Una historia más de tramas y patriotas: Génesis y manifestación del discurso dependentista en Podemos

Por Jesús Rodríguez Rojo – No cabe la menor duda de que Podemos ha sido el último y más importante de los terremotos que han acontecido en el panorama político español. La emergencia de un partido compuesto por jóvenes intelectuales progresistas que pudiera renovar la política ha sido cautivadora para numerosos sectores de la población hastiada de la monotonía política y sacudida por la crisis. Aunque este movimiento nunca se presentó como un partido revolucionario en sentido estricto, para entender sus movimientos —tal vez también su éxito— es importante prestar una atención minuciosa a una parte del devenir de la izquierda revolucionaria en el marco del Estado español, debido a la indudable vinculación de la mayoría de sus líderes a movimientos sociales y partidos políticos en los años previos al surgimiento de Podemos.


No cabe la menor duda de que Podemos ha sido el último y más importante de los terremotos que han acontecido en el panorama político español. La emergencia de un partido compuesto por jóvenes intelectuales progresistas que pudiera renovar la política ha sido cautivadora para numerosos sectores de la población hastiada de la monotonía política y sacudida por la crisis. Aunque este movimiento nunca se presentó como un partido revolucionario en sentido estricto, para entender sus movimientos —tal vez también su éxito— es importante prestar una atención minuciosa a una parte del devenir de la izquierda revolucionaria en el marco del Estado español, debido a la indudable vinculación de la mayoría de sus líderes a movimientos sociales y partidos políticos en los años previos al surgimiento de Podemos.

El reciente viraje discursivo del partido ha sido muy comentado en el último tiempo: el concepto de “casta”, ya olvidado en algún cajón de los responsables de discurso de la formación política —utilizado para designar a “los poderosos” o al “uno por ciento”—, ha venido a ser sustituido por otro de rima asonante, el de “trama”. Los medios no han perdido la oportunidad de señalar la vinculación de este concepto con la victoria del sector encabezado por Pablo Iglesias frente al de Iñigo Errejón1 en una contienda en la que, en teoría, estaba en juego mucho más que el control del partido: se discutía si el partido debía constituirse como un proyecto de aglutinamiento de la “izquierda” o un movimiento más “transversal”. Igualmente, la prensa no ha vacilado en presentar como la toma del poder por parte de los radicales en el partido2. En realidad, como desarrollaremos en las próximas páginas, este giro no es más que la consolidación de una tendencia nacionalista con tintes cepalistas que aboga abiertamente por abanderar los intereses de los “empresarios patriotas”.

Conocer el origen y la particularidad de este giro —que algunos pretenden dibujar como radical o dramático— es importante para afrontar su crítica radical. No en balde los clásicos del marxismo dedicaron una parte notable de su análisis político a discutir de manera minuciosa y exhaustiva las consignas y lemas de los movimientos que les rodeaban3. Este deber se acentúa más aún debido a la desmesurada fijación por el “discurso” entre los principales ideólogos de Podemos que, como es bien conocido, sienten debilidad por el pensamiento y obra del teórico argentino Ernesto Laclau4.

La “trama”, antagonista del “empresariado patriótico”

Comencemos observando con cierto nivel de detalle este discurso de la trama en la formación política. Para ello, en primer lugar profundizaremos en cómo los principales dirigentes e intelectuales entienden este particular concepto, la “trama” para, más adelante, ver de qué manera se define lo “otro” respecto de la trama, o sea, cómo se definen a sí mismos.

¿Qué es la “trama”?

Iglesias en un reciente artículo de prensa se propone explicar qué es la trama5. Para hacerlo se refiere directamente a un libro, recientemente editado, de Rubén Juste en el que se pretenden escudriñar los secretos que se esconden bajo la etiqueta del Ibex 356. Este índice, que comprende las 35 empresas con mayor liquidez de la economía española, ha representado todo un fetiche para los economistas que veían tras él el principal motor del crecimiento (Abengoa, Prisa, Iberia, Banco de España y otras conocidas firmas han sido parte integrante de este grupo). Según la tesis de Iglesias, son estas firmas las que, de alguna manera, concentran la riqueza y el poder en nuestro país y las que habrían hurtado la soberanía al conjunto de los españoles. Sería importante añadir a este grupo de conspiradores una serie de políticos de alto nivel que se habrían doblegado ante estas empresas y, de buen gusto, habrían favorecido sus intereses creando un conglomerado político-económico: la trama.

