Tradición y statu quo – Cintia Baudino

Tradición y statu quo. Acerca de “Manos a la obra” de Juan Falú.

Por Cintia Baudino

Grupo de Investigación de la Música en Argentina- CEICS

Juan Falú, guitarrista y compositor nacido en la provincia de Tucumán, músico reconocido mundialmente, director de la carrera de Tango y Folclore del conservatorio Manuel de Falla y de la organización del Festival Guitarras del Mundo, acaba de editar un nuevo disco, que contiene poco menos de la mitad de su obra. Manos a la obra está formado por veinte composiciones, de las cuales alrededor de la mitad son interpretadas por el guitarrista Pablo Uccelli, un joven y brillante músico alumno del autor.

Del cd, considerado como una obra en su totalidad, cabe destacar su carácter intimista y cálido; tanto la interpretación como la grabación fueron hechas con una prolijidad destacable. Su sonido es un tanto brillante de a ratos y más oscuro llegando hacia el final. La primera pieza es una vidala de tono litúrgico, dedicada a la memoria de su hermano, titulada “Vida la de Lucho”. La melodía es tradicional, con una armonía menos típica. La caja de la guitarra es usada como instrumento de percusión, simulando una caja chayera, típica del noroeste argentino, lo que le agrega profundidad y serenidad. Aquí, como en todo el disco, el guitarrista hace un excelente uso de los silencios y de tensiones, embelleciendo así a la melodía principal. El gato “Buscapie”, lo que sigue, es una bellísima composición, en la que los bajos tienen una presencia muy importante ya que están en continuo movimiento y dialogan con la melodía principal. Como es costumbre en el folclore argentino, la melodía es tocada a intervalos de terceras, lo que le agrega importancia y el color característico del estilo. “Rastro de amor” es, por su parte, una zamba tradicional cuya forma se ajusta a la estructura coreográfica de la danza. Se puede apreciar en el estilo de la melodía, de contenido romántico, la influencia de Eduardo Falú, su tío. Luego llega “Agarrado”, un gato cuyano de tono infantil e inocente, en el que utilizan cromatismos que suelen ser muy frecuentes en las melodías de Cuyo. Su nombre alude a las garras de un gato que, según la letra que luego le agregó Pepe Núñez, se preparan para trepar los techos en busca de su compañera. Como en las graciosas persecuciones entre Tom y Jerry, los bajos parecen estar apurando o bien persiguiendo a la melodía, pero al llegar al final de cada estrofa no logran atraparla.

La hermosa “Ronda de Lele”, es la única del disco que carece de aire folclórico. La ronda es una danza española del siglo XIX. En ella Falú utiliza muchas tensiones y cromatismos, tanto en los bajos como en las notas más agudas y contracantos. Hacia el final del tema usa varios pasajes melódicos dentro de la escala menor armónica, aquella que nos recuerda inmediata-mente a la música árabe o bien flamenca. En el tema siguiente, “Chayita de la ronda”, el compositor retoma la melodía de la canción anterior y con algunas modificaciones hace una versión “más argentina”, con ritmo y tiempo de chaya. “A Paulino” es una zamba estilo pampeano, dedicada a Paulino Ortellado, intérprete de la guitarra y la música de la pampa argentina. En la introducción, se deslizan acordes arpegiados, embellecidos con tensiones disonantes. A continuación, la melodía aparece en un primer plano y la armonía hace silencios o solo acompaña con algunos bajos.

El clima que genera es de tono introspectivo, muy serio y nostálgico. “Chacarera tenebrosa” es la canción número doce. Falú utiliza aquí muchas tensiones y disonancias. El ritmo es “tirado hacia atrás”, como es frecuente en su forma de interpretar, relacionado con la intención de brindar mayor densidad a los graves, lo que genera un tironeo continuo en el tema. La tonada cuyana, “La memoria cuenta”, dedicada a su padre, es de clima sereno, cálido y dulce. Los acordes son arpegiados a un tiempo lento, y las disonancias, en este caso, casi no figuran. El aire de zamba “Al Menchi” fue compuesta para Hermenegildo Sábat, artista uruguayo radicado en Argentina. Es una canción muy dulce, donde el sonido de la guitarra en algunos pasajes parece salir de una cajita de música. La introducción es arpegiada a un tiempo rápido, que luego se ralenta al entrar la melodía. Cuando llega el estribillo, la dinámica y el tempo aumentan. Estas variaciones en los matices están perfectamente interpretadas, ya que el compositor tiene un gran manejo de los mismos y logra crear climas con gran naturalidad y fluidez. Más adelante llega “Que lo diga el río”, una guarania inspirada en el género paraguayo, canción romántica que recrea el ambiente calmo y las imágenes del río. Con una melodía muy serena y sencilla, las variaciones y los contracantos la vuelven más interesante.

Llegando hacia el final nos encontramos con la maravillosa “Chacarera ututa”, dueña de una riqueza inmensa tanto rítmica como melódica. “La ututa” utiliza acordes muy oscuros y agresivos, generados por el uso de intervalos de quintas y cromatismos en los bajos. En general, podemos apreciar el sonido que envuelve todo el disco, lleno de cuerpo, fuerza y el volumen que caracterizan al músico. En esta obra, el guitarrista nos demuestra su enorme conocimiento del género, lo que le brinda la posibilidad de innovar y variar continuamente.

Manos a la obra pinta a Juan Falú de cuerpo entero como un artista maduro, sereno y de una importante trayectoria musical. El folclore que Falú tan bien conoce, sin embargo, expresa una particular lectura del pasado nacional cuyo principal exponente sería, en su particular visión, la tradición hispánica, y en el que se haya virtualmente ausente toda referencia a la población indígena.

Se expresa en Falú, en sus silencios sobre todo, el aire señorial y aristocrático típicos de una sociedad, la tucumano-salteña, que hunde sus raíces en el feudalismo español. Una tradición ciertamente autoritaria que la burguesía azucarero-tabacalera supo heredar. No resulta extraño que este pathos venga a coincidir, hoy, con su lamentable apoyo al gobierno seudo nacionalista burgués de Kirchner. Una prueba más de que la belleza también porta ideología.

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