“Sólo quedarán dos ejércitos opuestos, dos banderas: la bandera roja y la Cruz”

cruz Como abanderada de las clases dominantes feudales, en los albores del siglo XIX la  Iglesia católica libró una lucha feroz contra la burguesía, fuerza social revolucionaria en  aquel momento histórico. Por las mismas razones -contrarrevolucionarias, luego del  triunfo de la Revolución- se constituyó en un aparato ideológico medular del  capitalismo argentino. Una vez metamorfoseada, hacia fines del siglo XIX y principios  del XX, actuó como soporte del Estado en la construcción de la hegemonía burguesa.  Aquella tarea suponía, en un contexto de ascenso de la lucha de clases y de constitución  de la clase obrera como sujeto histórico independiente, destruir la identidad de clase de  los trabajadores y sustituirla por la de los “argentinos”. Esa batalla se libró con especial  ahínco en el terreno educativo. Así, la educación de las masas en el “patriotismo” cobró  especial relieve.
En ese marco, en 1910 se realizó en Buenos Aires un “Congreso Pedagógico  Católico”,1 de carácter nacional, con motivo del Centenario de la Revolución de Mayo. Allí, un delegado eclesiástico, P. Meyeen, establecía claramente cuáles eran las tareas de la hora:

“Se aproxima la hora de la batalla decisiva. Cuando se haya arrojado a la fiera humana el último pedazo de clericalismo o religiosidad que sirve para contener sus avances, habrán pasado todos los partidos intermedios, todas las escuelas políticas de transición y sólo quedarán dos ejércitos opuestos, dos banderas: la bandera roja y la Cruz. Para librar esa batalla es necesario formar el carácter de los que en ella han de tomar parte y ninguna como la religión católica para retemplar y formar a los hombres, pues ella enseña al hombre su fin, y que todos los dolores, todas las contrariedades, hasta la vida misma, son cosas de interés secundario si se compara con la eternidad.”2

A continuación, reproducimos uno de los discursos pronunciados en la apertura del Congreso: La educación del patriotismo.3 Veremos cómo la Iglesia asumió las tareas “educativas” del Estado burgués. Entre ellas, la formación de los futuros “ciudadanos” a partir de la negación de la existencia de las clases sociales y su irresoluble contradicción bajo el capitalismo. Encontraremos aquí una enfática celebración de los sentimientos por sobre el conocimiento, llegando al paroxismo con la propuesta de una “Historia artística”.