Pedro Honrubia —artífice del discurso de Podemos—presenta la trama como sigue: “el modelo de gobernanza implementado en el Estado español durante las últimas décadas por una serie de actores con vinculación directa a la toma de las grandes decisiones de Estado, y que articula en torno a sí un conjunto de relaciones entre el poder político y el poder económico para intervenir dicho Estado y ponerlo al servicio de los intereses privados de unos pocos privilegiados”7. En resumen, la unión del poder económico y político concentrado que, en la sombra, dirige el aparado del Estado.

En un artículo más elaborado, hace ya algún tiempo, Manolo Monereo —ideólogo de Podemos, del círculo más cercano a Iglesias— y Hector Illueca describían de manera notablemente más precisa y directa el término de trama8. Ellos, con claras bases schmittianas, se esfuerzan en resaltar la necesidad de encontrar un enemigo; tal enemigo, claro, es la trama. Esbozan tres argumentos centrales por los que se debería centrar el debate en la trama: (1) “porque define los poderes reales: económicos, políticos y mediáticos”9; (2) “porque enlaza con una subjetividad organizada; la trama se organiza, conspira, se articula y controla el poder del Estado, haciendo de la corrupción un componente estructural del sistema político”;10 y (3) porque “define un ellos y un nosotros; una minoría, cada vez más reducida, controla el poder e impone un modelo social contrario a las mayorías. La trama vende al país, nos subordina a una Europa alemana y nos alinea con el imperialismo norteamericano”11. Se trataría de una organización en simbiosis de los poderes fácticos que urde planes en contra de la mayoría social y en pro de los intereses imperialistas (europeos, alemanes o norteamericanos según el caso),  cuyo modus operando serían las diferentes formas de latrocinio perpetrado contra el “pueblo”.

¿Quiénes somos “nosotros”?

Ya conocemos al enemigo, pero, ¿quién sería el “nosotros”? Monereo e Illueca lo dicen con total claridad: “La trama es antagónica a la patria. Nuestra patria no es una ‘comunidad imaginada’, no es nacionalismo, es res-pública: un futuro a construir colectivamente; una sociedad de hombres y mujeres libres e iguales que luchan por la emancipación social basada en el autogobierno de la ciudadanía, es decir, en la soberanía popular y en la independencia nacional”12. El nacionalismo, aun siendo negado en cuanto término, hizo su entrada triunfal en el discurso de la izquierda cuando Podemos, en sus inicios, reivindicó la “patria” (ante la atónita mirada de las organizaciones revolucionarios que hacía años habían renunciado a reivindicar el Estado español debido a los proyectos nacionales existentes en su interior y al control que la derecha ejercía, desde la guerra civil, sobre los símbolos nacionales). El discurso de la trama afianza sobre bases algo distintas este “nosotros” todo-abarcador, confuso y hasta espiritual.

El elemento más común del nacionalismo, la conciliación de clase, no tarda en salir a relucir. En ese “nosotros”, el “empresariado patriota”13 tendría un papel fundamental al oponerse a la trama y producir una alternativa política para el país. El planteamiento de Marx ha terminado saltando por los aires para aterrizar sobre su cabeza: el pequeño capital reaccionario pasa a ser la esperanza de las clases trabajadoras expoliadas por una conspiración de los grandes poderes. En algunas manifestaciones de este discurso, estos empresarios pierden incluso su condición de capitalistas, al ser relacionados con aquellos sectores “tradicionales” —no industriales— que no tendrían los “valores” propios de la empresa. Se apela a las PYMEs como si se trataran de entes “extra” o “pre-capitalistas”, cuando en realidad son una expresión más del capital si cabe, más reaccionaria que sus congéneres mayores.

