Un descenso anunciado. Las paritarias y el combate de la clase obrera contra el ajuste

Ianina Harari

TES – CEICS

En un escenario como el actual lo más probable es que el descontento sea canalizado por el peronismo, ya sea el kirchnerismo, el frente que armó Moyano con el Papa, o alguna variante similar. Este cuadro se agrava en la medida en que la izquierda no se delimita del kirchnerismo. Si queremos prepararnos para ser protagonistas de un nuevo argentinazo, debemos tomarnos en serio la necesidad de mostrarnos como dirección de la clase.


El gobierno volvió a anotarse unos puntos en nuevo round contra la clase obrera: las paritarias. Macri viene pegando sin recibir contragolpes importantes. No avanza con la celeridad que quisiera, pero avanza. Los problemas que enfrenta el gobierno no se encuentran en el frente obrero.La reforma previsional, la más urgente para el gobierno, fue aprobada. La CGT fue doblegada con la amenaza de carpetazos. Los conflictos terminaron mayoritariamente en derrotas. Como si fuera poco, las paritarias cerraron respetando el techo prácticamente sin conflictos. No obstante, en un clima dominado por la evidente inutilidad de las direcciones peronistas de todos los pelajes para defender las conquistas obreras, se abre una oportunidad histórica para la izquierda, si la sabe aprovechar.

A la baja, otra vez

La firma de paritarias por debajo de la inflación no es una novedad. Durante el gobierno de Cristina esto sucedió año a año. Como hemos explicado varias veces, dada la vigencia de una cláusula de la ley de convertibilidad, legalmente no pueden indexarse los salarios y, por lo tanto, incluir en los acuerdos paritarios una cláusula gatillo automática. Es así que todos los años deben reiniciarse las negociaciones paritarias de cero, y el resultado dependerá de la correlación de fuerzas de ese momento.

Por supuesto, el gobierno y las patronales juegan con las expectativas de la inflación futura, y usualmente se descarta lo que se haya perdido el año anterior. El año pasado, el gobierno planteó un techo del 18%, aunque la mayoría de las paritarias cerraron en torno al 20% con una falsa cláusula gatillo. Ya el año anterior se había incluido en muchos acuerdos un punto que se denominó “cláusula gatillo” y que consistía en abrir la posibilidad de que las partes se reunieran nuevamente si la inflación superaba el monto pactado. Pero no se trataba de una obligación, ni de una indexación automática, por lo que su efectivización dependía de la voluntad y capacidad de cada gremio para sentar a la patronal a negociar y arrancarle algún porcentaje al menos similar a la pérdida del poder adquisitivo. Pocos gremios lograron obtenerla tras las paritarias de 2016. Respecto a las de 2017, hubo un número mayor de actualizaciones por cláusula gatillo. Pero ello se debió a que fue la prenda de cambio del gobierno para pactar paritarias con un techo que se encontraría ridículamente por debajo de las expectativas inflacionarias del propio gobierno: el 15%, esta vez sin cláusula gatillo. Lo que negociaron para poder presentar estos acuerdos de forma un poco menos bochornosa es la cláusula de revisión. Se trata de algo muy similar a la cláusula gatillo que se venía firmando, pero con un agravante: ahora hay una fecha para solicitar la revisión del porcentaje acordado. Eso significa que, si la inflación se dispara a posteriori, no hay resquicio legal para el pataleo. Eso implica que de querer reclamar un aumento mayor habría que pelearla en la calle, terreno que, por supuesto, la burocracia no está dispuesta a pisar. Lo cual nos deja en todavía peores condiciones.

La mayor parte de los gremios acató esta pauta, aunque hubo excepciones por encima y por debajo. Por debajo se encuentra los que fueron más obsecuentes y firmaron el 12%. Encontramos allí a los laderos de Larreta, el sindicato que debiera defender a los estatales del gobierno de la Ciudad, SUTCBA, que además no incluyo siquiera cláusula de revisión. Lo interesante es que el otro gremio que conforma el “club del 12%” es nada más y nada menos que el que dirige el kirchnerista Santa María, el de los porteros, SUTERH. Parece que la causa judicial que le abrió el macrismo lo tiene tan preocupado que no vaciló en entregar la paritaria, en dos cuotas y con cláusula de revisión en septiembre.

El titular del gremio de encargados de edificios no fue el único kirchnerista que firmó una paritaria vergonzosa. Sergio Palazzo, líder de la Corriente Federal, parte de la alianza que integran Moyano y el Papa, también firmó por el 15% en dos cuotas con cláusula de revisión. El secretario general de La Bancaria no escatimó declaraciones sobre su oposición al 15%, criticando a quienes lo aceptaban. Llegó a convocar a paros y movilizaciones. Pero finalmente se sometió al plan del gobierno. ¿Qué obtuvo a cambio?La continuidad del mal llamado “aporte solidario” para la obra social, que es un descuento compulsivo que se realiza a los trabajadores y que va a parar a la caja del sindicato. Esa es la “combatividad” K. La Federación Gráfica Bonaerense, también dirigida por un kirchnerista de la Corriente Federal, Amichetti, fue también de la partida del “club del 15%”. Hay otros kirchneristas más vergonzosos aún. Por ejemplo, Ponce, el dirigente de ATILRA, que cerró por el 15%, en dos cuotas, con cláusula de revisión en septiembre, luego de que el año pasado los trabajadores lácteos no recibieron ningún aumento. También en este caso pesa sobre el Secretario General una causa judicial.

