Sobre el irracionalismo

Greorg Lukács
(1885-1971)

La historia de la filosofía, lo mismo que la del arte y la de la literatura no es -como creen los historiadores burgueses- simplemente la historia de las ideas filosóficas o de las personalidades que las sustentan. Es el desarrollo de las fuerzas productivas, el desarrollo social, el desenvolvimiento de la lucha de clases, el que plantea los problemas a la filosofía y señala a ésta los derroteros para su solución. Y los contornos fundamentales y decisivos de una filosofía, cualquiera que ella sea, no pueden ponerse de relieve sino a base del conocimiento de estas fuerzas motrices de orden primario. Quien intente descubrir la trabazón entre los problemas filosóficos desde el punto de vista de lo que se llama el des arrollo inmanente de la filosofía, caerá necesariamente en una deformación idealista de las conexiones más importantes, aun cuando el historiador que así proceda disponga de los conocimientos necesarios y ponga, subjetivamente, la mayor voluntad en el empeño por ser objetivo. Y huelga decir que tampoco representa ningún progreso, en este punto, sino más bien, por el contrario, un retroceso, la actitud de las llamadas ciencias del espíritu, que se mantienen en el mismo punto de partida idealista deformante, aunque más difuso. […]

Lo que no quiere decir, ni mucho menos, como sostienen los vulgarizadores, que se trate de desdeñar los problemas puramente filosóficos. Antes al contrario. Sólo dentro de esta trabazón es posible poner claramente de relieve la diferencia entre los problemas de veras importantes y de significación permanente y las gradaciones de matices puramente profesorales. Es precisamente el camino que, partiendo de la vida social, conduce nuevamente a ella el que da al pensamiento filosófico su verdadera envergadura y el que determina su profundidad, incluso en su sentido estrictamente filosófico. Y así enfocado el problema, es cuestión puramente secundaria el que los distintos pensadores sean o no conscientes de esta su posición, de su función histórico-social, y hasta qué punto lo sean. Tampoco en la filosofía se juzga de las intenciones, sino de los hechos, de la expresión objetivada de los pensamientos y de su acción históricamente necesaria. Y cada pensador es, en este sentido, responsable ante la historia del contenido objetivo de su filosofía, independientemente de los designios subjetivos que la animen.

Una de las tesis fundamentales de este libro es la de que no hay ninguna ideología “inocente”. No la hay en ningún sentido, pero sobre todo en relación con nuestro problema, y muy en especial en lo que se refi ere cabalmente al sentido filosófico: la actitud favorable o contraria a la razón decide, al mismo tiempo, en cuanto a la esencia de una filosofía como tal filosofía, en cuanto a la misión que está llamada a cumplir en el desarrollo social. Entre otras razones, porque la razón misma no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja siempre el carácter racional (o irracional) concreto de una situación social, de una tendencia del des arrollo, dándole claridad conceptual y, por tanto, impulsándola o entorpeciéndola. Pero, bien entendido que esta determinabilidad social de los contenidos y las formas de la razón no entraña, sin embargo, ningún relativismo histórico. Dentro de la condicionalidad histórico-social de estos contenidos y formas, el carácter progresivo de cualquier situación o tendencia de desarrollo es siempre algo objetivo, independiente en su acción de la conciencia humana. El hecho de que lo que marcha y se mueve hacia adelante se conciba como la razón o la sinrazón, el que se afirme o se rechace esto o aquello, constituye cabalmente un momento esencial y decisivo de la acción de los partidos, de la lucha de clases en filosofía.

No cabe duda de que encierra la mayor importancia el descubrir esta génesis y esta función. Pero, aun siendo así, esto no es por sí solo, ni mucho menos, suficiente. La objetividad del progreso basta, evidentemente, para estigmatizar certeramente como reaccionario un determinado fenómeno, una determinada tendencia. Pero una crítica realmente marxista-leninista de la filosofía reaccionaria no puede contentarse con esto. Debe, además, demostrar la falsedad filosófica, la deformación de los problemas fundamentales de la filosofía, la anulación de las conquistas logradas por ésta, etc., como otras tantas consecuencias necesarias, filosóficamente objetivas, de semejantes posiciones, de un modo concreto, a la luz del mismo material filosófico.

