Tiempo de crecer. El FIT después de las elecciones

a63_sartelli¿Cree que la izquierda hizo una elección “histórica”? ¿Ya se olvidó del socialismo? Si responde afirmativamente alguna de estas preguntas, lea este artículo. Si espera la unidad de la izquierda, también. Se va a dar cuenta de que estamos dejando pasar una oportunidad única.

Eduardo Sartelli

Director del Centro de Estudios e Investigación en Ciencias Sociales

Las elecciones de octubre vinieron a confirmar, con el mayor énfasis, que aquellos que, como yo, pensaban antes de agosto que Cristina podía enfrentar turbulencias serias en su reelección, se equivocaban rotundamente. Me imaginaba un escenario en el que la presidenta sacaba entre 40% y 45%, performance que provocaba, en forma automática, un fenómeno de dispersión de fuerzas en su campo y una tendencia a aglutinarse en algún polo opositor. Prefería ese escenario, por varias razones: se sabe, la política siempre empieza por arriba; la crisis del cristinismo podía dar lugar a un fuerte desgranamiento por izquierda; el bonapartismo se quebraba sin consolidar el régimen. Nada de eso sucedió. El 50% de agosto y el 54% de octubre sepultaron esa perspectiva con rapidez y contundencia. En el contexto actual, lo que tenemos es exactamente lo contrario: Cristina consolida el régimen democrático, absorbe toda la izquierda existente, sea en forma directa (sus propios votos), sea en forma indirecta a través de colaboracionistas (¿qué otra cosa es Binner?), y la política burguesa entra en un plácido mar no agitado, todavía, ni siquiera por el vendaval de la crisis mundial.

La raíz de ese error, por lo menos en mi caso, se encontraba en un desvío de la mirada: presté más atención a los dichos que a los hechos. Los kirchneristas decían, por ejemplo, que solucionaban la pobreza con la asignación universal por hijo, que democratizaban los monopolios mediáticos con la ley de medios, que resolvían los problemas económicos con el “modelo” productivo. Me concentré en la crítica de esas afirmaciones: la pobreza no se resuelve con unos pesos más, es estructural al capitalismo; los medios son burgueses, no importa cuál sea su titular inmediato, la ley de medios simplemente va a afectar a un burgués a favor de otros; es la soja, no existe ningún “modelo”. Y si bien tales cuestionamientos son rigurosamente correctos, eso no quita que tales falsedades tengan efecto electoral: con la ley de medios se entusiasmó a mucha pequeña burguesía progre a la que incluso se le dio trabajo en los nuevos órganos oficiales; la inexistencia del “modelo” puede ocultarse detrás de índices de actividad económica que describen una realidad superficial pero concreta: hay más empleo y más fábricas, aunque sus bases tengan la fragilidad del tipo de cambio y los subsidios; si alguien llega a tu casa a ofrecerte dinero, aunque lo que te ofrezca no tenga como correlato ningún cambio de tu situación estructural, no hay razón para no estarle agradecido, porque tu situación coyuntural va a mejorar. El efecto cualitativo de estas movidas es nulo: Cristina no califica ni para reformista. Su efecto electoral, sin embargo, ya se ha visto.

¿En ese contexto, por qué calificar la performance del FIT como poco sustantiva y no apta para el festejo? ¿Por qué calificarla de ese modo cuando durante todos estos años hemos venido reivindicándola en las elecciones nacionales, a pesar de números igualmente magros? Veremos que no sólo había razones para esperar un mejor desempeño esta vez sino que, en relación a lo que se jugó en estas elecciones en comparación con las otras, se puede considerar el resultado logrado como un retroceso político.

