Un paso adelante, dos para atrás: los límites del crecimiento del empleo manufacturero.

 

 

Marina Kabat

 

De los entusiastas anuncios con que el gobierno K nos sorprendía casi a diario entre enero y marzo (suba del empleo, crecimiento económico y otras maravillas), hemos pasado a las tímidos resultados de este mayo. La crisis energética o la caída del Real aparecen ahora como los grandes culpables del estancamiento. Sin embargo, al menos en lo que al empleo se refiere, las raices de esta tendencia declinante pueden encontrarse en las bases del desarrollo anterior.

Sobre fines de febrero, uno de los anuncios que dieron lugar a comentarios alborozados por parte de los economistas adictos al gobierno, estaba relacionado con la capacidad de creación de empleo de la economía. La medida de esa capacidad resultaba singularmente alta: cada punto de aumento en el PBI acarreaba el crecimiento de un punto en el empleo. La proporción resultante (elasticidad PBI-empleo, un índica de cuánto aumenta el empleo por cada punto que crece el PBI) era de 0,65: tres veces mayor que el promedio de los ’90 (0,20) y el doble de la considerada histórica. (Clarín, 29/2/04). Naturalmente, los periódicos reflejaron el costado positivo de la noticia: el aumento de la actividad ahora genera más empleo que en el pasado. Pero no decían nada de sus aspectos negativos: si para aumentar la actividad ahora se necesitan más trabajadores que antes, la productividad global de la economía tiene que estar bajando. Y eso nunca puede ser materia de festejo.

Además del peso de los Planes Trabajar en la disminución de la productividad del empleo creado –tema que será objeto de análisis en el próximo Aromo- algunos indicadores elementales avalan la afirmación de un crecimiento malsano. En primer lugar, el empleo creció empujado por sectores de baja productividad histórica: metalmecánico, textiles, industria del cuero, fábricas de muebles, hoteles, vestimenta y en menor medida construcción e inmobiliarias. (Clarín, 31/3/04). En segundo lugar, gran parte de la producción se realizó por medio de maquinaria obsoleta. En varios ramos industriales se ha dado un retroceso en los medios técnicos empleados: en industrias gráficas muchos abandonaron las impresiones laser demasiado costosas y volvieron a técnicas de 20 o 30 años atrás; lo mismo ocurrió en la confección y la industria del calzado: viejas máquinas que hasta hace poco estaban destinadas a la reventa como antiguedades en las ferias de San Telmo hoy vuelven a prestar servicios a la industria nacional. Pero si bien una vieja Singer puede sacar del paso a algún tallercito traido de nuevo a la vida por la devaluación, no pueden dar lugar a un desarrollo sostenido. Para ello es necesario aumentar la productividad del trabajo local, la única forma de reconquistar posiciones en el mercado mundial.

La industria del calzado muestra a las claras la debilidad de esta estrategia: el aparado (cosido de la parte superior del zapato) se hace a domicilio o en pequeños talleres de igual modo que hace 50 o70 años, las máquinas que hay en el mercado son antiguallas y sin embargo se las disputan como si fueran tecnología de última generación. Un crecimiento que no revolucione esta atrasada base técnica tiene los días contados. La Cámara de la Industria del Calzado, que festejó cuando el dólar tocó los cuatro pesos, con la paridad a 3,50  debió reclamar protección contra la industria brasileña (en movilizaciones donde al igual que en los ’90 el sindicato respaldó las demandas patronales). Su futuro tambaleaba con un dólar a 2,75 y hoy con la suba de la divisa, no está mucho mejor dado que también se ha devaluado el real y nuevamente los brasileños amenazan con desplazar a sus pares locales. Las máquinas viejas podrán crear más trabajo, de la misma forma que un velero emplea más marineros que un buque a vapor, pero ¿quién gana la competencia?

 

¿De vuelta al colegio industrial?

 

Desde los ’80 los cambios económicos obligaron a los egresados de colegios y carreras técnicas a  emplearse en empresas de servicios. Por cierto, el cierre de fábricas fue una de las causas, pero también influyeron ciertos cambios operativos en las grandes fábricas: Toyota, por ejemplo, en su plan de selección de empleados entre estudiantes secundarios, no se inclina por los egresados de las escuelas técnicas contra los bachilleres o peritos mercantiles. Le resultan indiferentes las calificaciones o saberes específicos de los alumnos. No así sus promedios y la disciplina que hayan mostrado a lo largo del secundario, datos que son cuidadosamente analizados con el fin de asegurarse obreros dóciles y “comprometidos” con la empresa.

Esta pérdida de función social que antes tenían las escuelas técnicas se refleja en la Ley Federal de Educación, que al separar la enseñanza media entre la EGB y el polimodal, desarticuló los antiguos “industriales”. Pero incluso en Capital Federal donde, al no aplicarse la reforma los colegios industriales sobrevivieron mejor, debieron aggiornarse para sobrevivir. Así fueron incorporando nuevas especializaciones que son las que hoy predominan: hotelería, diseño gráfico y publicidad. son sólo ejemplos del avance de las orientaciones vinculadas con los servicios.

Los medios de comunicación aplauden lo que a primera vista parecería la reversión de ese proceso. Para ellos la recuperación de la industria implica la revaloración de oficios y conocimientos perdidos. Al mismo tiempo señalan que la ausencia de personal calificado es un freno para el actual desarrollo industrial. Pero si nos detenemos a ver cuáles son esos oficios perdidos, entenderemos mucho mejor lo precario de este supuesto proceso de reindustrialización. Según Clarín (18/12/03) faltan sobre todo costureras. En otros casos se mencionan también aparadoras, torneros, y gerentes textiles. Es decir, no obreros “calificados” para las nuevas tecnologías, sino calificaciones destruidas por el desarrollo científico y técnico. No se trata de la inadecuación de la fuerza de trabajo para una sociedad que avanza, sino para una que retrocede. A este paso, volveremos a necesitar sopladores de vidrio, cigarreras que armen habanos enrrollándolos contra sus muslos y estibadores que carguen la cosecha de soja a hombro en bolsas de 60 kilos. Habremos vuelto a comienzos del siglo XX y los geriátricos se vaciarán para ofrecer docentes adecuados para los “nuevos” oficios, porque difícilmente alguien con menos de 70 años recuerde cómo se hacían esas cosas.

Como planteamos más arriba, la base técnica de este desarrollo es muy precaria y difícilmente pueda sostenerse a mediano o largo plazo. Para sobrevivir, las empresas surgidas tras la devaluación necesitarán cambios productivos que volverán nuevamente innecesarios estos oficios hoy tan demandados. Y con ello, todos los empleos anacrónicos volverán a dónde salieron: al arcón de los trastos viejos. Por más que hoy falte personal calificado para ciertas industrias y haya un boom de institutos de capacitación donde uno puede aprender a diseñar y confeccionar prendas, zapatos y carteras, reciclar muebles, fabricar velas y jabones, es difícil esperar que esta tendencia perdure. Más que un paso adelante esta recuperación de oficios se muestra como un paso hacia atrás. El deseo de Filmus de relanzar los colegios industriales va a caducar antes de haberse convertido en proyecto. Mejor dicho, dos.

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