Terroristas sanitarios – Gonzalo Sanz Cerbino

Terroristas sanitarios. El sistema de salud frente al crimen de Cromañón

 

Por Gonzalo Sanz Cerbino

Grupo de Historia Aplicada – CEICS

 

Hoy por hoy la salud en la Argentina se encuentra en discusión. El personal médico y no médico de los hospitales de la Ciudad de Buenos Aires y del conurbano ha puesto la cuestión sobre la mesa con su lucha. Entre ellos se destacan los trabajadores del Hospital Garrahan, que confluyeron con lo más avanzado del movimiento en los intentos, finalmente victoriosos, de llevar este reclamo a la Plaza de Mayo, el centro del poder político en la Argentina. Los compañeros suman, al reclamo por el aumento de unos salarios muy atrasados con respecto a la inflación, un reclamo histórico de aumento presupuestario para el sector. La respuesta del gobierno es clara: “Terroristas sanitarios” los ha llamado Ginés González García, Ministro de Salud de la Nación. Los trabajadores de la salud reciben la misma respuesta que el resto de los trabajadores estatales y que el movimiento piquetero. Se responde al reclamo con la amenaza de despido y la militarización de las calles para impedir la realización de las medidas de lucha. La investigación que este grupo ha venido desarrollando acerca de Cromañón nos ha llevado a estudiar el funcionamiento del sistema de salud porteño y su capacidad de respuesta ante los hechos del 30 de diciembre de 2004. Los avances hechos comienzan a aportar algunas pistas interesantes.

 

En busca del tiempo perdido

 

Un punto central y controvertido, a la hora de evaluar la respuesta del sistema de salud porteño ante la emergencia desatada por el incendio en República Cromañón, es el tiempo que tardaron las ambulancias en llegar al lugar de los hechos. La versión oficial que difundió el gobierno porteño, la que dio Ibarra en su informe a la Legislatura de principios de febrero, señala que el SAME recibió el primer llamado a las 22:55 y que la primera ambulancia llegó al lugar a las 23:02. A renglón seguido se señala que el resto de las ambulancias llegaron inmediatamente después. Esta es también la versión que comenzaron a levantar los grandes medios de comunicación a partir de 2 de enero. La versión oficial se completa con un incendio que comenzó “cerca de las 23” y con las ya citadas declaraciones del Secretario de Salud porteño, Alfredo Stern: “El sistema respondió bien y no faltaron insumos […] creo que se ha dado una respuesta admirable”1.

Esta versión tiene su contracara. Antes de que comenzara a circular la versión oficial, se filtraron a la prensa algunos elementos que no volvieron a ser retomados. El 31 de diciembre, La Nación levantaba el testimonio de los comerciantes de la zona quienes afirmaban que las ambulancias habían llegado con 45 minutos de demora. Las entrevistas realizadas hasta el momento coinciden en que es imposible que las ambulancias hayan llegado a los 5 minutos de comenzado el incendio. La enorme cantidad de relatos que señalan que el traslado de heridos debió realizarse en autos particulares, móviles policiales y colectivos de línea abona esta versión de los hechos. Un elemento fuerte surge de las entrevistas realizadas para esta investigación: la mayoría de los sobrevivientes entrevistados coincide en situar el inicio del incendio entre las 22:20 y las 22:30. Casi 40 minutos de diferencia, en los que muchas vidas podrían haberse salvado. ¿Acaso nadie se dignó a llamar al SAME en esta media hora? ¿Ninguno de los 4.000 asistentes? ¿Ninguno de los cientos de vecinos que se acercaron al lugar a brindar su ayuda? Más probable parece que a Ibarra se le hayan perdido 40 minutos.

 

Una gota de agua en el desierto

 