El rumbo a la deformación de la teoría en pos del éxito electoral se consolida asumiendo una de las bases argumentales de los relatos de la izquierda contemporánea: el capital(ismo) ha sido sustituido por el “neoliberalismo” a nivel retórico y, peor aún, analítico. Frente a esta “nueva” fase del sistema económico se articulan a través de significantes vacíos grandes sectores de la sociedad que están dispuestos a regresar a otras etapas donde se recuperen las ayudas sociales y se impulse un “modelo económico justo”. Con ello, el “sujeto” se aproxima a la afamada consigna del 99%, dejando fuera una ínfima porción de personas que poseerían emporios financieros o mediáticos

Entendemos que, detrás de este discurso, aparece un proceso de “moderación” y consolidación de una perspectiva nacionalista que trasciende la comparación del “Podemos de ahora” con el “Podemos de sus inicios”. Para comprender el origen de este discurso —así como de otros que se repiten en numerosos países—, y partiendo de la trayectoria de sus creadores, debemos remontarnos atrás en el tiempo. Si, como sostenemos, este relato es el desenlace de una “trama” más extensa, el punto de partida lo encontramos en elementos fundamentales de la teoría marxista (donde tuvo lugar la socialización política de estos dirigentes) se hace imperiosa para aproximarnos a este concreto.

Planteamiento: el “desfase inmanente” del marxismo

Una genealogía que se pretenda seria ha de atender a las determinaciones del origen del problema. En este caso el camino nos lleva a una revisión crítica de las más tempranas aportaciones al marxismo que tuvieron lugar en el siglo XX. Antes del somero esbozo que nos vemos obligados a hacer por tales planteamientos, debemos destacar, siquiera sea telegráficamente, algunas ideas básicas del análisis que realiza Marx en su obra cumbre, El capital, en torno a los temas que nos ocupan. Veamos cómo opera y a qué da lugar, en general, la acumulación del capital.

El capital, valor que se valoriza, lo hace mediante la competencia, tal es su forma de existencia. Cada una de las unidades productivas aspira a superar y desbancar a sus competidoras mediante el desarrollo de su capacidad productiva —de las fuerzas productivas—, no solo por aumentar su lucro sino para evitar perecer como capital en la jungla que se crea debido al caótico enfrentamiento colectivo. El resultado constante de esta dinámica es la expulsión del proceso de capitalistas incapaces de reproducirse —que podrán probar suerte en otros sectores de la economía— y de obreros que no pueden vender su fuerza de trabajo debido a la mecanización de los procesos productivos —que tratarán igualmente de reintegrarse en otros sectores—. Con ello, el capital avanza constantemente en su centralización. Este atroz proceso está envuelto por la paradoja de que el desarrollo tecnológico fundamental para la superación del capital genera es una expansión de la miseria entre gran parte de la población14.

Introduzcamos en este desarrollo la figura del Estado-nación. Como herramienta económica, al igual que como herramienta represiva, el Estado representa los intereses del capital en su dinámica de acumulación nacional. Si bien colabora con los intereses del capital de mayor tamaño —actuando como salvavidas o como sicario—, hace lo propio también con los de menor tamaño. El pequeño capital, que hasta ahora solo podría resguardarse de su depuración mediante la mayor explotación de sus trabajadores —proceso que no es posible en todos los contextos—, ahora ve en el Estado una vía para mantenerse como capital: de conseguirlo recibiría flujos económicos que compensarían (al menos parcialmente) su incapacidad de desarrollar su capacidad productiva (haciendo crónica esta disfunción técnica). De todo este despliegue, o de su desarrollo, no parece posible concluir ni alguna suerte de carácter benevolente del pequeño capital, ni una lectura apologética del Estado capitalista. En este sentido, el análisis coarta la estrategia política.

