Una cruzada nacionalista. La izquierda y la revolución burguesa en Argentina

Juan Flores

Grupo de Investigación de la Revolución Burguesa – CEICS

Durante estos años de existencia, en El Aromo dimos varios debates con la izquierda sobre el problema de las tareas nacionales en la Argentina, que pusieron a prueba la capacidad de la izquierda de explicar los problemas del país. Una vez que dimos a conocer nuestras posiciones, tuvimos que dar batalla en una serie de debates: por estas páginas, pasaron discusiones con el trotskismo (el PTS, el PO y el NMAS) y el maoísmo (el PCR).[1] Revisémoslas, para poder elaborar un balance.


 

Un método de la noche de los tiempos

 El primer problema que pudo observarse, entre tanto debate, fue claramente la crisis del método de construcción programática que azota a la izquierda y su desprecio reaccionario por el conocimiento científico. No se trata de un problema menor, sobre todo cuando el resultado lógico fue repetir ideas burguesas. Un partido revolucionario tiene la responsabilidad de comprender el campo donde actúa. El programa debe condensar así un grado elevado de conciencia de las tareas a realizar, fundamentadas en un análisis científico del escenario y su desarrollo. Vale aclararlo para más de un crítico: cuando hablamos de “ciencia” no estamos hablando de la necesidad de exhibir credenciales propias de un insulso mundo académico repleto de chupamedias (Lenin, por caso, nunca exhibió credencial alguna para escribir “El desarrollo del capitalismo en Rusia”), por el contrario, estamos reivindicando un método. La labor teórica tiene un papel central y no asumirla conduce al partido a la improvisación o al liso y llano oportunismo. Y justo en este campo, ese oportunismo tiende a asociarse fuertemente con el nacionalismo.

¿Qué hizo la izquierda en cambio? Apeló a la religión: el argumento fue reemplazado por “lo-que-Peña-dijo” y la falta de evidencia completada con citas de Trotsky o Lenin. Así, el grueso de las producciones que la izquierda ofreció a las masas –con excepción del PCR- fueron en realidad recetas copiadas, pegadas y tomadas como propias. De este modo, el PO difundió materiales y participó de charlas cometiendo errores groseros de todo calibre -que debimos señalar por respeto incluso a sus propios militantes-. Nuestros polemistas morenistas, por su parte, nos cuestionaron explícitamente no repetir a Peña (NMAS y PTS) o a la academia (PTS).

No actuó del mismo modo el maoísmo. Nobleza obliga, el PCR ha puesto a varios investigadores al servicio de la construcción de su programa. Y ello ha significado abordar con mayor rigurosidad el problema de la Revolución de Mayo y del desarrollo de las relaciones capitalistas en el agro argentino. Sus virtudes, sin embargo, no alcanzaron para tapar el mayor de sus defectos: el nacionalismo. Sobre este asunto nos detendremos más adelante.

 

¿Hubo una revolución?

 

El debate en torno al Bicentenario partió necesariamente de una serie de preguntas nodales: ¿hubo una revolución en 1810? Y si la hubo, ¿qué tipo de revolución fue y cuál el sujeto revolucionario? Aún con diversos matices, las respuestas tuvieron un denominador común: aquí no hubo revolución.

Para comenzar, el maoísmo propuso una Revolución “anticolonial”. En su esquema, una clase de terratenientes feudales y comerciantes españoles fueron derrocados por terratenientes feudales criollos. El capitalismo entonces, vino de “afuera” recién a mitad del siglo XIX y bajo una forma “dependiente”. Y si bien para el PCR hubo intelectuales revolucionarios (Moreno y amigos), la ausencia de una verdadera base social, es decir, de una burguesía, los habría condenado a la derrota.

