Una charla con el Maestro. Homenaje a Horacio Giberti – Eduardo Sartelli

verimg Conocí a Horacio Giberti en una de las primeras jornadas de  investigación a las que asistí en mi vida como ponente. Presenté, junto  con Adrián Ascolani, un trabajo sobre las “estrategias de la lucha sindical  rural”, uno de los tanteos iniciales de la que es, por estos días, mi “casi”  tesis doctoral. Estaba, en la misma mesa, Sergio Maluendres, también  especialista en historia agraria, en su caso, de su provincia, La Pampa.  Recuerdo que me llamó mucho la atención porque su ponencia era sobre  dos pueblos pampeanos de nombres rarísimos, de obvia raíz indígena:  Guatraché y Alpachiri. Comentaba las presentaciones Hilda Sabato, junto  con quien, hasta ese momento era para mí alguien casi mítico, autor de  uno de esos libros que “hay que leer sí o sí” en estos temas. “Así que éste era Horacio Giberti”, pensé ni bien empezó a hablar. Descubrí inmediatamente que tenía el mismo tono didáctico y la misma claridad que me habían agradado tanto en su famosa Historia de la ganadería argentina. A diferencia de Hilda, que nos garroteó un poco, Horacio se explayó en consejos de todo tipo. Lo más sorprendente fue cuando comentó la ponencia de Sergio, que hablaba, si mal no recuerdo, de la evolución productiva de ambos pueblos hasta los años ’30. Giberti comenzó su comentario diciendo algo así como “cuando yo fui a Guatraché en los años…” No sólo me asusté, porque después me tocaba a mí, sino que pensé que iba a resultar muy difícil discutir con alguien que no sólo estudió sino que protagonizó esa historia que yo pretendía explicar. Me equivoqué: su enorme modestia hacía más que llevadero el peso de su no menos enorme erudición.
A partir de allí, y con el paso del tiempo todavía más, me di cuenta de que estaba frente a alguien que merecía más que nadie la categoría de maestro. En su doble significado profundo: por su conocimiento; por su don pedagógico. Pocas personas conocían tanto el agro argentino como Horacio Giberti. Menos todavía son aquellos capaces de estimular el conocimiento y enseñarlo con la habilidad y la modestia personal de Don Horacio. Para mí fue siempre un referente, una consulta obligada. Cada vez que se me ocurría algo que me parecía extraño y que me ofrecía dudas siempre pensaba lo mismo: “voy a ver qué dice El Viejo”. Horacio Giberti fue, además de un técnico que supo aportar sus esfuerzos a la economía nacional a través de su tarea en el INTA, un ejemplo de intelectual comprometido con su tiempo. Con posiciones ideológicas y políticas que no eran las mías, pero eso no tiene importancia. Afrontó con honestidad y con altura las vicisitudes desagradables que ese compromiso le acarreó a lo largo de su carrera como intelectual y como funcionario. Lo que no es poco, teniendo en cuenta que fue el último (y uno de los pocos) que, en esa doble función, desafió en serio a la Sociedad Rural. En esa cualidad extraña de maestro y protagonista, lo invité hace un par de meses al ciclo de charlas que organizamos en la cátedra de Historia Argentina que presido en Filosofía y Letras de la UBA. Ciclo este año dedicado a los “clásicos”. Fue así que desfilaron allí Abelardo Castillo, Beba Balvé y Osvaldo Bayer. No podía faltar, como exponente de esa categoría en su campo de estudios, Horacio Giberti. Estuvo como siempre: didáctico, claro, interesante, útil. Tenía guardada una sorpresa, que pensaba entregársela a comienzos del año que viene: un ejemplar de mi tesis transformada en libro, en el que figura primero entre los agradecimientos. Allí dice: “A Horacio Giberti, por el ejemplo”. Me apena profundamente que se haya ido. Me hubiera gustado, para cerrar ese círculo que empezó hace veinte años, llevarle el libro, estrecharle la mano y decirle: ¡Gracias, Maestro! La historia quiso que no. Vaya como imposible reparación este modestísimo homenaje.

