véase cita completa en bibliografía recomendada.
2 Rubel, Maximilien: Páginas escogidas de Marx para una ética socialista, Amorrortu, Buenos Aires, 1974, p. 19.
3 Ibid., p. 16.
4 Ibid, p. 20.
5 Ibid., p. 22.

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