Por su parte, Milcíades Peña (y por extensión, todo el morenismo) acuñó la idea de una “revolución política” limitada a negociar cuotas de autonomía con la península. De este modo, una misma clase capitalista se mantuvo antes y después de la revolución: solo cambió el agente colonizador (de España a Inglaterra). Cinco siglos de capitalismo colonial, decía entonces Peña, pensando que el capitalismo se explica por las relaciones mercantiles y no por las relaciones sociales… “Cinco siglos de capitalismo colonial”, repiten hoy sus acólitos. El PTS incluso llegó más lejos: fieles a la Academia, los compañeros esgrimieron que la revolución “cayó del cielo” y no tuvo por objetivo la independencia de ninguna nación. Ello se vio acompañado de una utilización del vocabulario del enemigo: las “elites” y los sectores “populares” reemplazaron a las “vetustas” clases sociales. No debería sorprender a nadie: ¿por qué un partido que hoy se autoproclama de “las mujeres y la juventud” se molestaría en parecer marxista?

Por último, el PO prefirió hablar de una revolución “clausurada”, es decir, una revolución progresiva en su inicio, pero abortada por hacendados y comerciantes porteños y conservadores. Así, también para el PO, se mantuvo un status (¿semi-?) colonial: del dominio español, pasamos al británico. Sin embargo, los compañeros del PO omitieron trazar definiciones elementales sobre el modo de producción en el Río de la Plata. ¿Había capitalismo, feudalismo, modo de producción “colonial”…? No se sabe.

Bien, este punto del debate tiene dos aristas. La primera, teórica. En efecto, si hablamos de revolución, debemos indagar acerca de un cambio de sistema. En el caso de la revolución burguesa, ese nuevo sistema a instaurar no es otro que el capitalismo. De este modo, si antes y después de la Revolución, el sistema es el mismo (aunque cambien sus ejecutores), no hay revolución alguna, ni “anticolonial”, ni “política”, ni “clausurada”. Dicho de otro modo, si antes y después del acontecimiento entendido como “revolucionario”, prevalece el feudalismo y no existe burguesía alguna (PCR), entonces no hay revolución. Por otro lado, si ya existía el capitalismo (Peña), no había entonces necesidad de revolución burguesa. Como se ve, los conceptos elegidos por la izquierda no guardan operatividad alguna.

La segunda arista es empírica: nosotros hemos comprobado cómo en las jornadas de 1806-1810, se produjo un combate revolucionario entre dos clases diferentes, que en la época tomaban la forma de “hacendados” y “comerciantes monopolistas”.[2] Ahora bien, ¿cómo sabemos que constituían en realidad dos clases diferentes? ¿Por qué no creerle a Peña o Halperín Donghi cuando señalan que eran todos lo mismo? Eso nos llevó, como debería hacer cualquier partido, a indagar científicamente sobre la naturaleza de acumulación de estos hacendados y monopolistas. Los resultados fueron claros: los “hacendados” eran en realidad, burgueses agrarios, que portaban el germen de un nuevo sistema y los “monopolistas” –como la nobleza metropolitana, los burócratas coloniales y los eclesiásticos- una clase feudal que defendía a capa y espada el viejo mundo. No se trataba de dos fracciones de la misma clase: una acumulaba a partir de la explotación del trabajo de peones y esclavos, otra a partir del privilegio político que le habilitaba a estafar a todo el mundo (incluido a los hacendados) con precios de monopolio. En definitiva, una representaba la traba al desarrollo de la otra.[3]

En este punto, el contrincante más serio fue el PCR. Los compañeros disponían de interesantes trabajos que intentaban fundamentar el carácter feudal de los hacendados criollos. Sin embargo, ninguno de sus argumentos fueron suficientes: la coacción que los compañeros observaban sobre los peones no probaban la existencia de relaciones serviles. Más bien, evidenciaban un fuerte intento de crear nuevas relaciones asalariadas mediante leyes -tal y como ocurrió con las leyes de vagos en Inglaterra- y la justicia colonial, así como de garantizar un acceso a la fuerza de trabajo en un contexto de población escasa. Los peones no eran fijados a la tierra (más bien, entraban y salían de las estancias) y los arrendatarios y agregados no tributaban una renta feudal (más bien eran desalojados si no pagaban un canon a la propiedad).

