Todos tenían su perrito. Sobre la muestra LosDesaparecidos-The Dissapeared, en el Centro Cultural Recoleta. Hasta el 16 de octubre.

Por Nancy Sartelli

Grupo de investigación del Arte en la Argentina – CEICS

Desde el 8 de setiembre, se puede ver en el Recoleta este trabajo curatorial de Laura Reuter, directora del North Dakota Museum of Art (EE.UU.). Organizada y presentada allí por primera vez entre los meses de marzo y junio de 2005, continuará su periplo por Uruguay, Perú, Chile, Colombia y varias ciudades de Estados Unidos como New York, Washington y Minneapolis. La muestra cuenta con el patrocinio de The Otto Bremen Fundation, la Andy Warhol Fundation y de la Fundación Lanzan. Allí se reúnen los trabajos de 27 artistas latinoamericanos que, desde distintas técnicas y soportes, han trabajado sobre los desaparecidos en sus propios países. Incluye además, un registro de la muestra Identidad, realizada por un colectivo de artistas argentinos en el mismo Centro Cultural Recoleta, en 1998. Partiendo de la premisa de que el arte interviene en la realidad, trataremos de dilucidar en qué dirección lo hace Los Desaparecidos. Los artistas citados tienen la particularidad de que algunos de ellos fueron exiliados, mientras otros tienen hermanos o parientes desaparecidos. Así al trabajar el tema, esta obra estaría luchando “contra el olvido en sus propios países para que estas atrocidades no vuelvan a repetirse”.1 Creemos, lamentablemente, que la conclusión final de la muestra abona a lo contrario.

 

La muestra

 

Entre muchas obras, el colombiano Juan Manuel Echavarría ocupa toda una gran pared con fotografías de gran formato. Se trata de fragmentos de un maniquí-niño corroído y despedazado: “era como un cadáver que de inmediato lo asocié con masacres y mutilaciones, con fosas comunes del campo colombiano”.2 A su vez, presenta un video sobre dos hermanos sobrevivientes a estas masacres, cantando canciones propias. El chileno Arturo Duclos exhibe el contorno de una monumental bandera chilena, realizada con la unión sucesiva de 75 fémures humanos. Su objetivo fue relacionar un símbolo que identifica a toda la nación, con un signo de otra identidad que marcó su destino durante tres décadas, nos dice.3 Sara Maneiro, de Venezuela, amplía a gran escala copias heliográ- ficas de dentaduras de cadáveres NN, desaparecidos del 27 de febrero de 1989 y sepultados en fosas comunes en el cementerio La Peste. Acompaña con un video, La Peste, realizado con la participación y colaboración del COFAVIC (Comité de Familiares de las Víctimas del 27 de febrero)

Luis Camnitzer, del Uruguay, presenta 35 fotograbados con imágenes de sentido ambiguo, a partir de su constante fragmentación. Esto hace que cada una de ellas en sí misma sea (o no) lo que el contexto -desapariciones, tortura- indica. El argentino-uruguayo Antonio Frasconi despliega una pared con 56 monotipos de retratos de desaparecidos, acompañados con texto de Mario Benedetti. Esta serie empujaría a los espectadores a que “conozcan y reconozcan su propia culpabilidad colectiva y a recordar”.4 El argentino Nicolás Guagnini recuerda a su padre en una escultura en la cual el desplazamiento del espectador hace reconstruir y desaparecer su rostro.