“Si se deja de producir soja, se viene abajo la economía argentina” 1

Eduardo Sartelli: ¿Cómo empezó este asunto de los estudios agrarios, de ser ingeniero agrónomo y además historiador y analista del mundo agrario argentino?

Horacio Giberti: Bueno, esto empezó de una manera indefinida. Yo me recibí de ingeniero agrónomo en 1941. Tenía ya inclinación por las cuestiones de economía agraria y empecé a estudiar lo que tenía a mano. Me adscribí a un instituto de la facultad porque tenía vocación docente. Siempre la tuve. Me adscribí y ahí escribí mi primer trabajo, en 1942. Era un estudio económico de la cosecha mecánica del algodón, tema poco frecuentado. A partir de ahí, seguí buceando en lo económico. En el momento en que yo me recibí, los ingenieros agrónomos fuera de los empleos oficiales tenían muy poco campo de actividad. Los estancieros, por ejemplo, mandaban a sus hijos a estudiar cualquier cosa menos agronomía. En nuestro curso empezamos 110 y nos recibimos 55; y de esos 110, sólo 4 o 5 eran hijos de estancieros. El resto éramos del ámbito urbano. Con esto les quiero mostrar la poca importancia que le daban los estancieros a la agronomía. Incluso muchos no sabían que existía una carrera de ingeniería agronómica. La confundían con agrimensura y en realidad, honestamente les digo, que en ese momento en que yo me recibí, poco podíamos aportar al chacarero porque nos enseñaban recetas, no nos enseñaban la base teórica y la aplicación práctica de la teoría. De manera que cualquier chacarero que tenía unos cuantos años de actividad sabía más que nosotros. Además, la técnica no evolucionaba como ahora, de manera que un chacarero trabajaba 20 o 30 años con el mismo proceso. La situación ha cambiado totalmente ahora.
Como les decía, después que me recibí en 1942 tuve la suerte de poder ingresar al Ministerio de Agricultura. Me tocó un puesto que era de poco trabajo y muy interesante. Era de poco trabajo porque formaba parte de un equipo que inspeccionaba los semilleros. Teníamos que viajar a distintos lugares del país para ir revisando el estado del cultivo. Eso nos hacia viajar unas tres veces por año a distintas áreas. Así es que pude conocer bastante el país, los productores y la producción. Decía que trabajábamos poco, porque cuando no viajábamos no había mucho para hacer en la oficia. Yo aprovechaba y me llevaba libros para estudiar; y gracias a esa especie de beca pude leer unos cuantos libros que me interesaban, porque la formación académica con la que salí de la facultad era bastante pobre, sobre todo en economía. Empecé así a ver de cerca como era el campo.
En 1958, cuando asume Frondizi, se me abren las posibilidades de volver a la administración pública. La verdad es que no tenía muchas ganas, había quedado traumado con lo que me había sucedido económicamente. En mi vida tuvo enorme influencia la que fue mi compañera por 65 años, que fue mi compañera de estudio y de la vida. Con ella trabajaba en el Ministerio de Agricultura y ambos quedamos cesantes, lo cual nos trajo problemas económicos muy serios, sobre todo porque varios de los que habían quedado cesantes los ubicaron en otros puestos, pero yo seguía aferrado a mi profesión. Quedé durante más de un año sin un trabajo regular, hice lo que pude, di clases particulares a alumnos aplazados que siguieron aplazados [risas]. Empecé a publicar en revistas, me daban unos pocos pesos, pero era algo y satisfacía mi inquietud de escribir. Yo siempre tuve inquietudes por escribir. Incluso en mis primeros años hacía una literatura escondida. Llegó un momento que me preocupaba tanto por lo formal como por el contenido del artículo. Mis primeros artículos seguramente están mejores escritos que los actuales, porque los repensaba y los corregía un montón de veces.
Bueno, como les decía me ofrecieron volver a la administración pública como presidente del INTA. Me lo ofreció Rogelio Frigerio. Frigerio, que venía del comunismo, era el cerebro del gobierno de Frondizi y era también el centro de la resistencia de toda la derecha a Frondizi. Frondizi no inspiraba simpatía porque había sido el fundador de la Liga de Derechos Humanos, cosa que un hombre de derecha no perdona. Además, tenía colaboradores de izquierda. Frondizi asumió con un programa francamente reformista que después traicionó.
Frondizi, en su campaña electoral, prometió la creación del INTA, el cual tuvo mucha resistencia porque se lo financiaría mediante un impuesto a las exportaciones, que en cierta forma bajaba un poquito el precio de los productos agropecuarios. Como yo les decía, los productores agropecuarios no tenían ninguna simpatía por la técnica y la tecnología; y sí tenían mucha simpatía por los precios. De ninguna forma admitían que se les pudiera cercenar en algo el precio, y menos para hacer estudios técnicos. Cuando en el Ministerio de Agricultura se creó la Dirección de Sociología Rural, en un diario ridiculizaron enormemente la creación de esta dirección diciendo que se estaba tirando la plata. Este era el ambiente en el que había que actuar. El INTA tuvo una gran resistencia por parte de la mayoría de las organizaciones agropecuarias y lamentablemente de la Facultad de Agronomía. La facultad no aceptó integrar el INTA. Estaba previsto que formen parte de él integrantes de la Facultad de Agronomía, pero rechazaron la oferta.
