Suicidios inútiles. Un nuevo ataque a la ciencia y a la revolución por Pablo Rieznik – Fabián Harari

riesnik “Yo creo que no hay que investigar ningún dato. Ningún dato.”          Pablo Rieznik, en Isidro Casanova, 21 de octubre de 2009

 Isidro Casanova quedaba lejos. Muy lejos. En el auto, ya de vuelta, Pablo  Rieznik me contó que llevaba 60 años de vida, 40 de militancia y 20 de  matrimonio. Cuando se bajó, ya avanzada la noche, no pude dejar de  preguntarme qué lleva a un militante de su indudable valía a la decisión  de rifar su trayectoria y por qué un partido no cuida a sus cuadros. Esa  tarde, Pablo había ido a debatir (¡otra vez!), frente a un público de  docentes, sobre un tema que no conoce y sin haberse preparado siquiera  mínimamente.

Los compañeros de la agrupación Docentes de Base habían organizado, el miércoles 21 de octubre, una jornada sobre el Bicentenario. Me convocaron para que hablara del proceso de Mayo. Se había anunciado que Pablo Rieznik hablaría de la revolución y el socialismo y Amancay Ardura sobre el presente. Contra todos los pronósticos, Pablo se puso a disertar sobre la Revolución de Mayo, con el objeto de negar todo lo que yo había dicho. Como no había leído ninguno de los libros que escribí, se lanzó con lo que tenía a mano. Como no conocía el tema, comenzó a macanear.

El problema del método

La frase del epígrafe puede resultar una exageración. Sin embargo, toda la intervención de Pablo estuvo signada por esa concepción. Para él, los datos no tienen ninguna importancia. Lo importante es el “método”: una “cultura histórico política particular”. Ahora bien, se trata de una afirmación netamente idealista: ningún método es anterior al desarrollo propio de la realidad. El método es una abstracción del funcionamiento de una realidad material. Ningún esquema puede prescindir de su examen. Este idealismo se vincula con un profundo voluntarismo, cuando afirma

“Las revoluciones se hicieron antes de que todo estuviera investigado. La Comuna de París estalló antes de que se publicaran los tomos de El Capital. La revolución del ’17 se hizo antes de que la Internacional tuviera un programa.”

En 1871, El Capital ya se había publicado (cuatro años antes). Ya existían, además, la Contribución a la crítica de la economía política, el Manifiesto Comunista y El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Que la dirección internacional estuviera en manos del reformismo no quiere decir que Lenin, Trotsky, Kautsky, Rosa Luxemburgo y tantos otros no hubieran investigado qué pasaba en sus países (Reforma o Revolución, La cuestión agraria, El desarrollo del capitalismo en Rusia, Resultados y perspectivas) y que no hubieran anticipado las tareas de la revolución (El Estado y la Revolución, las tesis sobre la revolución permanente). Sobre la base de que no se puede saber todo, Rieznik pide que no sepamos nada.
Con respecto a la Revolución de Mayo, despreció el debate entre el PCR y nosotros sobre el carácter de los hacendados y su forma de resolución empírica: “Puede ser que sean más o menos burgueses, y eso dé lugar a un debate. Pero eso no va a cambiar el eje de la cuestión. No se va a descubrir yendo a los archivos”. Bien, el PCR y el PC dicen que los hacendados fueron señores feudales, que la nación fue construida con elementos precapitalistas y, por lo tanto, la burguesía nacional tiene aun tareas por hacer. Nosotros decimos que los hacendados son burgueses y que la revolución, por lo tanto, tuvo un sujeto revolucionario que cumplió sus tareas. Pero para Pablo esas son minucias, “divertimentos intelectuales” del PCR y Razón y Revolución. Como no puede intervenir en la discusión, la desmerece.
Entonces, ¿cómo piensa Pablo que puede saldarse el debate si no es con documentación? Leyendo los clásicos, respondería. Pero ni Lenin ni Marx escribieron nada sobre el Río de la Plata en el siglo XIX. ¿Entonces? Y bueno, hay que apelar al “método”. O sea, repetir lo que dijo San Peña, que escribió lo primero que se le ocurrió. O lo que dicen Pigna y Galasso, que tiene “gancho” y a la gente le gusta.

El lugar de la Revolución de Mayo

En su primer arrojo, sin temor alguno al ridículo, Pablo señaló:

“La Revolución de Mayo es un aspecto menor. Las grandes revoluciones, los grandes movimientos de la América india son los movimientos de Tupac Amaru, en primer lugar, los de Nueva Granada en Colombia, luego, los de Chuquisaca.”

