Tres en una. Hegel, la Ciencia de la Lógica y la revolución – Julieta Paulos Jones

 Todo conocimiento Philosopher Hegelcientífico del mundo en que vivimos depende  crucialmente (al tiempo que contribuye a construirla) de una  comprensión correcta de la estructura general de la realidad. Esta es la  razón por la cual, como ha dicho Engels, no se puede escapar a la  filosofía, tirándola por la borda como simple “metafísica”. Una  concepción simplista de la realidad, que reduzca lo que es a lo que “se ve”  o, por el contrario, sumerja todo lo visible en una inalcanzable  profundidad oscura, desembocan necesariamente en el empirismo positivista o en el irracionalismo kantiano: la realidad no tiene explicación porque siempre nos mantendremos en el mundo de los fenómenos, nunca podremos aprehender la realidad misma.

Una oscuridad que aclara

Hegel ha pasado a la historia como un filósofo “difícil” que podría compartir con otro dialéctico famoso, Heráclito, el apelativo de “oscuro”. Sin embargo, la comprensión de la dialéctica hegeliana, más que oscurecer, aclara. Veamos.
En la Ciencia de la Lógica Hegel desarrolla la idea de que la realidad tiene, por decirlo así, tres caras y no una, idea con la que se propone detallar el modo de concebir un objeto dado desde tres momentos o instancias que lo constituyen. Cada momento de ese proceso de concepción del objeto es necesario y compone una parte indispensable para el abordaje completo y final. Cada momento debe ser considerado, según la perspectiva lógica de Hegel, como dimensiones del acto de concebir el objeto, al tiempo que son sesgos parciales de él, no atributos diferentes de objetos distintos. Comprender lo que encierra esta tesis lógica de los tres momentos es el asidero del núcleo dialéctico de la investigación científica. En términos de Hegel, estos tres momentos son las dimensiones presentes en todo concepto, con lo cual resultan en tres instancias de todo concepto acerca de un objeto. Los momentos a los que nos referiremos son las doctrinas de su sistema de lógica: la Doctrina del Ser, la Doctrina de la Esencia y la Doctrina del Concepto. En las tres doctrinas, el asunto es averiguar el sentido de las categorías, esto es, las nociones con las que la mente humana intenta hablar del mundo, predicar sobre sus objetos, sus eventos y sus propios discursos.

La primera cara: la Doctrina del Ser

Estamos en el primer momento, la primera cara de un objeto, en este caso, la persona que tenemos delante. Aquí, el sentido de cada categoría va a ser concebido por la categoría en sí misma, en forma aislada: una persona amable, por ejemplo. Pero, ¿qué sucede con esta forma de concebir a la persona? Nos topamos con un obstáculo: esta forma de concebirla se ve impulsada a desplegarse hacia otra categoría que la ayude a explicarse, esto es, necesitamos otra cara. Cuando decimos que una de las caras de la persona (una de sus dimensiones como ser humano) es ser amable, debemos desplazar nuestra intelección hacia su opuesto, es decir, definimos una de las caras como amable porque tenemos en mente lo que es una cara descortés. Del mismo modo, entendemos las nociones de algo gracias a otro, de uno gracias a muchos, de finito gracias a infinito.
Esta dificultad que se nos presenta en este momento, debido a que en los presupuestos del análisis no está el mantener la referencia de una categoría a la otra, sino el captar el sentido que ella tiene en sí misma, da como resultante el tipo de movimiento del devenir, según el cual las categorías nos van obligando a seguir su movimiento de significación pasando de las unas a las otras. Precisamente es este pasaje constante el que nos obliga a dar el salto, dado que una significación interminable nada logra significar.