Lo curioso es que Frondizi, para quedar bien con los productores agropecuarios en algo, había dicho que iba a disolver el INTA. Curiosamente Frigerio, sabiendo por todos los artículos que yo había escrito, aseguraba que la única forma de aumentar la producción agropecuaria era aumentando su intensidad. Porque la región pampeana, que era la principal zona de producción, ya estaba totalmente ocupada; la única forma de hacerla producir más era aumentando la producción por hectárea. Esa era mi filosofía, la expliqué en varios trabajos. Fue la que hizo que Frigerio me ofreciera ese cargo. Cargo que yo no quería aceptar, así que estuvimos tironeando largo rato, hasta que me tocó el amor propio y me dijo: “Usted es de los que siempre protestan contra las cosas, y cuando se le da una oportunidad de hacer algo, no lo hace”. Entonces me sentí tocado y acepté. Era como meterse en la boca del lobo, porque de la Sociedad Rural para abajo estaban todos en contra. La Federación Agraria tenía una posición más racional, apoyaba el INTA, aunque no con mucho ardor. Lo curioso es que yo asumí la presidencia del INTA desmintiendo lo que había declarado el presidente Frondizi sobre su disolución. Esa era una más de las incongruencias que tenía el gobierno de Frondizi. Yo presidí el INTA del año 1962 a 1965. Fueron años muy amargos y muy felices: felices porque me encontraba haciendo lo que me gustaba, y amargos porque el ambiente era muy hostil.
Si ustedes quieren ver algo histórico, les recomiendo que busquen el diario Clarín de esa época. Este diario organizaba unas mesas redondas mensualmente de debate sobre distintos temas, y las publicaba en versión taquigráfica completa los días domingos. Organizó una mesa redonda precisamente sobre la tecnificación en el agro, y ahí yo me encontré peleando a brazo partido con los restantes integrantes, que pertenecían a distintas entidades, y que cercenaban rotundamente al proceso técnico. Decían: “primero más precios y después vamos a mejorar la técnica”. Como si yo fuera un loco. Y yo precisamente lo que les explicaba era que para mejorar los precios había que mejorar la técnica, porque el mundo estaba mostrando que se lograban mayores producciones a mejores precios por precisamente mejoramiento técnico. Fue una enorme discusión, y ahí quedó clara la lucha de los integrantes de las entidades agropecuarias contra la tecnificación.
Esos tres años me proporcionaron, como les decía, mucha satisfacción por verme metido en esa lucha, y mucha amargura por verme en ese ambiente tan hostil y verdaderamente sin explicación racional. Además, pude mejorar mucho mi capacidad técnica. El INTA estaba en pleno crecimiento, promovíamos cargos con buenos sueldos y dedicación exclusiva. Yo solía hacer giras por las distintas estaciones experimentales, charlaba con los técnicos y me nutría de lo que me enseñaban los distintos especialistas. Esto mejoró muchísimo mi nivel técnico. Para hacer una buena economía agraria, hay que tener un buen conocimiento de la técnica. Además, un buen técnico en una hora lo puede poner a uno al día de los nuevos avances.
Les voy a contar una anécdota: durante el gobierno de Frondizi asumió como ministro de economía Alsogaray. Y “había que pasar el invierno”. Todas las reparticiones públicas tenían que ahorrar. Como había inflación, nosotros propusimos una escala de aumento de sueldos. Interpretábamos que si exigíamos dedicación exclusiva a los profesionales, debíamos garantizarles un nivel de ingresos adecuado. El Ministerio de Hacienda se negó a aceptar nuestra escala salarial porque decía que había que rebajar los sueldos. Yo capitaneaba el consejo del INTA, acompañado por varias personas. Incluso, por un representante de la Sociedad Rural, que se peleó con el presidente de la Sociedad Rural por apoyarme a mí. Actuábamos en conjunto. Decidimos entonces ir a ver al Ministro de Agricultura y decirle que o nos aumentaban los sueldos o renunciábamos en pleno a la Comisión Directiva. El Secretario de Agricultura nos apoyó, hizo causa común con nosotros, y nos propuso que vayamos todos a ver al ministro de economía; y que si no aceptaba los aumentos él también renunciaba.
Como ya les comenté, el ministro era Alsogaray. Fuimos a verlo, y yo era la voz cantante del grupo, porque el ministro de agricultura nos acompañaba, pero el que estaba en el tema era yo. El ministro de agricultura empezó diciendo que veníamos por el tema de los salarios, que él nos apoyaba, y me dio la palabra para que expusiera las razones del reclamo.
Antes de que yo empezara a hablar, Alsogaray me dijo: “Dígame: ¿por qué el girasol produce menos que antes?”. El girasol, en ese momento, había entrado en una caída. Casualmente, yo había ido hacía unos días a una reunión de especialistas del INTA, en la que se trató entre otras cosas el tema del girasol. El problema con el girasol era que las variedades que se habían traído de otros países para aumentar la producción no eran adecuadas, y además habían aparecido nuevos parásitos. Le di una pequeña cátedra con lo que había aprendido hacía unos días. Alsogaray preguntó eso porque él estaba en la industria aceitera [risas]. Se quedó un poco asombrado con mi respuesta, y entonces sin que yo no le explicara nada más me dijo: “bueno, ahora le voy a dar una orden a la Secretaria de Hacienda para que le aprueben los aumentos”; y los aprobó. Tuve buena suerte, me tocó la bolilla que sabía [risas]. Si no hubiese sabido la respuesta, no sé que hubiese pasado con los aumentos. Hay que pensar un poco que gente de ese calibre era la que tenía en sus manos la economía nacional.

