¿Una cuestión de management? El comercio colonial según la historiografía liberal contemporánea

Por Mariano Schlez – En la actualidad, el liberalismo domina los principales resortes de los institutos de investigación y docencia universitaria, además de ser el responsable de editar los manuales que llegan a las escuelas secundarias de todo el país. Veamos su propuesta para el estudio del comercio colonial y el por qué de su incapacidad para explicar su funcionamiento.

El liberalismo tiene su origen más remoto en Mitre y Levene, quienes sostenían, cada uno por diferente vía, que el desarrollo de una economía libre de mercado se imponía progresivamente, con la consiguiente expansión económica. Sin embargo, esta corriente fue tomando un lugar secundario frente al dependentismo, a estudios que intentaban elaborar un análisis marxista y a la “historia social” de José Luis Romero. A fines de la década de 1970, desde las universidades norteamericanas comienza a reimponerse el modelo liberal en América Latina1, en particular en México. En el ámbito de los estudios sobre comerciantes coloniales rioplatenses, quien inicia esta la tradición liberal moderna es Susan Socolow. 2 Sin embargo, habrá que esperar a la década menemista para que el liberalismo logre un lugar de preponderancia indiscutida. Su máximo representante es Roberto Schmit. Sus estudios, sin embargo, se concentran en el período posrevolucionario. En el ámbito del comercio colonial, los trabajos más salientes son los de Hugo Galmarini3, Jorge Gelman4 y Fernando Jumar5. Veamos, entonces, el corazón de sus argumentos.

El individuo, motor de la historia

La característica principal de la historiografía liberal contemporánea es considerar las lógicas individuales por encima de las sociales. En este sentido, conserva la característica fundamental de la teoría burguesa: el movimiento y la dinámica social dependen de las acciones individuales. Los estudios más recientes consideran que la clave para comprender el movimiento del comercio y la economía es analizar la “actitud” de los comerciantes. Es así como Socolow explica el éxito o el fracaso de los comerciantes coloniales por su capacidad para desarrollar redes sociales que le permitan desarrollar sus negocios. De la misma manera, Gelman nos explica que Domingo Belgrano Pérez pasó de mercachifle a gran comerciante gracias a su capacidad para entablar relaciones provechosas y diversificar sus actividades. No son diferentes las explicaciones que Galmarini encuentra para el intrépido Tomás Antonio Romero y Jumar para Juan de Eguía: los comerciantes “emprendedores” e “innovadores” tuvieron su recompensa en el éxito de sus negocios.

El elemento unificador de la historiografía liberal es centrar su atención en el análisis de redes. ¿Qué significa ese concepto? Que los individuos generan relaciones personales como una estrategia para desarrollar sus negocios y que ellas son el resultado aleatorio de las negociaciones y los conflictos entre los agentes. Es decir, que no puede predecirse de ninguna manera la forma que tomarán las alianzas políticas. 6 El centrar la atención en las acciones individuales desemboca en la concepción de que el ser humano es totalmente libre en sus elecciones, resultando “átomos sociales” sobre los que no opera ninguna determinación. Si el todo no opera sobre las partes, la conclusión lógica es que la sociedad, o bien es una sumatoria de individualidades o, directamente, no existe. Si cada uno hace lo que quiere y no hay explicación para las alianzas y fuerzas sociales en lucha, la explicación de la crisis y la transformación social es imposible. Esta concepción no logra explicar los enfrentamientos entre comerciantes, en los que pueden verse los mismos nombres del lado monopolista (Álzaga, Agüero, Santa Coloma) y del lado librecambista (Belgrano, Azcuénaga, Larrea). Un conflicto que culmina en el combate armado.

¿Marketing o realidad social?