[…]Y esta verdad general vale, especialmente, para la historia del irracio nalismo moderno, el cual ha surgido y se manifi esta, como nuestro libro trata de demostrar, en lucha constante con el materialismo y el método dialéctico. En lo cual es también esta disputa fi losófi ca un refl ejo de la lucha de clases. No es, seguramente, ningún azar el que la última forma y la más desarrollada de la dialéctica idealista se desplegara en conexión con la Revolución francesa y, muy especialmente, con sus consecuencias sociales. El carácter histórico de esta dialéctica, cuyos grandes precursores fueron Vico y Herder, sólo cobró su expresión metodológicamente consciente y lógicamente desarrollada después de la Revolución francesa, sobre todo en la dialéctica hegeliana. Lo que se ventila aquí es la necesidad de una defensa y un desarrollo históricos de la idea del progreso, que va considerablemente más allá del pensamiento de la Ilustración. (Sin que, naturalmente, se hayan agotado todavía, ni mucho menos, los motivos que impulsaron a esta dialéctica idealista: bastará, acerca de esto, con remitirse a las nuevas tendencias de las ciencias naturales que Engels pone de manifiesto en su Feuerbach) El primer período importante de irracionalismo moderno surge, congruentemente con esto, en lucha contra el concepto idealista, dialéctico-histórico, del progreso; es el camino que va de Schelling a Kierkegaard y es, al mismo tiempo, el camino que conduce de la reacción feudal provocada por la Revolución francesa a la hostilidad burguesa contra la idea del progreso.

La situación cambia radicalmente desde los combates de junio del proletariado parisiense y, principalmente, desde la Comuna de París: a partir de ahora, será la ideología del proletariado, el materialismo dialéctico e histórico, el blanco de ataque cuya naturaleza esencial determinará el des arrollo ulterior del irracionalismo. Este nuevo período encuentra en Nietzsche su primer y más importante exponente.

Ambas etapas del irracionalismo enderezan sus tiros contra el más alto concepto filosófico del progreso de su tiempo. Pero hay -incluso desde el punto de vista puramente filosófico- una diferencia cuantitativa entre el hecho de que el adversario sea una dialéctica idealista burguesa o la dialéctica materialista, la concepción del mundo del proletariado, el socialismo. En el primer caso, cabe todavía una crítica relativamente fundada, basada en el conocimiento de las cosas y encaminada a poner de manifiesto los defectos y las limitaciones reales de la dialéctica idealista. Pero, en la segunda etapa nos damos cuenta, por el contrario, de que los filósofos burgueses se muestran ya incapaces de toda crítica y francamente reacios a estudiar realmente al adversario, incapaces de intentar siquiera refutarlo seriamente. Así ocurre ya con Nietzsche, y cuanto más resueltamente afirma sus posiciones el nuevo adversario -principalmente, desde el Gran Octubre de 1917- a más bajo nivel se hallan la voluntad y la capacidad de luchar con las armas limpias del pensamiento contra el enemigo real y certeramente reconocido, más de lleno va viéndose la honrada polémica científica desplazada por la tergiversación, la calumnia y la demagogia.

También en este punto se manifiestan con toda claridad los reflejos de la agudización de la lucha de clases. Va confirmándose cada vez más palmariamente de etapa en etapa aquella afirmación de Marx después de la revolución de 1848: Les capacites de la bourgeoíste s’en vont. Y no sólo en la polémica central a que acabamos de referirnos, sino en toda la estructura, en toda la extensión de las diversas filosofías irracionalistas. El veneno apologético emana del problema central a la periferia: la arbitrariedad, el carácter contradictorio, la precariedad de los fundamentos, las argumentaciones sofísticas, etc., caracterizan de un modo cada vez más agudo las filosofías irracionalistas posteriores. La baja del nivel filosófico es, pues, uno de los signos esenciales en el desarrollo del irracionalismo. Tendencia ésta que se manifiesta con la mayor fuerza plástica y la mayor evidencia en la “ideología nacional-socialista”.

