Un obrero no vota a sus patrones. El voto en blanco y cómo enfrentar la derrota en las elecciones

0000001214Llamar al voto en blanco es admitir una derrota. La derrota de no estar. La derrota que significa que la clase obrera nos haya sacado de la grilla de opciones. Son otros los que juegan la final. Y por mucho: el 97% nos dio la espalda. Luego de tamaña paliza, bien podríamos callarnos la boca.
Pero la derrota no es solo numérica, ya lo dijimos, sino fundamentalmente política. El programa revolucionario no fue a las elecciones, no estuvo en la campaña. Reformismo, liberalismo, lástima (“podemos meter un diputado”), lo que sea para conseguir un voto. Resultado: ese magro 3% no dice absolutamente nada de la penetración de las ideas socialistas. Ese es el mayor fracaso: no se aprovechó la campaña para difundir una conciencia revolucionaria entre los trabajadores, sino para apelar a un voto a como dé lugar. Ergo, se permitió (y hasta se fomentó) el avance de la conciencia burguesa. Más que fracaso, daño auto-infligido.
¿Qué hacer? Primero, un profundo balance de lo actuado. Un pedido de interpelación a las direcciones que tuvieron la responsabilidad de llevar la campaña adelante (PTS). Pero también a aquellas que nos llevaron a esta situación (PO e IS). Un rescate del FIT de la mano de los elementos políticos más sanos. Un gran congreso de militantes para realizar un balance.
En lo inmediato, tenemos una oportunidad para revertir esos errores. Tenemos una campaña por delante por el voto en blanco. Una nueva oportunidad de intervenir en la conciencia de las masas en un sentido revolucionario. Sin embargo, tal como se viene desarrollando, el FIT está desperdiciando esta oportunidad. Otra vez y con el mismo ángulo, el reformismo.
Los partidos del FIT, con sus variantes, tienen el mismo argumento: Macri y Scioli son candidatos de la “derecha”. Es decir, ninguno es reformista o keynesiano y, por lo tanto, no hay mal menor. La consecuencia lógica del argumento es que si frente a Macri hubiese estado Stolbizer, Randazzo o la propia Cristina, entonces habrían llamado a votar al kirchnerismo. Es decir, al reformista como mal menor. Entre la Unión Democrática y Perón, se quedan con Perón. Entre Menem y Néstor, hubiesen votado por Néstor. Entre Le Pen y Chirac, votan a Chirac. Operan con la misma lógica por la cual todo el kirchnerismo intenta chantajear a la izquierda. Ostentan el mismo razonamiento que Patria Grande: reconocen que prefieren votar a un burgués reformista que a un liberal. Simplemente dicen que en este caso, los dos son liberales. ¿Y si no lo fueran?
Alguien dirá “no tiene sentido discutir contrafácticamente, son iguales”. Es que el problema no es si son iguales o no, sino si usamos la campaña para desarrollar una conciencia revolucionaria o no. Lo que hay que explicarles a los trabajadores no es que hay burgueses buenos y malos y que, en este caso, ambos representan al malo. Sino que un obrero no debe votar a su enemigo de clase. ¿Por qué? Porque eso lo trae a nuestro campo, al campo del Socialismo y lo hace actuar en consecuencia. Cada trabajador ganado en ese sentido es una victoria. Cada uno convencido de no votar a ese patrón, es mantener la ilusión sobre los demás.
En conjunto, el FIT no llama a votar contra la burguesía, sino contra una de sus fracciones. Se profundiza la tendencia de la campaña electoral, esta vez, por la negativa. Otra vez, como en las elecciones, se apela al voto del kirchnerista o progresista tal como es: una expresión de la conciencia burguesa. No se busca discutir con ella, sino que se presenta al FIT como su verdadera esencia, como el peronismo que no traiciona. En lugar de discutir el programa reformista, se presentan como el mejor personal político para llevarlo adelante. Eso ya se intentó y se llamó Montoneros. Parece que la historia no les enseñó nada.
En un reciente comunicado, un conjunto de intelectuales, liderado por Eduardo Grüner, expuso esta lógica en forma muy sugestiva. El título es “No le hacemos el juego a la derecha”. Lo dice todo. A la que le niegan el voto no es a la burguesía, sino a su variante “de derecha”. Si alguno fuera de centroizquierda, lo estarían votando. Pues bien, eso coloca la discusión en terreno kirchnerista: Scioli tiene más posibilidades de ser “controlado” por los keynesianos que Macri. Y eso es una realidad. Si hay alguna esperanza, alguna, de la centroizquierda, esa es Scioli. Un centroizquierdista consecuente debe votar al candidato oficialista.
En su explicación del voto en blanco, señalan que el kirchnerismo le ha “servido el país a la derecha en bandeja de plata”. Si no hubiese sido así, si el ajuste no hubiese sido tan brusco, entonces ellos, que no votan “a la derecha”, mirarían con buenos ojos al gobierno. O sea, si la renta agraria hubiese aguantado, esta gente estaría llamando a votar al candidato de Cristina. Una forma burguesa de repudiar ambos candidatos que no tiene nada que ver con la política socialista.
No estamos en un momento de “profundización del reflujo” (PO) o “defensivo”. En breve, la lucha de clases nos va a mostrar el real grado de maduración de la clase obrera, que no vota a candidatos “de derecha”, sino a aquellos que prometen reformas.
El FIT utiliza el miedo al rechazo o el “atraso” de las masas para justificar su propio oportunismo. Por el contrario, debemos aprovechar para realizar una campaña revolucionaria. Es decir, por una conciencia socialista. Votamos en blanco porque no votamos a los candidatos de nuestros patrones. Porque queremos una sociedad sin ellos. Porque el país nos pertenece. ¿Cómo medir esa conciencia en los guarismos de la noche del 22 de noviembre? Esa es una pregunta de quien no ve más allá de lo inmediato y de la política burguesa. Se mide por el nivel de reclutamiento, por el nivel de acercamiento a las organizaciones, por el debate que logramos instalar públicamente.
Un buen primer paso sería que un gran congreso de militantes del conjunto de las organizaciones que componen el FIT y de aquellas que lo apoyan, defina una campaña y voten un comité que unifique el comando electoral. Y luego, un proceso de discusión política en torno a la creación de un gran partido revolucionario. No es momento de retroceder, sino de avanzar.

Razón y Revolución

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