Susan Socolow considera que la formación de redes familiares (uniones personales vía casamientos y padrinazgos, fundamentalmente) son la base de las alianzas entre comerciantes. Pero esto no parece desprenderse del caso que ella analiza: el clan comercial de Gaspar de Santa Coloma. Dicho agrupamiento estaba formado por tres grandes familias: los Azcuénaga, los Basavilbaso y el propio Santa Coloma. ¿Se mantuvieron unidos por sus redes y solidaridades ante la crisis revolucionaria? ¿Resultó el cemento que unificó el accionar político de sus integrantes? Nada más lejano de la realidad. El alza en la lucha de clases en el Río de la Plata de principios del siglo XIX lo dividió en dos partidos irreconciliables. Tan es así que Miguel de Azcuénaga, como parte del gobierno revolucionario, expropió a Gaspar de Santa Coloma, miembro destacado de la burguesía tributaria del Estado feudal.

También Jumar nos aporta datos interesantes: en su estudio sobre un comerciante “del montón” (un pequeño mercader) observa que, ante el avance de comerciantes extranjeros que ponen en peligro su ganancia, defenderá las relaciones sociales y políticas que le permiten garantizar sus negocios, es decir, defenderá al estado feudal y sus privilegios, es decir, estará del lado de la contrarrevolución. 7

Estos datos parecieran corroborar que las grandes familias se quiebran y las viejas solidaridades se desploman ante la crisis virreinal y el desarrollo del proceso revolucionario. Las fuerzas sociales se alinean para la batalla final, el momento militar de la revolución, cuando las clases enfrentadas son concientes de que están ante la necesidad de triunfar, o ante la muerte.

Batalla que sería anticipada de comprenderse que las alineaciones políticas se encuentran determinadas por las relaciones sociales de producción y no por una determinada “ocupación”. Uno puede ser campesino en un sistema esclavista, feudal o capitalista. De la misma manera, uno puede ser comerciante en distintos modos de producción. La clave es observar las disímiles relaciones sociales que fundamentan la ganancia de unos y otros. Nuevamente, Susan Socolow expresa estos límites. Observa que los comerciantes se dedican a diferentes actividades, pero no profundiza en ellas, sino que realiza un promedio general que no nos permite observar si existen diferentes fracciones de comerciantes o clases antagónicas. Es así como menosprecia un dato fundamental: “sólo 14 comerciantes de la ciudad eran estancieros activos”, concluyendo que los comerciantes no estaban interesados en la inversión rural.8 Nada nos dice de estos “comerciantes estancieros”, sobre todo teniendo en cuenta que son sectores vinculados a la exportación de cueros y otros productos ganaderos. La misma autora afirma que, en 1774, de una lista de 21 estancieros, seis se dedicaban también a empresas mercantiles. A esto agregamos: de esos seis, dos fueron los progenitores de los más grandes revolucionarios rioplatenses: Santiago Saavedra y Domingo Belgrano Pérez, padres de Cornelio Saavedra y Manuel Belgrano, respectivamente.

Jorge Gelman supera este análisis, al indagar el origen de las ganancias. Sin embargo, no termina de concluir lo que sus mismos datos revelan: Domingo Belgrano Pérez basa su acumulación en la producción agraria. En primer lugar, una de las primeras compras que realiza Belgrano en su carrera es la de una estancia (en 1765), operación que ocupa el 62,37% de las realizadas ese año. Es decir, que comienza sus negocios dedicándose a la producción. Por otro lado, las mayores ganancias las obtiene de sus estancias: por la venta de cueros, en Cádiz, ganaba el 65% sobre la inversión, que incluso podría ser mayor si los cueros, en vez de comprarlos en el mercado de Buenos Aires, los obtenía de sus estancias.9 Gelman realiza un minucioso estudio, pero escapa a su análisis un hecho que parece ser determinante y no puede explicarse por estrategias individuales: Domingo Belgrano Perez (o Peri) es expropiado por la Corona en 1791. Según Gelman, debido a su falta de discreción en ciertas operaciones poco claras. En realidad, ese negocio (venta forzosa de mercancías sobrevaluadas) estaba amparado por la monarquía. Sus cada vez más crecientes intereses agrarios le enajenaron la protección necesaria. El comerciante Tomás Antonio Romero expresa los límites del reformismo borbónico. No es su incapacidad individual la que le impide continuar sus negocios luego de la revolución, sino la destrucción de las relaciones políticas que posibilitaban su ganancia. El mismo Galmarini reconoce los límites del management colonial: la revolución y su persecución de los comerciantes españoles no le permitirán a Romero adaptarse al gobierno independiente ya que “los canales habituales de comercialización y la gravitación de sus influencias metropolitanas habían cesado”.10 Para Galmarini, las empresas que desarrolló Romero no alcanzaron “para lograr la acumulación de capitales volcados a una expansión efectiva de la economía”. 11 La quiebra de Romero con la revolución demuestra que, a pesar de su reformismo, su ganancia se basaba en las mismas relaciones sociales que estructuraban el comercio monopolista tradicional.