La segunda cara: la Doctrina de la Esencia

Así se pasa al segundo momento, bajo el cual empezamos a concebir las categorías en una suerte de interrelación, conformando una totalidad disponible como un todo. De manera que hemos alcanzado el sentido de la relación entre las categorías y ya no tenemos a cada una entendida por sí misma sino que ahora sus significados se buscarán en su copresencia. Aquí, la noción de algo simple, absoluto, cede paso a la noción de todo, constituido por relación entre partes.
Veamos cómo se aplica a nuestro ejemplo. En el primer momento decíamos que el sentido de las categorías era concebido por sí mismo, pero nos encontrábamos con que queríamos definir la amabilidad y no podíamos sino recurrir a la descortesía. En este segundo momento, las categorías amable y descortés forman una totalidad cerrada de sentido, una estructura que, a su vez, se comportará, con otras estructuras, como partes de totalidades mayores: la persona que hemos elegido como ejemplo, está signada por su personalidad, la cual será  aquí la totalidad mayor de una estructura que contiene dos caras: la amabilidad y la descortesía. En el mismo sentido, podemos entender que las categorías soltero y casado son dos caras que forman una estructura contenida en una totalidad, que es la categoría estado civil. Por lo dicho, queda expuesto el tipo de movimiento de la Doctrina de la Esencia, que se designa con la palabra reflexión; así, de la misma manera que el rayo de luz (invisible en sí mismo) se torna visible en el movimiento de retorno, cuando se refracta en un cuerpo opaco, análogamente la categoría sólo adquiere sentido en este movimiento de retorno desde su categoría-alterna (categoría-otra), es decir, desde su opuesta.

La tercera cara: la Doctrina del Concepto

Ahora bien, como vemos, seguimos teniendo un sistema de categorías estructurales que establecen una suerte de paquetes relacionales, y se nos presenta otro problema: el de abarcar simultáneamente, en un todo coherente, todos esos paquetes de categorías. El objetivo es definir las características que va a tener ese todo coherente, la totalidad de lo real. Para eso necesitamos comprender el carácter de esa totalidad. Aquí estamos en el tercer momento, cuyo punto de partida es el resultado del momento anterior: la idea es que la transformación de la estructura es inherente a su misma reproducción.
Nuestra totalidad, ya lo sabemos, es el objeto de estudio que tenemos delante: esa persona de la que dijimos tantas cosas. ¿Qué significa que esa persona sea una totalidad y por qué tiene tres caras?

La persona como totalidad: tres en una

Mientras retomamos todo lo dicho, hace falta destacar una aclaración. El punto de vista lógico de Hegel se basa en que los tres momentos desarrollados son nociones inherentes a todo concepto, que son partes inseparables de la unidad, no son atributos sino distintas caras del mismo objeto. Esto significa que al concebir un objeto cualquiera, en este caso, una persona, con sus peculiaridades, siempre vamos a ver en él contenidas tres instancias: dijimos que la primera instancia o dimensión era la amabilidad, que no podía ser definida sino a través de su opuesta, la descortesía, las cuales, a su vez, conformaban una totalidad coherente bajo la noción de concepto. Bien podemos comprender la totalidad si imaginamos a nuestro conejito de indias en un contexto preciso. En él, nuestro objeto de estudio resulta ser el anfitrión de una cena familiar, por lo que deberá recibir a sus invitados.
Felizmente preparado para la ocasión, nuestro anfitrión recibe a todos y cada uno de los recién llegados de una forma increíblemente amable y atenta, hasta que aparece el sujeto indebido e indeseado, el “colado” al que nadie quería ver. De un modo coherente consigo mismo, el anfitrión recibe muy descortésmente al susodicho y lo pone en ridículo frente a todos. Así vemos bien delimitadas las dos primeras caras: el anfitrión es agradable y amable pero se torna seco y descortés, “muestra la hilacha”. ¿Cómo definiremos a nuestro objeto de estudio? ¿Es amable o descortés? Es las dos cosas: para poder seguir siendo amable con sus invitados, que no soportan la presencia del “colado”, nuestro amigo tuvo que ser descortés. No tiene una ni dos caras, tiene tres en una. Esa unidad es la totalidad, es la tercera cara y es distinta a las anteriores. Con ella definimos nuestro objeto de estudio: es el concepto que refiere a él, expresado en los términos precisos que expliquen la contradicción, que nieguen la oposición entre la cara amable y la descortés y logren convertir eso en una relación, el concepto con el cual podremos decir: “¡ese es el tipo!”. Un buen anfitrión gracias a su capacidad para pasar de una categoría a su opuesta.

Una claridad meridiana

Las categorías hegelianas permiten superar los límites que el positivismo y el posibilismo kantianos imponen a la ciencia. No habría sido posible superar el formalismo de la democracia burguesa sin la crítica marxista. No habría sido posible la crítica marxista sin Hegel. No hubiéramos superado nunca a Smith y Ricardo si nos atuviéramos a la reificada imagen del salario como pago del trabajo. No tendríamos posibilidad alguna de pensar la revolución si no pudiéramos comprender los límites de la conciencia sindical. No es casualidad que los revisionistas de la Segunda Internacional abandonaran a Marx por Kant y que Lenin llamara a formar clubes de “amigos de la dialéctica”. En eso estamos.

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