Ahora bien, en sus respectivos contextos, numerosos teóricos marxistas sucumbieron a la idea de romper con este despliegue para enfrentar su realidad y desarrollar una estrategia política pertinente. La forma que adoptó este quiebre teórico no fue otra que la necesidad de “adaptar” el marxismo a su época, el capitalismo que Marx estudió quedó atrás y hay que volver los ojos para prestar atención a los cambios que habían tenido lugar; un planteamiento legítimo que trataba de dar cuenta de su realidad desde fuera del marxismo. Siguiendo a los teóricos del imperialismo, principales exponentes de este proceder —Hilferding15, Lenin16, Bujarin17 o Trotsky18—, una parte importante de la teoría de Marx quedaría literalmente desfasada, relegada a una era pasada.

¿Qué caracterizaría a esta nueva fase? El relato es del todo conocido, incluso hegemónico: la centralización del capital habría llevado a unas pocas empresas inmensas, ligadas a la “economía financiera”, a dominar la economía sin someterse apenas a la competencia19. Las grandes empresas se habrían apoderado además de manera casi perfecta del control del aparato estatal, y lo emplearían para librar guerras en pos de la apertura de mercados o la eliminación de competidores; con ello, el Estado-nación perdería su carácter de clase, o de subordinación al capital, para representar los intereses de las facciones más “privilegiadas” de la burguesía. Este giro en la concepción del Estado en algunas ocasiones se justifica a partir del origen de clase de los componentes de la administración20, en otras, a partir del pacto entre clases y fracciones de clase para alcanzar intereses comunes21; el desenlace es el mismo, a saber, la inversión de la misma teoría marxista del Estado.

Aunque estas teorías han encontrado numerosas y pertinentes críticas desde diferentes perspectivas en el seno de la tradición marxista22, se han mantenido en una posición dominante, especialmente en lo que lecturas socio-políticas se refiere. Si el papel del Estado aparece distorsionado, el del pequeño capital no corre una suerte diferente. Desde muy distintas visiones —ortodoxas23, althusserianas24 o analíticas25—, se representa sistemáticamente la estructura de clases como un continuum que encuentra en un lado la “gran burguesía” (a veces “capitalistas” a secas), en el opuesto al proletariado y, en medio, una amalgama de grupos sociales entre los que figuraría la “pequeña burguesía” y que se inclinarían hacia un lado u otro de la balanza según el caso y las alianzas de clase establecidas. Frente a los monopolistas, que no necesitarían pasar por el aro de la concurrencia, pudiendo incluso planificar los precios, se situarían numerosos colectivos (independientemente de sus determinaciones de clase) que estarían constantemente tentados a posicionarse con la revolución socialista.

En resumen, la competencia se habría suprimido a sí misma y habría dejado fuera a una serie de capitalistas que, nutridos por el capital financiero, e imbricados con los Estados, intentan imponer sus intereses al conjunto de la sociedad que serían potenciales enemigos de este particular capitalismo planificado por las corporaciones. Pese a los notables posos de verdad que rodean el planteamiento, no podemos dejar de notar las incoherencias con el planteamiento de Marx y, de facto, con la realidad.

Nudo: la teoría de la dependencia… en el Estado español

Las teorías del imperialismo que, como decimos, son el germen de las teorías del capitalismo monopolista, constituyeron un marco inigualablemente atractivo para la elaboración de una teoría de la dependencia de corte marxista. Así surgió una elaboración conceptual —en la que la pequeña burguesía aparecía como “burguesía nacional” o, en el mejor caso, “lumpenburguesía”— que se enfrentaba al clásico “desarrollo desigual” del capitalismo, pero en este caso desde América Latina, donde los intelectuales europeos tenían la vista fijada desde comienzos de los años 60 (y hasta hoy). La tentación de aproximarse teóricamente a esta nueva escuela fue notable. Dos Santos, Bambirra, Gunder Frank o Marini se convirtieron en lecturas de cabecera de algunos destacados intelectuales de la izquierda europea. Aquí nos centraremos en dos casos especialmente relevantes para nuestra empresa, primero, por gozar aún hoy de más que notable impacto en los movimientos políticos y, segundo, por la vinculación concreta de sus planteamientos con el discurso de Podemos.