Eduardo Sartelli: ¿Cómo nació la Historia de la ganadería argentina?

Horacio Giberti: Se me acusa de ser el historiador de la ganadería argentina, y es importante que les cuente como nació eso. Como les comenté, me había quedado cesante en el Ministerio de Agricultura y hacía cualquier cosa, lo que me pedían. Un amigo me ofreció escribir un librito de unas 50 páginas describiendo la producción agropecuaria argentina, y yo empecé hacerlo. Pero me pareció que tenía que tener una introducción en la que resumiera la evolución histórica de la producción agropecuaria, ya que me parecía que era necesario explicar por qué estábamos en cierto nivel de producción. Entonces, me puse a buscar bibliografía, y como estaba desocupado iba a la biblioteca de la Facultad de Agronomía, y me pasaba tardes y mañanas enteras buscando libros sobre el tema. Me encontré que libros sobre historia agraria argentina no existían. Encontré artículos sobre cómo se había importado el primer toro, y cualquier tontería. Había uno o dos artículos de historia, pero eran descriptivos, no explicaban nada. Entonces, empecé a buscar información que me sirviese para entender cómo se desarrolló la agricultura. Me preocupaba que no pudiésemos saber por qué se cultivaba tal producto en una zona, por qué se dejó de cultivar, por qué había momentos en que se criaban más ovinos que vacunos, etc. Empecé a leer informes de la Sociedad Rural, y me fui haciendo un tipo de imagen de cuál era el desarrollo agropecuario en la Argentina. Y así nació la Historia de la ganadería. Cuando yo tenía ese material, aún todo disperso, me invitaron a dar una charla en el Instituto del Colegio Libre de Estudios Superiores. Entonces, hice una especie de síntesis de todo lo que tenía, y digamos que empecé a armar formalmente el libro. Después la fui completando y una editorial me invitó a publicar un libro. Yo elegí la Historia de la ganadería. En esa misma colección publicó Aldo Ferrer y algún otro de los que hoy son consagrados especialistas en economía.

