Stalinismo y mediocridad

 

 

 

Eduardo Sartelli

 

 

Razón y Revolución y el debate

 

Desde que RyR existe, ha intentado siempre estimular el debate. Nunca eludió ninguna propuesta en tal sentido ni dejó sin contestar crítica alguna. Participa en cuanta actividad se plantea tal fin, la inviten o no. Es más, todos los años organiza, con un criterio muy amplio, sus jornadas de debate, a las que se convoca a todos los que quieran discutir seriamente. Mejor aún, en la mesa de cierre de dichas jornadas, RyR se limita a actuar como anfitrión, cediendo por completo la palabra a los representantes de los partidos políticos invitados, del más amplio espectro y con muchos de los cuales mantiene agrias disputas. La misma política seguimos en nuestras publicaciones, Razón y Revolución y El Aromo, donde nadie puede decir que haya sido censurado jamás. No podemos afirmar lo mismo de otra gente. En efecto, una serie de desagradables escenas recientes nos han llevado a preguntarnos el por qué de la ausencia de vocación para el debate sincero en muchos compañeros que hasta ayer, no sólo no nos censuraban, sino que se beneficiaban de nuestra tarea editorial y publicitaria. Repasemos una de esas escenas.

 

Necochea, 2004

 

Irma Antognazzi, una profesora de historia de la Universidad de Rosario, formó hace un tiempo un grupo llamado Hacer la Historia. Ese grupo suele convocar a jornadas de debate cada dos años, en diferentes puntos del país. Esta vuelta le tocó a Necochea. Normalmente, estos eventos se organizan con un criterio ecléctico, donde cualquiera va a decir cualquier cosa sin que se produzca el más mínimo intercambio. Suelen participar en ellas, tanto en la presencia como en la organización, agrupaciones estudiantiles como La Mariátegui, de Filosofía y Letras de la UBA, amén de investigadores de todo el país. Este año tuvo una presencia destacada el PIMSA, de Nicolás Iñigo Carrera. Digo una presencia destacada porque sobresalió en su función de gran censor. No fue el único, porque todo el evento, donde la mayoría se limitó a hacer turismo y a gozar de la playa, estuvo plagado de actitudes de censura. Contó con el silencio cómplice de los miembros de la revista Dialéktica, en particular, Sebastián Ortiz y Julián Kan de Filosofía y Letras, que suelen hacer alarde de democratismo vacío, así como también de otros compañeros de los que hubiéramos esperado otra actitud.

Al comienzo se intentó ejercer el derecho a limitar las exposiciones, especialmente en la mesa de apertura. Uno de nuestros compañeros intentó señalar el carácter kirchnerista de la mayoría de las exposiciones y llamar la atención al hecho que, unas jornadas convocadas en nombre de la lucha popular, no hicieran la más mínima mención a las luchas en curso, en particular, la de Caleta Olivia. Se lo interrumpió recurrentemente, se lo insultó y, aún más, en otro momento de las jornadas, una verdadera “barrita patotera” se dedicó a silbarlo mientras se dirigía al estrado y hacía uso de la palabra. El encuentro tomó, de allí en más, un tono de abierta censura, prohibiéndosele el uso de la palabra a varios de nuestros compañeros en el resto de las mesas, incluso con actitudes vergonzosas como las de Nicolás Iñigo Carrera frente a Marina Kabat. Marina, especialista en historia de los procesos de trabajo en Argentina y Licenciada de la UBA, intentó hacer una pregunta al respecto en una mesa que tenía ese tema por eje. Iñigo Carrera sistemáticamente y delante de todos, procedió a dar la palabra a cualquier otro participante a pesar de que Marina había levantado la mano primero que nadie. Es más, a continuación, procedió a irse de la mesa, dejándola sin coordinador e intentando arriar al público hacia un evento que empezó recién hora y media más tarde. Falta de respeto, censura, insultos, eso recibimos de parte de compañeros a los que RyR no sólo publicó cuantas veces quisieron, sino que incluso introdujo en la bibliografía de cátedras de una facultad que los excluyó siempre. ¿A qué se debe este nivel de agresión?