La cantidad de ambulancias disponibles fue insuficiente, incluso si se acepta el argumento según el cual un hecho como Cromañón es excepcional.2 La forma en que se trasladó el grueso de los heridos da cuenta de ello. No sólo porque, como se señaló, gran parte de ellos no llegaron a los hospitales en ambulancia, si no porque además el traslado en ambulancias se realizó deficientemente debido a la escasez de móviles. El informe de la Comisión Investigadora de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires y los testimonios recogidos en las entrevistas señalan que se llegó a trasladar de a 4 y hasta 5 heridos por ambulancia. Esto implicaba que los heridos viajaban sin una atención médica constante, que viajaban sin un médico que realice los primeros auxilios indispensables, y que la atención con oxígeno, también imprescindible, no pudiera realizarse porque ninguna ambulancia SAME posee más de tres mascarillas de oxígeno por unidad3. En este caso nuevamente hay contradicciones entre las primeras crónicas y la versión oficial puesta a circular unos días después. Mientras que las primeras noticias aparecidas señalan la presencia de 41 ambulancias, a partir del 2 de enero comienza a hablarse de 56, lo que coincide con lo expuesto por Ibarra en el ya citado informe ante la Legislatura porteña. Cabe aclarar que 56 era la totalidad de la flota de ambulancias del SAME, por lo cual, para que este dato sea cierto, no debió haberse producido ningún otro tipo de emergencia médica en la Ciudad de Buenos Aires en la noche del 30 de diciembre de 2004. También implica que, de haberse producido otra emergencia, fue desatendida porque la totalidad del personal y de los recursos se encontraba destacada en Cromañón.

Una comunicación sobre el funcionamiento del SAME realizada por la Defensoría del pueblo de la Ciudad de Buenos Aires, en agosto de 2004, señala algunos hechos que permiten sospechar acerca de la capacidad operativa del organismo: “En la verificación realizada por personal de la Defensoría se pudo verificar que faltan ambulancias y que muchas se encuentran en mal estado; que el personal desarrolla sus tareas en condiciones precarias de trabajo y la falta de dispositivos técnicos que faciliten la tarea de los operadores telefónicos”4.

Pero no era lo único que faltaba. Los recursos humanos también fueron insuficientes. Un enfermero del Hospital Ramos Mejía nos ha señalado la ausencia de personal de enfermería en las ambulancias del SAME. Esto concuerda con los relatos de los sobrevivientes5. El único personal presente en ambulancias es un médico y un chofer, quien, por supuesto, no posee los conocimientos como para brindar la atención requerida6. Un informe aparecido en el periódico Nuestra propuesta, señala que el SAME no cuenta con personal de enfermería en las ambulancias, pese a que la Resolución 94/97 del programa de garantía de Calidad de la Atención Médica del Ministerio de Salud y Ambiente de la Nación hace referencia expresa a la presencia de un enfermero como mínimo en cada una de las unidades destinadas a la atención médica de emergencias7. También faltaron los recursos materiales. El reclamo histórico de los trabajadores de la salud por la falta de insumos cobra cuerpo. En primer lugar, la provisión de oxígeno fue insuficiente. El oxígeno, como lo señalan las fuentes consultadas, es el tratamiento primario ante los casos de intoxicación. También lo ha señalado el Dr. Bessone, integrante de la Cátedra de Salud Pública de la UBA en su declaración para la Comisión legislativa8. Sin embargo, los testimonios recogidos en nuestras entrevistas, y también algunos aparecidos en la prensa, señalan la escasez de mascarillas, necesarias para el tratamiento. Los sobrevivientes entrevistados relatan recurrentemente escenas en donde 2 o más chicos las compartían e, incluso, recuerdan que los propios médicos les manifestaron que no había mascarillas para poder utilizar todos los tubos de oxígeno9. Como ya señalamos, no había más de 2 o 3 mascarillas de oxígeno por ambulancia para atender a, por lo menos, 2.000 intoxicados10.