Estudiante: ¿Cuándo comienza la tecnificación en el campo y a raíz de que?

Horacio Giberti: Una mejor semilla y más cara, que además producía más. Había que defenderla, y para defenderla había insecticidas, herbicidas, etc. Se complejiza enormemente una tarea que era antes mucho más sencilla, y sobre todo disminuye la importancia de la experiencia adquirida. El chacarero que sembraba el maíz común no tenía ninguna experiencia sobre el maíz híbrido. Se la tenía que transmitir un técnico, y ahí empiezan a tener más importancia los técnicos. Es el INTA el vehículo que lleva al campo todos esos progresos, esa rápida inclusión de las nuevas técnicas, hasta el proceso actual de la soja transgénica y la siembra directa. Procesos totalmente distintos de las prácticas tradicionales, que también le resta cada vez más importancia a la experiencia anterior y le da cada vez más lugar a los técnicos. El INTA fue el organismo que pudo llevar la tecnificación a los productores agropecuarios.

Estudiante: ¿Se podría haber planificado el cultivo de la soja? ¿Qué se podría hacer ahora?

Horacio Giberti: Bueno. Una combinación del avance de la soja con un retiro del Estado de su función rectora creó una enorme concentración de la producción. Porque vienen todos estos procesos técnicos nuevos; el productor nuevo puede asimilarlos contratando profesionales. El productor chico, en cambio, no tiene posibilidad de hacerlo, necesita del apoyo estatal. En ese momento, en que aparecen todas esas nuevas técnicas, se conjuga el retiro del estado de sus funciones principales (el INTA prácticamente desmantela su servicio de atención), entonces el chacarero corriente se encuentra con que no tiene apoyo técnico, y tiene dificultades para entrar en las nuevas técnicas. Además, para entrar en las nuevas técnicas y ganar más, tenés que invertir más, y como el Estado se retira, no hay un crédito que se combine con este progreso técnico. Entonces, queda en manos de los grandes productores la posibilidad de invertir más sin temor al riesgo, porque los pequeños chacareros, además de no tener acceso fácil al crédito, no tienen con qué cubrirse si tienen una mala cosecha. En promedio, todas estas nuevas técnicas aseguran altas ganancias. Pero en promedio, eso no quita que si bien hay años en que dan ganancias muy grandes, no haya años en los que den pérdidas. Si al chacarero de entrada le toca una pérdida, se encuentra con que ha hecho un gasto que no puede ahora compensar.
El gran productor puede contratar al técnico que necesita, tiene reservas financieras para afrontar un mal año, no necesita ni crédito ni seguridad. El pequeño chacarero sí necesita estas cosas, y como el Estado se retiró, no tiene quien se las proporcione. Entonces, el grueso de la producción va quedando en manos de los grandes productores, a quienes les conviene mucho más arrendar el campo. Ahora hemos asistido a un momento en el que los principales productores agropecuarios, son hombres que hoy se dedican a la soja y mañana se dedican a otra actividad económica que les reditué. Por eso mismo, trabajan en tierra ajena, trabajan con maquinaria arrendada. Todos estos procesos de tecnificación, acompañados con que el Estado fue delegando sus funciones fundamentales, favorecieron la concentración de la producción y de la propiedad. El 80% de la producción hoy en día es de soja. Las entidades del campo, que lloran al gobierno por su situación precaria, se dan el lujo de tener grandes toneladas de soja acumuladas en los silos. Para tener esa capacidad de acumulación hay que tener mucho dinero.
Eso nos demuestra una vez más la fuerte concentración de la producción y cómo esos intereses pueden afectar fuertemente al mercado, por ejemplo provocando la escasez de víveres en algunos momentos. Han hecho mal negocio, porque si hubiesen vendido en el momento en que estaban discutiendo por la 125, hubiesen vendido la soja a un precio internacional más alto. De cualquier manera, tienen capacidad económica para guardar la cosecha y venderla cuando más les convenga. Todo esto apunta siempre a lo mismo: la situación agraria es totalmente diferente que hace 40 años atrás, y lo que maneja el mercado es un grupo fuerte que concentra la producción aunque no tengan la propiedad de la tierra. Y los que van quedando cada vez más marginados son los pequeños y medianos productores. Esto provoca una desmejora en el interior, porque la pequeña producción es la que compra y vende en el lugar y produce siempre cuando sean altos o bajos los precios. En cambio, los pools de siembra no compran ni venden en el lugar, y son puramente especulativos, y aceleran los precios porque si son bajos dejan de producir y si son altos producen más.