Nadie le dijo que había docentes de historia en la sala. Si lo sabía, no pareció importarle. Podría haberlo puesto en ridículo. Hubiera bastado que le preguntara qué fueron esos movimientos y le cediera la palabra. Se habría quedado mudo. Tal fue su falta de respeto al público y a sí mismo que si hubiera escuchado mi intervención habría dicho una barbaridad menos.
Yo había aclarado que el proceso revolucionario comienza en 1806, con dos insurrecciones, cuando aún Napoleón no había puesto un pie en España. Nueva Granada y Chuquisaca fueron movimientos menores, en relación a lo que vendría después. Y ninguno fue “indio”. El primero fue una rebelión fiscal: las ciudades de Nueva Granada se rebelaron contra las reformas impositivas del visitador Gutiérrez de Pinares y rompieron las balanzas. En ningún momento desconocieron al virrey ni a la Real Audiencia, a la que le enviaron su representación. El segundo, se trató de un alzamiento de criollos de buena posición, incluidos los estudiantes universitarios, en una interna entre el nuevo intendente y la Real Audiencia. Otra vez, no se desconoció a las instituciones coloniales (comentario aparte, me parece que Pablo la confunde con la Junta Tuitiva de La Paz. Pero bueno, dejémoslo ahí…). En cambio, en 1806 y 1807, en una insurrección popular, se depuso un virrey, se lo mandó preso y se dejó sin efecto el poder de la Real Audiencia. Se decomisaron las casas de los funcionarios españoles y de los comerciantes. Esto está en cualquier libro de historia…
La rebelión de Tupac Amaru fue una sublevación contra las reformas borbónicas que disolvían a las comunidades. José Gabriel Condorcaqui (el verdadero nombre del dirigente) era un curaca acriollado que vivía de los impuestos comunitarios. Las reformas tenían un carácter burgués y liquidaban el predominio de curacas sobre estructuras precapitalistas. Ahora bien, Chuquisaca y Tupac Amaru fueron derrotados. En Buenos Aires se ganó. La revolución llega al Alto Perú de la mano del “episodio menor”: la Revolución de Mayo. Es Castelli, de Buenos Aires, quien conquista la región, se enfrenta al Imperio español y declara el fin de la servidumbre en un memorable discurso. Eso lo sabe cualquier estudiante secundario. Pero, claro, son “datos”…
En el siglo XIX, el progreso no podía venir de los dirigentes indígenas. Ellos representaban relaciones precapitalistas. Era la burguesía la única clase social capacitada para llevar el desarrollo de las fuerzas productivas. Es menos simpático, pero es la verdad.

De Lilita a Perón

Para Pablo, la revolución burguesa equivale a un gobierno popular, a la democracia y a la reforma agraria. Estas consignas estaban, según el “método”, presentes en Mariano Moreno, Artigas y el federalismo, quienes habrían sido el ala popular de la revolución. Pablo se escandaliza de que los congresos de 1813 y 1816 hayan estado digitados. Para él, esto es signo de que la revolución “rápidamente es tomada por los intereses más conservadores”. Aquí, abraza a Puiggrós y a Felipe Pigna.
Pablo razona como Lilita Carrió: si no hay democracia para todos, si no hay igualdad, entonces no se cumplieron los preceptos de la revolución burguesa y los ideales de Mayo quedaron truncos. En realidad, como sabe cualquier marxista, la revolución burguesa no se hace en interés de todos, sino de una minoría (Engels, Introducción a la Lucha de Clases en Francia, 1895). No tiene como fin instaurar la democracia política, sino las relaciones capitalistas (Manifiesto Comunista). Y eso, a como sea (Dieciocho Brumario). Generalmente, se suele apelar a la dictadura.
Como me acusó de no considerar el contexto internacional, veamos: ¿qué democracia popular hubo en Inglaterra luego de 1640? ¿No terminó la revolución pactando con la nobleza en 1688? ¿Acaso la experiencia en Francia no terminó con un Emperador y luego con Luis XVIII? ¿Eso quiere decir que la revolución no triunfó? ¿Hace falta explicar la experiencia del sufragio en Norteamérica, cuando en la década de 1960 los negros debían pelear por su voto? ¿Debemos, en virtud de esto, negar que se llevara a cabo una revolución burguesa en estos tres países?
Es triste, pero el compañero, con toda su trayectoria intelectual, parece no haber leído a Babeuf. La Revolución Francesa fue una transformación a favor de unos pocos. Sólo a nivel histórico y a largo plazo expresaba los intereses de la humanidad. Pero para los artesanos, para los campesinos y para todos aquellos que vivían de las relaciones precapitalistas, fue una tragedia.
Ni Moreno ni Artigas fueron democráticos. Y Moreno, menos que menos. En su Plan de Operaciones planteó la necesidad de una dictadura revolucionaria. Mientras Pablo se comporta como un humanista vulgar que nunca tuvo ninguna responsabilidad seria sobre los destinos de la sociedad, Moreno comprendía lo que es dirigir un estado revolucionario:

