Un viejo nada gaga. Elías Castelnuovo sobre Florida y Boedo

Elías Castelnuovo nació en Montevideo el 6 de agosto de 1893 y falleció en Buenos Aires el 11 de octubre de 1982. Penúltimo de diez hermanos, “mi familia era todo lo pobre que se pueda imaginar”, afirmó. A los 12 años ya trabajaba como albañil. Luego, entró como aprendiz en una imprenta y fue linotipista, una vez que sus “ambiciones de muchacho” lo anclaron en Buenos Aires. Aunque era autodidacta, pues en su ciudad natal había cursado solamente hasta 4º grado, por esa época (“15 ó 16 años”) ya escribía. Sus lecturas favoritas: Gorki, Tolstoi, Dostoievsky, Chejov y más adelante, Florencio Sánchez y Horacio Quiroga. En la imprenta donde trabajaba, se vinculó con otros escritores (Pedro del Rivero, Dante Motta, Fernando Gualtieri) y fundaron una revista, La Palestra, cuyo contenido era político-literario, pues todos eran anarquistas. Publicaron varias revistas, todas en la misma línea. Tiempo después Castelnuovo llegaría a director de La Protesta. Produjo una importante obra literaria: Tinieblas (1923), Malditos (1924), Entre los muertos (1925), Ánima bendita (1926) y En nombre de Cristo (1927), Teatro proletario (2 tomos, 1931/33), El arte y las masas (1935) y Psicoanálisis sexual y social (1938). Después, y “por una tendencia salvajista del anarquismo”, dijo, dejó de escribir durante muchos años. Perseguido en la Década Infame, apoyó al yrigoyenismo y al peronismo: “Es que a mí siempre me interesó estar donde estaban las masas, pues es preferible estar equivocado con las masas, que tener la verdad a solas o en círculos privilegiados.” El fundador del grupo literario Boedo desarrolla estos temas en la entrevista que el periodista Oscar Giardinelli le hiciera para la revista Siete Días Ilustrados, en setiembre de 1975, una parte de la cual publicamos a continuación. Una verdadera joyita sobre la historia de la disputa Florida-Boedo. También, un testimonio militante hasta el final.

: la espada, la pluma y la palabra

Entrevista de Oscar Giardinelli, septiembre de 1975.1

[…] Después vino lo de Boedo, allá por el ’23. Sucede que en una casona de esa calle funcionaban una imprenta y tres editoriales: Claridad, Victoria y Las Grandes Obras. Era como un conventillo administrado por los imprenteros Lorenzo Rañó y Antonio Zamora. Y ahí nos reuníamos.

¿Literaria o políticamente?

Las dos cosas, pero nos interesaba más la polí- tica. Después de la revolución rusa del ’17 los anarquistas nos dividimos entre los que apoyábamos esa revolución y los que la negaban. Y por eso me fui de La Protesta, cuando llegó Abad de Santillán, con quien me peleé mucho. Nunca nos llevamos bien.

¿Y cómo se vinculó con la gente del que fue el Grupo Boedo?

Por un concurso literario que organizó el diario La Montaña. La página literaria la dirigía el poeta Juan Pedro Calou, un tipo lamentablemente olvidado, que murió muy joven, como se estilaba entonces, de tuberculosis. Los premios en poesía fueron para Mario Fíngueri y Álvaro Yunque. En prosa yo gané el primer premio, el chileno Manuel Rojas el segundo, Leónidas Barletta el tercero y Roberto Mariani el cuarto. Ahí nos conocimos, en la entrega de premios, y Zamora nos alentó para que nos uniéramos.

¿Se reunían en esa misma imprenta?

Sí. Ahí en Boedo al 800 Y sacamos la revista Dínamo, que fue nuestro órgano.

¿Y cómo nació la rivalidad con el grupo Florida?

Bueno, eso fue posterior, en el ’24. Ellos se reunían en Florida y Tucumán, en la redacción de la revista Martín Fierro, que dirigía Evar Méndez. Los bautizamos nosotros como grupo Florida, en contraposición con el nuestro de Boedo. Ellos eran los cajetillas, los pitucos. Nosotros, los proletarios.

Y fue una verdadera batalla la que se entabló. ¡Y qué le parece! Ellos tomaban todo en solfa, pero la cosa era seria, porque en el fondo era ideológica.

¿Usted conocía a todos los de Florida?

En esa época no, sólo a Méndez y a Ernesto Palacios. Estábamos en otra cosa. Ocurre que ellos eran niños bien, mientras que nosotros debíamos trabajar, ganarnos el pan, y además éramos militantes revolucionarios.

Sin embargo, no pocos escritores -Raúl González Tuñón, entre ellos- han desdeñado esa rivalidad…

Bueno, para disimular. Tuñón estaba con nosotros y después se pasó, como su hermano Enrique. Muchos se pasaron.

Pero González Tuñón no era un cajetilla. Creo que Oliverio Girondo tampoco.

No, no, está equivocado, Girondo era multimillonario. Y todos eran iguales. La cuestión fue entre ricos y pobres, no le quepa duda. Lo que pasa es que nosotros veníamos de la clase trabajadora y muchos de ellos adoptaban la misma pose, hasta que mostraron la hilacha.

Por esa época, Borges era un hombre de izquierda, ¿no?

Se decía anarquista. ¡Mire lo que son las cosas! Yo no me olvido de un par de versos que Borges publicó en la revista Quasimodo, que dirigía el anarquista Julio Barcos. Y hasta escribió una oda a las campanas del Kremlin. Pero yo que estuve en todas, como anarquista, jamás los vi a ellos en ninguna movilización.