Estudiante: ¿Cuáles son los efectos del glifosato y de los transgénicos?

Horacio Giberti: Es un problema muy importante y complejo. Oponerse “porque sí” al transgénico es una medida que no tiene sentido. El transgénico es un proceso extraordinario de la ciencia: consiste en que se incorpora información genética a una especie células de otra especie distinta. El hombre aparece como creador de especies. Esto puede ser bueno o malo. Hay quienes dicen que son buenos. Pero no se ha estudiado en profundidad, ni con la correspondiente imparcialidad, este tema. Entonces, evidentemente no podemos confiar mucho en las investigaciones que hacen las grandes empresas productoras de transgénicos; pero tampoco podemos negar que hay intereses comerciales de gran envergadura en contra de los transgénicos, porque estos implican el desplazamiento de otros monopolios. No tenemos que creer que quienes están en contra de los transgénicos lo están por un interés de salud pública, porque muchos de ellos en realidad están defendiendo intereses económicos. Yo, en este momento, no me animo a decir que los transgénicos no tienen efecto negativo, ni que sí lo tienen. El INTA no se ha pronunciado en contra. Hay quienes dicen que está subordinado a ciertos intereses comerciales. Yo, sinceramente, no sé. Debe investigarse, y en el caso de que tengan efectos negativos no debería prohibirse sino buscar la manera de evitar los efectos perjudiciales. Para mí, los transgénicos, los herbicidas locales, son enormes adelantos que no los podemos desechar, sino que debemos estudiarlos atentamente y si tienen efectos negativos neutralizarlos, porque no podemos dejar de lado la enorme importancia económica que tienen. En este momento, la soja es, lejos, la principal actividad agropecuaria. Si se deja de producir soja, se viene abajo la economía argentina. No es cuestión de decir “no hay que producir soja”, sino que es cuestión de ponerse a estudiar y buscar la manera de contrarrestar los efectos negativos. No podemos ignorar que hay estudios, que parecen serios, que muestran los efectos negativos de los herbicidas y del glifosato. Tampoco podemos ignorar que hay varios países importantes, cuyos organismos oficiales parecen serios, lo han aceptado. Entonces, habría que estudiar seriamente para ver cuál es la verdad.

Estudiante: Hay quien dice que los métodos avanzados, cosecha directa, equipos, etc. no tienen mayor rendimiento que los métodos tradicionales. ¿Qué opina usted al respecto?

Horacio Giberti: No es verdad. Es evidente que los métodos tradicionales producen mucho menos y generan mucho menos ganancia, sino la gente no los dejaría. Tanto los productores chicos como los grandes se embarcaron en la siembra directa, no tanto por amor a la conservación del suelo, sino porque era mucho más económico. Sin duda que estos nuevos métodos han aumentado mucho la productividad.

1Charla de Eduardo Sartelli y los estudiantes de su cátedra con Horacio Giberti en el marco de la cursada de Historia Argentina III B, el sábado 9 de mayo de 2009. La versión completa puede verse en la página de Razón y Revolución.

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