“El hombre es hijo del rigor, y nada hemos de conseguir con la benevolencia y la moderación; éstas son buenas, pero no para cimentar los principios; conozco al hombre […] deduzco, por sus antecedentes, que no conviene sino atemorizarle y obscurecerle aquellas luces que en otro tiempo será lícito iluminarle. […] veremos que tres millones de habitantes de la América del Sur han sido manejados y subyugados sin más fuerza que la del rigor y capricho de unos hombres.”1

No sólo están aquí los fundamentos de la dictadura, sino el desprecio a las masas americanas. Por lo tanto, tampoco es “popular”. Menos aún federal: proponía la dictadura de Buenos Aires, quien debía mandar gobernadores y retirarlos cada dos años, para que no se aquerencien. No se puede hablar de Moreno sin leer nada.
Artigas era un estanciero y defendía los intereses de su clase. Siempre lo hizo, aún en las circunstancias más extremas. Pablo se escandaliza porque en Buenos Aires se digitaron las asambleas. Bueno, tengo malas noticias: Artigas hizo lo mismo. El Congreso de Tres Cruces (si Pablo no sabe de qué se trató, no se lo voy a explicar acá) tuvo como diputados a los grandes hacendados elegidos por ellos mismos: León Pérez, Juan José Durán, Manuel Martínez de Haedo, Pedro Casavalle… En ese congreso “democrático” se estableció que, en adelante, para votar, había que acreditar tener $3.000 en propiedades inmuebles, más $6.000 en inmuebles.2 Su disputa con Buenos Aires pasaba porque la burguesía agraria oriental quería exportar por sus propios puertos y guardarse sus propias rentas. Es decir, querían un Estado aparte. Desde el primer momento, Artigas declaró a la provincia oriental “soberana”.
Es cierto que en 1815 prometió repartir suertes de estancia (pequeñas propiedades) para ganadería a los más pobres. Pero era el único recurso que le quedaba, porque la guerra había arrasado con la producción ganadera y había que recomponer los ganados. El fin era muy claro y el Estado podría decidir cuándo dar de baja el reglamento. De hecho, vetó leyes que buscaban fomentar la agricultura, argumentando que la tarea de la hora era restablecer el stock ganadero para la exportación. Para ello, hizo tratos, en 1817, con Inglaterra y con los EE.UU. que le daban preferencias comerciales. Esto va contra el “método”: el imperialismo no puede apoyar a Artigas. Pablo estará escandalizado al ver que su héroe pactaba con el diablo. Pero es lo que haría cualquier burgués. Así de perversos son los datos.
Pablo reivindicó el federalismo. El federalismo era el programa de disolución de la experiencia nacional. Cada provincia perseguía la construcción de un Estado propio, con sus leyes, su moneda y su aduana. En algunos casos, porque pretendían competir con Buenos Aires en los mismos términos (Santa Fe, Entre Ríos, Banda Oriental). En otros, porque pretendían defender las relaciones precapitalistas de la penetración de las mercancías que venían de Buenos Aires. Cualquiera sea su variante, el federalismo no expresaba ningún contenido revolucionario, por el contrario, representaba la contrarrevolución. Pablo, para seguir a los historiadores peronistas, reivindica los intereses más conservadores.
En la charla, tuve la tentación de pedirle a Pablo que explicara cómo derrotan a Artigas. Otra vez, lo hubiera puesto en ridículo. La Liga de los Pueblos Libres (Litoral y Córdoba) se deshizo por las contradicciones en su interior, no porque Buenos Aires la haya traicionado en nombre de Inglaterra. Lo escribí hace cuatro años en El Aromo.3 Lo resumo: a Artigas lo liquidaron sus aliados de Santa Fe y Entre Ríos, que no estaban dispuestos a pelear para que Montevideo se llevara sus cueros. Y bueno, son datos…

Mitre y Saavedra

Pablo nos acusó de reivindicar a Saavedra, que habría sido el ala conservadora de la revolución. Según él, Saavedra representa los “usureros y acreedores del Estado que hundieron la revolución”. Luego, me dijo:

“Vos sos respecto al mitrismo, lo que le adjudicás a Milicíades Peña con respecto al revisionismo conservador: ‘¡Viva la gran gesta de Mayo!’. Bueno, Artigas, Moreno… ‘¡No! ¡Saavedra, la burguesía, la Argentina Potencia!’… Son el mitrismo izquierdizado.”