El reflujo y la izquierda

Lo hemos dicho muchas veces: en el contexto de una recuperación social, por limitada que sea, con un gobierno bonapartista delante, resulta difícil imaginar algo distinto de un reflujo político de las masas movilizadas. Eso fue lo que caracterizamos en 2003 y lo que hemos venido presenciando, lamentablemente, desde el ascenso K. Durante toda esta etapa, la izquierda debía consolidar filas y evitar, en la medida de lo posible, el desgranamiento de las fuerzas conquistadas durante 1999-2002. En las elecciones de 2003 la izquierda, sumando MST/PO/PTS, superó el 2,50% tan mentado en estos tiempos. Estaba lejos del 2001, pero, habida cuenta del inicio del reflujo, no estaba mal, sobre todo recordando la dispersión de las organizaciones. En 2007, incluyendo a Castells, MST, la alianza MAS/PTS y el PO, se sumó poco más del 2%, lo que significó una nueva caída. En esta tendencia, el 2011 pareciera marcar un quiebre. Sin embargo, en 2007 se presentó Pino Solanas, una influencia negativa sobre el electorado de izquierda, situación que ahora no sólo no resultó un obstáculo sino lo contrario. De hecho, en esta última carrera, el FIT corrió sin contrincantes en sus propias filas, no encontrando límites ni en el MST, el MAS, Pino o Zamora. De modo que, el 2,5% de agosto o el 2,3% de octubre no significan ninguna campaña excepcional ni un cambio de tendencia en relación al reflujo. Es cierto que no lo profundiza, numéricamente. Pero no sólo de números constan los análisis.

En efecto, en todas las elecciones anteriores, siempre el sector más débil ideológicamente de la izquierda, el sector más democratizante (Izquierda Unida), arrastraba más voluntades que las huestes consecuentemente revolucionarias. Las campañas reflejaban esa diferencia y aunque puede discutirse si la agitación electoral de los componentes actuales del FIT alguna vez superó por mucho lo meramente sindical, cuesta encontrar una contienda en la cual estos partidos hayan abdicado de modo tan ostensible de su programa. La primera justificación se refirió al “voto democrático”: ya hemos explicado por qué no existió nunca ninguna proscripción para la izquierda. De hecho, ésta fue la campaña donde, gracias a la ley electoral, Altamira apareció tanto en los medios como Alfonsín, Binner o Duhalde. Hasta el más obtuso reconoció que una campaña basada en “un milagro” para el candidato del FIT no era, precisamente, programática. Al menos como un socialista debe entender esta expresión. Pero había que llegar a octubre, saltar la “proscripción”. En las “verdaderas” elecciones, las de octubre, el FIT enarbolaría sus banderas a tope. Y no. Fue una campaña todavía más lavada que la de agosto. O mejor dicho, una campaña kirchnerista.

La campaña del FIT se basó en “meter” a la izquierda en el Congreso, con el argumento de que sería la “defensora de tus derechos”. Cuando se enunciaba el contenido de ese plural burgués (¿“derechos”?) se incluía el “82% móvil”, la defensa de la canasta familiar, del salario, etc., etc. Si esa era la oferta, no es raro que el 97,5% del país la haya desechado, toda vez que tiene en el gobierno cristinista, para eso, un adalid bastante más eficiente. Y, de última, Binner, Carrió y hasta Rodríguez Sáa podían ser alternativas mejores. Para eso. No era una estrategia muy acertada pretender correr a Cristina con más cristinismo. Para eso estaban Binner o Sabatella.

Dicho de otra manera: que el FIT se haya transformado en menos que Izquierda Unida, que al fin y al cabo hablaba de socialismo, para recoger guarismos tan pobres, no puede no considerarse un fracaso. Los revolucionarios teníamos antes una alternativa al democratismo PC-MST. ¿Y ahora? No vamos a decir que por una elección mal encarada honestos revolucionarios y abnegados agrupamientos políticos, como los que conforman el FIT, hayan perdido la membrecía del club del que formaron parte hasta ayer, pero sí que se hace necesario una autocrítica. Al menos, eso.

Un poco de utopía

Quienes caracterizaron el triunfo de Cristina como un revival del “voto licuadora” no se equivocan del todo, aunque parece bastante claro que no se reduce a eso. Basta comparar la campaña del gobierno y la del FIT. Si uno hacía abstracción de la ideología que respiraban los spots presidenciales, no podía menos que emocionarse: el país reconstruido, unido en torno a su líder y marchando, después del infierno, hacia un futuro de grandeza, habiendo recuperado su dignidad, su entusiasmo juvenil y su capacidad productiva. Cristina rodeada de hombres de trabajo, de madres sonrientes, de niños bien alimentados y estudiando con sus netbooks, de deportistas amateurs, hijos recuperados y madres de pañuelo blanco, militares presos, historias de redención en torno a las que sobrevolaba el espíritu de Él, que dio su vida por la patria. Banderas, marchas, movilizaciones, concentraciones, actos, discursos. Música acorde a la ocasión. Cristina sufriendo por todos nosotros, mientras a lo lejos nos espera, gracias a ella, el futuro. Un discurso de combate: vamos por más, no creían en nosotros, nos ponían palos en la rueda, pero vencimos. Y venceremos, todos juntos porque yo sola no puedo. Los enemigos: los monopolios, la derecha, el pasado dictatorial, el FMI, los neoliberales, los que hundieron el país y forman ahora la oposición, gente a quien pegarle sin remordimientos.