Bueno, pero González Tuñón…

No, no, son fábulas. Tuñón mentía para justificar su tránsito hacia la oligarquía, aunque después, al final, se hizo comunista. Yo le garantizo que cuando hubo que recibir palos, persecución y hacer sacrificios como militante, ninguno de ellos estuvo. Ahora, cuando llegó la época de las vacas gordas y el comunismo se ablandó, entonces entraron Tuñón, Barletta y otros, pero como funcionarios del partido. Y su militancia se redujo a los versos que escribieron.

Es duro lo que está diciendo, Castelnuovo.

Pero es cierto. Vea, cuando yo viajé a Europa, a Rusia, como corresponsal de La Nación, escribí para Bandera Roja (el órgano del PC argentino) una serie de notas, gratis, que le dieron un impulso bárbaro. Y cuando fui perseguido, por culpa de esos artículos, me dejaron solo y no me pagaron ni siquiera el tranvía para ir al centro. Y después, todos ellos, cuando fueron con viajes pagos y comodidades, no escribieron nada.

¿Y por qué cree que ahora se trata de minimizar aquella rivalidad entre Boedo y Florida?

Porque los vientos que corren los obligan a hacerlo. Los de Florida, los martinfierristas, no tenían banderas. Estaban sólo en las corrientes formales, modernas, surrealistas. Macedonio Fernández, Girondo, Borges, Nicolás Olivari, que al principio estuvo con nosotros… Era una cuestión ética: los que estaban detrás de los billetes se fueron pasando a ese grupo. Olivari me lo dijo clarito: “Mira, Elías, si me quedo con ustedes voy a ser pobre toda la vida”. Y después anduvo diciendo que lo echamos de Boedo… Y claro, nosotros éramos linotipistas. César Tiempo repartía soda, Barletta trabajaba en el puerto, Mariani era un empleaducho, Roberto Arlt sudaba en un taller de recauchutaje…

¿Usted fue amigo de Arlt?

Por supuesto, yo lo llevé a publicar en Claridad, donde sacó Los siete locos. Hicimos juntos la revista Actualidad y fundamos la Sociedad de Escritores Proletarios, cuya declaración de principios redactamos en 1932.

[…]

Después, en plena década del ’30, sufrí mucho. Cuando lo derrocaron a Yrigoyen me fui a Europa, por seis meses. Se me había acabado el dinero que gané con el Premio Municipal de Literatura y estaba en plena etapa de efervescencia militante. Me persiguieron, estuve preso, mi vida fue un desastre, pero creo que nunca viví con tanta plenitud. Seguí colaborando en revistas como Caras y Caretas y otras; empecé a recibir algunos pesos en concepto de derechos de autor. Me las rebuscaba…

¿Nunca intentó reconstituir el Grupo Boedo?

No, ya había cumplido su ciclo. En 1930 ya nos habíamos ido separando y yo estaba en otra cosa.

¿Cuál fue, retrospectivamente, el elemento diferenciador de ambos grupos literarios?

Entre otras cosas, que el protagonista de nuestra obra era la clase trabajadora. Dimos vuelta el patrón de la literatura. No más el hombre de clase media o alta. Ese fue nuestro aporte. Y lo bueno es que lo hacíamos naturalmente, pues veníamos de abajo, éramos trabajadores. Y nosotros sosteníamos que si bien era cierto que en los arrabales, en las orillas, en los barrios obreros había escruchantes, malevos, contrabandistas y demás, por cada diez de ellos había miles de tipos que se levantaban a las cinco de la mañana para ir a trabajar.

¿Y cómo explica, Castelnuovo, que Borges haya escrito tanto sobre malevos y orilleros, siendo que pertenecía a Florida?

Pero él de los orilleros no sabe nada. En “Hombre de la esquina rosada”, trata de acercarse al lenguaje lunfardo y la pifia. Dice que los malevos salieron del Barrio Norte, de Palermo, y eso es un disparate.

¿Y por qué escribe Borges sobre malevos, entonces, de puro imaginativo que es?

Y qué sé yo. Desde chico veía poco y se crió encerrado. O sea que imagina, no más. Uno no sabe lo que escribe.

No, no, al margen de ciertas cuestiones ideológicas, supongo que no le negará mé-ritos literarios.

¿Por qué no? A mí no me gusta lo que escribe. No puedo tener nada en común con un hombre cuyo ideal es una dictadura del siglo XIII. Él pertenece a la reacción; es un instrumento de la oligarquía, que necesita firmas famosas para frenar los cambios del mundo.

[…]

¿Se considera un hombre consecuente con sus ideas?

Por supuesto. Yo no creo eso de que uno es revolucionario a los veinte años, progresista a los cincuenta y reaccionario a los ochenta. Yo fui revolucionario en todas las edades, y ahora pienso lo mismo que antes, sólo que soy más consciente. Es una cuestión de conducta, de convicción. Nací pobre, viví pobre y voy a morir pobre. Fiel a mi clase.

No podría terminar este reportaje, Castelnuovo, sin decirle que he leído por ahí, más de una vez, declaraciones de viejos integrantes del grupo de Florida -González Tuñón, por ejemplo- en las que se aseguraba que usted se había reblandecido. Se ha dicho que usted estaba gagá. La impresión que recojo es otra. Pero a usted, ¿qué le sugieren esos comentarios?

 

Sí, los escuché y los leí yo también. Pero a Tuñón se lo dije una vez: Oiga, gagá tu abuela

Notas

1 Giardinelli, Oscar: “Elías Castelnuovo: la espada, la pluma y la palabra”, en Siete Días Ilustrados, setiembre de 1975, tomado de: http://www.magicasruinas.com.ar/revistero/esto/ revdesto297.htm

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