Qué vergüenza. Hablar de Mitre, en público, sin haberlo leído. Pablo: Mitre reivindicaba a Moreno y despreciaba a Saavedra:

“Desde la instalación de la Junta gubernativa empezaron a diseñarse en ella dos partidos, que pueden calificarse por sus tendencias con las denominaciones de conservador y demócrata. D. Cornelio Saavedra, presidente de la Junta, era la cabeza visible del primero, y su secretario don Mariano Moreno era el alma del segundo.”4

¿Y qué le molestaba de Saavedra? Su carácter popular. Moreno quería implantar una dictadura en función de la guerra en el norte. Para ello, buscó eliminar todas las prerrogativas milicianas y mandar a todos los pobres a la guerra sin chistar. Saavedra, uno de los creadores de las milicias, defendía a estos infelices. El morenismo tuvo que sufrir dos levantamientos populares en su contra. Veamos lo que dice Mitre del primero de ellos:

“Acaudillaba esta multitud el coronel de húsares don Martín Rodríguez, que era el brazo de Saavedra, y le acompañaba el Dr. Joaquín Campana, abogado mediocre que había sido la cabeza de la conspiración […] Si la reunión de la Sociedad Patriótica había sido una reminiscencia de los clubs de la revolución francesa, la revolución de 5 y 6 de abril fue una imitación de aquellas escenas de 1793 en que la Convención francesa atropellada por la multitud sacrificaba bajo la presión popular una parte de sus miembros, estableciendo para el futuro un funesto precedente.”5

¿Quién es el mitrista, Pablo?

El balance de la revolución

Este es el punto más importante, al que no podíamos llegar sin repasar lo anterior. Para Pablo, la revolución burguesa en Argentina no triunfó.

“Lo característico de la Revolución de Mayo es que no escapó al destino de las revoluciones que yo acabo de mencionar, que rápidamente quedaron controladas por el sector dominante, asociados al comercio mundial y desinteresados en el desarrollo del mercado interno, sin el cual, hablar de revolución burguesa es simplemente un divertimento intelectual.”

El fracaso de la revolución estaba, según Pablo, determinado porque aquí no había suficientes condiciones materiales para el desarrollo de una nación. Como se cansó de explicar: “Las vacas no hacen un mercado interno. […] No hacen una nación”. Por lo tanto, sin posibilidad alguna, la revolución fue tomada por los sectores conservadores (Saavedra), usureros del Estado y parásitos.
Ahora bien, estamos hablando nada menos que de la transformación de toda la sociedad y de la creación de una nación. Otra vez, me acusa de ser “localista”. ¿Cuánto le tomó a Inglaterra llegar a la Revolución Industrial, luego de 1640? ¿Cuánto le tomó a EE.UU. la unificación nacional? Cien años en cada caso. Francia llega al fin de su revolución burguesa con la IIIº República, en 1871. La revolución argentina debe ser analizada en esa escala. Y, puesto así, los logros son notables. Una región que sólo podía exportar cueros, en cinco décadas (1810-1863) logra constituir una nación, con su constitución política y su mercado interno. Salvo que Pablo crea que no existe el mercado interno.
Uno podría preguntar dónde ubicar cronológicamente a la tan mentada contrarrevolución. De Mayo a Rosas hay un desarrollo de las relaciones capitalistas. El Restaurador se encarga de darles un nuevo y definitivo impulso. Los grandes dirigentes, de 1810 a 1852, son burgueses provenientes del agro: Saavedra, Alvear, Rondeau, Pueyrredón, Martín Rodríguez, Dorrego, Anchorena y Rosas. ¿Dónde están los usureros antinacionales?
Pablo dice que “acá no hubo nada parecido a la expropiación de los terratenientes, a la revolución agraria”. Sí hubo expropiación. Como lo marqué en mi intervención, se expropió al Estado colonial (tierras realengas) y a las órdenes eclesiásticas y se le entregó a los privados. Ahora bien, si Pablo estaba esperando la entrega de pequeñas propiedades a los “farmers”, entonces no está pidiendo que la revolución burguesa avance, sino que retroceda. A Francia, la entrega de tierras a pequeños propietarios le costó la Vandeé. En Inglaterra, la revolución aceleró los cercamientos. La pujanza “farmer” es un mito. La fuerza de las Trece Colonias estaba en los grandes propietarios (Washington era un gran plantador de tabaco). Como expliqué, Belgrano dedicó sus estudios a demostrar que las pequeñas propiedades eran perjudiciales al desarrollo nacional y que había que expropiar a los pequeños para conseguir más peones en las estancias.
El error de Pablo es creer que las fuerzas productivas existentes son sólo un marco de necesidad. En realidad, son también una condición de posibilidad. El tamaño, y su inserción tardía, no le permitían ser Inglaterra, claro. Pero mediante una revolución victoriosa y consecuente, la burguesía rioplatense logra, en un marco de crisis mundial, llevar adelante las tareas nacionales. En todo este proceso, la ganadería actuó como punta de lanza del desarrollo del capitalismo argentino. Y, qué curioso, coincide con lo que decía Lenin: que el capitalismo se desarrollaba primero en la ganadería extensiva y en la tala de árboles. Para 1835, la burguesía “parasitaria y antinacional” había triplicado la población de Buenos Aires y las tierras en producción y duplicado la población de lo que hoy es Argentina. Sí, Pablo, las vacas lo hicieron.