Por su parte, Iván Navarro (Chile) es quien pareciera avanzar sobre los asesinos, nombrándolos en los escalones fluorescentes de Escalera criminal: 600 chilenos “condenados recientemente por asesinatos a su propio pueblo”, diría Reuter en el texto de bienvenida. A su vez, realiza una mesa en forma de svástica para denunciar la complicidad del nazismo, los políticos y militares latinoamericanos, como también un maletín con los nombres de Letelier, Horman y Moffit para denunciar a Pinochet. Cildo Meireles, de Brasil, interviene botellas de Coca-Cola con la frase “Yankees, go home!” y las devuelve nuevamente a las embotelladoras para que sigan su curso comercial. Abstrayendo aún más el concepto de “desaparecido”, Oscar Muñoz (Colombia) imprime retratos anónimos de obituarios de diarios en grasa sobre placas de metal, de manera que cuando el espectador les “da su aliento” los rostros vuelven a aparecer. La uruguaya Ana Tiscornia, asimismo, expone una serie de retratos nublados, que bien pueden ser los desaparecidos. Juan Traverso (Argentina) presenta distintas versiones de una bicicleta impresa en esténcil, en distintos lugares de ciudades, así como en telas a modo de lápidas. Según él, en Rosario una bicicleta apoyada y abandonada era símbolo de que su dueño había desaparecido. Una muestra de fotos recuerda la exposición Identidad, en el C.C. Recoleta en 1998, realizada por trece artistas y pensada como colaboración a la búsqueda de las Abuelas de Plaza de Mayo.5 Una serie ininterrumpida de retratos de parejas de desaparecidos y de un espejo en el lugar del hijo que falta, se completa con el rostro del espectador reflejado. Dos personas se enteraron a partir de allí, de quienes eran sus verdaderos padres.

 

Buena Memoria

 

Un lugar sutilmente destacado tiene la obra del fotógrafo argentino Marcelo Brodsky. Acompaña a las obras presentadas dos libros de su autoría: Buena Memoria y Memoria en construcción. El debate sobre la Esma. 6 A su vez, participa activamente en la construcción del Parque de la Memoria, a orillas del Río de la Plata. Su obra consiste en brindar, a través de una serie de fotografías, la vida de su hermano, Fernando Brodsky, antes de ser asesinado por la dictadura militar a los 22 años. Lo muestra en la niñez, junto a él y su hermana, en juegos, en situaciones infantiles, en una filmación familiar en súper ocho donde ambos hermanos juegan a matarse con flechas. Finalmente, lo muestra en su última foto, realizada por Víctor Basterra en la Esma. La obra sigue con su propia foto escolar del 1º año del Nacional Buenos Aires en 1967 y el resultado del rastreo de la situación actual de cada uno de aquellos compañeros. Como en aquellas películas de la CIA o de asesinatos, escribe en la misma foto -ampliada a gran escala- qué ha sido de cada uno de ellos. Sólo dos son circulados y tachados en rojo: Claudio Tisminetzky, muerto en un enfrentamiento, y Martín Bercovich, que fue “al primero que se llevaron”. No alude a las causas ni a sus efectos, sólo menciona que Claudio decía que el fin determinaba los medios y que era un dirigente estudiantil reservado. De Martín, que fue el mejor amigo de su vida, y que aún sueña con él. Todos los demás, fueron convocados por Marcelo para sacarse una foto, con la gran fotografía del Nacional `67 de fondo. Ahí están, los que pudo encontrar, sonriendo delante con algún objeto en la mano que represente su situación actual. Entonces desfilan Silvana, que actualmente trabaja en el Ministerio de Educación; Silvia, la terapeuta física; Alfredo, actual apoderado del Frepaso; el “Colo” preso político de la dictadura -no sabemos por qué- que hoy es psicólogo y toca la guitarra; Liliana, la programadora; Gustavo, el semiólogo; Antonio, encargado de la prensa de una gran empresa… Por último, un video que nombra a los desaparecidos del Nacional Buenos Aires, en un acto realizado en su aula magna en 1996, llamado “Puente de la Memoria”. Todo un activista de la abstracta memoria K.

 

¿Buena Memoria?

 