Casualidad y necesidad

Los comerciantes no eran todos iguales. Nacieron en diferentes ciudades del mundo, traficaban distintos productos en diferentes cantidades y formaban parte de clanes familiares heterogéneos. Pero la clave que explica su accionar no son estos determinantes secundarios, sino las relaciones sociales que posibilitaban su ganancia. Bajo el feudalismo colonial en América Latina, el comercio tenía como base la reproducción del sistema feudal. Las ganancias se obtenían mediante una punción a la circulación. El monopolio y las aduanas internas impedían la libre circulación de mercancías. Sólo unos pocos comerciantes estaban políticamente habilitados para su tráfico, con productos estipulados. Las ganancias, giraban hacia Buenos Aires y, de allí, hacia España. La acumulación de aquellos vinculados a este tráfico tiene como fundamento la coerción política. Sin embargo, estas relaciones van a entrar en crisis a partir del crecimiento de la burguesía y de la crisis del Estado feudal español. Estas variables determinantes aparecen en los estudios como “condiciones externas”, mientras que las repercusiones del funcionamiento social en los particulares son tomadas como causas explicativas. Se trata de una inversión causal y metodológica.

Es un acierto estudiar la acción de comerciantes específicos y tener un plan sistemático para su análisis. Pero la investigación no puede detenerse en una o varias trayectorias individuales. No todo comienza y termina con el individuo: éste es una expresión de determinadas relaciones sociales. Y sus estrategias se hayan condicionadas por la estructura económica y por el desarrollo de la lucha de clases. Nadie puede hacer lo que quiere, la sociedad limita algunas cosas y habilita otras. En definitivas, impone leyes económicas. Lo que un historiador debe hacer es, entonces, analizar el desarrollo y la transformación de esas leyes. La función del conocimiento histórico es la explicación de las leyes de la transformación social. El estudio de un personaje puede ser válido en tanto vía de acceso a la comprensión del sistema, no en tanto abstracción de él.


Notas

1Por ejemplo David Brading, John Elliot, Herbert Klein, Susan Soclow, Jonathan Brown y Grant Hall entre otros.
2Socolow, Susan: Los mercaderes del Buenos Aires virreinal: familia y comercio, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1991.
3Galmarini, Hugo Raúl: Los negocios del poder. Reforma y crisis del Estado, 1776/1826, Buenos Aires, Corregidor, 2000.
4Gelman, Jorge: De mercachifle a gran comerciante. Los caminos del ascenso en el Río de la Plata Colonial, España, Universidad Internacional de Andalucía–Universidad de Buenos Aires, 1996.
5Jumar, Fernando: “Uno del montón: Juan de Eguía, vecino y del comercio de Buenos Aire. Siglo XVIII”, en Terceras Jornadas de historia Económica, Asociación Uruguaya de Historia Económica, Montevideo, 2003.
6Véase Motoukias, Zacarías: “Networks, Coalitions and Instable Relationships: Buenos Aires on the eve of Independence”, en Roniger Luis y Tamar Herzog: The Collective and the Public in Latin America. Cultural Identities and Political Order, Sussex Academic press, Portland, 2000, p. 153.
7Jumar, Fernando: op. cit., p. 16.
8Socolow, Susan: op. cit., p. 80
9Gelman, Jorge: op. cit., p. 132.
10Galmarini, Hugo Raúl, op. cit., p. 115.
11Idem, p. 119.

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