Una última cuestión: varios compañeros (entre ellos, Eugenio Gastiazoro), nos endilgaron el “embellecimiento” de una clase “terrateniente” supuestamente improductiva y atrasada. Examinar y desmentir ese carácter “atrasado” nos llevaría mucho tiempo. Cualquier estudio más o menos serio sobre el agro pampeano demuestra el poderoso desarrollo de las fuerzas productivas motorizado por la burguesía argentina.[4] Sin embargo, el asunto anidaba un problema de comprensión histórica: los compañeros esperaban observar en la burguesía rioplatense del 1800, algo similar a los grandes industriales ingleses. Es decir, presuponían un burgués (y por lo tanto, un capitalismo) en su forma plena. No obstante, si la realidad fuera esa, y si el capitalismo ya tuviera un grado de desarrollo tal, la revolución no tendría sentido alguno (o ya habría transcurrido en el pasado).

Por el contrario, la revolución burguesa siempre supone una burguesía en un estado primitivo: una burguesía que acumula pero es estafada en la circulación de mercancías, que explota pero no subordina realmente al trabajo, que acapara riquezas pero demanda la propiedad privada (en este caso de la tierra y el ganado). Asimismo, requiere de grandes inversiones en caminos, infraestructura y un sinfín de etcéteras. Es decir, debe disponer de cuantiosas riquezas que hasta entonces se encontraban en las manos improductivas de la Corona, la Iglesia y la nobleza. Es precisamente por eso que la burguesía debía emprender una transformación gigantesca.

En definitiva, la Revolución en el Río de la Plata fue hecha por burgueses y para sus intereses. De allí proviene el desarrollo del capitalismo argentino. Quien considere equivocada la caracterización, no debe acudir al escriba (Peña), sino al archivo: debe desmentir todos y cada uno de los datos y argumentos vertidos en nuestros trabajos.

 

La izquierda y su prócer

 

Uno de los relatos acerca de la Revolución señala que existieron dos caminos alternativos: uno “radical” (Moreno-Artigas) y uno conservador (Saavedra-Pueyrredón-Buenos Aires). El segundo se habría impuesto sobre el primero. De este modo, se habla de un “Termidor” o de una “contrarrevolución” (aunque ambas cosas no hayan sido lo mismo en la tradición francesa). Con más o menos rigor, los mayores exponentes de este esquema son el PCR, el Partido Obrero, el PC (Puiggros) y el peronismo (Pomer, Pigna). No falta quien otorgue además a las “masas precapitalistas” que acompañaban a Artigas un programa revolucionario (PO), aunque nunca se ha demostrado semejante afirmación.

Como hemos señalado en varios artículos, este esquema constituye una auténtica elucubración metafísica. Quien observe mínimamente la documentación más pertinente, va a encontrarse, en primer lugar, con un gobierno revolucionario porteño que operaba en el terreno internacional con completa autonomía.[5] De hecho, Buenos Aires logró neutralizar posibles alianzas rivales (España-Portugal), intentó apelar a diferentes negociaciones paralelas (Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Portugal, incluso Rusia) y atacó siempre que consideró viable el enfrentamiento (en Banda Oriental, Chile o Perú). La Declaración de Independencia constituye un paso más de esta política. Además, Buenos Aires financió con erogaciones monstruosas las expediciones más importantes en un contexto de absoluta soledad internacional y crisis interna.

Artigas, en cambio, se limitó a competir por la dirección del proceso revolucionario. Artigas no era “más” burgués que Buenos Aires. Lo que estaba en disputa era únicamente la preeminencia regional en la construcción nacional. Es decir, qué puerto importaría y exportaría mercancías (y por lo tanto, contaría con recursos), y que provincias podían aliarse contra el principal competidor -Buenos Aires- y bajo qué concesiones.

La revolución, sin embargo, no es un problema de voluntad, sino de viabilidad. El asunto no es postularse como dirección sino tener las características necesarias para serlo. Al respecto, una lectura desprejuiciada del Archivo Artigas demuestra claramente que Artigas formaba una alternativa débil: en 1814, debía apelar a la buena voluntad de Portugal y los diferentes agentes de Fernando VII para no ser tragado por Buenos Aires. Es decir, debía conspirar con la contrarrevolución para enfrentar al poder revolucionario más viable, en uno de los momentos críticos más importantes de la Revolución. Lo que se dice una irresponsabilidad absoluta.