Sin embargo, la intoxicación no se produjo sólo por el monóxido de carbono, que es del tipo de las que se tratan exclusivamente con oxígeno. Una de las sustancias desprendida por la combustión de los materiales que se incendiaron en el boliche fue el ácido cianhídrico, según consta en un peritaje del INTI incorporado a la causa. El mismo peritaje señala que el nivel de partes por millón de la sustancia se encontraba por encima del límite letal. El grado de toxicidad de cianhídrico, a pesar de que el tratamiento de primera línea es con oxígeno, hace necesario un tratamiento con ciertos medicamentos que funcionan como antídotos. Los cuatro antídotos posibles, según el Manual de atención primaria de intoxicaciones, editado por el Ministerio de Salud de la Nación, son el nitrito de amilo, el nitrito de sodio, el trisulfato de sodio y la hidroxicobalamina. Tanto el nitrito de amilo, como el nitrito de sodio debían estar presentes en los botiquines de las ambulancias del SAME, según indica la resolución ministerial 126/1998, que forma parte del Programa Nacional de Garantía de la Atención Médica. Las declaraciones de Germán Fernández, director general del SAME, parecieran dar a entender que estos antídotos tal vez nunca estuvieron donde debían estar: “El grueso de nuestra asistencia se basó en administrar oxígeno, porque era la única forma de sacar el monóxido de carbono y oxigenar la sangre adecuadamente. Y si hubiera sido cianhídrico (algunos posiblemente lo tengan aunque no lo tenemos confirmado), el tratamiento también es con el oxígeno. En algún momento se dijo que no, lo cual es totalmente falso. Todos los pacientes reciben oxígeno.”11 En El Aromo de abril señalábamos que resultaba sospechoso que tan sólo 27 personas murieran en el interior del boliche, mientras que el resto lo hizo en la calle, en los hospitales o camino a los hospitales. Las sospechas se refuerzan a medida que avanza la investigación. Por último, apenas unos comentarios sobre la atención en hospitales. Ya señalamos en una nota anterior que la cantidad de camas fue insuficiente para atender a la totalidad de los heridos. Es una imagen común en los testimonios de los entrevistados, la de los chicos apilados en los pasillos por falta de camas. Otro dato importante es que las mascarillas de oxígeno también fueron insuficientes en los hospitales. El testimonio de un enfermero nos confirma que en el Hospital Ramos Mejía los chicos debían compartirlas, y que incluso el personal llegó a improvisar mascarillas precarias para paliar la escasez12. También nos cuentan que fue un obstáculo grave la ausencia de un sistema de oxígeno central en el hospital, que recién ahora se estaría instalando. El oxígeno central, es decir, que circula por cañerías a través del edificio y es provisto por un sistema centralizado, posee, a diferencia del sistema de tubos individuales, mayor presión y por lo tanto, mayor eficiencia. Por último, es necesario insistir sobre uno de los mayores problemas que tienen actualmente los hospitales públicos. Los salarios bajos y la escasez de personal de enfermería, pero también de personal médico, obligan a los trabajadores a realizar turnos de 12 y hasta 14 horas13, lo que, sumado a un trabajo de alta complejidad, genera picos de stress y riesgos innecesarios para los pacientes. El trabajo de enfermería, donde la diferencia de 1 milímetro en un medicamento puede ser la diferencia entre la vida y la muerte, no puede cumplirse de esta manera sin poner en peligro la salud metal y física, tanto de los pacientes como de los propios trabajadores. Probablemente, a estos cuadros de stress (además de la lógica tensión reinante durante esa noche tremenda) se deba algún problema de mal trato del personal médico y no médico de hospitales que nos han contado algunos de los sobrevivientes entrevistados.

 

El capitalismo mata

 

A medida que avanza nuestra investigación comienzan a confirmarse todas nuestras apreciaciones iniciales. Las fallas del sistema de salud no hacen más que reforzar las afirmaciones que venimos sosteniendo desde principio de año. Los muertos de Cromañón hay que cargarlos sobre las espaldas del capitalismo argentino. El sistema de salud pública vaciado e incapaz de responder ante la emergencia, es tan sólo un capítulo más en la lista de acusaciones que pesan sobre la burguesía argentina por el crimen de Cromañón. Que los responsables del vaciamiento y de las muertes, acusen a quienes pelean en defensa de la salud pública de “terroristas sanitarios” es una obra maestra de la caradurez.

 

Notas

 

1Ver El Aromo, año III, Nº 18, abril de 2005.

2Sin embargo, este argumento es cuestionable, habida cuenta que aglomeraciones humanas como República Cromañón no tienen nada de excepcionales en la Ciudad de Buenos Aires. Quien esgrime este tipo de argumentos, asume que la ciudad está indefensa frente a sucesos perfectamente previsibles.

3Informe final y recomendaciones de la Comisión, p. 861.

4Faltan ambulancias en el SAME, Defensoría del pueblo de la Ciudad de Buenos Aires, 5/8/04.

5Entrevista a Melina García, realizada por el autor, 8-8-05.

6Entrevista a Claudio, realizada por el autor, 24-8-05.

7Nuestra Propuesta, Nº 720, 8-4-05.

8Informe final…, op. cit., pp. 860-861.

9Entrevista a Diego Vega, realizada por el autor, 28-7-05.

10Informe final…, op. cit.; entrevista a Claudio, op. cit.

11En El mercurio de la salud, citado por Nuestra Propuesta, op. cit.

12Entrevista a Claudio, op. cit.

13Entrevista a Gustavo Lerer, realizada por el autor, 16-9-05. Entrevista a Claudio, op. cit.

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