La teoría de la dependencia en las regiones de Andalucía y Galicia

Ambos casos comparten semejanzas notables en relación al marco para cuyo estudio han sido concebidas. Se aplican a territorios con una industrialización menos notable que otros, donde existe un sentimiento regionalista o nacionalista con arraigo popular y dicho sentimiento no encuentra una expresión política clara en partidos de la derecha conservadora. Los planteamientos se enmarcan, por tanto, en el contexto  de los nacionalismos “populares” de zonas con escasa carga industrial —algo que entona bien con los correlatos latinoamericanos—.

En particular hablaremos de dos trabajos publicados entre los años 70 e inicios de los 80 (decadencia y fin del franquismo en el Estado): El atraso económico de Galicia, de Xosé Manuel Beiras, y Dependencia y marginación de la economía andaluza, de Manuel Delgado Cabeza. En ambos casos se tratan de obras verdaderamente notables que bien han merecido el estudio que se les ha dedicado. Por razones obvias no podremos discutir y revisar la totalidad —ni la mayoría— de argumentos que se exponen; nos centraremos en sus puntos fundamentales en relación a nuestro interés.

Beiras, en un desarrollo realmente similar, parte igualmente de la génesis del fenómeno del “atraso económico” para desplegarlo hasta arribar a su propia época30. Igualmente introduce un número amplio de factores, al analizar diferentes aspectos de la economía gallega que le hacen llegar a la conclusión de la existencia de un “colonialismo interno”31 que drenaría recursos de la región hasta situarla en un marco hostil al desarrollo. Esta situación se consolidaría debido a problemas tanto financieros como demográficos32. Aunque las referencias a los autores dependentistas son menos directas, el relato encaja a la perfección con sus planteamientos.

No vamos a entrar en el pormenor de sus desarrollos debido a la ausencia de tiempo y a la relación más bien tangencial con nuestro propósito; tampoco repetiremos críticas (perfectamente aplicables en muchos casos) ya formuladas por los teóricos marxistas contrarios a estas teorías33. También es importante recordar que los libros en cuestión datan de principios de los 70-80, lo que hace que sus ideas deban ser reexaminadas a día hoy (aunque los autores continúan en posiciones próximas, y sus seguidores mantengan argumentos idénticos). Sin embargo, es necesario apuntar, al menos, algunos vértices económico-políticos para continuar más adelante el desarrollo.

En primer lugar, debemos destacar el papel que en sus planteamientos tienen las burguesías nacionales. En sus conclusiones apuntan ambos autores que sus respectivos capitales autóctonos son del todo incapaces de articular una propuesta de desarrollo que saque las regiones de su situación de dependencia y atraso. Aunque estos capitales oscilarían entre víctimas y colaboradores de su propia incapacidad ante los mercados monopólicos, son presentados como clases sin proyecto sólido ni fuerza para llevarlo a cabo34.

Un segundo elemento que debemos señalar es la identificación de los problemas del capitalismo con la importancia que adquiere en la economía los resquicios de la economía “tradicional”. Frente a otras regiones (Cataluña o País Vasco) donde el capitalismo se introdujo más intensamente, en Andalucía o Galicia se mantendría una resistencia por parte de prácticas que encajarían peor con la acumulación de capital; se trataría de una situación “dual” donde conviviría una producción “tradicional” con otra “moderna” 35. Los problemas —sin duda existentes y particulares— de la región no serían expresión de su posición en el mercado mundial, sino que sino que se derivarían de características locales; además la pequeña empresa sería, de alguna manera, menos capitalista que el capital expoliador.

Como podemos observar en ambos casos se trata de un desarrollo teórico muy ceñido al marco de las teorías marxistas de la dependencia. Ambas comparten numerosos rasgos con los autores marxistas anteriormente mencionados y entre sí. Debemos destacar que en ambos casos se dibuja a la burguesía nacional como una burguesía “entregada” o colaboracionista en el proceso de subordinación regional. Este punto es fundamental, pues es uno de los rasgos que distingue claramente las teorías “marxistas” de las neoricardianas en lo que a la dependencia se refiere. Como vamos a ver, este elemento distintivo se pierde o diluye al ser asumido este marco por los ingenieros discursivos de Podemos.

¿Cómo llega esto al Podemos de Iglesias?

