Todo por dos pesos. Discriminación de género y diferencias salariales en el movimiento obrero

Por Silvina Pascucci – “Igual salario por igual tarea” es una consigna histórica del movimiento obrero en su lucha contra la depreciación del salario femenino. Si bien el ingreso de la mujer al mercado de trabajo generó, sobre todo en un primer momento, reacciones opositoras, progresivamente se fue imponiendo la demanda por la igualación de las condiciones laborales de ambos sexos. Si las condiciones laborales en la Argentina de principios de siglo eran altamente perjudiciales para la clase obrera en su conjunto, un panorama más sombrío todavía se presentaba para las trabajadoras mujeres. Varias han sido las explicaciones que se dieron a estas diferencias salariales, un debate que comienza en el mismo momento en que la mujer ingresa al mercado de trabajo y que se extiende hasta nuestros días. El problema del trabajo de la mujer y las diferencias salariales adquiere especial importancia en la industria de la confección de indumentaria, en las primeras décadas del siglo XX, dado que más del 90% de la fuerza de trabajo era femenina. Por lo tanto, observar las condiciones salariales de las obreras del vestido nos puede ayudar a entender en parte el problema.

Costureras y amas de casa

La idea según la cual la mujer no debía trabajar sino recluirse en el ámbito doméstico,1 fue tan fuerte entre la burguesía de principios del siglo XX, que sirvió también de excusa para justificar los magros salarios que recibían las obreras. Como la mujer no era “naturalmente” una trabajadora, podía aceptarse que, en caso de extrema necesidad, trabajara en las tareas que sí le eran “naturales”: costura, planchado, lavado, cocina. Era común suponer que “…no hay nada más natural que una mujer se emplee para la confección de ropa”.2 Siguiendo este razonamiento, la mujer que trabajaba no necesitaba ningún tipo de calificación o conocimiento específico para realizar su tarea. Por el contrario, estos formaban parte de sus atributos naturales como mujer, incorporados desde niña a partir de un proceso de aprendizaje, que no estaba ligado al ámbito laboral sino al doméstico. La mujer no se formaba como trabajadora, sino como “mujer”. Según esta visión, los salarios femeninos eran menores al de los hombres porque su trabajo era menos calificado que el de sus compañeros. Esta era, hacia las primeras décadas del siglo XX, la explicación principal de los bajos salarios del empleo femenino.

Sin embargo, esta visión de la época resulta falsa. A la luz de documentos y fuentes, podemos observar varios ejemplos que nos demuestran que una mujer necesitaba capacitarse para trabajar. Por un lado, la proliferación de academias de corte y confección y escuelas profesionales expresa esta demanda de calificación. Como lo mencionaba Carolina Muzzilli, una militante socialista: “Se impone que sean creadas más escuelas profesionales (…) de donde han de salir mujeres expertas en determinadas industrias”.3

Asimismo, la autobiografía de una costurera, Milagros Soria,4 resulta igual de ilustrativa. Soria relata el proceso de aprendizaje por el que debió pasar para poder ingresar a un taller de confección y ganar un salario que le alcanzara para vivir. Ella aclara que, con el nivel de conocimiento que había adquirido en su casa, sólo podía trabajar como remendona, lo cual no le permitía acceder a un salario suficiente. Con el objetivo de aumentar sus ganancias, debió capacitarse en academias de corte y confección para, luego, conseguir trabajo en un taller de confección de prendas finas, en donde el salario era mucho mayor porque su tarea era más calificada. Antes de haber conseguido esta calificación se lamentaba: “Yo trabajaba en lo que podía: bien haciendo algún vestido para tiendas, ya en casa de familia, siempre con la mortificante idea de no contar con un oficio que me facilitase la lucha por la existencia”.5

Por otra parte, debemos tener en cuenta que la industria de la confección se mantuvo durante las primeras décadas del siglo XX bajo el régimen de manufactura moderna (y por lo tanto sus tareas no estaban totalmente mecanizadas). En consecuencia, el nivel de habilidad y pericia de las trabajadoras (calificación) era un elemento importante para la organización del proceso de trabajo. De este modo, si bien el viejo oficio del sastre ya estaba destruido casi por completo, a partir de la división de tareas, cada una de ellas requería niveles relativamente altos de conocimiento. Las prendas no se cosían íntegramente a máquina, había varias operaciones manuales que la costurera debía dominar; lo mismo ocurría con el dibujo de los moldes, tarea que incluso hoy en día sigue siendo manual en muchos casos. En síntesis, el trabajo femenino en la industria del vestido no era descalificado, razón por la cual no puede ser esa la justificación de los bajos salarios.

Profesiones no reconocidas

Desde el feminismo, muchas autoras han planteado que por su condición de mujer, las calificaciones de las obreras no son reconocidas como tales en el mercado o, a lo sumo, son consideradas inferiores a otras. Desde esta perspectiva se utiliza el concepto de conocimiento subyugado para designar este saber, que sería propio de las mujeres: “…un conocimiento que ha sido definido como menos importante, de menor estimación, principalmente debido al bajo status que se le asignara a la reproducción social, a las tareas domésticas y al cuidado de los niños dentro de la sociedad”. 6 En este sentido, los menores salarios de las mujeres son explicados a partir de este no reconocimiento de su calificación. De manera similar se suele sostener que además de la aparente descalificación del trabajo femenino, existe una descalificación aparente de los trabajos realizados a domicilio. La justificación ideológica de este fenómeno se basaba en el supuesto carácter “no natural” del trabajo femenino, y en la complementariedad de su salario respecto del masculino. Es decir, se consideraba normal que el varón trabajara y que mantuviera a toda su familia. El salario femenino se consideraba complementario y, por lo tanto, podía ser menor.