 

Argentinazo y después

 

Durante la larga noche menemista, muchos intelectuales de izquierda se beneficiaron del fenómeno óptico según el cual en la oscuridad todos los gatos son pardos. En efecto, haciendo gala de críticos, se comían a toda la burguesía cruda y disputaban en furia revolucionaria. Aunque algunos se apostaron en las cercanías de la Alianza, como Horacio Tarcus, otros entrevieron que el corto verano de la estupidez radical llegaría a su fin de mala manera, razón por la cual se mantuvieron al margen de esa experiencia. Algunos llegaron a coquetear con Rodríguez Saá, pero quienes resistieron las tensiones de esa semana insólita, se llamaron a cautela durante el reinado del Señor de las Patotas. No pudieron, sin embargo, hacer frente al embate K. Miguel Bonasso, Horacio González, Tarcus (otra vez…), y una cohorte de columnistas del semanario Ñ, hicieron causa común con Nacha Guevara, León Gieco, Hebe de Bonafini, Estela de Carlotto, varios grupos piqueteros autonomistas y defensores de la Patria, para ofrecer un frente de izquierda a quien venía a sepultar al mayor movimiento de masas de los últimos 30 años.

¿Qué le vieron al patagónico? Algo muy sencillo (y atractivo): la posibilidad de entrar, por izquierda, al aparato del estado (burgués). Ya sea por la vía de actualizar lo que siempre fueron, como Bonasso, o por la de aprovechar “espacios de autonomía”, como Tarcus o González, o por los derechos humanos, como Bonafini, todos estos intelectuales se han sumado a la reconstrucción del estado burgués, lo que es lo mismo que decir, que se han pasado al campo del enemigo. Esa es la razón por la cual se dedican a denostar al movimiento piquetero en general y a la izquierda en particular. El epítome de esta actitud es Horacio Tarcus, de cuyas posiciones y trayectorias políticas hablaremos in extenso en el próximo Aromo.

 

Sectarismo y stalinismo

 

Algunos lectores pensarán que este tipo de afirmaciones se debe a nuestro inveterado sectarismo. Eso piensan individuos como Tarcus e Iñigo Carrera, que se unen hoy en el desprecio común al movimiento piquetero, en especial a los que forman la ANT. Sectario, como stalinista, son acusaciones que se largan al pasar, con mucha liviandad. Habría que tomarlos como de quien vienen. Sin embargo, me interesa hacer algunas precisiones. Se supone que sectario es alguien que no puede superar intereses mezquinos que lo aislan del desarrollo del movimiento de masas. Stalinismo, por su parte, es sinónimo de autoritarismo. Mientras la primera definición es correcta, la segunda no. Se puede ser stalinista sin ser autoritario, porque stalinista es una política concreta, más allá de las modalidades e instrumentos con las cuales se lleve adelante. ¿En qué consiste esa política? En arrastrar tras la burguesía “nacional” a la clase obrera. El peronismo es reformismo, un reformismo genuino que nunca pretendió ser otra cosa, igual que la socialdemocracia europea. El stalinismo no es un simple reformismo: es la degeneración de la política revolucionaria. Brota, por lo tanto, del seno de los organismos revolucionarios. El mejor representante histórico de esta política ha sido el Partido Comunista y los Frentes Populares han sido su expresión más común. En la Argentina, el stalinismo no sólo ha sido encarnado por el PC sino también por un amplio abanico de organizaciones, en particular el PCR. El seguidismo al peronismo, cuando no bajo su forma extrema, el entrismo, ha sido la forma de expresión normal de la política stalinista en nuestro país. Hoy día, la CTA e Izquierda Unida son las variantes más acusadas de la política stalinista.