La educación del patriotismo

Ramón Ruiz Amado

¿Qué otro instante de vuestra historia, señores, se puede comparar con éste? Mientras vuestros mayores peleaban por conquistar su independencia; mientras, después de conquistada, sostenían otras no menos recias luchas para establecer el centro de gravedad de las nuevas sociedades emancipadas; mientras en el terreno de las armas y de las letras, de la industria y del comercio, del derecho y de la política, se afanaban por construir y dar carácter propio a vuestra personalidad nacional; más bien hacían la patria que la sentían. (…) ese sentimiento absorbe en este momento histórico todas las energías de vuestro ánimo: la idea de la patria eclipsa con su brillantísima luz todas las demás ideas, y el amor a la patria embarga de presente todos los demás efectos, fundiéndolos en una poderosa corriente de patriotismo. (…)
La Pedagogía moderna, señores, padece plétora de intelectualismo. Nació en una atmósfera viciada de intelectualismo morboso, y no parece sino que lleva en sus entrañas mismas y en sus huesos la huella de este pecado original. (…) Para desgracia de la niñez de las edades posteriores, el siglo de la Enciclopedia fue la época del nacimiento de la Pedagogía, la cual apenas comienza a redimirse en nuestros días de aquella culpa de origen. Por eso en la Pedagogía moderna tiene particular interés todo lo que se refiere a la educación de los sentimientos (…)
Es un hecho generalmente conocido y expresado por la Pedagogía que los sentimientos no se enseñan. Hay más: ni siquiera pueden los sentimientos comunicarse o infundirse directamente, como pueden infundirse o comunicarse las ideas. (…) No basta la enseñanza de las verdades dogmáticas y morales para infundir el sentimiento religioso, ni bastan las explicaciones éticas o históricas para comunicar el sentimiento del amor a la patria. El sentimiento es algo más íntimo; por decirlo así, más vital que la noticia de las cosas. (…) el conocimiento, que es factor primero de la vida intencional, parece como que se intima más en el alma y se abraza más estrechamente con ella, por el sentimiento; y esta íntima compenetración no puede obtenerse con sólo una acción tan exterior como es la enseñanza. […] Esa es la causa del hecho, observado por todos los pedagogos modernos de mejor nota; que las ideas permanecen en el ánimo inertes y estériles, mientras no reciben calor de los sentimientos correspondientes. […] Mas ¿cuáles serán los medios de que dispone la Pedagogía para promover o favorecer el desarrollo de esos brotes sentimentales que dan a las ideas eficacia práctica? […] Imagen, sentimiento y expresión, constituyen los tres términos del proceso primario de la generación de los sentimientos. […] De estas consideraciones se desprende fácilmente la ley pedagógica que ha de presidir al cultivo de los sentimientos, y no menos a su represiva educación. […] Nada hay como la voz empapada en lágrimas para excitar al llanto; nada como el corazón alegre para comunicar el amor. Sea, pues, la primera condición, para infundir el patriotismo en los alumnos, que arda en esa sagrada llama el corazón educador, como la condición primera para hacer que la enseñanza sea religiosa es la religiosidad profunda del maestro. […] Aún cuando nos hemos propuesto considerar aquí el patriotismo desde el punto de vista afectivo, y su educación como cultivo del sentimiento patriótico, no hemos de perder de vista, sin embargo, que el patriotismo es un sentimiento racional. Cuanto más elevado es el objeto de los sentimientos, tanto mayor es el peligro de su degeneración, desde el momento en que se apartan de las normas racionales. Así es como la religión viene a degenerar en fanatismo, y el sagrado amor a la patria, el más alto después del sentimiento religioso, puede caer en las ridiculeces del chauvinismo. […] Y como el patriotismo es amor a la patria, y la patria es, más aún que la tierra que nos vio nacer y el Estado cuyos ciudadanos somos, el conjunto moral formado por el desenvolvimiento histórico, de ahí que, entre las ramas del Arte literario, sea la Historia la más importante y eficaz para el cultivo racional del patriotismo.
El patriotismo es, señores, la íntima solidaridad que une al individuo con el desenvolvimiento histórico del país donde nació, de la nación a que pertenece, de la raza de quien toma origen; y esa solidaridad no es una relación física, como la de la raza y la sangre; es una relación moral, y por tanto se funda en el conocimiento. El que no conoce la historia de su país, ¡ése no conoce propiamente a su patria; ése no sabe siquiera lo que es patriotismo! […] Los pueblos hacen su historia, o por mejor decir, la materia de su Historia; pero esa materia amorfa necesita ser vaciada por el genio en los crisoles de la artística inspiración, y entonces es cuando comienza a tener valor, como instrumento para la educación de esos mismos pueblos. Porque ¡sólo la Historia artística es historia educativa!
¡Ah, señores! En este concepto fueron mucho más afortunados que nosotros aquellos pueblos cuyos historiadores se llamaron Homero, Herodoto y Tucídides; Tito Livio, César, Salustio y Tácito. ¿Qué importa que sus historias no tuvieran esa prosaica y minuciosa exactitud de pormenores, esa prolijidad de documentación que distingue a la historia moderna, creada por el espíritu meticuloso de los teutones? Aquellas historias no fueron catálogos de hechos, ni inventarios de datos: fueron latidos del alma de los pueblos que, repercutiendo la vida de los antepasados, la transmitían a sus descendientes, y mantenían en ellos despierto el sentimiento de la solidaridad de raza y de pueblo, que es lo que constituye el nervio de la patria. […] Sea la historia educativa, en primer lugar, de un optimismo sano, el cual no está reñido con la verdad y es natural aliado del amor. […] Es un fenómeno generalmente observado en las historias de los pueblos, y en especial en las leyendas populares, que en ellas ocupan largo espacio las victorias, y las derrotas se eclipsan ante su brillo, cuando no desaparecen totalmente de la memoria. Por lo común se explica este fenómeno atribuyéndolo a la adulación de los escritores, o al amor propio de los pueblos; pero en realidad tiene otra causa más honda, pues nace de ese natural optimismo del amor patrio, que no quiere, ni debe perder la confianza en sí mismo; y para alimentarla, recuerda con preferencia las gloriosas hazañas, dejando los desastres en la penumbra de la brevedad o entre las sombras del olvido. […] Ahora bien: el espíritu de la Historia ha de ser tan magnánimo, que recorra su trayecto despertando en todas partes amores, y cuidando de no alimentar en ninguna los odios que nacen de la miopía del entendimiento o de las ruindades del corazón.
Hay una historia espuria, que se detiene con delectación morosa en contar los agravios y las rencillas entre las provincias de una misma nación, o entre las naciones vecinas. Esos engendros no pertenecen a la literatura educativa, ni aún a la esfera luminosa del arte (…) La Historia magnánima, la Historia sanamente optimista, la Historia revestida con todas las galas del arte, y si pudiera ser, reengendrada por la creadora potencia de genio, es el recurso por excelencia educativo del sentimiento patriótico (…)
[…] Las fiestas patrias han sido un elemento imprescindible de la cultura popular de todas las épocas y de todas las razas, y el individualismo egoísta que las desdeña y divide la sociedad en dos clases, la de los que sólo trabajan y la de los que se divierten a solas, mina, sin percatarse de ello, las más profundas bases del orden social.
Pero limitémonos a la materia particular que estamos tratando. Las fiestas nacionales verdaderamente populares y verdaderamente patrióticas, esto es, aquéllas en que el pueblo no se divide en dos clases: la de los que entran en la sala del festín o en el espectáculo, y la de los que se quedan en la puerta; aquéllas en que no se imponen las ideas o sentimientos de una fracción vencedora sobre los sentimientos y las ideas de una fracción vencida; aquéllas, en una palabra, en que todos los hijos de una misma Patria, llenos de una misma fe y unas mismas aspiraciones, son una sola alma y un solo corazón; ésas, decimos, deben contarse entre los más eficaces recursos de que disponen las sociedades, para mantener viva y acrecentar perennemente la llama del patriotismo.

NOTAS 

1 El Congreso realizó diversas sesiones, públicas y privadas, entre el 27 de mayo y el 3 de junio.
2 La Nación, 29/05/1910.
3 Pronunciado por R. P. Ramón Ruiz Amado, sacerdote y pedagogo español, miembro de la Compañía de Jesús.

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