Sorprendentemente, los spots del FIT eludieron las palabras fuertes: “izquierda” por socialismo; “tus derechos” por revolución. Nunca se criticó al gobierno, de modo que no se sabía bien quién era el enemigo a vencer. Se sabía poco de su programa, salvo que “quería entrar” a la cancha. Gente sentada a la mesa de un bar, un muchacho hablando con otro en un ambiente de pequeño taller, los candidatos, en línea repitiendo su necesidad de “tu voto”, sin que quede claro por qué había que dárselos a ellos y no a Cristina. Parece que la “izquierda” no marcha, no hace actos, no lucha, no se moviliza. Néstor murió y Cristina supo aprovecharlo. La “izquierda” se guardó de nombrar a Mariano Ferreyra, como si su muerte no fuera un hecho político, mucho más que la de Él. Quienes votaron por Cristina también lo hicieron por algo más que el bolsillo: por una demanda política, ética, épica. Al lado de la de Cristina, la desangelada campaña del FIT.

El por qué de tal diferencia es conocida. Después de las elecciones en Capital, el FIT entró en pánico y temió no alcanzar el 1,5%. Se lanzó de lleno a dar lástima, a no asustar a posibles votantes fugados de Pino a Binner y a no ofender al votante kirchnerista que podía apiadarse de quienes, en el fondo, son buenos muchachos. Detrás de todo ello flota una convicción derrotista: el Argentinazo ya fue y, lo que es peor, no dejó nada. Volvimos a 1995, cuando no alcanzamos ni siquiera el 1%. Habiéndolo abandonado, no es extraño que Cristina se lo haya apropiado.

El partido

Como el lector puede comprobar con sólo entrar en la página de la Asamblea de intelectuales del FIT, estuvimos en desacuerdo desde el vamos con la campaña, con su estilo y con su objetivo. Reivindicamos el FIT como un valor en sí mismo, como unidad de la izquierda revolucionaria. Haber ido a las elecciones reivindicando esa naturaleza hubiera sido un éxito aunque no se hubiera llegado al 1,5, porque ese programa habría servido de punto de reagrupamiento de la vanguardia. A todas luces, no nos hubiera ido mucho peor. Tal vez no mucho mejor, pero lo importante hubiera sido que el FIT ocupara toda la franja a la izquierda de Cristina, en lugar de convertirse en un satélite ideológico. El FIT se olvidó del lugar que ya ocupa entre los trabajadores más jóvenes, en las fábricas, en los barrios, en todos los puntos donde se combate. Se olvidó de ese porcentaje que, a pesar del reforzamiento notable del régimen, sigue votando en blanco y a pesar de la disminución del ausentismo, sigue faltando a la hora de votar. No vio a esa masa emocionada y no pensó en emocionarla.

El valor del FIT, repito, es su constitución misma. Batallamos por avanzar en ese logro, proponiendo el inicio de un proceso de unificación partidaria: un partido, tres fracciones, varias tendencias, muchas corrientes de opinión. Tres partidos trotskistas, es decir, tres partidos con el mismo programa, no pueden separarse por diferencias puramente tácticas, menos aún en relación a problemas sobre los cuales sus pronunciamientos no tienen ninguna consecuencia práctica (la caída de Khadafy, por ejemplo). Como niños que se pelean por minucias, IS, PTS y PO no parecen entender que tienen en sus manos una oportunidad histórica. Los llamamos a realizar un balance público de las elecciones y a iniciar la discusión pública sobre la perspectiva de unificación partidaria, antes de fin de año. Un panel de debate entre los principales referentes de los tres partidos sería un buen punto de partida. Se trata, en suma, de superar el Síndrome de Peter Pan y animarse a crecer de una buena vez por todas.

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