A estas alturas es posible que los lectores se pregunten qué tienen que ver los mencionados planteamientos de los años ‘70 y ‘80 con Podemos, dónde está la relación directa. Para responder a esta pregunta no tenemos que realizar una compleja y enrevesada cadena de información e influencia, basta con observar con un mínimo detenimiento el equipo actual y la biografía política del líder del partido, Pablo Iglesias.

Los planteamientos de Delgado Cabeza no encontraron un eco demasiado reseñable entre el conjunto de la izquierda andaluza, no obstante sí gozan de una más que notable aceptación entre una parte concreta de ella: la izquierda soberanista andaluza que hoy está representada por el Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT). Esta organización, que reconoce en sus propios documentos el carácter dependiente de Andalucía, ha alcanzado cierta popularidad en la izquierda del Estado gracias a sus acciones directas (ocupación de tierra, entrada en supermercados para sustraer y repartir alimentos…) en aras de, entre otras cosas, una reforma agraria para la región36. Pues bien, tanto el líder histórico de esta organización, Diego Cañamero, como otro notable militante, Pedro Honrubia, forman hoy parte del equipo de Iglesias; siendo este segundo el responsable, como mencionamos, del discurso de la formación.

El caso gallego es, si cabe, más directo. El propio Beiras —autor de El atraso económico en Galicia— ha sido, y es, uno de los más sonados dirigentes de la izquierda gallega que desde la transición española ha formado parte de la batalla cultural librada en esta zona. Más recientemente, en 2012, se creó la Alternativa Galega de Esquerda (AGE), que trató de aglutinar las diferentes tendencias nacionalistas de izquierdas gallegas, de la que él fue el principal dirigente y referente político. Iglesias, que en aquellos momentos no planteaba la posibilidad de un proyecto como Podemos, fue asesor político de esta iniciativa. Tal experiencia está reconocida por el propio Iglesias como el precedente directo del proyecto de Podemos37.

Desenlace: de la teoría del imperialismo a la socialdemocracia populista

Aún asumiendo la mayúscula influencia que en Podemos han tenido los discursos dependentistas, todavía nos encontramos con el problema de trazar una continuidad entre Lenin e Iglesias. Efectivamente nos encontramos con un salto cualitativo que debe ser explicado. Este salto se manifiesta al menos en dos sentidos. El primero consiste en trasladar el sujeto oprimido desde las naciones periféricas hacia el conjunto del Estado; esta es la manifestación del cambio discursivo de recuperación del término “patria”. El segundo, más importante, es la conversión de la pequeña burguesía y del Estado-nación en no solo aliados sino en bases de la transformación política. Como vemos, no se trata de un cambio nimio, ni mucho menos.

Lo que está detrás de esto, no por obvio debe dejar de mencionarse, es el proceso de moderación —deriva que encuentra un nítido paralelismo con lo ocurrido a multitud de intelectuales dependentistas latinoamericanos años antes38— a fin de captar una mayor aceptación electoral entre los españoles. La captación de este sector descontento con su estatus en el mercado sería imprescindible para la construcción de un “sujeto popular”  capaz de hacer frente a la “derecha”, aliada de la trama. De esta manera se trataría de recuperar las instituciones que habrían sido secuestradas por el entramado político-económico dominante.

No se trata de mostrar alguna suerte de determinismo entre las teorías del imperialismo y el nacionalismo cuasi cepalista, sino de no separar ambos fenómenos por el hecho de que se asocien generalmente a posiciones políticas distantes. Es por ello que creemos necesario evitar la tentativa de explicar el reformismo a partir del reformismo, remontando los discursos de esta corte a Kautsky, dejando de lado la corriente que inauguró la III Internacional; se intenta sistemáticamente el reformismo en función de sí mismo cuando, atendiendo a la génesis concreta de los discursos, al menos en este caso, deberíamos explicar el reformismo como una deformación coherente de las tesis de los revolucionarios.