[…]El nivel filosófico de un ideólogo depende en última instancia de la profundidad con que sepa penetrar en los problemas de su tiempo, de su capacidad para saber ele varlos a la altura suprema de la abstracción fi losófi ca, de la medida en que las posiciones de la clase cuyo terreno pisa le permitan ahondar hasta lo más profundo de estos problemas y llegar hasta el fi nal de ellos. (No olvidemos que el cogito de Descartes o el deus sirve natura de Spinoza fueron, en su tiempo, planteamientos y respuestas extraordinariamente actuales y que abrazaban audazmente la causa de un partido.) […]

El desarrollo del irracionalismo no revela en ninguna de sus etapas una cualidad esencial “inmanente”, como si un planteamiento de los problemas o una solución trajese necesariamente consigo la otra, por la fuerza de la dialéctica interior del movimiento filosófico. Pondremos de manifiesto, por el contrario, cómo las diferentes etapas del irracionalismo nacen como otras tantas respuestas reaccionarias a los problemas planteados por la lucha de clases. El contenido, la forma, el método, el tono, etc., de sus reacciones en contra del progreso social no los determina, por tanto, aquella dialéctica interna y privativa del pensamiento, sino que los dictan, por el contrario, el adversario, las condiciones de la lucha que a la burguesía reaccionaria le vienen impuestas desde fuera. Conviene retener el principio fundamental que preside el desarrollo del irracionalismo. Lo que no significa que el irracionalismo, dentro de este marco social así determinado, no muestre una unidad ideal. Antes al contrario.

De ese carácter suyo se desprende, precisamente, el que los problemas de contenido y de método por él planteados presentan una fuerte cohesión, revelan una sorprendente (y estrecha) unidad. El desprecio del entendimiento y la razón, la glorificación lisa y llana de la intuición, la teoría aristocrática del conocimiento, la repulsa del progreso social, la mitomanía, etc., son otros tantos motivos que podemos descubrir sin dificultad, sobre poco más o menos, en todo irracionalista. En determinadas circunstancias y en ciertos representantes personales de esta tendencia dotados de talento, puede la reacción filosófica de los exponentes de los vestigios feudales y de la burguesía asumir una forma espiritual y brillante, pero si se observa la trayectoria en su conjunto se verá que el contenido filosófico es de una gran pobreza y monotonía. Y como, según hemos visto más arriba, el margen espiritual de la polémica, la posibilidad de asimilar en el sistema del pensamiento, siquiera sea de un modo deformado, ciertos reflejos de la realidad va reduciéndose constantemente bajo la acción de la necesidad social, nos encontramos con que el descenso del nivel filosófico es inevitable, cuando se mantienen en pie determinados motivos especulativos decisivos.

El aferramiento a estos pensamientos constantes y a los criterios que los determinan no es sino el reflejo de los fundamentos sociales reaccionarios que forman la unidad del irracionalismo, por grandes que sean los cam bios cualitativos que puedan y deban advertirse en la trayectoria que va desde Schelling hasta Hitler. Por tanto, el desemboque de la filosofía irracionalista alemana en el hitlerismo sólo puede considerarse como algo necesario en la medida en que las luchas de clases concretas -sin que a ello sea ajeno, ciertamente, este mismo desarrollo ideológico- conducen a semejante resultado. Desde el punto de vista del desarrollo del irracionalismo, debemos ver, por consiguiente, en los resultados de estas luchas de clases, hechos inmutables que cobran su reflejo filosófico adecuado y ante los que el irracionalismo reacciona de un modo o de otro, y asimismo son hechos inmutables vistos a través de este ángulo. Lo que no quiere decir, ni mucho menos, que hayan sido -enfocados en un plano histórico objetivo- la obra de una necesidad fatal.

Por tanto, si queremos comprender certeramente el desarrollo de la filosofía irracionalista alemana, debemos tener siempre presentes, en su interdependencia, estos factores: la supeditación de la trayectoria del irracionalismo a las luchas de clases decisivas en Alemania y en el mundo, lo que entraña, naturalmente, la negación de un desarrollo “inmanente”; la unidad de los contenidos y los métodos y la continua reducción del mar gen para un verdadero desenvolvimiento filosófico, lo que necesariamente trae consigo la exaltación de las tendencias apologéticas y demagógicas; y, finalmente, y como consecuencia obligada de ello, el necesario, cons tante y rápido descenso del nivel filosófico. Sólo así podremos comprender cómo pudo llegarse, bajo Hitler, a la popularización demagógica de todos los motivos especulativos de la reacción filosófica más descarada, a la “coronación” ideológica y política del proceso de desarrollo del irracionalismo.


Notas

∗Tomado de su trabajo El asalto a la razón, Grijalbo, México D.F., 1983, pp. 6-10.

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