Sin embargo, este supuesto no reconocimiento de la calificación del trabajo femenino no se constata en las fuentes. Por el contrario, en la industria del vestido existían escalas salariales acorde a los distintos grados de calificación: oficialas, suboficialas y aprendices (según la tarea que realizaran) recibían un salario diferente.7 Además de las categorías de las obreras, el salario difería también según los tipos de talleres que las emplearan: “…el trabajo de la mujer y del niño se encuentra bien remunerado en las casas que elaboran artículos finos, hecho que no sucede en aquellas que se dedican a confecciones de calidad inferior.”8 Esto demuestra algún tipo de reconocimiento de la capacitación femenina, vinculado al nivel de calificación requerido para realizar los distintos trabajos. Del mismo modo, en las tarifas para el trabajo a domicilio podemos observar que los costos variaban según la labor realizada, y esto se encuentra en estrecha relación con los requerimientos de calificación y pericia necesarios para desempeñar las diferentes tareas.9 Además los bajos salarios en el trabajo a domicilio no afectaba sólo a las mujeres, ya que existían (aunque en menor proporción) varones que trabajaban en sus casas. En la construcción de carruajes, por ejemplo, los talleres encargaban la producción de ciertas piezas a obreros domiciliarios, que trabajaban, generalmente, en pequeños talleres de intermediarios. Al igual que en la confección, el trabajo encargado de este modo era más barato y esto provocaba las quejas de los obreros internos, que veían en este tipo de contratación laboral una amenaza para sus propios salarios: “El sistema que va desarrollándose en nuestro gremio (…) es el trabajo a domicilio, pernicioso bajo cualquier punto de vista que se lo mire. (…) Charrones y cajistas son una competencia desastrosa para los compañeros que trabajan a jornal”.10 Por lo tanto, los motivos de los bajos salarios de las obreras de la confección no se explican por una determinada concepción del trabajo de la mujer; es decir, no se entienden sólo desde una perspectiva de género. Si bien el capital tiende a aprovechar las diferencias de género para aumentar la explotación, las razones de los bajos salarios no se reducen a ello. Hay que tener en cuenta ciertos elementos relacionados con las particularidades de la industria del vestido.

Más trabajás, menos cobrás

El problema de los bajos salarios en el trabajo domiciliario está vinculado con su forma de remuneración: el pago a destajo. Si los obreros domiciliarios, obligados por su necesidad de obtener más dinero para sobrevivir, aumentan su autoexplotación, es decir, trabajan más rápido y durante más horas, (para realizar mayor cantidad de prendas y recibir una paga superior), en el largo plazo, el tiempo medio necesario para la producción de la mercancía decrece, provocando una reducción de la misma magnitud en el precio de la pieza. Este perverso mecanismo por el cual el obrero aumenta su ritmo de trabajo y, a la vez, provoca la caída de su salario es otro de los elementos que explican la existencia de magros sueldos de los trabajadores a domicilio, sean éstos mujeres o varones.

Existe una cuestión más a tener en cuenta. La industria de la confección es una rama poco mecanizada, lo que significa que sus niveles de productividad son bajos. A partir del mecanismo de igualación de la tasa de ganancia, el mercado transfiere valor de las ramas menos productivas hacia aquellas en las que la productividad es mayor. Como consecuencia, las primeras deben recurrir a otros mecanismos para elevar su tasa de ganancia. Por este motivo, las ramas poco mecanizadas suelen tener jornadas laborales más prolongadas, mayor intensificación del trabajo y bajos salarios. La fuerza de trabajo empleada en estas ramas se conoce como sobrepoblación relativa, es decir, una porción de la clase trabajadora que ya no puede ser empleada por el capital en condiciones medias de productividad, producto del avance de la mecanización y el aumento de la productividad del trabajo en otras ramas. En la Argentina, este proceso empezó a imponerse entre mediados de la década del ´20 y los años ´30, cuando la gran industria se consolida en la mayoría de las ramas económicas, provocando el ingreso masivo de la mujer al trabajo fabril. Al mismo tiempo, la mecanización de las tareas produce fuertes oleadas de desocupación, ya que se generan las condiciones para producir más mercancías con menos obreros. De aquí surge entonces la sobrepoblación relativa (de la cual el trabajo a domicilio es una de sus capas) y que es empleada por las ramas más atrasadas de la economía, como por ejemplo la confección. Este fenómeno afecta no solo a la mano de obra femenina, sino a toda la clase trabajadora. Pero dado que buena parte de las mujeres se empleaban en la industria de la confección, debemos tener en cuenta también este elemento para comprender las causas de sus bajos salarios.


Notas

1Véase Nari, Marcela: Políticas de maternidad y maternalismo político, Biblos, Buenos Aires, 2004.
2Fernández, Carlos: El trabajo a domicilio, Buenos Aires, 1919.
3Muzilli, Carolina: “El trabajo femenino”, en Boletín del Museo Social, Buenos Aires, 1916
4Soria, Milagros: Historia de mi vida, Buenos Aires, 1945.
5Soria, Milagros: op. cit.
6Oxman, Verónica: “El conocimiento subyugado para las mujeres”, en Notas sobre la intervención educativa, CEM, Santiago de Chile, 1988, pp. 112-113.
7Un detalle de las escalas salariales puede verse en Muzilli, Carolina: “El trabajo femenino”, op. cit.
8Boletín del Departamento Nacional del Trabajo Nº 3, diciembre de 1907.
9Véase, por ejemplo, Crónica Mensual del DNT, año XI, nº 125, julio de 1928; Crónica Mensual del DNT, año XI, nº 97, enero de 1926; BDNT, mayo-junio de 1936.
10El obrero constructor de rodados, nº 1, año I, octubre de 1906.

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