Con ello, pensamos que el discurso de la trama no solo carece de cualquier carácter novedoso, sino que reproduce tendencias presentes y hegemónicas en el pensamiento político de la izquierda (no solo nacional). Además, hemos tratado de demostrar que es un relato esencialmente importado de manera acrítica que deriva y, de hecho, ha derivado, en el enaltecimiento de los sectores más reaccionarios del capital: la pequeña burguesía. Pensamos que se ha mirado a Latinoamérica con los ojos en gran medida cerrados y se ha hecho lo posible, no por aprender, sino por replicar las contiendas políticas allí realizadas.

El precio de ello ha sido destruir las bases mismas del pensamiento marxista, invirtiéndolo: el monopolio reemplaza al capital; el Estado capitalista se torna en un Estado (a secas) secuestrado por los monopolios; las fracciones más reaccionarias de la burguesía es perfilada como el adalid revolucionario que se enfrenta a sus hermanos de mayor tamaño en pos del bien común; la nación oprimida toma el lugar de la clase; y el triunfo electoral de una formación política concreta termina por eclipsar cualquier ensoñación revolucionaria. Tales son las paradojas del recorrido, tan frecuente en la izquierda marxista, que ha transitado a una velocidad sorprendente Podemos.

¿Qué hacer entonces? La respuesta a estas alturas no puede ser muy ocurrente: volver a la teoría del valor de Marx. Con él, pero sin perder de vista el conjunto el despliegue teórico más reciente, enfrentar directamente nuestra realidad para superarla. Es desde ese marco que deben pensarse las estrategias retóricas para la toma del poder.


Notas

1García, Elsa “Podemos reemplaza la ‘casta’ por la ‘trama’” El País, 13/03/2017, disponible en http://politica.elpais.com/politica/2017/03/12/actualidad/1489340173_955843.html

2García, Elsa “Iglesias logra el control para imponer el podemos más radical” El País, 13/02/2017, disponible en http://politica.elpais.com/politica/2017/02/12/actualidad/1486890748_595172.html

3Un ejemplo notable de ello se halla en las polémicas en relación al sindicalismo. Cfr. Rodríguez Rojo, Jesús. “Recuperar la teoría de la praxis. El sindicalismo en la tradición de pensamiento marxista” Laberinto, 2015. nº 44: 73-81

4El propio Iglesias reclama abiertamente el legado de Laclau —que, no olvidemos, fue un teórico dependentista antes de un “gurú” del discurso político— para la proclamación de su giro discursivo. Véase: Gil, Andrés. “Pablo Iglesias lanza un nuevo concepto para definir el momento histórico: ‘La trama’” El diario, 03/03/2017, disponible en http://www.eldiario.es/politica/Pablo-Iglesias-concepto-definir-historico_0_618038538.html

5Iglesias, Pablo. “¿Trama? ¿Qué trama?” El diario, 13/03/2017, disponible en http://www.eldiario.es/tribunaabierta/Trama-trama_6_621597851.html

6Juste, Rubén. Ibex 35. Una historia herética del poder en España. Capitán Swing, Madrid, 2017.

7Honrubia, Pedro. “La ‘Trama’: Radiografía y definición de una época de corrupción, saqueo y asalto del Estado que tenemos que superar” Kaos en la red, 02/03/2017, disponible en http://kaosenlared.net/la-trama-radiografia-y-definicion-de-una-epoca-de-corrupcion-saqueo-y-asalto-del-estado-que-tenemos-que-superar/

8Monereo, Manolo y Illueca, Hector. “La trama” Cuarto poder, 01/11/2015, disponible en https://www.cuartopoder.es/tribuna/2015/11/01/la-trama/7729

9Ídem.

10Ídem.

11Ídem.

12Ídem.

13Gil, Andrés. “Podemos abandera a los ‘empresarios patrióticos’ frente a ‘la trama que se ha apropiado del Estado’” El diario, 21/03/2017, disponible en http://www.eldiario.es/politica/Podemos-abandera-empresarios-patrioticos-apropiado_0_624688298.html

14Cfr. Marx, Karl. El capital. Crítica de la economía política. Akal, Madrid, 2014, libro I, cap. XXIII

15Hilferding, Rudolf. El capital financiero. Tecnos, Madrid, 1963.