En defensa de la revolución

Los revolucionarios reivindicamos a todos aquellos que marcaron el rumbo del progreso de la humanidad. A todos los que supieron construir un mundo a su imagen y semejanza. A todos los que lucharon contra el atraso y la opresión feudal y que además, ganaron. Saavedra y Moreno, con sus diferencias, eran parte del mismo proceso y de la misma clase. Los caudillos representaron el atraso. Estas cosas no pueden saberse con una “cultura política particular”, ni leyendo a Lenin. Hay que sentar la cola e investigar que pasó. O hay que creerle a Halperín Donghi, como lo hace una buena parte de la izquierda. Eso sí, después no tengan la caradurez de llamarnos academicistas.
Una última cuestión: el desprecio a San Martín. Pablo dijo que su historia era una creación mitrista para levantar un espíritu nacional. Esa es la opinión de alguien que no comprende la envergadura de la tarea que llevó adelante. San Martín fue un hombre con la muerte soplándole la espalda. Vivió por una sola idea: la revolución. Derrotó al ejército más grande de Europa en Bailén. Derrotó al ejército más importante del continente y llegó hasta lo que parecía inalcanzable: el centro de la dominación (Lima). Llevó la revolución a medio continente con un plan maestro. Su trabajo sólo puede equipararse con el de Trotsky en el Ejército Rojo. ¿Qué responsabilidad parecida tuviste, Pablo, para hablar así? Despreciar a estos dirigentes es no comprender la magnitud de la tarea de organizar una revolución. Para apreciarlos, se necesita cierta estatura moral y la propia proyección en ese lugar. Por eso, los ridiculizó Alberdi, cuando se decepcionó de la política, y Peña, cuando ya estaba fundido…
No sé quién dio la orden para que Pablo se pelease conmigo. Sea como fuere, Pablo aceptó porque cree que las discusiones no se ganan con argumentos, sino con histrionismo: un grito bien pegado y un chiste en el momento justo. El público, para él, son chicos a los que hay que saber divertir. Pablo, tu trayectoria es valiosa y debe ser cuidada, tipos como vos hay pocos. Pero hay que comprender, en algún momento de la vida, los propios límites. Y saber callarse…

NOTAS
1Moreno, Mariano: “Plan de Operaciones”, en Escritos Políticos, compilación a cargo de Norberto Piñero, Talleres Gráficos Argentinos, Buenos Aires, 1937, p. 298.
2Reyes Abadie, Washington: Artigas y el federalismo en el Río de la Plata, Hyspamérica, Buenos Aires, 1985, p. 113.
3Véase Harari, Fabián: “Artigas, los caudillos y las masas”, en El Aromo, nº 24, octubre de 2005.
4Mitre, Bartolomé: Historia de Belgrano y de la Independencia argentina, Jackson Editores, t. III, p. 43.
5Idem, pp. 48-49.

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