Hay que decir además que la aceptación que recibía Artigas de los agentes del Rey, contrastaba fuertemente con el rechazo a los diplomáticos porteños: estos eran expulsados o sospechados de complot, no sin razón. Es así que fue la posibilidad de un contraataque español -que alertó a Buenos Aires- y una desatada crisis en el gobierno porteño, lo que dio vida al General en 1815. Irónico: la posibilidad de que la Revolución terminara en derrota, fue lo que reforzó a Artigas.[6]

De este modo, Artigas creó una débil alianza confederal con provincias que lo abandonaron en plena guerra, bien conscientes de la necesidad de entablar relaciones financieras y comerciales con Buenos Aires. Al mismo tiempo, Artigas fue perdiendo base social en la Banda Oriental. De ser una dirección revolucionaria burguesa con fuerte apoyo de los hacendados orientales, pasó a disponer únicamente de los explotados de la campaña. Lo que para la izquierda constituye una virtud, era en realidad, otro síntoma de debilidad.

Tampoco era mucho más “progresivo” en sus planes: el Reparto agrario (que el PO caracterizó como un reparto “igualitarista” que “desarrollaría el mercado interno”) era únicamente, una forma de poner en producción suelos incultos y derruidos por la guerra, así como de garantizar el orden burgués en la campaña. Tal y como lo hacía el virrey Vértiz en la colonia o lo proyectaban intelectuales como Félix de Azara (ninguno de ellos revolucionario, por cierto). Ni siquiera puede decirse que Artigas apelara a otras alianzas comerciales diferentes a las porteñas: como era de esperar, firmó convenios con comerciantes ingleses en 1817.

En definitiva, nada hay para suponer que los burgueses porteños dirigieron un Termidor rioplatense contra una burguesía “verdaderamente” revolucionaria. Tampoco hay elementos para suponer que Artigas era un elemento “igualitarista” (al estilo Babeuf), que pregonaba el programa de las “masas precapitalistas” (como sostiene sin pruebas el PO). Nuevamente, con datos y argumentos a mano, todo este castillo de espuma se disuelve.

 

Es la bandera de la Patria mía

 

El principal problema de nuestros polemistas es, en realidad, su nacionalismo. El programa trotskista, como el estalinista-maoísta, presupone la noción de las “tareas pendientes” de la nación argentina. Para los compañeros, Argentina estaría sometida al imperialismo y no poseería entonces una dinámica capitalista plena. Así, aunque ambos programas proponen alianzas (obrero-campesino vs. Frente popular) y tareas diferentes (revolución permanente vs. Liberación nacional), llevaron históricamente a una consecuencia común: un terreno de colaboración con la burguesía nacional. De este modo lo atestiguan el apoyo trotskista a la dictadura en el combate en Malvinas y su asunción como “causa nacional” contra el imperialismo, el seguidismo al peronismo y a toda variante considerada “nacionalista-burgués” (La Falda y Huerta Grande), el apoyo a la Federación Agraria y demás corporaciones patronales, la idea de que hay que “poblar el campo”, etc.

Este asunto tiene su correlato histórico: la historia argentina es la historia de las “traiciones” a la Patria, la historia de “entregas” a Inglaterra, la historia de los buenos y los malos, y de una burguesía que no estuvo a la altura de conformar la gran nación. Nada muy diferente a lo que decían los historiadores nacionalistas del revisionismo de derecha, o los peronistas. Como se ve, ese esquema prejuicioso es lo que impide una verdadera comprensión del desarrollo capitalista argentino.

En efecto, los hechos demuestran otra cosa: Argentina hoy posee una dinámica plenamente capitalista, producto de la revolución burguesa. Bien entendida, la revolución burguesa contempla una serie de tareas específicas: la derrota de la contrarrevolución, la constitución de la hegemonía burguesa sobre un espacio nacional, edificando un mercado de la misma magnitud y eliminando todos los relictos precapitalistas.