Según la curadora, Laurel Reuter, un tema que “resuena” a lo largo de la muestra es “la eliminación de la personalidad, del individuo, del yo”.7 Sin embargo, impera lo contrario: el rescate de la mera individualidad de los sujetos desaparecidos. Es así que, con grandes formatos y diversas tecnologías se impacta, más no se conmociona. Y este efecto deviene del carácter fragmentario que atraviesa toda la muestra. Impactan los grandes fragmentos roídos del maniquí-cadáver, cada rostro aparecido en las placas tras el aliento. Impacta ver a Fernando Brodsky jugar con su hermano a los once años, las dentaduras NN, la bicicleta sola como un fantasma, la escalera con nombres de asesinos, un simple vaso de agua pronto a calmar la sed o mojar a un torturado con picana. Impacta saber que alguien encontró su “identidad” al mirarse en un espejo a la par de retratos de desaparecidos-padres. A pesar de los golpes bajos, la conmoción profunda no llega a suceder. De manera fetichista, se cree que develar la verdad consiste en mostrar la dentadura de un NN. Todo es visto no a la luz de la experiencia de una clase, sino de sujetos individuales. Como ya es tradición en el C.C. Recoleta –recordemos la muestra de Franco Venturi8 – se presenta nuevamente la modalidad “desaparecidos”, utilizada por la burguesía armada en la lucha de clases, como un avatar personal. “Las fuerzas del Mal le deben tanto a los que eligen no saber como a aquellos que prefieren olvidar”9 , concluye la curadora. Y en esta línea, finalmente todo abona a la teoría de los dos demonios. Manos asesinas han secuestrado y torturado, ejecutando designios maléficos. La obra de Brodsky completa la polaridad: en algo anduvieron nadie sabe en qué, ni su propio hermano. Aquellos que siguieron sus vidas sin meterse en ese algo hoy podemos verlos sonrientemente profesionales, por haberse portado “bien”. A los “desaparecidos”, por derecha o por izquierda el Mal los ha hecho presa. La única manera de volver a ellos, sanos y salvos, es rescatando su “humana individualidad”: eran también seres que fueron niños, que jugaban, reían. Tenían su perrito, corría sangre por sus venas, tenían amigos, lloraban…

 

Conmoción

 

Si el arte efectivamente interviene en la realidad como se indica, Los desaparecidos-The Dissapeared no puede hacerlo más que en un sentido reaccionario. La negación de la definición política del sujeto, característica de toda la exhibición, da lugar a igualar situaciones irreconciliables. La muestra intenta conmover con la denuncia de la muerte de seres humanos. Así, también podrían incluirse fotos de los militares asesinados por las organizaciones revolucionarias. O imágenes de Videla, Pinochet y otros asesinos jugando con sus hijos, su perrito; total, son humanos al fin. La curadora elude el núcleo del problema: si todos son seres vivientes, ¿por qué estas vidas son más reivindicables que las de sus enemigos? La respuesta no se encuentra en la crueldad ni en los recursos que ostentaron uno u otro bando, sino en los intereses de clase que cada uno de ellos personificaba. Reivindicamos a los muertos en los ’70 en tanto militantes revolucionarios. La consecuencia más negativa de las dictaduras no es la tortura, la violación y el asesinato de hombres y mujeres, sino el aplastamiento de la transformación social. La revolución, por su parte, será todo lo sanguinaria que deba ser con sus enemigos. Y cuanto más efectiva sea, mayor será su grandeza. El humanismo burgués permite a Laura Reuter organizar esta muestra en una especie de mea culpa, por el rol cumplido por los EE.UU. como colaborador de las dictaduras que asesinaron a sus propios pueblos.10 Porque, en este sentido, la gran potencia del norte también fue presa del mal. En definitiva, la muestra no logra su objetivo de “conmover”. Algo conmociona -revoluciona- sólo cuando se exponen sus causas profundas. De otro modo, todo será impacto superficial. Develar que los “desaparecidos” no son más que bajas de uno de los bandos enfrentados en la lucha de clases, es la única manera de comprender el por qué, el cómo y el cuándo de la realidad que se describe y en la que se pretende intervenir.

 

Notas

 

1 Suplemento Página/12, entregado a modo de catá- logo de la muestra.

2 Echavarría, Juan Manuel, en Suplemento, op. cit., p. 3.

3 Arturo Duclos, en idem, p. 3.

4 Antonio Frasconi, en idem, p. 4.

5 Carlos Alonso, Diana Dowek, Carlos Gorriarena, Luis Felipe Noe, León Ferrari, Nora Aslan, Juan Carlos Romero, Remo Bianchedi, Adolfo Nigro, Marcia Schwartz, Mireya Bagglietto, Rosana Fuertes y Daniel Ontiveros.

6 Marcelo Brodsky, Buena Memoria, La marca editora, 4º edición, Buenos Aires, 2006 y Memoria en construcción. El debate sobre la ESMA, La marca editora, Buenos Aires, 2005.

7 Laurel Reuter, del texto que presenta la muestra.

8 Franco Venturi- Homenaje – C.C.Recoleta, 2006

9 Idem, p. 7.

10 Íbidem p. 7.

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