Las pocas excepciones a esta pauta fueron aceiteros, que firmó un 19%, empleados de farmacias, por el mismo porcentaje, la UOM que acordó un 18,5% y el sindicato de publicidad, un 18%. De todas formas, también son cifras por debajo de la inflación que se espera para este año, que nadie estima por debajo del 22%.

Sin preparación, no hay 2001

El clima de descontento entre la clase obrera frente al avance de la crisis es evidente. Sin embargo, no aparece por el momento ningún sector que pueda canalizarlo. Ello habla también de que la crisis con las direcciones burguesas tradicionales sigue candente, aunque se encuentre aun contenida en la medida en que no encuentra una salida por fuera del campo burgués. Quienes dirigen la CGT ya han mostrado su voluntad de acuerdo. Los que dicen ser oposición, o sea los kirchneristas muestran su complicidad. El núcleo que se conformó con Moyano, Francisco, Michelli y los K no tienen más intenciones que la de crear un frente electoral para 2019, y por tanto no se postulan como dirección de ninguna lucha, como quedó claro el 21F.

Lo verdaderamente preocupante es lo que sucede entre quienes deberían postularse como dirección frente al inmovilismo de las variantes burguesas. La mayor parte de la izquierda creyó ver en las movilizaciones de diciembre un revival inmediato del 2001, mostrando una carencia preocupante de un análisis riguroso de la lucha de clases. No hubo un retroceso del gobierno, ni el inicio de un ciclo de auge de las luchas, ni una alteración de las relaciones de fuerzas o algo similar. Es preocupante no solo porque se cae en análisis ridículos que luego se muestran muy alejados de la realidad, sino porque no ordenan las tareas. Amén de que en la mayoría de los casos los diagnósticos son incongruentes con las propuestas: ¿si se viene un 2001, porque no estamos preparando organismos de clase acordes? La propuesta más “osada” es la del PO, que pretende la convocatoria a un congreso de delegados de base de los sindicatos. Todo un retroceso respecto a sus planteos de 2001 que postulaban la necesaria unidad del conjunto de la clase, ocupados y desocupados. Aquí no solo se deja de lado a los desocupados, sino al conjunto de compañeros que trabajan en negro, que no están sindicalizados, etc. Es raro que el PO no sepa que solo una porción pequeña de la clase obrera está ocupada y sindicalizada.

Pero veamos las perspectivas reales de la situación actual y las chances de un nuevo Argentinazo. Las últimas embestidas del ajuste no pasaron desapercibidas: INTI, Río Turbio, Posadas, Fanazul, Stockl, entre otras. Sin embrago, hasta ahora la mayor parte de los conflictos culminan en derrotas, totales o parciales, a excepción de los mineros que han logrado la reincorporación. Es obvio que el avance de la crisis obligará al gobierno a profundizar el ajuste. Todo el problema para la izquierda es si esa coyuntura constituirá una oportunidad para organizar a una fracción mayoritaria de la clase en una fuerza social revolucionaria. Si la crisis económica estalla, la ruptura del lazo político con el macrismo de buena parte de su base obrera podría producirse de forma más o menos acelerada, pero no hay ningún elemento que permita pensar que ello podría ser canalizado por la izquierda. El conjunto de la izquierda viene pre anunciando un 2001. Pero la diferencia de aquella situación y la presente es no solo la posibilidad de contar con respaldo financiero internacional para capear la crisis, sino principalmente que las jornadas de diciembre de 2001 fueron precedidas por un proceso de organización y un ascenso en las luchas, con dirección de la fracción desocupada, muy superior cuantitativa y cualitativamente al actual. Es decir, no solo el número de luchas era mayor, sino que se había dado un salto con la constitución de la ANT, la elaboración de un plan de lucha y un programa. La idea de que si estalla la crisis, tendremos 2001 y que las masas virarán hacia la izquierda, es absurda y se basa en una premisa falsa: el espontaneísmo. En un escenario como el actual lo más probable es que el descontento sea más bien canalizado por el peronismo, ya sea el kirchnerismo, el frente que armó Moyano con el Papa, o alguna variante similar. Este cuadro se agrava en la medida en que la izquierda no se delimita del kirchnerismo y por tanto no se postula como alternativa. Si queremos realmente prepararnos para ser protagonistas de un nuevo argentinazo, en tanto el inicio de un proceso revolucionario, debemos tomarnos en serio la necesidad de mostrarnos como dirección de la clase. El escenario para ello es propicio: todas las variantes burguesas han mostrado que no tienen demasiado para ofrecer. Es hora de mostrar que nosotros sí: un futuro donde la explotación y la miseria solo existan en los libros de historia, el socialismo.

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