16Lenin, Vladimir I. “El imperialismo, fase superior del capitalismo” pp. 689-798 en Obras escogidas vol. I. Progreso, Moscú, 1961.

17Bujarin, Nicolai I. La economía mundial y el imperialismo. Pasado y presente, Buenos Aires, 1973.

18Trotsky, León. El pensamiento vivo de Marx. Losada, Buenos Aires, 2004.

19Seguramente el planteamiento más “radical” en este sentido sea el de Baran y Sweezy para quienes la competencia ya no se expresaría en los precios —no habría ninguna tendencia a la igualación de la tasa de ganancia—, sino en el “arte” de los vendedores a la hora de realizar la venta (Sweezy, Paul M. “Sobre a teoría do capitalismo monopolista” pp. 23-60 en Teoria e história do capitalismo monopolista. Textos marginais, Lisboa, 1974, p. 59).

20Miliband, Ralph. El Estado en la sociedad capitalista. Siglo XXI, Madrid, 1976, p. 66.

21Poulantzas, Nicos. Poder político y clases sociales en el estado capitalista. Siglo XXI, Madrid, 1978, p. 308 y ss.

22En castellano, véase: Veraza, Jorge. Para la crítica de las teorías del imperialismo. Itaca, México 1987; Guerrero, Diego. Competitividad: teoría y política. Ariel, Barcelona, 1995; Kornblihtt, Juan. Crítica del marxismo liberal. RyR, Buenos Aires 2008, cap. I; Astarita, Rolando. Monopolio, imperialismo e intercambio desigual. Maia, Madrid, 2009, caps. I-II; Iñigo Carrera, Juan. El capital: razón histórica, sujeto revolucionario y conciencia. Imago Mundi, Buenos Aires 2013, pp. 160-177.

23Braverman, Harry. Labor and monopoly capital. Monthly Review, Nueva York, 1974, pp.403 y ss.

24Poulantzas, Nicos Op. Cit..

25Wright, Erik O. Clase, crisis y Estado. Siglo XXI, Madrid, 1983, pp. 54-104.

26Delgado Cabeza, Manuel. Dependencia y marginación de la economía andaluza.  Publicaciones del monte y Caja de ahorros de Córdoba, Córdoba, 1981

27Esquivamos conscientemente el concepto de “transferencia de valor” debido a su complejo encaje en el corpus teórico marxista; de alguna manera supone que el precio de producción (o de mercado) es algo diferente y, por ende, comparable al valor, cuando no es más que su expresión como negación. No obstante, no mostramos la menor beligerancia en este asunto. No creemos, como sí Astarita (op. cit.), que este punto sea crucial para la crítica a las teorías del imperialismo.

28Delgado Cabeza, Manuel. Op. cit., cap. VI y ss.

29 Ibíd., p. 237; además encontramos referencias directas a Furtado (p. 112), Sweezy (p. 152), dos Santos (p. 243) o Marini (p. 245).

30Beiras, Xosé M. El atraso económico de Galicia. Xerais, Vigo, 1982.

31Ibíd., pp. 66 y ss.

32Ibíd., cap. III.

33Véase nota 22.

34Ibíd., pp 192-193; Delgado Cabeza, Manuel. Op. cit. p. 237.

35Ibíd., pp 61-65; Delgado Cabeza, Manuel. Op. cit. p. 138.

36Para una crítica de esta medida concreta y de los planteamientos que tras ella subyacen (muy relacionadas con el enaltecimiento del pequeño capital “campesino”), véase Sartelli, Eduardo et al. Patrones en la ruta. Ryr, Buenos Aires, 2008, pp. 255-264.

37Europa Press, “Iglesias: ‘La primera traducción electoral del 15M no fue Podemos, fue AGE y Xosé Manuel Beiras’” El diario, 20/09/2016, disponible en http://www.eldiario.es/politica/Iglesias-Podemos-AGE-Manuel-Beiras_0_560994940.html

38Cfr. Rieznik, Pablo. “Os intelectuais diante da crise” pp. 73-94 en Globalização e socialismo. Xamã, São Paulo, 1997.

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