Detrás de acusaciones como sectarismo y stalinismo, entonces, lo que se hace es camuflar las diferencias políticas, las diferencias de programa. Así, Tarcus no es un “anti-sectario”: es un intelectual burgués que hace carrera por izquierda adornándose con la fraseología del autonomismo fouco-dele-negriniano. Lo que nos separa no es una “actitud” sino un programa. En relación a la burguesía, efectivamente, nosotros no queremos tener el más mínimo acuerdo. Si eso es ser sectario, lo somos. Nos preocuparía, sin embargo, estar excluidos del movimiento de la masa de la población, es decir, de la clase obrera. Precisamente en este punto es que aparece Iñigo Carrera a defender, concientemente, la política stalinista. Efectivamente, nosotros seríamos una secta (trotskista) porque nos opondríamos a discutir con la masa de la población, que no es trotskista. Lo que es falso: por nuestras jornadas han pasado gente como Kosakof (de la CEPAL), Lozano (de la CTA), Mirta Lobato (aliancista), González (kirchnerista) y hemos invitado a Bonasso varias veces sin que se animara a venir nunca. Lógico, cuando termina el debate, muchos optan por no volver. Porque la única forma en que mucha de esta gente acepte debatir con nosotros es que la discusión no entre nunca en el terreno político. Es decir, que se les acepte el marco de enfrentamiento que imponen y se les deje decir lo que se les de la gana sin crítica alguna. Es decir, ir detrás de su carro como buen burro, calladito la boca. Eso no sólo garantiza que vuelvan, sino que te inviten contentos a sus eventos porque saben que su programa político no será cuestionado. Por ese ángulo, la política intelectual stalinista tiene su costado “virtuoso” en términos personales. Esa es la razón por la cual tengo el ingreso prohibido a varias universidades del país en las cuales otros dan clase cuando quieren: porque son políticamente insulsos.

Política cultural e ideológica stalinista, eso es lo que se vio en Necochea. De allí que la presencia de RyR resultara tan urticante, tan molesta. Fuimos a amargarles la fiesta Chavo-Kirchnerista, el festival seguidista a la ya difunta burguesía latinoamericana. ¿Pero, por qué la censura? ¿No puede defenderse el programa stalinista? ¿No tiene argumentos? No. La realidad social y económica que hizo razonable, equivocado pero defendible, ese programa en los ’60 y ’70, ya fue. Lo que se vio en el 2001-2 fue precisamente eso: la quiebra de ese programa como programa de masas y el pasaje creciente de las masas hacia el programa de independencia de clase. Por eso el único partido que logró salir fortalecido del proceso fue el PO, mientras los otros terminaron estancándose y, a la postre, fracturándose. Esa es la razón, también, por la cual RyR creció en su propio ámbito a expensas de las expresiones stalinistas, en particular de la agrupación estudiantil a la que se referencia Iñigo Carrera, La Mariátegui, que acaba de ser derrotada por paliza por nosotros. Esa es la razón por la que RyR no fue afectada por la crisis y duplicó las ventas de su revista, editó dos libros y los agotó, está a punto de agotar dos nuevos libros y reeditar los anteriores, inauguró su mensuario con una tirada de 3000 ejemplares, tiene suscriptores por todo el país y en el extranjero y se prepara para lanzar diez títulos nuevos el año que viene. Todo esto sin subsidio alguno ni pleitesía de ningún tipo. Reunimos ya más de 40 compañeros, cuando a comienzos del 2001 éramos apenas 6 y nos transformamos en una organización cultural con grupos de historia, sociología, literatura, arte, de ciencias políticas, comunicación y trabajo social. Sin contar las centenares de charlas, cursos y conferencias que hemos dado en estos pocos años, en sindicatos, asambleas, merenderos y organismos de lucha de todo tipo.

¿Por qué pudimos hacer esto? ¿Porque nos dedicamos “a la política” y no a la “ciencia? Eso es un absurdo: la producción científica de RyR cuadruplica la de cualquier otro programa de investigación. Pudimos hacerlo porque empalmamos correctamente con una tendencia en el seno de las masas. Por eso nuestro programa puede defenderse; por la misma razón que no puede hacerlo el programa stalinista: el tiempo está de nuestro lado. El reflujo en el que hemos entrado y la consecuente hegemonía kirchnerista, les ha hecho creer que aquello fue un mal sueño. Tarde despertarán a una realidad que hace cuarenta años que ya es otra, aunque los que se digan “científicos puros” no vean otra cosa que sus propios prejuicios. Por eso, porque no puede defenderse, el programa stalinista no puede hacer otra cosa que censurar. Con eso no hace otra cosa que reconocer su mediocridad.

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