Para cotejar esto, debemos observar el aspecto cualitativo (las relaciones sociales) y no el cuantitativo (el tamaño del capitalismo). De este modo, ¿cumple la Argentina con estos requisitos? Por supuesto que sí. La contrarrevolución fue derrotada en los ’20 y las Provincias Unidas reconocidas en 1825 por la mayor potencia mundial de la época (Inglaterra). No existe ninguna dominación feudal ni clases de tipo precapitalistas (campesinos), así como cualquier estudio serio permite hablar de un mercado y una estructura financiera nacional. ¿Cuáles serían entonces las tareas nacionales sin completar? ¿Qué impide que Argentina sea un país con un desarrollo capitalista pleno? La pregunta sigue esperando una respuesta.

 

Hacia una nueva etapa

 

El debate sobre la revolución burguesa en Argentina permite poner sobre la mesa gran parte de los defectos de los partidos de la izquierda revolucionaria. Una escasa comprensión de los hechos, una errada calibración de lo que constituye una revolución, un método religioso para enfrentar la realidad, mucha improvisación, anti-intelectualismo, oportunismo académico y, sobre todo, mucho nacionalismo. Se trata de un verdadero problema, sobre todo, si consideramos que el fundamento teórico-programático guía la tarea revolucionaria. Un diagnóstico semejante vuelve urgente la construcción de un nuevo partido: uno que actúe sobre bases científicas en la lucha por el Socialismo, sin mediaciones.

NOTAS

[1]Para la discusión con el PCR: Harari, Fabián: “¿Qué fueron los hacendados? Una respuesta a la reseña de Eugenio Gastiazoro al libro Hacendados en Armas”, El Aromo nº54, mayo-junio, 2010 y Flores, Juan: “Pampa Violenta: Coacción y trabajo asalariado en el Río de la Plata tardocolonial”, El Aromo nº80, sept-octubre nº 2014. Para la discusión con el PO, ver: Harari, Fabián: “Suicidios inútiles. Un nuevo ataque a la Revolución y a la ciencia por Pablo Rieznik”, nov-dic 2015; Flores, Juan: “Mito, plagio y desprecio. Acerca de “La Revolución Clausurada”, El Aromo 73, Julio-Agosto 2013. Para la discusión con el PTS: Rossi Delaney, Santiago: “Academicismo y pereza: un debate fallido con el PTS”, El Aromo 61, jul-ago 2011. Para la discusión con el NMAS: Rossi, Delaney: “De la exégesis a la ciencia: respuesta a la crítica del NMAS”, El Aromo 66, Mayo-Junio 2012. Con el trotskismo en general: Schlez, Mariano: “Homero, Krusty y la izquierda argentina. Improvisación y conocimiento histórico”, El Aromo nº55, jul-ago 2010; Rossi Delaney, Santiago: “San Milcíades. Sus apóstoles y la cruzada contra el conocimiento”, El Aromo nº 68, sept-oct 2012.

[2]Harari, Fabián: Hacendados en Armas, El Cuerpo de Patricios de las invasiones Inglesas a la Revolución, Ediciones RyR, Buenos Aires, 2009 y Schlez, Mariano: Dios, Rey y Monopolio. Los comerciantes monopolistas y la contrarrevolución en el Río de la Plata tardocolonial, Ediciones RyR, Buenos Aires, 2010

[3]Flores, Juan: “Ancestros burgueses. El origen de la burguesía rioplatense”, El Aromo nº 72, mayo-junio 2013 y “De penas y vaquitas”, El Aromo nº78, mayo-junio 2014

[4]Eduardo Sartelli (Dir): Patrones en la ruta. El conflicto agrario y los enfrentamientos en el seno de la burguesía, marzo-julio de 2008, Ediciones RyR, Buenos Aires, 2008

[5]Flores, Juan: “Una política consecuente. La diplomacia revolucionaria entre 1810-1820”, El Aromo nº95, marzo-abril 2017 y “La fiesta de los dueños del lugar”, El Aromo nº91, julio-agosto 2016

[6]Flores, Juan: “La izquierda pierde a su prócer. Artigas y las negociaciones con Portugal y España (1814-1815), El Aromo nº97. Ver también: Harari, Fabián: “Artigas, los caudillos y las masas”, El Aromo nº24, Oct. 2005

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